Capítulo 39
Estábamos a diez días de nuestra boda y Liam seguía sin soltar prenda sobre prácticamente nada. Lo llevaba todo con un secretismo absoluto y yo, aunque sentía una curiosidad enorme, había decidido dejarme sorprender.
Aquella mañana él me esperaba en un bar mientras yo hacía la última prueba del vestido.
Solo quedaba comprobar que seguía ajustándose perfectamente y que no era necesario realizar ningún retoque de última hora, así que entré en el probador con esa mezcla de nervios e ilusión que empezaba a acompañarme cada vez que pensaba en lo poco que faltaba.
Cuando me lo puse y me miré en el espejo, volví a sentir que habíamos acertado de lleno.
Era un vestido precioso de dos piezas. El corpiño estaba delicadamente bordado, tenía tirantes finos y se ajustaba a mi cuerpo sin resultar excesivo.
La falda, de raso liso, seguía la silueta hasta abrirse ligeramente en forma de sirena y terminaba en una cola discreta que le daba ese toque especial sin hacerlo demasiado recargado.
Me veía elegante, favorecida y, sobre todo, me reconocía en él.
Laila me había acompañado la primera vez para ayudarme a elegirlo y todavía recordaba lo emocionada que se había puesto mientras me veía probarme un modelo tras otro.
Al final, las dos habíamos coincidido en que aquel era el indicado, porque realzaba mi figura y conseguía que me sintiera elegante sin dejar de verme juvenil.
La modista revisó cada detalle una última vez y confirmó que todo estaba perfecto. No había que estrechar, soltar ni modificar nada, así que únicamente quedaba prepararlo y darle el último planchado antes de enviármelo a casa en un par de días.
Lo había comprado en Inverness, en una tienda con bastante prestigio a la que acudían clientas de distintos puntos de Escocia, y precisamente por eso quería salir de allí con la tranquilidad de saber que no quedaba absolutamente nada pendiente.
Cuando por fin terminé y salí a la calle, sentí que una preocupación menos desaparecía de mi cabeza.
Liam me esperaba sentado en la terraza de un bar con una copa de vino delante y, en cuanto me vio acercarme, sonrió de esa manera suya que seguía consiguiendo desarmarme.
Aquel día habíamos ido en taxi porque después pensábamos comer por allí y pasar unas horas solos. Me había hecho gracia cuando lo propuso, aunque la explicación era bastante sencilla: si iba a beber, no quería tener que preocuparse después por conducir.
—¿Ya, amor? —preguntó mientras estiraba el cuello para recibirme con una sonrisa.
—Sí, cariño.
Me incliné para darle un beso antes de sentarme frente a él.
Hizo una seña al camarero y pidió dos copas más porque la suya estaba prácticamente terminada.
—¿Todo bien?
—Perfecto. No han tenido que tocar nada —respondí entre risas.
—Te mantienes estupendamente —bromeó con un guiño.
En ese momento recibí un mensaje de voz de Erika. Lo reproduje y su voz salió prácticamente a gritos anunciándonos que acababa de recibir el paquete de la tienda de cosmética que, según sus propias palabras, amaba con toda su alma.
Le habíamos comprado un lote enorme de perfumes, maquillaje y cremas de algunas de sus marcas favoritas.
Nos habíamos gastado unas dos mil libras porque queríamos que no le faltara detalle y, sobre todo, porque se lo había ganado.
Sus resultados académicos habían sido excelentes y, además, había superado la exigente prueba de acceso a la universidad en la que quería estudiar medicina.
No podíamos estar más orgullosos de ella.
En casa también estaba todo prácticamente listo para nuestra llegada y poco a poco íbamos llevando algunas cosas para instalarnos allí después de la boda.
Me encantaba cómo había quedado y todavía me parecía un sueño pensar que aquel lugar sería nuestro hogar.
A menudo me imaginaba sentada en el balancín del porche, leyendo un libro o disfrutando de una copa de vino mientras contemplaba el exterior.
Isla se había quedado con Erika y Laila, aunque separarse de nosotros le había costado un mundo. Seguía llevándolo regular a pesar de que con ellas se lo pasaba estupendamente.
Por mí habría venido con nosotros, pero Liam estaba empeñado en que aquel día fuera únicamente para los dos.
—Salud, amor —dijo cuando nos trajeron las copas.
—Salud, mi vida.
Le guiñé un ojo antes de brindar.
Terminamos el vino entre conversaciones tranquilas y después fuimos caminando hasta el restaurante que había reservado.
El lugar era una maravilla, instalado en una antigua casa reformada con muchísimo gusto y con un precioso patio al otro lado de la calle, lleno de pequeños rincones pensados para que los clientes pudieran disfrutar de cierta intimidad.
Nada más sentarnos pedimos otras dos copas de vino para abrir la mesa, como solíamos decir, y Liam eligió una selección de carnes a la brasa porque, cuando se trataba de aquello, jamás fallaba.
Chocó suavemente su copa contra la mía y me dedicó una sonrisa distinta a las anteriores.
—Ahora sí estoy preparado.
Lo entendí de inmediato.
También comprendí por qué había insistido tanto en que aquel día estuviéramos solos.
Había llegado el momento de contarme toda la verdad.
—Cuando quieras, cariño. Siempre voy a estar de tu lado —le dije mientras acariciaba su hombro.
Liam respiró hondo antes de comenzar.
—Me enamoré de ella, sí. Llegué a quererla como jamás pensé que podría querer a nadie… hasta que te conocí a ti y entendí que tú eras realmente el amor de mi vida.
—Gracias —respondí con una sonrisa.
—Éramos muy jóvenes cuando se quedó embarazada de Erika. Y, como habrás notado, mi hija, a pesar de conocer toda la verdad, jamás habla de ella.
—Sí. Me he dado cuenta de que todos evitáis nombrarla. Sobre todo aquel día en que le dije a Isla que estaba encantada de ser su segunda mamá y tú dijiste que solo tenía una y se llamaba Kenna.
—Así es.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—Por aquel entonces yo acababa de heredar una gran fortuna de mi padre. Mi madre también recibió la parte que le correspondía y otra parte de su patrimonio.
»Cuando nació Erika, decidimos casarnos, así que imagino que esta es otra cosa que tampoco sabías: no fue solamente mi pareja, sino también mi mujer. Le di el «sí, quiero» convencido de que sería para toda la vida.
—Muchas veces creemos que algo será para siempre y el tiempo termina demostrando lo contrario. No cometiste ningún crimen, Liam. Solo seguiste a tu corazón.
—Como un idiota —respondió con una sonrisa amarga.
—Bueno, todos lo hemos sido alguna vez.
Cogió la copa y bebió un poco antes de seguir.
—Cuando Erika tenía tres años, la familia de mi ex supuestamente se metió en graves problemas económicos.
Digo «supuestamente» porque después descubrí muchas cosas.
Para ayudarlos, avalé la deuda con la casa en la que después vivió Glen y donde tú trabajabas de interna, además de con una de las empresas que había heredado de mi padre.
Empecé a intuir por dónde iba la historia.
—Me lo estoy viendo venir —murmuré con tristeza—. Sigue, cariño.
—Un día descubrí que había perdido la casa y aquella empresa porque la deuda no se había cubierto por completo. Ambas habían terminado en manos de una sociedad de inversión cuyo propietario era Glen.
—Qué fuerte, vida.
—Y aquello solo fue el principio. Mi mujer me dejó poco después porque, según ella, se había enamorado de otro hombre y ya no podía continuar conmigo. Para rematarlo, dijo que no tenía intención de llevarse a Erika y que podía quedármela. Creí que iba a volverme loco.
Le acaricié el brazo.
—Tranquilo.
—Lo estoy. Ahora lo único que siento es rabia cuando pienso en cómo se rieron de mí.
Está donde tiene que estar y terminó probando parte de su propia medicina.
Todo había sido orquestado por su familia y por Glen, que quería aquella empresa y también la casa porque antiguamente mi padre se la había comprado a su familia.
—Es todo tan fuerte…
—Cuando descubrí que ella se había ido a vivir con él precisamente a aquella casa, pensé que perdería la cabeza. Juré que me vengaría de los dos y recuperaría lo que me pertenecía.
»Pero aproximadamente un año después empecé a descubrir que las intenciones de Glen iban mucho más allá. Fue entonces cuando decidí proteger a Erika y la mandé con mi madre a Londres.
—No sabía que habían vivido allí.
—Sí. Estuvieron varios años, hasta que Erika cumplió catorce. Mi hija llegó a vivir incluso con seguridad privada sin ser consciente de ello y la mantuvimos hasta la detención de Glen.
Intentaba encajar toda aquella información y había una pregunta que llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza.
—Hay algo que sigo sin entender. Después de todo esto, ¿cómo puede ser que Isla sea tu hija?
Liam soltó una breve risa carente de humor.
—Dicen que los tontos de buen corazón tropiezan dos veces con la misma piedra.
Lo miré esperando que continuara.
—Hace nueve años apareció en mi casa llorando y contándome una historia para no dormir. Aseguraba que su familia y Glen la tenían amenazada y decía que quería recuperarnos a mí y a su hija, a la que, según ella, no había dejado de echar de menos ni un solo día.
Su expresión se endureció.
—Terminamos llorando y bebiendo juntos. Cuando desperté a la mañana siguiente, estaba desnudo en una cama que olía a sexo y ella ya no estaba allí.
—Ay, Dios…
—Fui a buscarla a aquella casa sin pensar en las consecuencias. Estaba lleno de rabia. Cuando llegué, me dijo que todo eran imaginaciones mías y que entre nosotros no había pasado absolutamente nada.
»Y todo aquello delante de Glen, que incluso intentaba tranquilizarme. Ella se justificó diciendo que habían tenido una discusión, que estaba alterada y que necesitaba hablar con alguien.
Me costaba incluso imaginar la escena.