El ogro de las Highlands Epílogo
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Epílogo

Habían pasado once años desde nuestra boda y aquel día celebrábamos otro de esos momentos que sabíamos que recordaríamos siempre: Erika culminaba por fin su larga formación en medicina después de completar también su especialidad.

Lo hacía, además, con unas notas brillantes y un certificado de excelencia académica que nos tenía a todos rebosando de orgullo.

Isla seguiría sus pasos. Al comenzar el próximo curso estudiaría también medicina, después de haber conseguido unas calificaciones excelentes y superar la prueba de acceso a la universidad.

Habían sido once años preciosos.

Justo al año de casarnos decidimos trasladarnos a Edimburgo para poder estar todos más cerca.

Compramos una casa amplia y preciosa donde terminamos instalándonos nosotros, Laila y Erika, mientras el apartamento que habíamos adquirido para ella durante sus años de universidad quedó finalmente en alquiler.

Estar juntos siempre había sido una prioridad y, con el tiempo, comprobamos que aquella había sido una de las mejores decisiones que tomamos.

—Hoy me emborracho —anunció Erika entrando en la cocina completamente nerviosa.

—Pues espero que sea después de la graduación para que no la líes.

—Bueno, tú ya la liaste en tu boda y pusiste a mi padre a perrear.

No pudimos evitar echarnos a reír.

Y pensar que, precisamente al día siguiente de nuestra boda, Glen, el ogro de las Highlands , volvió a convertirse en noticia en todo el país.

Se había suicidado en prisión aquella misma tarde, poniendo así fin a una vida marcada por demasiadas decisiones crueles y por todo el daño que había dejado a su alrededor.

Sin embargo, aquel día no estuvo únicamente marcado por esa noticia. Después de desayunar con los invitados que todavía seguían comentándolo todo, Liam y yo hicimos las maletas y comenzamos una luna de miel que jamás habría podido imaginar.

Durante tres semanas recorrimos Japón y disfrutamos de cada lugar con la sensación de estar viviendo algo únicamente nuestro.

Fue uno de esos viajes que no se quedan guardados solo en la memoria, sino también en el corazón, y del que, además, regresamos con una sorpresa que cambiaría nuestra familia para siempre.

De aquella luna de miel llegó Cameron.

Ahora tenía diez años y era el pequeño terremoto de la casa, llamado así en honor al primo segundo de Liam. No era precisamente el más responsable con los estudios y protestaba por casi todo, aunque sabía perfectamente que con nosotros no había escapatoria: tenía que aprobar, quisiera o no.

Era mandón, tenía alma de líder y, al mismo tiempo, se había convertido en el ojito derecho de sus hermanas. También sabía que, cuando las cosas se complicaban, siempre podía recurrir a su abuela en busca de apoyo.

Laila, por su parte, seguía estupenda a sus setenta años. Y cuando decía estupenda, era estupenda de verdad. Parecía bastante más joven, conservaba la misma energía de siempre y continuaba tratándome como si fuera su propia hija, algo que seguía haciéndome sentir inmensamente afortunada.

Con mi hermano y su mujer también manteníamos una relación prácticamente diaria. Formaban parte de nuestra vida y su hija, Elisa, era como si fuera una más de las nuestras. La queríamos con locura y, como había nacido solo tres meses después que Cameron, los dos habían crecido prácticamente juntos.

Liam seguía gestionando sus negocios desde el despacho de casa, aunque con los años había vendido muchas de sus empresas y también todas las propiedades que conservaba en las Highlands, incluida la casa que había reformado con intención de vivir allí después de nuestra boda.

Siempre decía que aquel lugar le traía demasiados malos recuerdos y yo lo entendía perfectamente.

Nuestra casa de Edimburgo era grande y, aunque Laila vivía con nosotros, jamás habíamos sentido que nos faltara intimidad. Todo lo contrario. A mí me encantaba tenerla cerca y ella siempre había sabido respetar nuestro espacio sin necesidad de que nadie se lo pidiera.

Pero aquel día toda nuestra atención estaba puesta en Erika.

Terminaba por fin su formación y, además, lo hacía con un contrato fijo en uno de los hospitales más importantes de la ciudad. Y, por si aquello fuera poco, dentro de un año se casaría.

Sí, tal y como lo leéis.

¿Y sabéis con quién?

Con Phil, el mismo que le había robado aquel beso durante nuestra boda.

Trabajaba en el despacho de su padre y se había convertido en un magnífico asesor legal y abogado con un futuro brillante.

Su padre y Liam les habían regalado una casa en Edimburgo que empezarían a amueblar poco a poco de cara al enlace y yo no podía estar más tranquila con la elección de Erika.

Phil la había cuidado siempre con un cariño precioso y, después de tantos años juntos, seguían mirándose de una manera que me recordaba demasiado a nosotros.

En mi caso, nunca llegué a tener un trabajo como tal fuera de casa.

Con el tiempo empecé a ayudar cada vez más a Liam con parte de la gestión de sus asuntos y, para mi sorpresa, se me daba bastante bien.

Había terminado convirtiéndome en un apoyo importante para él también en esa parte de su vida, mientras él seguía mimándome y cuidándome como el primer día.

Además, conservábamos algunas pequeñas costumbres que se habían vuelto imprescindibles para nosotros.

Todos los viernes salíamos a cenar con mi hermano y su mujer o con los padres de Phil y casi siempre terminábamos tomando unas copas.

Era una tradición que apenas habíamos roto con los años y que formaba parte de esa vida sencilla y feliz que habíamos construido entre todos.

—Mamá, Elisa se va a quedar a dormir aquí esta noche cuando volvamos de la cena después de la graduación —me avisó Cameron.

—Vale. Os quedáis con la abuela porque papá y yo seguramente iremos después de copas con los titos.

—Mejor. Así no nos vigiláis.

Se echó a reír.

—Ve duchándote, que solo faltas tú y dentro de un rato tenemos que empezar a arreglarnos.

—¿Cuándo van a llegar papá e Isla?

—Están al caer. Han ido a recoger el regalo que le hemos comprado a Erika.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Qué regalo?

—No pienso decírtelo porque eres un chivato.

—Pues no me ducho.

Lo miré.

—¿Quieres que me quite la zapatilla?

—¡Me voy a la ducha!

Salió protestando mientras yo me echaba a reír.

Liam e Isla habían ido a recoger un precioso ramo de flores que habíamos encargado para Erika. Además, teníamos preparado como sorpresa un bolso de una firma que adoraba y al que llevaba meses echándole el ojo.

Sabíamos que se iba a volver loca cuando lo viera.

A veces pensaba en todo lo que había ocurrido desde aquel día en que me hicieron creer que habíamos perdido la casa y terminé marchándome a las Highlands sin imaginar siquiera lo que me esperaba allí.

¿Quién me iba a decir que aquella mentira terminaría llevándome hasta la casa del ogro de las Highlands?

¿Quién me iba a decir que allí conocería al amor de mi vida?

Y, sobre todo, ¿quién iba a imaginar que acabaría cuidando a una niña que terminaría convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi existencia?

Había sido un camino extraño, complicado y muchas veces doloroso, pero también había sido el que me había llevado hasta allí, hasta aquella cocina, aquella familia y una vida que jamás habría sabido imaginar para mí.

Era feliz, profundamente feliz, y a esas alturas solo le pedía a la vida que nos regalara salud y nos permitiera conservar durante muchos años más aquella unión tan bonita que habíamos construido entre todos.

Porque el amor, al final, siempre encuentra la manera de llegar por donde menos lo esperas.