El ogro de las Highlands Capítulo 41
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Capítulo 41

Con una de mis niñas a cada lado y agarradas de la mano, salimos por el pasillo en dirección a las escaleras. No dejaba de soltar el aire intentando controlar los nervios, aunque resultaba prácticamente imposible porque aquello era, sin duda, lo más grande y bonito que me había ocurrido en la vida.

Dos trabajadores perfectamente uniformados nos acompañaron durante todo el recorrido por el castillo hasta llegar a la puerta que comunicaba con los jardines.

En cuanto las tres nos detuvimos frente a ella, se apartaron para dejarnos paso y comenzó a sonar un romántico clásico escocés que siempre me había encantado.

Nada más contemplar lo que había al otro lado, se me llenaron los ojos de lágrimas. El jardín estaba decorado completamente en blanco y, al fondo, habían preparado un altar precioso. A ambos lados y detrás se extendían filas y filas de invitados, muchos más de los que jamás habría imaginado.

Sin embargo, lo que terminó de dejarme sin respiración fue ver a los hombres vestidos con la indumentaria tradicional escocesa y descubrir que Liam también la llevaba.

Jamás me lo habría imaginado así y estaba impresionantemente guapo, tanto que sentí cómo el corazón se me aceleraba todavía más en cuanto nuestras miradas se encontraron.

Él tampoco consiguió contener la emoción. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión tan bonita que consiguió hacerme llorar todavía más. Laila estaba a su lado, observándome con una sonrisa mientras acariciaba suavemente la espalda de su hijo.

Empezamos a avanzar despacio por el pasillo y yo intentaba asimilar cada detalle cuando, de repente, una voz que conocía perfectamente comenzó a escucharse a través de la megafonía por encima de la música. La reconocí al instante y sentí que me quedaba prácticamente paralizada.

—Cuenta la leyenda —comenzó aquella voz que consiguió erizarme la piel— que tu hermano tenía un mejor amigo de la infancia con el que estudió durante unos años. Ese amigo era de las Highlands y fue quien me ayudó a pagar la operación de nuestro padre cuando sufrió el accidente.

»No solo se convirtió en uno de mis mejores amigos, sino que también es el dueño de la empresa para la que trabajo desde hace años y la persona que incluso me ayudó cuando quise comprar mi propia vivienda.

Sentí que me temblaban las piernas al reconocer aquella voz. Era mi hermano y, por todo lo que estaba diciendo, no cabía ninguna duda de que hablaba de Liam.

—Un día me contó su historia. Yo conocía una parte, pero aquella vez me explicó todo lo que había realmente detrás y me juré que iba a ayudarlo.

Se había enterado de que buscaban a alguien para cuidar de una personita que él tenía claro que era su hija, y le aterraba pensar que pudieran contratar a alguien que terminara haciéndole todavía más daño.

Seguí avanzando muy despacio, completamente pendiente de cada palabra.

—Papá acababa de fallecer y pensé inmediatamente en ti. Eras la única persona en la que podía confiar para cuidar de uno de sus mayores tesoros mientras él conseguía demostrar la verdad y hacer justicia.

Me llevé una mano al pecho.

—Sí, fui yo quien te engañó de una manera miserable.

Fui yo quien te hizo creer que teníamos que vender una casa que también era tuya, sobre todo después de todos los años que dedicaste a cuidar de papá.

Pero jamás la perdimos. Liam la compró para asegurarse de que siguiera perteneciendo a la familia y, al mismo tiempo, ayudarte a llegar hasta donde necesitábamos que estuvieras.

»Hicimos también que, de una forma aparentemente casual, acabaras encontrando aquella empresa de trabajo temporal que te ofreció el puesto de interna. Y esa casualidad tampoco existió, porque la empresa pertenecía a Liam.

Cuando por fin llegué hasta él, Liam tomó mis manos sin dejar de llorar.

—Me voy a desmayar —murmuré.

—Te íbamos a compensar por todo —continuó la voz de mi hermano—. Cuando terminara aquello, ibas a recuperar tu hogar sin que nadie te pidiera devolver ni una libra de lo que hubieras ganado. Esa era tu recompensa y eso era exactamente lo que habría ocurrido.

Liam acarició una de mis manos.

—Tranquila —me dijo en voz baja—. Sigue escuchando.

Respiré como pude.

—Te mentí, hermana, pero lo hice para ayudar a una de las mejores personas que he conocido en mi vida, al hombre que consiguió que papá pudiera operarse en las mejores condiciones cuando más lo necesitaba.

»También te mentí con lo de mi mujer para evitar que intentaras contactar conmigo. Sabía que te enfadarías, que acabarías bloqueándome y, aunque suene horrible, durante un tiempo eso era precisamente lo que necesitábamos.

Sentí otro vuelco.

—Eso te lo explicaré con calma porque aquel miserable ya estaba jugando demasiado sucio y tú también habías empezado a entrar en su juego sin saberlo.

—Me muero —susurré.

—No te mueres, cariño —me tranquilizó Liam.

La voz de mi hermano continuó.

—Y sí, te mentí sabiendo que algún día tendría que contarte la verdad y confiando en que terminarías perdonándome.

Lo que jamás imaginé fue que Liam, una de las mejores personas que he conocido, y tú, mi hermana, acabaríais hoy aquí, amándoos de esta manera y a unos minutos de daros el «sí, quiero».

Las lágrimas me caían sin control.

—Y precisamente por eso quiero estar presente. Quiero estar a tu lado y sostener tu mano.

Entonces lo vi aparecer al final del pasillo con un micrófono en la mano, caminando lentamente hacia nosotros. En cuanto nuestras miradas se encontraron, sentí que toda la emoción que llevaba conteniendo terminaba por desbordarme.

—Hoy se casa el hombre al que considero mi mejor amigo y la hermana por la que daría la vida —continuó mientras se acercaba—. No, Kenna, no perdimos la casa. Pero hemos ganado algo muchísimo más importante.

Cuando llegó hasta nosotros, ya estaba llorando.

—Hoy quiero entregarte al hombre que estoy seguro de que va a amarte y cuidarte durante el resto de tu vida. Has encontrado una familia preciosa, pero quiero que recuerdes que yo también sigo formando parte de ella.

No pude contenerme más.

—¡Te quiero, hermano!

Me adelanté hacia él y nos fundimos en un abrazo enorme mientras llorábamos los dos.

—Yo también te quiero, cariño mío.

Vi entonces aparecer a su mujer y me acerqué también a abrazarla. Después ella ocupó su lugar entre los invitados y mi hermano volvió a acompañarme hasta Liam, que continuaba completamente emocionado, igual que Laila.

Nos miró a los dos y sonrió entre lágrimas.

—Ahora sí. Sed felices el resto de vuestra vida.

Los aplausos que estallaron a nuestro alrededor consiguieron que todo pareciera el final de una de esas películas capaces de dejarte el corazón encogido.

Jamás habría imaginado que mi hermano estuviera detrás de todo aquello.

Sabía que tenía un amigo en las Highlands y que trabajaba para él, pero nunca había relacionado una cosa con la otra.

Todo había sido cuidadosamente organizado y, aunque me había engañado, jamás me había hecho perder la casa. A su manera, había intentado protegerme y conseguir que yo cuidara de Isla mientras Liam reunía las pruebas necesarias para desenmascarar a Glen.

Poco después comenzó la ceremonia y, tras una revelación así, parecía difícil que algo pudiera emocionarme todavía más.

Sin embargo, al mirar a mi hermano a un lado y a Liam al otro, pensé por primera vez en muchísimo tiempo que mis padres podían sentirse orgullosos de aquel día en el que sus dos hijos volvían a estar juntos.

Escuchamos las palabras de quien ofició la ceremonia, intercambiamos las alianzas y, cuando por fin nos declaró marido y mujer, Liam y yo nos besamos entre los aplausos de todos.

La música escocesa empezó entonces a sonar con un ritmo mucho más alegre y los fuegos artificiales iluminaron el cielo formando nuestros nombres.

—Mira, hermana, ya tenemos un tío —le dijo Erika a Isla, provocándonos una carcajada.

Mi hermano se acercó inmediatamente a ellas y las abrazó.

—Y el mejor tío del mundo. Ya sabes que puedes contar conmigo cuando empieces a estudiar en Edimburgo.

—Perfecto. Ya podéis ir preparándome comidas y esas cosas —respondió Erika con aquella desfachatez suya que siempre conseguía hacernos reír.

—Eso está hecho.

Laila no dejaba de acariciarme la espalda y repetirme que aquel era uno de los días más felices de su vida. Se notaba cuánto me quería y yo seguía emocionándome cada vez que la miraba.

El jardín estaba precioso, con los invitados repartidos alrededor de varias mesas altas mientras los camareros ofrecían aperitivos y bebidas.

En otra zona habían instalado una carpa enorme donde celebraríamos la comida, con las mesas decoradas en blanco y jarrones de flores que completaban un conjunto cuidado hasta el último detalle.

Un grupo de música escocesa amenizaba el ambiente y, aunque intentábamos recuperar un poco la calma, seguíamos demasiado emocionados por todo lo que acababa de ocurrir.

Yo no podía dejar de mirar a mi hermano, todavía incapaz de creer que estuviera allí conmigo después de todo y que detrás de una historia que durante tanto tiempo había interpretado de una manera completamente distinta existiera otra realidad que jamás habría imaginado.

La boda estaba siendo preciosa, sí, pero también mucho más emotiva de lo que nunca habría pensado.

No sé cuántas copas de vino llevaba cuando finalmente nos sentamos a comer en la mesa principal junto a mis niñas, Laila, mi hermano, su mujer y mi marido.

No faltaron las carnes a la brasa ni una enorme variedad de entrantes típicos y, desde luego, nadie iba a quedarse con hambre porque los platos no dejaban de llegar uno detrás de otro.

Más que una comida de boda, aquello parecía un menú de degustación interminable.

Yo seguía disfrutando de cada momento, aunque todavía permanecía un poco en shock por todo lo que había descubierto. La historia que había vivido en las Highlands escondía otra detrás y, sin saberlo, mi hermano y yo también habíamos formado parte de ella desde el principio.

—Entonces tengo mi casa de Edimburgo y, además, el dinero que supuestamente me dieron por venderla —comenté mirando a Liam.

—Eso parece.

Entrecerré los ojos.

—Pues entonces ya puedo divorciarme.

Su carcajada se escuchó por encima de la música.

—Nada de eso vale lo mismo que lo que sentimos el uno por el otro.

Acercó el rostro para besarme.

—Abuela, tu hijo está abusando de su novia —soltó Erika, provocando una carcajada inmediata en mi hermano.

Laila negó con la cabeza.

—Tu padre. Y ya no es su novia, sino su mujer.

—Tu hijo —repitió Erika encogiéndose de hombros.

Mi hermano volvió a reírse.

—Siempre está así para pinchar a papá —le explicó Isla.

—Ya veo que es bastante graciosa —respondió él mirándola divertido.

Erika se volvió hacia él.

—Pues tú prepárate, que ahora eres mi tío y vas a tener que aguantarme en Edimburgo.

—Me voy preparando.

Mi cuñada se reía observándola y Laila hacía gestos con la cabeza como diciendo que aquella niña no tenía remedio.

Después de la comida llegaron los postres y la música comenzó a subir de intensidad para dar paso a la fiesta de la tarde, que prometía alargarse hasta bien entrada la madrugada.

A esas alturas yo ya llevaba ese puntito alegre que da el vino y me dedicaba a provocar a Erika para que fuera a buscar a su padre. Me lo estaba pasando en grande con mis niñas.

La fiesta llevaba ya un buen rato cuando Isla se acercó con su vaso en la mano y una expresión extrañada.

—Mami, esto sabe mal.

Cogí el vaso y probé un pequeño sorbo.

Abrí los ojos de golpe.

—Ay, Dios mío. Este no es tu vaso.

Liam lo cogió para comprobarlo y negó con la cabeza mientras se reía.

—Dime que no has bebido más de un sorbo.

—No. Solo uno y lo he escupido porque sabe fatal. Creo que está malo.

—Cariño, te has equivocado de vaso —le explicó él—. No vuelvas a dejar el tuyo por cualquier sitio.

Llamó a un camarero para pedirle otro refresco sin azúcar.

—Perdona —intervine—. ¿Podéis ponerle algún vaso diferente para que no se confunda cuando lo deje sobre la mesa?

—Claro. Si quiere, podemos marcarlo con su nombre en grande.

—Excelente idea.

El camarero regresó poco después con el nuevo vaso y, además de escribir su nombre, le había colocado un pequeño lazo alrededor utilizando una de las cintas que decoraban los centros de mesa.

Isla estaba encantada.

—Tu hija se ha desmadrado —comentó mi hermano señalando hacia el escenario donde estaban los músicos.

Seguimos su mirada.

—Ay, Dios. Esa niña está fuera de sí —soltó Laila.

Liam hizo ademán de levantarse.

—Voy a por ella.

—No, Liam. Déjala. Solo está bailando y animando. Eso sí, ha bebido un poquito más de la cuenta con la tontería de que ya es mayor de edad.

—Igual que tú, hermana —intervino mi hermano saliendo en defensa de Erika.

Le hice una mueca.

—Tú te callas.

—No pienso callarme porque llevaba demasiado tiempo deseando abrazarte y decirte todo lo que tenía guardado.

Volvió a estrecharme entre sus brazos y empezó a llenarme de besos.

—Te quiero, hermano.

—Y yo a ti con todo mi corazón.

Unos segundos después volvimos a mirar hacia el escenario al escuchar una voz que conocíamos perfectamente. Era Erika, que había cogido el micrófono y estaba cantando una canción muy conocida junto al grupo.

Liam se llevó una mano a la cara y se la pasó lentamente por el rostro mientras nosotros empezábamos a reírnos. Laila, en cambio, dio un largo trago a su copa con una expresión que parecía pedirle al vino que la transportara directamente a otra dimensión.

La noche estaba siendo divertidísima y yo, desde luego, ya empezaba a pensar en la siguiente copa.