El Ojo de Atlas (Las aventuras de Quim Mora 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Antigüedades Arango

Triana, Sevilla

El estruendo de las máquinas y los camiones sacude la calle Santa Fe desde primera hora.

Las obras parecen no tener fin. Tres meses de perforadoras, martillos y polvo han convertido el barrio en un campo de batalla.

Los obreros van y vienen, pero el ruido es siempre el mismo, un repiqueteo metálico y monótono, que se clava en los oídos de los vecinos.

Frente al Parque de los Príncipes las zanjas se abren y se cierran dejando cicatrices cada pocos metros.

En uno de los callejones menos transitados, una vieja tienda de antigüedades resiste el paso del tiempo.

Está allí desde que se levantaron los primeros edificios del barrio, tanto tiempo que nadie recuerda cuándo abrió.

Tras los cristales blindados, el estrépito de la calle se disuelve en un murmullo que apenas se distingue entre las suaves notas de jazz del hilo musical.

Dentro, la temperatura es perfecta. El aire huele a madera encerada y a historia.

Cada detalle está pensado para crear un refugio silencioso donde el cliente se sienta a gusto y su dinero fluya sin prisa.

Las vitrinas exhiben tesoros codiciados por millonarios de todo el mundo, desde grabados renacentistas a fragmentos de civilizaciones olvidadas.

En perfecto orden. Todo en venta. La tienda de antigüedades del señor Toni Arango es, según los expertos, la más importante de Andalucía…

y quizá del país. Algunos juran que está entre las cinco mejores del mundo.

Ironías de la vida, la mayoría de sus clientes habituales no entienden de historia.

Son coleccionistas de disfraces y máscaras que pretenden convencer, personajes ricos que buscan un trozo de pasado para exponer y presumir.

Toni sabe cuándo un cliente es de verdad o cuando se trata de un sucedáneo de pose y foto, así que deja que su encargado, Pablo, se ocupe del teatro.

Él solo interviene cuando el comprador entiende lo que compra.

Aunque a veces debe hacer de tripas corazón y encargarse de alguno, de esos demasiado importantes, como sucede con políticos, miembros de la realeza y magnates de tierras lejanas. Gente que paga sin preguntar.

Nada escapa a las garras de Toni Arango.

Su red de informantes le avisa de cualquier hallazgo, ya sea en un zoco del norte de África o en un sótano romano recién excavado.

Compra barato y vende caro. Es un comerciante de otra época, un depredador, una bestia con traje a medida y rostro bronceado.

Algunos dicen que vendería a su madre por una vasija etrusca. Seguro.

Hoy, sin embargo, espera una visita diferente. Un contacto anónimo lo ha citado a las once en punto para hablar de una pieza que nadie debería conocer; una reliquia que él jamás ha puesto a la venta, ni mostrado siquiera a sus clientes más fieles y antiguos.

El señor Arango mira su reloj.

Las agujas marcan las once en punto.

En ese instante, el timbre de la puerta suena.

Uno de los empleados pulsa el botón. La puerta se abre y deja entrar una ráfaga de aire caliente, acompañada del ruido ensordecedor de las obras de la calle.

Desde su despacho, sentado en su sillón de piel, el señor Arango observa que una mujer acaba de entrar a través de las cámaras de seguridad.

Camina con paso firme hacia el mostrador, donde Pablo la espera con la mandíbula ligeramente apretada. Intercambian unas palabras y, unos segundos después, el joven desaparece de la cámara. Golpea suavemente la puerta del despacho.

—Adelante —dice Toni sin levantar la vista del monitor.

Pablo entra. Suda. Sujeta el pomo con ambas manos.

—Ha llegado su cita de las once.

—Ya la he visto —responde Toni—. ¿Nombre?

—Nadia.

—¿Apellido?

—Solo Nadia. Así lo ha dicho.

Toni asiente y activa un programa en su portátil. Introduce la imagen de la mujer en el software de reconocimiento facial que le facilitó un viejo cliente, hoy presidente de un país en ruinas.

Espera unos segundos.

Sin resultados.

Ninguna agencia la tiene registrada.

—Curioso... —susurra.

Sale del despacho y va hasta la tienda.

La mujer está junto al mostrador. Pablo le enseña algunos artículos para disimular el silencio. En cuanto ve llegar a su jefe, el joven se aparta con alivio.

—Señorita Nadia —saluda Toni.

—Señor Arango —responde ella, inmóvil, sin tender la mano.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Ya sabe a qué he venido. Posee un objeto que me interesa.

Toni apoya las manos sobre el cristal del mostrador. El frío del vidrio le atraviesa las palmas y dejan una efímera marca sobre el cristal. La observa con atención.

Es más baja que él, normal, teniendo en cuenta que roza los dos metros. La mujer tiene el cabello castaño, ondulado. Ojos pardos. Rasgos angulosos, casi perfectos. Una belleza medida y peligrosa a partes iguales.

—¿Puedo saber quién le ha dado esa errónea información?

—Usted y yo sabemos lo que guarda tras esa puerta —responde ella, señalando hacia la trastienda—. Hay una pieza en particular que lleva demasiado tiempo en su poder.

El señor Arango no se inmuta.

Sin embargo, algo en la voz de esa mujer lo incomoda y eso no sucede muy a menudo. No ocurre nunca.

—No sé de qué me habla. Y ahora, por favor, márchese.

Hace un gesto con la mano que el guardia de seguridad, atento desde la puerta de entrada, entiende a la perfección.

El joven da un paso adelante dispuesto a echar a la mujer a la calle. Ella sonríe. Coge el arma que guarda en el interior de su chaqueta y dispara dos veces por debajo del brazo, sin mirar. Los tiros son secos, precisos.

El guardia de seguridad cae al suelo. El chaleco detiene las balas, pero el impacto le rompe varias costillas. Intenta levantarse, jadeando, pero Nadia se acerca y le golpea la cabeza con la culata. El cuerpo queda inmóvil.

El señor Arango observa, calmado.

Saca su propia pistola de debajo del mostrador.

Apunta, pero no dispara porque Nadia lo hace antes.

Dos balas impactan en su pecho.

El anticuario se desploma. Al instante, la sangre se derrama sobre el suelo blanco del local, formando un charco rojo que parece tener vida propia.

Pablo grita desde detrás del mostrador. Tiembla. No puede moverse. Todo ha ocurrido en menos de veinte segundos.

La cabeza de su jefe queda a un metro escaso de él. Los ojos cerrados. El rostro sereno, casi en paz. En el pecho puede ver las manchas de sangre que se agrandan sin detenerse.

Pablo se arrastra hasta su lado y le abre la camisa con manos temblorosas. No sabe qué hacer. Lo ha visto cientos de veces en las películas, pero en el cine no siente el miedo, ni el temblor de las manos, ni el sabor metálico del pánico.

Presiona las heridas con fuerza.

La sangre está caliente. Demasiado.

Siente que algo arde bajo sus dedos.

Retira las manos justo a tiempo para ver que un brillo azulado e intenso sale del colgante que su jefe siempre ha llevado puesto.

Una joya que ahora cae en su costado derecho.

Cuando la luz se apaga del todo, Pablo ve atónito cómo las balas son expulsadas del cuerpo de su jefe.

Dos proyectiles deformados que caen al suelo con un tañido metálico, breve y agudo, que perfora el silencio.

Pablo los mira, incrédulo.

Todo sucede a cámara lenta.

El aire parece espesarse. Por un instante, tiene la absurda sensación de estar sentado en su cine favorito… solo le faltan las palomitas.

Diez segundos después, Toni Arango abre los ojos y se incorpora con calma.

Su camisa sigue empapada de sangre, pero las heridas han desaparecido.