Capítulo 42
No sabía ya con cuántas personas había hablado a lo largo de la noche. La mayoría eran completos desconocidos para mí, aunque estaban allí porque formaban parte de la vida de Liam de una manera u otra.
El caso era que, cuando quise darme cuenta, hablaba hasta con la pared.
—Amor, no vas a beber más —me dijo Liam mientras me sacaba del rincón en el que mantenía una conversación bastante seria con el muro.
Lo miré con toda la dignidad que fui capaz de reunir.
—Como toques mi copa, eres hombre muerto.
—Elige: la copa o yo.
Ladeé la cabeza.
—La copa. La copa.
Una sonrisa de medio lado apareció inmediatamente en su rostro.
Laila ya se había retirado a dormir con Isla, al igual que muchos de los invitados, pero todavía quedábamos los más jóvenes y algunos resistentes con ganas de continuar la fiesta.
Y yo tenía ganas de mucha fiesta.
—¡Mamá! —Escuché gritar a lo lejos.
Liam y yo nos giramos a la vez. A mí todavía me producía un vuelco escuchar a Erika llamarme así con tanta naturalidad, pero la verdadera sorpresa estuvo en la expresión de Liam, que abrió ligeramente los ojos antes de mirarme con una sonrisa que lo decía todo.
—¿Lo has oído? —le pregunté, incapaz de borrar la mía.
—Perfectamente —respondió sin dejar de mirarme.
—¡Hija mía! —grité levantando la copa con tanta emoción que terminé derramándome parte por encima.
Liam se echó a reír mientras me observaba con una ceja levantada, justo cuando Erika llegó hasta nosotros y se lanzó a abrazarme.
—¡Mamá, que me he enamorado!
—¿Cómo que te has enamorado? —preguntó Liam inmediatamente, mucho más atento de repente.
—De Phil, el hijo de tu asesor de Londres. Me ha pedido el Instagram y el teléfono y, si llega a pedirme las bragas, también se las doy.
Liam le dio un pequeño golpe en la nuca y yo me eché a reír a carcajadas.
No podía ser más graciosa.
—¡A tu madre se lo digo! —protestó ella.
—Está durmiendo.
—Pues mañana se lo digo. Yo me voy con mi amor.
Salió corriendo hacia la pista y la seguí con la mirada.
—Qué bonito. Se ha enamorado.
Liam suspiró.
—Deja de beber, por favor.
—Desde luego, qué antipático eres.
Me escapé hacia la pista y, por el camino, detuve a un camarero para pedirle otra copa.
A esas alturas ya me había cambiado el vestido.
Llevaba uno blanco, de tirantes y corto hasta la rodilla, que había elegido especialmente para la fiesta y que me parecía una monada.
Me sentía sexy, ligera y con unas ganas tremendas de bailar, así que empecé a mover las caderas al ritmo de la música latina que sonaba en aquel momento.
Cuando vi a Liam acercarse, me escondí detrás de un grupo de invitados.
—Escondedme. Tapadme, que hay un intruso buscándome —les pedí señalándolo.
Uno de ellos se echó a reír.
—Es tu marido.
Me quedé pensativa un segundo.
—Ah, es verdad.
Seguí bailando entre las carcajadas del grupo, aunque mi escondite duró bastante poco porque Liam no tardó en llegar hasta mí.
—¿Vas a dejar de huir de mí?
—Me quitaste mi casa.
—Te la he devuelto —respondió entre risas—. Y, encima, te quedaste con el dinero.
—Es lo que tiene haber colaborado en una trama.
De repente escuché por el micrófono la voz de mi hermano, que cantaba junto a su mujer una canción de una artista latina muy conocida.
Abrí mucho los ojos.
—¡Se ha hecho famoso! —grité—. Mira de quién era el temazo.
Liam puso los ojos en blanco.
—No es suyo. Solo está cantando la canción.
Me rodeó la cintura con ambos brazos.
—Aquí no lo vamos a hacer —le advertí—. Te estoy viendo las intenciones y somos el centro de miles de miradas.
—Aquí solo voy a ir preparándote para lo que va a pasar después.
Lo miré con una sonrisa.
—¿Sexo a lo grande?
Se echó a reír mientras negaba con la cabeza.
—Me tienes loquito, Kenna. Me tienes loquito.
—¿Yo? Eso será mi hija mayor. Yo soy un solecito de esos que dan calorcito.
Le di un beso rápido y volví a salir corriendo, pero enseguida vi que el camarero venía detrás de mí con la copa que le había pedido y me frené en seco. Esa sí que no pensaba perdérmela.
—¿Vas a seguir huyendo de mí toda la noche? —escuché a Liam a mi espalda.
—¡Socorro, me intentan secuestrar!
Eché a correr otra vez y, como era de esperar, terminé derramándome la copa encima, lo que hizo que Liam se echara a reír.
—¿Pero no ves que no te dura una ni un segundo?
—Para que veas que no bebo. Solo me refresco.
Le hice una mueca y fui en busca de otro camarero.
A lo lejos vi que Liam se había quedado charlando con unos amigos y agradecí que, por fin, me dejara un poco a mi aire. Al fin y al cabo, era mi día y necesitaba disfrutarlo sin que estuviera pendiente de mí a cada segundo.
—¡Mamá! —Volví a escuchar.
Me giré y vi a Erika acercarse.
—Dime, cariño.
—Phil me ha dicho que esos labios tan carnosos que tengo van a ser suyos.
La cogí del brazo.
—Llévame hasta él, que le parto la cara.
—¡Quita! A mí no me vas a arruinar mi historia —me advirtió señalándome con el dedo.
—Entonces vamos para que lo obligue a besarte.
—¡Ya lo hizo! Me robó un beso.
Se echó a reír.
—Ahora sí que se lo ha buscado. Vamos, que te lo devuelva.
Intenté tirar de ella, pero se soltó de mi mano.
—Ya no te cuento nada más.
Y salió corriendo antes de que pudiera decirle nada más. No entendía para qué venía a pedirme opinión si luego no me dejaba intervenir, aunque tampoco me importaba demasiado porque yo seguía completamente en mi salsa.
Me dirigí entonces hacia el camarero, que avanzaba con mi nueva copa a una velocidad desesperante. De verdad, no se podía tener menos sangre.
—¿Tú vas a dejar de jugar sola al escondite? —Escuché entonces la voz de mi hermano.
Me giré hacia él.
—Hermano, tú te callas, que ya me la has liado bastante en la vida. Mira lo que he acabado haciendo por tu culpa.
Le enseñé la alianza y él se echó a reír.
—La mejor decisión de tu vida.
—Ya veremos.
Me señaló la copa.
—No deberías beber más.
Suspiré indignada.
—Otro. Qué pesados sois los hombres. Me largo.
Empecé a caminar con cuidado, esta vez mirando fijamente la copa para evitar que terminara también sobre mi vestido.
Vi un balancín precioso que estaba vacío y decidí sentarme un rato allí, con la bebida entre las manos, para contemplar todo lo que ocurría a mi alrededor.
En medio de aquella borrachera feliz volvió a rondarme una pregunta absurda.
Seguía sin entender por qué Liam, cuando regresé de Irlanda y le entregué a su hija, había dejado de hablarme durante aquellas semanas.
Encima de que, sin saberlo, le había hecho el favor de mi vida y yo incluso había creído que había perdido mi casa.
Eso me lo iba a pagar, pensé antes de echarme a reír yo sola y negar con la cabeza.
Levanté entonces la mirada para contemplar la escena de mi propia boda, con las luces, la música, la gente bailando, las copas y las risas llenándolo todo, hasta que algo consiguió que me olvidara de cualquier otro pensamiento.
Erika estaba besándose con Phil.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Hostias!
Me levanté corriendo para llegar hasta ellos y, por supuesto, volví a derramarme la copa encima, como si aquellos vasos me hubieran declarado la guerra.
—¡Alto los dos! —ordené al llegar.
Se separaron inmediatamente y yo señalé a Phil.
—Tú. ¿Prometes serle fiel y cuidarla todos los días de su vida?
—¡Mamá! —protestó Erika—. A mí no me amenaces, que hasta que no me demuestre que es un hombre de los pies a la cabeza, no quiero ninguna formalidad.
Asentí muy seria.
—Muy bien dicho.
Volví a mirar al muchacho y me señalé los ojos con dos dedos antes de apuntarlo a él.
—Ya sabes. Me la cuidas o no encontrarán tu cadáver.
Phil levantó las manos.
—Vale, vale.
Lo observé un segundo.
—Eres guapo, eso sí. Muy guapo.
Y me marché en busca de otro camarero, aunque no tardé demasiado en acabar frente al escenario con una nueva idea rondándome la cabeza. Me acerqué al DJ y le pedí que bajara la música y me dejara el micrófono.
—Atención, todos mis invitados.
La gente empezó a girarse hacia el escenario y yo me sentí una estrella internacional, mientras Liam se reía desde abajo negando con la cabeza.
—Quiero deciros una cosa.
Todos empezaron a aplaudir antes incluso de que hubiera dicho nada y aquello me encantó.
—Estoy felizmente casada.
Levanté la mano para enseñarles la alianza y volvieron a aplaudir.
—Amo a mi marido, a nuestras hijas y hasta a mi suegra. Sí, a mi suegra. En mi caso no funciona eso de que las suegras son unas brujas porque la mía es una santa caída del cielo.
Las carcajadas se extendieron por toda la zona y, en ese momento, vi al camarero esperando debajo del escenario con mi copa, así que me acerqué para recogerla.
—Bueno, sigo. Esto merecía una pausa.
Levanté la bebida y la gente volvió a reírse.
—Lo que estaba diciendo… Soy una mujer felizmente casada. Nuestra historia ha sido corta, pero intensa. Como esas películas de misterio en las que no sabes si al final van a hacerte desaparecer.
La gente volvió a reír porque muchos conocían al menos una parte de todo lo que Liam había vivido, ya que el caso había sido una de las noticias más comentadas del país.
Me quedé callada unos segundos.
—Yo iba a decir algo más…
Me eché a reír.
—Pero se me ha olvidado.
Di un trago y dejé la copa sobre la mesa del DJ.
—La realidad es que quiero daros las gracias a todos. Muchos sois completos desconocidos para mí, pero estáis consiguiendo que recuerde este día como algo lleno de gente, fiesta, risas y muchísimo glamur.
Miré mi vestido.
—Eso sí, ignorad las manchas. No es culpa mía. Las copas me tienen manía.
La gente empezó a reírse y desde abajo escuché varios piropos y voces diciéndome que disfrutara de mi día.
Sonreí.
—Y ahora quiero pedirle a mi ya marido que suba para bailar conmigo una canción muy especial. Una que quiero que recordemos siempre como nuestra.
Busqué a Liam entre la gente.
—Por favor, amor. Ven conmigo.
Todos empezaron a aplaudir mientras yo me acercaba al DJ para decirle al oído qué canción quería y, en cuanto la escuchó, soltó una carcajada.
—Vale.
Liam subió al escenario tan guapo como siempre y todavía vestido con su atuendo tradicional escocés, aunque en cuanto se acercó me miró con cierta desconfianza.
—¿Me la vas a liar, vida?
—Va a ser nuestro tema.
Cogí sus manos y, en cuanto empezó a sonar una canción latina de perreo, toda la gente rompió a reír mientras Liam abría los ojos de par en par.
—No me puedes hacer esto.
—Perrea, perrea.
Empecé a mover el culo delante de él mientras lo animaba a seguirme y, después de unos segundos de resistencia, terminó entrando en el juego y bailando entre carcajadas con aquel atuendo escocés.
Nos reímos como locos y Erika no tardó en subir al escenario para unirse a nosotros. Aquello terminó convirtiéndose en uno de esos momentos imposibles de planear que, precisamente por eso, sabes que vas a recordar siempre.
Porque la vida estaba para bailarla y mucho más en un día como aquel.