El ogro de las Highlands Capítulo 40
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Capítulo 40

Y por fin llegó el día más esperado de nuestras vidas: nuestra boda.

Nos habíamos trasladado a un castillo reformado para celebrar eventos, aunque conservaba toda la esencia de una época dominada por los clanes. Allí nos casaríamos y celebraríamos después el enlace.

Yo seguía sin entender para qué hacía falta algo tan grande cuando, en principio, solo íbamos a estar nosotros cinco, Hanna —la prima de Laila— y su hijo Cameron, al que Liam adoraba y que era seis años menor que él.

Sin embargo, conociendo al hombre que estaba a punto de convertirse en mi marido, sabía perfectamente que aquello no iba a ser una boda cualquiera.

—Mamá, han llegado por lo menos mil personas —soltó Isla entrando en mi habitación mientras yo me tomaba el segundo café.

—¿Cómo que mil personas?

—Es un poco exagerada —intervino Erika, que venía detrás de ella—. Serán unas setenta: el equipo legal de papá, los detectives, trabajadores de la destilería con sus parejas, algunos vecinos de confianza y amigos de toda la vida.

Me eché a reír mientras negaba con la cabeza.

—Sabía yo que vuestro padre no se iba a quedar de brazos cruzados.

—Papá quiere presumir de mujer porque eres la más guapa del mundo —me dijo mi niña.

—Eso, tú hazle la pelota a mamá —comentó Erika.

Me quedé mirándola con la boca abierta porque era la primera vez que me llamaba así. Erika me dedicó un guiño, me dijo que estaba guapísima y salió de la habitación como si no acabara de regalarme uno de los momentos más bonitos de la mañana, seguida por Isla.

A Erika no podía darle mis apellidos porque ya era mayor de edad y legalmente no era posible hacerlo, pero eso no cambiaba lo que sentía por ella. La quería tanto como a Isla y por las dos habría dado la vida sin pensármelo.

Me acerqué a la ventana con una sonrisa todavía en los labios.

Daba a uno de los laterales del castillo y desde allí apenas podía distinguir nada de lo que estaban preparando, algo que, conociendo a Liam, seguramente también formaba parte de su plan para impedir que descubriera cualquier detalle antes de tiempo.

Como todavía era temprano, seguí con el café y abrí la ventana para fumar un cigarrillo mientras intentaba disfrutar con algo de calma de aquellos momentos previos.

Dentro de poco regresaría Erika para maquillarme y peinarme, algo que nos hacía especial ilusión a las dos y para lo que, además, tenía unas manos increíbles.

No podía evitar sonreír al pensar que yo había imaginado una boda íntima y Liam, como siempre, parecía haber preparado algo mucho más grande de lo que había dejado entrever.

Habíamos dormido juntos, pero después de tomarnos el primer café se había marchado para ultimar algunos detalles y arreglarse en otra habitación, dejándome allí con la sensación de que todo estaba a punto de empezar de verdad.

No podía sentirme más feliz.

Quizá por eso pensé inevitablemente en mis padres y en lo mucho que me habría gustado que pudieran acompañarme aquel día.

Con mi hermano, en cambio, seguía siendo distinto.

Había sido demasiado frío y egoísta conmigo y, aunque me había costado mucho arrancarme aquel dolor del corazón, sentía que por fin lo había superado.

No quería permitir que nada de aquello empañara un día tan bonito, así que respiré hondo y aparté esos pensamientos. De algún modo, sentía que mis padres estaban presentes, acompañándome desde donde estuvieran, y eso era lo único que importaba.

Todo lo demás podía quedarse fuera.

—¡Mamá! La abuela te manda estas —anunció Isla al regresar con unas galletas de mis favoritas en la mano.

—Gracias, mi vida.

—¿Estás nerviosa?

—Mucho —admití con una sonrisa.

—Hay un montón de gente instalándose en las habitaciones para arreglarse y quedarse esta noche.

—Lo vamos a pasar muy bien, ¿a que sí?

—Sí, porque ya vas a ser la mujer de mi papá, no solo mi mami.

Me abrazó y yo la estreché contra mí.

—Ahora te van a traer el desayuno.

—Menos mal, porque estoy hambrienta.

—Yo me quedo aquí a desayunar contigo. He pedido leche con cacao y pan con mantequilla y mermelada de fresa.

—Te voy a comer esa cara tan preciosa que tienes.

Le apreté suavemente las mejillas y empecé a llenarla de besos mientras se reía intentando apartarme.

—El que va a ser tu marido se la está buscando conmigo. Lo advierto —dijo Erika al entrar también con unas galletas en la mano—. Yo desayuno con vosotras porque, como lo haga con el que será tu marido, se lía.

—¡Tu padre! —gritamos Isla y yo al unísono antes de echarnos a reír.

—El tuyo y tu marido —replicó ella ladeando la cabeza.

Poco después llegó un camarero con una mesita donde habían colocado todo el desayuno y nos sentamos alrededor de la mesa que había en una esquina de la habitación. Todavía teníamos tiempo de sobra antes de empezar a prepararnos de verdad.

—Papá está muy nervioso —contó Isla entre risas—. Va de un lado para otro dando órdenes.

—Tu padre, tu padre —repitió Erika.

—¡Y dale! —exclamé riendo.

—Lo dice así, pero lo quiere muchísimo —me explicó Isla con toda la seriedad del mundo.

—Sí, cariño. Tu hermana simplemente ha encontrado una manera de pincharlo.

—Pues ni se inmuta, porque al final perjudica más a la abuela —respondió Erika.

La conversación seguía cuando Liam apareció en la puerta.

—Ya estoy aquí y por última vez antes de convertirme en un hombre casado. ¿Hay otro café para mí?

—Sí, claro, amor —respondí sonriendo mientras lo miraba y pensaba en la suerte inmensa que tenía de que me hubiera elegido para compartir su vida.

—Me temo que he interrumpido una reunión de mujeres. —Carraspeó mientras nos observaba.

—Erika dice que tú eres el hijo de la abuela y no su padre —le contó Isla, muerta de risa.

—Nada nuevo —respondió él con total tranquilidad.

Lo miré de reojo mientras cogía una tostada.

—Corre el rumor de que están llegando decenas de invitados.

—Si solo fueran decenas…

Me eché a reír.

—¡Te has vuelto loco!

—Quiero que todo el mundo vea que me caso con la mujer más bonita del planeta.

—Y luego quiere que lo llame padre cuando acaba de decirle eso a una que ni siquiera lleva su sangre —murmuró Erika, provocándonos otra carcajada.

—Eres una celosa, hermana —le soltó Isla.

—Y tú un loro que se mete en todo.

—Haya paz… —intervino Liam mientras las miraba a las dos.

Los nervios se respiraban alrededor de la mesa y, aunque Erika seguía manteniendo ese personaje suyo con el que conseguía hacernos reír, se notaba que los cuatro estábamos viviendo aquel momento con una intensidad enorme.

Después del desayuno y de un beso fuerte de Liam antes de marcharse otra vez, Erika empezó a peinarme y maquillarme mientras me exigía constantemente que no me moviera, incluso cuando llevaba varios minutos completamente quieta.

Los nervios estaban haciendo de las suyas con todas.

—Yo también quiero maquillarme, hermana —pidió Isla.

—Eres muy pequeña.

—Pero yo quiero.

—Puedes ponerle unas sombras muy suaves y un poco de colorete —sugerí.

Erika suspiró.

—Vale, pero luego que su padre no me riña.

—¡Tu padre! —gritamos Isla y yo a la vez antes de volver a echarnos a reír.

Cuando llegó el momento de vestirme, Erika me ayudó a colocar cada pieza con cuidado. En cuanto terminé, las dos se quedaron mirándome con una sonrisa enorme y no dejaron de repetirme que estaba preciosa.

Yo me las habría comido a besos. Por muchas bromas que hubiera siempre entre nosotros, sabía que aquellas dos niñas me querían con locura y lo sentía en cada uno de sus gestos.

Ellas también estaban preciosas con sus vestidos. Erika lucía una figura esbelta y elegante; ya era toda una mujer. Isla, en cambio, conservaba esa dulzura suya que conseguía enternecerme con solo mirarla. Nos abrazamos las tres y terminamos haciéndonos un selfi para guardar aquel instante.

Respiré hondo mientras las observaba y pensé que aquella boda era mucho más que la unión de una pareja que se amaba. Éramos una familia que había empezado a construirse de una manera poco convencional, quizá por el tejado, pero con unos cimientos que sentía más fuertes que nunca.

Liam me esperaría en el altar junto a su madre y yo llegaría acompañada por mis niñas, y solo imaginar ese momento conseguía emocionarme.

—Necesito un vino, que todavía vamos bien de tiempo —supliqué mientras juntaba las manos.

—Voy a buscar a mi amigo el camarero. Espera —dijo Isla mientras salía corriendo hacia la puerta.

—¡Que sean dos! —gritó Erika detrás de ella.

La miré con una sonrisa.

—Te has tomado muy en serio eso de haber alcanzado la mayoría de edad.

—Tengo que asumir que hoy se casa mi padre con la mejor figura materna que podríamos haber tenido.

Sentí que se me derretía todo por dentro.

—Ay, mi niña…

La abracé con fuerza.

—Ni se te ocurra llorar y estropearme el maquillaje.

—Es que acabas de decirme algo precioso.

—Ni se te ocurra —repitió mientras me advertía con el dedo.

Isla no tardó demasiado en volver acompañada de un camarero que llevaba una botella y tres copas, una de ellas con un poco de refresco.

—Yo brindo con refresco —anunció la pequeña entre risas.

—Vale, cariño, pero no abuses hoy, que ya sabes que no es bueno tomar demasiado.

—Solo un poquito, que estamos de celebración.

—Vale.

Brindamos las tres y empezamos a beber entre sonrisas y nervios, esos que se colaban ya en cada gesto y en cada palabra.

Poco después, uno de los trabajadores vino a avisarnos de que había llegado el momento y de que todos estaban esperando. Solté el aire lentamente, volví a abrazarlas y me preparé para salir al encuentro del hombre que, dentro de muy poco, se convertiría en mi marido.

Mientras avanzaba hacia la puerta, sentí que no podía ser más feliz ni estar más plena.