Capítulo 35
Habían pasado seis días desde aquella Navidad que pareció volver a colocar muchas cosas en su sitio y, desde entonces, prácticamente no nos habíamos separado.
Bueno, con una excepción: ya no estábamos en mi apartamento.
Liam me había pedido que me mudara a la casa en la que vivía cuando lo conocí porque allí tendríamos mucho más espacio y estaríamos más cómodos los tres, siempre que Isla quisiera quedarse con nosotros.
La situación había resultado incluso graciosa porque, pocos días después, recibí de la inmobiliaria la devolución íntegra de los seis meses que había pagado por adelantado, además de la mensualidad que había dejado como garantía por posibles desperfectos.
Todo había ocurrido a una velocidad de vértigo.
La mañana después de Navidad nos despertamos juntos y Liam me lo pidió entre besos, casi como si tuviera que rogarme para convencerme, cuando la realidad era que yo deseaba exactamente lo mismo.
Y ahora, apenas unos días después, nos encontrábamos aterrizando en París para pasar el final de año y varios días con las niñas.
Liam había reservado un alojamiento de temática Disney para que la experiencia resultara todavía más mágica para Isla y, siendo sincera, creo que Erika y yo estábamos casi tan emocionadas como ella.
Laila no había venido con nosotros porque aquella noche cenaría en Inverness, en casa de una prima suya que era viuda. Tenían por costumbre terminar y empezar el año juntas, alternándose unas veces en casa de una y otras en la de la otra.
Liam lo había organizado todo prácticamente a la velocidad de la luz y a mí todavía me parecía increíble tener la oportunidad de vivir aquello con él y con sus hijas. Además, por fin iba a conocer un parque al que llevaba años teniendo muchísimas ganas de ir.
En cuanto salimos del avión, Isla empezó a caminar dando pequeños saltos de mi mano mientras Erika ya encontraba algún motivo para discutir con su padre por una de esas cosas que solo se le ocurrían a ella.
A mí me encantaba verlos así.
También había terminado adorando a Erika y sentía por ella un cariño inmenso.
—¡Papá! —protestó de pronto—. Me has pisado el pie y lo has hecho a propósito para partírmelo y que no pueda disfrutar de Disney.
Se señaló el empeine con expresión dramática.
—Tira para delante si no quieres que te rompa también el cráneo —respondió Liam sin poder contener la risa.
—Lo has hecho con maldad —insistió ella mientras fingía cojear y arrastraba la maleta.
—Venga, que nos espera el conductor.
Liam había contratado un servicio de traslado privado para llevarnos hasta el hotel.
—A tu madre se lo voy a contar. Espera a que lleguemos y la llame.
Él me miró con aquella sonrisa de medio lado que conseguía desarmarme y me hizo un guiño.
A mí se me caía todo con ese hombre.
Sentía que estaba viviendo un sueño a su lado y, por encima de cualquier otra cosa, seguía pareciéndome increíble poder compartirlo también con mi pequeña Isla.
El conductor nos recibió con mucha amabilidad y se ocupó de guardar el equipaje en el maletero. Yo me senté en la parte trasera, entre las dos chicas, mientras Liam ocupaba el asiento delantero.
—Kenna, voy a ver a las princesas —me dijo Isla con los ojos completamente iluminados.
—Y yo al príncipe. A lo mejor se enamora de mí y me quedo allí viviendo con él porque seguro que me quiere más que el hijo de mi abuela —añadió Erika, provocándonos una carcajada.
—¿Tienes intención de hacerte adulta alguna vez? —le preguntó Liam girándose ligeramente desde delante.
—Lo soy, papá. Lo soy.
—Sí, ya… —murmuró mientras negaba con la cabeza.
El trayecto duró unos cincuenta minutos, pero se nos hizo cortísimo porque Erika no dejó de hacernos reír con sus ocurrencias. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más cariño le cogía.
Al llegar al hotel, varios personajes de Disney recibían a los huéspedes y la sonrisa de Isla se volvió todavía más grande. Lo miraba todo con una mezcla de emoción y asombro que conseguía que incluso nosotros disfrutáramos más de la experiencia.
Un botones colocó las maletas en un carrito y nos dirigimos a recepción para hacer el registro de entrada.
Me hacía mucha gracia la dinámica entre las hermanas. Erika vivía pinchando a su padre, pero con Isla era tremendamente protectora. De vez en cuando también le soltaba alguna de las suyas, aunque la pequeña se reía muchísimo y parecía disfrutar tanto como ella de aquel juego constante.
Nos acompañaron hasta una especie de apartamento que consiguió dejarnos impresionados.
Tenía dos dormitorios independientes y una zona común con salón, comedor y cocina, además de una terraza con vistas al parque.
Todo estaba decorado con temática Disney y cada detalle parecía pensado para mantener aquella sensación de fantasía.
Las niñas se instalaron juntas en uno de los dormitorios y empezaron a deshacer sus maletas mientras Liam y yo hacíamos lo mismo en el otro, donde había una cama de matrimonio.
Él no dejaba de acercarse para apretarme una nalga o robarme un beso mientras intentábamos ordenar nuestras cosas y yo, lejos de protestar, disfrutaba de cada uno de aquellos gestos.
Me hacía sentir tan querida que toda la calma que llevaba días recuperando parecía intensificarse cuando estaba a su lado. A veces tenía la sensación de llevar una eternidad con él, como si, en muy poco tiempo, se hubiera convertido en ese lugar en el que siempre quería estar.
Una vez instalados, salimos a comer por el parque, que lucía precioso con toda la decoración navideña.
—Papi, ¿esta noche me puedo vestir de princesa? —preguntó Isla.
—Claro, cariño. Después de comer vamos a buscar el vestido que quieras.
—Pues yo también quiero uno —soltó Erika ladeando la cabeza.
Liam puso los ojos en blanco.
—Si quieres…
—¿Y por qué no voy a querer? Estamos en Disney. ¿Ves? Luego dices que no tienes favoritismos. A tu madre se lo voy a contar.
Lo señaló con el dedo mientras hablaba y yo terminé interviniendo.
—Pues voy a vestirme hasta yo y seré quien os regale los vestidos.
—¡Bien! —gritó Isla.
Liam me miró con desconfianza y no pude evitar sonreír.
—No pongas esa cara porque ya te estoy imaginando vestido de príncipe.
—No, no. Yo no entro en ese espectáculo.
—Sí, papi. Los cuatro.
—Me niego. No quiero volver a oír hablar del tema.
—Liam, tienes que vivir esto con nosotras.
—Bastante hago con haberos traído —respondió carraspeando mientras entrábamos en uno de los restaurantes.
—Nadie te lo ha pedido —replicó Erika.
Liam tuvo que contener la risa.
Aquello era precisamente lo que hacía que ella resultara tan divertida: no hablaba desde la arrogancia ni intentando ser desagradable, sino que había convertido aquel personaje exagerado en parte de su forma de relacionarse con todos nosotros.
Nos acompañaron hasta una mesa que Liam había reservado y desde la que teníamos muy buena vista del espectáculo, que ya había comenzado.
Pedimos unas hamburguesas con sus respectivos menús y una ración de nachos con guacamole, queso y crema de frijoles para compartir.
Mientras esperábamos la comida, le presté mi móvil a Isla para que hiciera fotos y vídeos, encantada de poder guardar cada detalle, mientras Erika utilizaba el teléfono que había recibido por Navidad.
La hamburguesa estaba deliciosa, con una carne especialmente tierna y jugosa, y durante la comida Liam no dejaba de dedicarme esas miradas acompañadas de una sonrisa que ya sabía interpretar sin necesidad de palabras.
Era evidente que buena parte de aquella inmersión en el universo Disney la estaba viviendo por sus hijas, y pensar en todo lo que estaba dispuesto a hacer por verlas felices conseguía enternecerme y hacerme gracia a partes iguales.
Cada día descubría un poco más a ese hombre bueno y divertido que había detrás de su apariencia seria y me sentía enormemente afortunada de compartir todo aquello con él.
El espectáculo, ambientado en el Oeste, fue precioso y las niñas lo disfrutaron de principio a fin. Cuando terminamos de comer, salimos del restaurante satisfechos y nos fuimos en busca de los disfraces para la cena de aquella noche.
Entramos en una tienda enorme repleta de opciones y estuvimos un buen rato mirando antes de decidirnos. Erika terminó escogiendo el de Bella, que le quedaba precioso; Isla se enamoró del de Rapunzel y yo elegí el de Cenicienta.
Ahora solo nos quedaba convencer a Liam de que aquella fantasía también iba con él.
—Este —dije, cogiendo el disfraz del príncipe de Cenicienta y enseñándoselo a Liam.
Su expresión fue suficiente para saber lo que pensaba.
—Ni hablar.
Las tres ignoramos sus protestas y terminamos de completar los conjuntos con los zapatos correspondientes, que se vendían por separado. Cuando acabamos, ya teníamos preparados los cuatro disfraces y la verdad es que íbamos a ir de lo más glamurosos.
Liam seguía insistiendo en que no pensaba ponerse el suyo, aunque a esas alturas nadie parecía hacerle demasiado caso.
Cogí los cuatro conjuntos y me dirigí hacia la caja porque quería pagarlos yo, y las niñas incluso se encargaron de entretenerlo para impedir que se acercara y me quitara la ilusión de hacerles aquel regalo.
Después continuamos paseando por el parque con más calma. Aprovechamos para hacer alguna compra más y terminamos compartiendo unos buñuelos con chocolate antes de regresar al hotel, donde queríamos descansar un rato y prepararnos sin prisas para la noche que nos esperaba, incluida la cena de gala.
Nada más entrar en la habitación, Liam volvió a fijarse en el disfraz que había dejado colgado para que no se arrugara.
—A mí no me vas a hacer ponerme eso, ¿verdad? Por favor.
—Tú te callas y disfrutas con nosotras —respondí mientras terminaba de acomodar la ropa.
—Kenna…
—Liam…
No me dio tiempo a decir nada más porque me cogió completamente desprevenida, me lanzó sobre la cama y empezó a hacerme cosquillas mientras yo intentaba apartarlo entre carcajadas. En cuanto las niñas escucharon mis gritos, aparecieron corriendo y, sin pensárselo dos veces, se pusieron de mi parte.