El ogro de las Highlands Capítulo 36
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Capítulo 36

Eran alrededor de las siete de la tarde cuando empezamos a prepararnos para la cena, que estaba programada para las ocho. Las niñas fueron pasando por la ducha mientras Liam y yo terminábamos de arreglarnos, ya que nos habíamos duchado un rato antes.

—No pienso vestirme de príncipe, Kenna.

—Me da igual lo que digas. Hoy vamos a ir los cuatro acordes con el momento.

—Me niego a hacer el ridículo.

—Aquí harás más el ridículo si vas diferente. Estamos en Disney.

—Me niego. Entiéndelo.

—Pues yo no lo entiendo. Échate una copita de vino y ve entrando en calor.

Se quedó pensándolo apenas un segundo.

—Buena idea.

—Y ya que estás, me sirves otra a mí.

—No sé, no sé… —Carraspeó mientras me miraba de lado con aquella sonrisa que tanto me gustaba.

Terminó descorchando la botella y sirvió las dos copas. Brindamos con un beso y con el deseo de que la entrada del nuevo año fuera todavía más bonita que aquella despedida, algo que a mí me parecía difícil de superar después de todo lo que estábamos viviendo.

Liam siguió insistiendo durante un buen rato en que no pensaba ponerse el disfraz, aunque yo tenía clarísimo que terminaría haciéndolo. Era prácticamente imposible que se saliera con la suya teniendo a tres mujeres delante dispuestas a impedírselo.

Poco después aparecieron las niñas y consiguieron dejarnos a los dos con la boca abierta.

Estaban preciosas con sus vestidos y muy bien maquilladas, porque Erika para esas cosas era toda una artista.

Hasta los peinados de ambas habían quedado espectaculares, con ondas y pequeños adornos que completaban a la perfección los disfraces.

Les hicimos varias fotos mientras ellas posaban encantadas.

—Venga, hijo de la abuela, ahora te toca ir a convertirte en príncipe —ordenó Erika.

—Me niego.

—No te puedes negar. El ridículo que te voy a hacer pasar si no te lo pones será muchísimo peor que llevar ese traje.

—Papi, quiero que vayamos todos de Disney —pidió Isla poniendo aquella cara que sabía perfectamente que le funcionaba con él.

Liam bufó.

—No sé para qué se me ocurrió traeros.

Y, pese a sus protestas, terminó entrando en la habitación con el disfraz.

Mientras tanto, Erika se ocupó de maquillarme y arreglarme el pelo en muy poco tiempo. Tenía una facilidad increíble para aquello y consiguió que el resultado combinara perfectamente con el vestido.

Cuando terminé de vestirme, Liam salió ya con el suyo puesto y las tres nos quedamos mirándolo. Estaba espectacular; más que disfrazado de príncipe, parecía uno de verdad.

—Esta me la vais a pagar —advirtió.

—Sí, papi, te la pagamos —respondió Isla con una sonrisa enorme.

Llegamos al salón donde se celebraría la cena de fin de año y encontramos la estancia prácticamente llena de huéspedes. Para alivio de Liam, muchísimos iban vestidos como personajes de Disney, de modo que dejó de sentirse tan fuera de lugar.

Todo comenzó con un espectáculo impresionante protagonizado por los propios camareros, caracterizados también como personajes, que iban sirviendo los platos mientras bailaban y se movían al ritmo de la música.

Aquello era pura fantasía.

La gente lo vivía entre aplausos, risas y movimientos desde las propias sillas, y la emoción podía sentirse por toda la sala. Pensé que no se me ocurría una manera mejor de cerrar el año ni una noche más bonita para guardar en la memoria.

La cena estaba cuidada hasta el último detalle. Liam y yo no dejábamos de brindar con vino mientras las niñas lo hacían con sus refrescos. Incluso habíamos permitido que Isla tomara uno como excepción por tratarse de una noche especial.

En un momento determinado, la música se detuvo y desde el escenario pronunciaron nuestros nombres. Primero el de Liam y, justo después, el mío.

Lo miré sorprendida y él me respondió con un gesto que dejaba claro que tampoco entendía qué estaba ocurriendo. Después dirigimos la vista hacia las niñas, que permanecían boquiabiertas con una expresión de inocencia tan exagerada que casi resultaba sospechosa.

Desde el escenario volvieron a invitarnos a subir y terminamos levantándonos entre risas nerviosas, sin tener la menor idea de en qué lío nos estaban metiendo.

En cuanto pusimos un pie allí arriba, empezó a sonar la canción de La Bella y la Bestia , una de las melodías más románticas de Disney, mientras todos los personajes se colocaban detrás de nosotros y dejaban libre el centro del escenario.

Fue entonces cuando noté que algo cambiaba.

Liam cogió mi mano y lo miré intentando comprender qué estaba pasando. Antes de que pudiera preguntarle nada, se arrodilló frente a mí apoyando una rodilla en el suelo y la sala entera estalló en aplausos.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Una de las trabajadoras, caracterizada como una princesa de Frozen , se acercó con un micrófono y lo colocó frente a Liam. Fue en ese instante cuando comprendí de verdad lo que estaba ocurriendo y las lágrimas empezaron a caerme antes incluso de escucharlo hablar.

—Una vez viví una historia de amor tan bonita que jamás pensé que pudiera ser superada. Por desgracia, la vida hizo que terminara de una manera muy dolorosa y durante mucho tiempo creí que aquella parte de mí había desaparecido para siempre.

La sala quedó en silencio.

Liam seguía sujetándome la mano mientras me miraba directamente a los ojos.

—Pero la vida también es pura magia y, cuando peor estaba, apareciste tú. Llegaste poniendo mi corazón en rebeldía y demostrando que todavía podía vivir una historia capaz de romper todos mis esquemas.

Un murmullo emocionado recorrió al público y alguien dejó escapar un «oh» que consiguió que se me escapara una risa entre las lágrimas.

—Llegaste justo cuando mi vida era un caos y estaba rodeado de demasiadas sombras. Desde entonces hemos vivido momentos preciosos y otros mucho menos agradables, pero nuestro amor siempre ha seguido ahí, incluso cuando parecía que todo se había complicado demasiado.

»Y he aprendido una cosa: el tiempo sirve para contar días, pero no sentimientos ni todo lo que puedes llegar a vivir con una persona.

A aquellas alturas apenas veía con claridad por culpa de las lágrimas.

Liam también tenía los ojos húmedos.

—Hoy sé que te has convertido en el amor de mi vida junto a mis dos hijas, a las que quieres y valoras como si fueran tuyas.

Has protegido a una de ellas cuando más lo necesitaba y has sido su apoyo cuando todavía era demasiado pequeña para entender muchas de las cosas que estaban ocurriendo a su alrededor.

—¡Qué bonito! —Se escuchó desde alguna parte de la sala.

Los aplausos volvieron a estallar.

Liam esperó a que fueran apagándose sin dejar de mirarme y, entonces, otra de las trabajadoras apareció con un pequeño cojín sobre el que descansaba un anillo. Él lo cogió con la mano libre mientras yo seguía llorando, completamente desbordada por todo lo que estaba ocurriendo.

—Kenna, sé que todo esto puede parecer una locura, pero también sé que tú sientes, igual que yo, que lo nuestro es para siempre. ¿Quieres casarte conmigo?

Durante un segundo fui incapaz de responder, no porque tuviera ninguna duda, sino todo lo contrario.

—¡A la abuela se lo digo! —gritó Erika desde abajo.

La sala entera se echó a reír sin tener la menor idea de la historia que había detrás de aquella frase, y yo terminé riéndome también entre lágrimas.

Volví a mirar a Liam.

—Sí, quiero. Claro que quiero. Quiero estar a vuestro lado hoy y siempre, formar parte de vuestra familia, seguir apoyándoos y crecer juntos. Os amo con todo mi corazón.

El público volvió a estallar en aplausos y vítores mientras Liam me colocaba el anillo en el dedo. Apenas tuvo tiempo de incorporarse antes de que nos abrazáramos y, enseguida, me besó.

No fue un beso discreto ni contenido, sino uno de esos de película en los que terminó inclinándome ligeramente hacia atrás mientras la música subía de volumen y toda la sala celebraba con nosotros.

Los personajes que estaban sobre el escenario comenzaron a acercarse para abrazarnos y, pocos segundos después, Isla y Erika subieron corriendo para unirse a nosotros.

En ese instante, aquella pedida dejó de ser solo cosa de dos y pasó a representar algo mucho más grande: éramos los cuatro, juntos, formando parte del mismo momento.

Nos entregaron dos copas de vino para brindar y los adultos de la sala se pusieron en pie para acompañarnos mientras las niñas permanecían a nuestro lado. Durante unos segundos tuve la sensación de estar viviendo algo tan perfecto que me costaba creer que fuera real.

Entonces los trabajadores formaron una fila con bengalas encendidas y nos hicieron pasar entre ellos mientras continuaban los aplausos. La noche parecía haberse convertido por completo en nuestra y, aun así, todavía quedaba una sorpresa más.

Laila había visto prácticamente todo a través de una videollamada que Isla había iniciado con mi móvil, mientras Erika se encargaba de grabar la escena desde otro ángulo. Cuando recuperé el teléfono, la encontramos llorando de felicidad.

Nos felicitó una y otra vez, tan emocionada como nosotros, hasta que dijo algo que consiguió conmoverme todavía más.

—Hoy no solo te conviertes oficialmente en la prometida de mi hijo, cariño. Para mí también te conviertes en una hija más.

Aquellas palabras significaron para mí casi tanto como la propia pedida, porque sentir que Laila me quería y compartía nuestra felicidad de aquella manera consiguió emocionarme todavía más.

—Te quiero mucho, Laila —respondí con la voz completamente quebrada.

Poco después nos pusimos los abrigos y salimos al parque para seguir celebrando el fin de año.

Llevaba el anillo recién estrenado en el dedo y no podía evitar mirarlo una y otra vez mientras caminábamos entre las luces, la decoración, los desfiles y los fuegos artificiales que empezaban a llenar el cielo.

Todo parecía todavía más mágico que antes, pero fue Isla quien terminó de convertir aquella noche en algo verdaderamente inolvidable. Se acercó a mí mientras caminábamos y, con una sonrisa que me desarmó por completo, me susurró al oído:

—Vas a ser mi mamá.

Las lágrimas volvieron a aparecer sin que pudiera evitarlo.

Podía ser su mamá, su mejor amiga o lo que ella quisiera que fuera, porque para mí seguía siendo mi tesoro, aquella niña a la que había empezado a querer con todo mi corazón y que ahora, por fin, sabía que seguiría formando parte de mi vida.