Capítulo 38
Cuatro meses después…
Habíamos llegado a mayo y, sorprendentemente, el principio de mes nos estaba regalando unas temperaturas bastante agradables. Aun así, no convenía cantar victoria porque en aquellos lares ya sabíamos que podíamos pasar por las cuatro estaciones del año en una misma jornada.
Era sábado y las obras de la casa nueva habían terminado hacía apenas unos días.
La cocina y los baños ya estaban completamente montados y habían quedado preciosos.
Solo faltaba amueblar los dormitorios y el salón, cuyos muebles llegarían aquella misma semana y que, por lo que habíamos elegido, prometían quedar espectaculares.
La casa también tenía un patio precioso con un porche enorme para el que ya habíamos encargado todo el mobiliario. Ese tardaría algo más en llegar, unos doce días, porque lo habíamos pedido a una tienda de fuera del país, pero poco a poco todo iba tomando forma.
Los últimos meses habían estado llenos de paz, crecimiento personal y familiar, unión y estabilidad. En definitiva, todo aquello que una persona necesita para recuperar el equilibrio después de haber atravesado épocas cargadas de nervios e incertidumbre.
Lo único que me faltaba era volver a trabajar, aunque había sido una decisión que había meditado mucho junto a Liam.
Él me había pedido que, por el momento, me volcara en Isla y estuviera presente en todos los ámbitos de su vida, ya que entre semana dedicaba muchas horas a sus negocios y también a poner en orden todo aquello que, por resolución judicial, iba recuperando de manera progresiva.
Seguíamos teniendo pendiente aquella conversación en la que me contaría toda la verdad sobre lo ocurrido, pero yo no tenía ninguna prisa. Confiaba plenamente en él y, al fin y al cabo, aquella era su historia y debía compartirla conmigo cuando se sintiera preparado para hacerlo.
Glen había sido condenado a cadena perpetua, lo que suponía pasar una gran parte de su vida en prisión y el resto bajo vigilancia, con la posibilidad de regresar a la cárcel ante cualquier incumplimiento.
Fiona, por su parte, había recibido una condena de diez años, al igual que el resto de personas implicadas.
La sentencia se había hecho pública, al igual que el derecho de Liam a recuperar el patrimonio que le correspondía. Su equipo seguía gestionándolo todo y devolviendo poco a poco cada cosa a su lugar, no solo por él, sino también por sus hijas.
Lo que nunca se había revelado públicamente era la historia completa, precisamente para proteger a las niñas y preservar los derechos de los tres.
Por eso yo apenas conocía la punta del iceberg de todo lo que había detrás y que, para el resto del mundo, permanecería protegido por el secreto del procedimiento.
Aquella mañana estaba tomando un café en la cocina mientras esperaba a que Liam regresara de comprar el pan. Isla todavía dormía plácidamente.
Durante ese mes habíamos viajado tres veces a Edimburgo porque necesitábamos buscar un apartamento para Erika. Finalmente, se había decidido por medicina y allí estaba la universidad en la que quería estudiar.
Precisamente el fin de semana anterior habíamos ido el viernes para cerrar la compra y revisar con una empresa de reformas todo lo que queríamos hacer, ya que Liam pretendía dejarle el apartamento completamente renovado antes de que se instalara.
Tenía dos dormitorios, estaba situado en una zona muy céntrica y, además, disponía de una plaza de garaje en el propio edificio.
Liam no estaba dispuesto a que pasara tantos años viviendo en una residencia. Entre la carrera y la especialidad, sabía que todavía le quedaban muchos años de estudio por delante y quería que pudiera estar cómoda y tener un lugar suyo.
Se marcharía después del verano para empezar el próximo curso y Laila ya había avisado de que pensaba pasar temporadas con ella. Precisamente por eso habíamos buscado un piso con dos dormitorios, para que la abuela también pudiera tener allí su propia habitación.
Otro asunto que Liam seguía valorando era qué hacer con el dinero de la casa en la que yo había trabajado como interna, la misma que Glen había ocupado hasta su detención.
Ahora estaba a la venta y una de las posibilidades era destinar parte de ese dinero a comprar una vivienda para nosotros en Edimburgo.
Tampoco descartábamos trasladarnos allí durante unos años en el futuro para estar más cerca de Erika. Además, en la ciudad se encontraba el mismo centro educativo al que pertenecía el colegio de Isla, por lo que, llegado el momento, podrían gestionar su traslado sin demasiadas complicaciones.
No teníamos ninguna prisa por tomar decisiones tan importantes. De momento, lo prioritario era dejarlo todo preparado para Erika con suficiente antelación y conseguir que empezara el próximo curso sin preocupaciones.
La verdad era que no podíamos estar más orgullosos de ella. Era una estudiante excelente y sus notas eran dignas de matrícula de honor.
Mientras tanto, nuestra vida también seguía avanzando a pasos preciosos porque, a principios de julio, celebraríamos nuestra boda.
¿Podía ser más feliz viendo que, por fin, todo parecía ir viento en popa a nuestro alrededor?
—Ya estoy aquí —anunció Liam al entrar con el pan.
—Hola, amor. Te tengo el cafecito preparado.
—¿Y la dormilona sigue en el séptimo sueño?
—Déjala. Durante la semana tiene que madrugar.
—Hoy vamos a comer fuera.
—Genial.
—Luego recogemos a mamá y a Erika.
—Perfecto.
Me encantaba escucharlo decir simplemente «mamá» en lugar de «mi madre» cuando hablaba conmigo. Era como si, de alguna manera, también la considerara ya un poco mía.
La boda seguía envuelta en el más absoluto de los secretos y, sinceramente, no me importaba. Quería que Liam volviera a sorprenderme como lo había hecho tantas otras veces, dejándome el corazón completamente derretido.
Era mi lugar seguro, esa persona en cuyas manos podía dejar las cosas con la tranquilidad de saber que haría todo lo posible por cuidar de nuestro entorno y de quienes formábamos parte de él.
—He oído que vamos a comer con la abuela y mi hermana —dijo Isla al aparecer en la cocina mientras se frotaba los ojos.
—Sí, cariño —respondió su padre mientras abría los brazos para recibirla.
—Pues yo quiero estrenar los zapatos de bailarina que me ha comprado mami —añadió con una sonrisa mientras me miraba.
—Nada te lo impide y, además, hace un día precioso.
—También quiero ponerme la falda de pana beige .
—Claro, cariño. Te va genial con las bailarinas marrones y tenemos unos leotardos finos que combinan perfectamente.
—Eres una presumida —le dijo Liam.
—Sí —contestó ella tan tranquila antes de echarse a reír.
Eran alrededor de las doce cuando salimos a recoger a Laila y a Erika, que ya nos esperaban en la puerta de casa.
—Papá, todavía no me has subido la paga —soltó Erika nada más acomodarse detrás, junto a su hermana.
—Ni te la va a subir por pesada —respondió la abuela al sentarse al otro lado de Isla.
—Abuela, me parece muy feo por tu parte que te pongas de su lado.
—Yo no me pongo de parte de nadie, hija, pero es que no paras. Siempre estás con el mismo cuento.
—Ella no ve lo que me va a costar mandarla a estudiar a Edimburgo —intervino Liam.
—Papá, no me hagas hablar.
—Habla.
—Bueno, ¿podemos tener el trayecto en paz? —intervine poniendo los ojos en blanco.
Erika me miró inmediatamente.
—¿Tú también estás de su lado?
—Para nada. Solo digo que hagamos el camino tranquilos.
—Dame cincuenta libras y me callo.
Abrí el bolso.
—Toma.
—Ni se te ocurra —me advirtió Liam.
—Demasiado tarde.
Saqué el billete y estiré la mano hacia atrás para entregárselo.
—Tú y yo vamos a hablar luego muy seriamente.
—Sin problema —respondí con una sonrisa.
—Esta niña solo quiere dinero.
—Y estudiar, Liam, que de eso no puedes tener ninguna queja.
—¡Viva la futura mujer de mi padre! —exclamó Erika mientras aplaudía.
—No calientes más el asunto —le advirtió su abuela.
Isla se reía a carcajadas escuchándonos mientras Liam negaba con la cabeza y bufaba resignado.
Llegamos a un pueblo situado a unos treinta kilómetros y paramos frente a un restaurante a las afueras que disponía de aparcamiento propio.
El lugar tenía muchísimo encanto y unas vistas espectaculares. Liam había reservado una mesa en una terraza acristalada desde la que podíamos disfrutar de todo el paisaje sin renunciar a estar resguardados.
Me encantaban aquellos días en familia en los que salíamos todos juntos. Incluso escenas como la que acabábamos de vivir en el coche terminaban siendo divertidas, porque Erika era todo un personaje y conseguía convertir cualquier conversación en un espectáculo.
Durante la comida, las niñas intentaron sonsacarle a su padre alguna información sobre la boda, pero no hubo manera. Probaron con preguntas, amenazas y hasta intentos de soborno, aunque todo resultó inútil.
Ni siquiera Laila sabía nada.
Liam tenía completamente blindado todo lo relacionado con ese día y sorteaba cada una de nuestras preguntas con una tranquilidad y una habilidad que conseguían desesperarnos y hacernos reír a partes iguales.
Después de comer dimos una vuelta por el pueblo y entramos en varias tiendas. Como no podía ser de otra manera, Liam terminó pagando algunos caprichos de las cuatro porque incluso a Laila se le antojaron un par de pantalones que se probó y le encantaron para la nueva temporada.
A Erika hubo que frenarla porque, de haber sido por ella, habría salido de allí con media tienda, aunque yo tampoco estaba en posición de hablar demasiado. Terminé enamorándome de dos vestidos y dos camisetas, así que salí con cuatro prendas exactamente igual que ella.
A Isla también le compramos un par de conjuntos preciosos que le quedaban como hechos a medida.
Pasamos toda la tarde en el pueblo y aprovechamos tanto el día que terminamos merendando y cenando allí. Era exactamente el tipo de jornada que más disfrutábamos cuando estábamos todos juntos.