El ogro de las Highlands Capítulo 37
84%

Capítulo 37

Después de cuatro días en Disney que habían sido una auténtica fantasía, tocaba regresar poco a poco a la realidad.

Las vacaciones de Navidad habían terminado y las niñas volvían a sus estudios, así que aquella mañana retomábamos horarios, desayunos con prisas y rutinas que, curiosamente, también me hacían ilusión.

Desperté a Isla con cuidado y la ayudé a vestirse mientras se tomaba el vaso de leche que ya le había preparado. También tenía listo el desayuno para que se lo llevara al colegio.

Seguíamos instalados en casa de Liam, donde permaneceríamos hasta que terminaran las obras de la nueva vivienda. El día anterior habíamos regresado de París y, nada más volver, Erika se había marchado a casa de su abuela porque prefería quedarse con ella y no quería dejarla sola.

Eso sí, ya había avisado de que pensaba presentarse muchos fines de semana por casa para sacarle algo de dinero a su padre. Tal cual. Erika era así y, encima, conseguía que aquello tuviera gracia.

Aquella mañana Liam había tenido que salir temprano hacia Glasgow porque tenía una reunión importante, aunque antes de marcharse pudimos tomarnos un café juntos. Por eso, cuando llegó la hora de preparar a Isla para el colegio, nos habíamos quedado las dos solas en casa.

—Tengo mucho sueño —se quejó Isla mientras la ayudaba a vestirse.

—Te lo dije ayer, cariño. Te quedaste hasta tarde viendo una película de Disney y, además, sigues cansada del viaje. Cuando vuelvas del cole puedes descansar un rato y esta noche te acuestas temprano.

—Vale, mami —respondió con una voz tímida que consiguió arrancarme una sonrisa desde lo más profundo.

Me quedé mirándola unos segundos antes de besarle la mejilla.

—Claro que sí, hija.

—Ayer le pregunté a papi si podía llamarte mami y me dijo que, si tú querías, no había ningún problema.

Sentí un vuelco precioso en el pecho.

—Puedes llamarme como quieras, mi vida.

—Mami. A mí me gusta que seas mi mami.

La abracé con fuerza.

—Pues seré lo que tú quieras, cariño.

Salimos de casa y cogí uno de los coches de Liam, ya que él se había llevado el otro. La conduje hasta el colegio y su profesora me recibió con una sonrisa al verme acompañándola de nuevo.

—Luego nos vemos, cariño. Te quiero.

La abracé antes de despedirme.

—Yo también, mami.

No sabía cuántas veces me había llamado así desde que se levantó, pero cada una conseguía provocarme el mismo revuelo de emociones bonitas.

Después de dejarla en clase, pasé por el obrador a comprar pan y aproveché para llevar también uno para Laila, que me esperaba para desayunar en su casa.

Nada más llegar, me recibió con uno de aquellos abrazos suyos que parecían envolverlo todo. Había hecho lo mismo el día anterior, cuando dejamos allí a Erika, y cada vez que me trataba con aquel cariño, sentía con más fuerza que de verdad me estaba haciendo un hueco en su vida.

El desayuno ya estaba preparado en la cocina. Me senté con ella y, como en su casa podía fumar sin problema, encendí un cigarrillo para acompañar el café antes de tomar la tostada.

Lo que no esperaba era que, unos segundos después, ella también encendiera uno.

—No me mires así —me dijo divertida—. Fumo de vez en cuando, pero a escondidas de todos.

Me eché a reír.

—No voy a decir nada.

—Más te vale.

Seguimos desayunando entre risas hasta que su expresión se volvió algo más seria.

—No es porque sea mi hijo, pero tienes a un hombre en el que siempre podrás confiar. Va a cuidarte y a defenderte con uñas y dientes.

—Lo sé, Laila —respondí con una sonrisa.

—Y también tengo que decirte que a él no podía haberle tocado una mujer mejor. Va a casarse con alguien que no solo lo quiere a él, sino también a sus hijas, y ellas tienen que ir siempre por delante.

—Por supuesto.

—No sabes lo feliz que me haces, cariño. Para mí ya eres como una hija más.

Volvía a repetírmelo con aquella sonrisa tan bonita, igual que el día en que Liam me pidió matrimonio y ella nos acompañó a través de la videollamada.

—Soy inmensamente feliz con Liam y con todo lo que forma parte de su vida, porque todas sois muy importantes para mí. Sois mi familia y, ahora mismo, lo único que tengo en el mundo.

—Y nos vas a tener siempre, Kenna.

Su sonrisa consiguió iluminarme por dentro.

Me quedé toda la mañana con ella y la ayudé a preparar un cocido de patatas con carne que quedó espectacular. Comimos juntas y me quedé un rato más hasta que llegó la hora de ir a recoger a Isla. Erika salía a la misma hora, pero regresaba sola porque estudiaba en otro centro.

En cuanto la pequeña me vio, corrió hacia mí sonriendo.

—Mami, ya no tengo sueño.

—Bueno, eso está por ver —respondí entre risas.

—Hoy hemos comido un pescado riquísimo con patatas cocidas y una sopa de fideos.

—Qué bueno.

—¿Qué vamos a merendar?

—Un batido de fresa o de vainilla y un sándwich enrollado como los que te prepara la abuela.

—¡Sí! —exclamó emocionada.

Regresamos a casa y se sentó a merendar. Intenté mantenerla entretenida durante la tarde para evitar que se durmiera y así conseguir que se acostara temprano aquella noche.

Mientras hacía los deberes, preparé una sopa de pescado para la cena y la dejé lista para cuando llegara Liam, que había dicho que volvería alrededor de las siete.

Después duché a Isla, le puse el pijama y la dejé instalada en el sofá hablando por videollamada con su hermana. Le contaba cómo le había ido el día y no tardó en recordarle que el fin de semana tenía que ir a casa para maquillarla otra vez.

Que Erika fuera a pasar aquellos días con nosotros le hacía muchísima ilusión.

Liam llegó cargado con varias cosas que había traído de Glasgow y fui ayudándolo a colocarlas en la cocina. Entró sonriente y feliz, abrazándonos como si llevara una eternidad sin vernos.

Me encantaba la forma en que nos trataba y, sobre todo, esas miradas suyas cargadas de una intensidad que seguía consiguiendo ponerme nerviosa.

Se duchó, se puso ropa cómoda y se sentó a cenar con nosotras mientras yo terminaba de preparar la mesa.

—Papi, este finde viene mi hermana y me va a maquillar. A ti te va a sacar dinerito —le anunció Isla entre risas.

—Bueno, eso está por ver.

—Sí, papi, porque tú la quieres mucho y, aunque protestas, al final se lo das.

—Hacéis conmigo lo que os da la gana.

—Somos tus hijas favoritas —respondió riéndose—. Hoy llamé «mami» a Kenna todo el tiempo, ¿a que sí?

—Sí, cariño —contesté con una sonrisa.

Liam me miró y levantó una ceja.

—¿Yo también puedo llamarte mami?

Los tres terminamos riéndonos.

—Claro. Mami, cariño, amor… lo que quieras —respondí entre risas.

—Papi, mañana vas a llevarme al cole con mami, ¿a que sí?

—Sí. Mañana me apunto y así la invito a desayunar fuera.

—¡Vale! —gritó feliz al saber que iríamos los dos.

Nada más terminar de cenar, se fue a su habitación a leer un cuento, aunque no aguantó ni cinco minutos porque se caía de sueño.

Aproveché entonces para darme una ducha rápida y ponerme el pijama antes de sentarme con Liam en el sofá.

—Así que ya te llaman mami… —comentó mientras pasaba un brazo por mis hombros y me acercaba a él.

—Eso parece —respondí sonriendo.

—¿Y qué tal tu primer día ejerciendo como tal?

—No es la primera vez que hago de madre con ella. Lo verdaderamente emocionante de hoy ha sido pasar la mañana con la tuya.

—¿Tengo que ponerme celoso?

—Muchísimo. La adoro lo suficiente como para cambiar un plan contigo por uno con ella.

—Eso duele. —Carraspeó mientras me miraba de lado.

—Es lo que pasa cuando me acercas a personas maravillosas.

Liam sonrió y me dejó un beso en la sien.

—¿Sabes que eres el amor de mi vida?

—¿Me estás interrogando?

—Puede ser…

Lo miré con desconfianza.

—Eso es que estás deseando soltarme algo.

—Me vas conociendo, pequeña.

Volvió a besarme en la sien antes de continuar.

—¿Cuándo nos casamos?

—Bueno, cuando tú quieras. Yo estoy disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

Se rio.

—Estaba pensando en verano. En mayo deberían terminar la casa nueva y podríamos mudarnos allí después de la boda. Eso sí, me gustaría esperar a que las niñas terminen el colegio, a principios de julio.

Sentí que la ilusión empezaba a crecer dentro de mí.

—Jo, me parece maravilloso. ¿Y cómo te imaginas la boda? —pregunté con curiosidad.

—Después de la pedida en Disney, no puedo permitirme bajar el listón —respondió carraspeando, consiguiendo que me echara a reír.

—Lo dejaste bastante alto.

—Precisamente por eso tengo que sorprenderte y me temo que no va a ser fácil.

—Yo sería feliz hasta casándome en vaqueros y celebrándolo en cualquier bar de la ciudad, comiendo con vosotros.

—Después de aquella pedida, eso sería caer demasiado en picado.

—¿Y no vas a darme ningún detalle?

—Claro que sí. El primero es que tienes tiempo de sobra para buscar tu vestido de novia y ocuparte también del de Isla, porque me temo que Erika elegirá el suyo por su cuenta. De todo lo demás me encargo yo.

Lo miré con una sonrisa.

—Eso suena a muy pocos detalles.

—Tú déjate llevar. Yo haré que sea fascinante.

—¿Y por qué será que no lo dudo?

Lo abracé con fuerza mientras empezaba a imaginar aquel día en el que, por fin, me convertiría en su mujer.