Capítulo 34
El abrazo duró un buen rato antes de que nos separáramos y, durante esos minutos, Liam incluso se atrevió a dejarme varios besos en el cuello y en la mejilla.
Había notado con claridad que los dos deseábamos aquel acercamiento con todas nuestras fuerzas.
No significaba que todo hubiera regresado de golpe al punto en el que lo habíamos dejado, pero sí sentía que habíamos vuelto a avanzar de una manera muy favorable y que, poco a poco, estábamos encontrando de nuevo nuestro lugar.
Isla se despertó al rato y le preparé su vasito de leche con un trozo de chocolate de una tableta que le encantaba. Liam y yo, en cambio, seguimos con nuestras copas mientras hablábamos y dejábamos que surgieran esas caricias espontáneas que aparecían casi sin darnos cuenta.
—Papá Liam, ¿has pensado ya si vas a dormir en el sofá o en la cama con Kenna? —preguntó mientras disfrutaba de la merienda.
—Con Kenna. Siempre con Kenna —respondió mirándome de lado—. De todas formas, te dejaremos el sofá de lo más cómodo.
—Ya es cómodo y se abre muchísimo —contestó exagerando el tamaño con los brazos.
Estaba encantada de vernos juntos y de saber que su padre se quedaría con nosotras. Para Isla era importante comprobar que todo volvía a estar bien entre los dos y se notaba que deseaba con toda su alma que recuperáramos aquella cercanía que habíamos tenido antes.
Liam no dejaba de servirse whisky y cada vez se mostraba más relajado y simpático. También me dedicaba unas miradas que conseguían atravesarme la piel, cargadas de mensajes que me daba cierto miedo interpretar por si estaba haciéndome ilusiones demasiado pronto.
La pequeña sacó el set de maquillaje que le habían regalado aquella mañana y colocó el espejo sobre la mesa. En cuanto la vi abrirlo, supe lo que estaba a punto de ocurrir.
—Me voy a maquillar como las actrices de Hollywood —anunció mientras empezaba por las sombras.
—Di que sí. A ver si al final estamos perdiendo dinero contigo —bromeó su padre.
Isla se rio, aunque intentó contenerse para poder pintarse los ojos. Había escogido un rosa fucsia tan intenso que se veía a kilómetros y aquello empezaba a tener pinta de terminar más cerca de una máscara de carnaval veneciano que de una actriz de Hollywood.
—Me he quedado loca con el bolso de Louis Vuitton —comenté mientras la observaba.
—¿Sí?
—Pues claro. Jamás imaginé que tendría uno. No suelo soñar tan alto ni me he planteado nunca poder permitirme algo así.
—Pensé que te impactaría más el reloj.
—También, pero es mucho más discreto.
—Y vale veinte veces más.
Lo miré de golpe.
—¿Cómo que veinte veces más? Sé lo que cuesta el bolso porque lo he visto muchas veces en vídeos de TikTok, pero acabas de matarme. No me asustes, por favor.
—No es para tanto —respondió carraspeando.
—Eso tengo que investigarlo.
Cogí el móvil para buscar la firma y el modelo del reloj. Casi me dio algo cuando vi el precio porque no costaba veinte veces más que el bolso, sino bastante más.
—No me mires así —dijo Liam al verme la cara.
—Cincuenta mil euros en un reloj, Liam —solté con cierto reproche porque aquello me parecía una auténtica locura.
—Te lo mereces por todos los meses que has cuidado de mi hija.
—Liam, no. Eso no puedo aceptarlo. Ni se me ocurriría salir a la calle con algo de ese valor en la muñeca. Tienes que devolverlo.
—No pienso hacerlo.
—No puedo quedarme con una cosa así.
—Pues regálalo.
Lo miré incrédula.
—Sí, claro. Mañana salgo a la calle y a la primera que pase le digo: «Tome, señora, aquí lleva un dineral por si quiere venderlo como inversión».
—Pues véndelo tú.
—Liam, no. Tienes que devolverlo. En la página pone que hay treinta días.
—¿Te lleno la copa?
—Sí, por favor. Y échale bastante alcohol porque creo que lo necesito.
Hasta calor me había entrado con aquel descubrimiento. Seguía sin comprender qué necesidad había de gastarse semejante cantidad de dinero en mí cuando yo siempre había sido una persona de gustos mucho más sencillos.
—Yo quiero cenar esta noche las bolitas de queso de la abuela. Estaban riquísimas —intervino Isla.
—Siempre pensando en comer —murmuró Liam con una sonrisa.
—Siempre. Pero siempre —confirmé entre risas.
—La abuela me prepara para el desayuno del colegio unos rollitos con pan de sándwich aplastado, mantequilla, fiambre de pollo y queso.
—Mira, eso no se me había ocurrido nunca.
—Mañana me puedes hacer uno para desayunar.
—Ya está pensando en el desayuno —comentó su padre poniendo los ojos en blanco.
—Y dentro de nada preguntará por la comida de mañana —añadí mientras la miraba y comprobaba que aquellos ojos ya parecían un arcoíris deformado.
—¿Estoy guapa? Todavía no he terminado.
—Estás bellísima, cariño —respondí sonriendo.
—Es mentira. Estás horrorosa —soltó Liam.
—No le digas eso —protesté entre risas, aunque Isla se rio todavía más.
—Bueno, sigo, que tengo que acabar mi obra de arte.
—Ni que lo digas. Estás quedando como uno de esos cuadros que nadie sabe qué representan, pero todos admiran.
—¡Liam! —volví a reñirlo mientras la pequeña seguía riéndose con aquel humor tan bueno que tenía.
En ese momento miré el móvil porque acababa de entrarme un mensaje.
Erika: Secuestradora, dile al hijo de mi abuela que me cargue doscientas libras en la tarjeta en concepto de gasolina del mes. Mañana me voy con mis amigas a comer a Inverness.
Me eché a reír y le enseñé el mensaje a Liam.
Él cogió mi móvil y le respondió con un audio explicándole que el depósito del coche estaba completamente lleno y que ya le había dado dinero suficiente para todas las fiestas.
Erika no tardó en contestar, también por voz, para decirle que su abuela era bastante más generosa que él.
Volvimos a reírnos. Desde luego, no podía tener ni la más mínima queja del padre que tenía y mucho menos aquel día, después de todos los regalos de Santa Claus que había recibido.
Las copas le estaban sentando especialmente bien a Liam y no dejaba de soltar ocurrencias que conseguían tenerme riendo a carcajadas.
—Por la Navidad que no te esperabas —dijo chocando su copa contra la mía.
—Para nada. No me esperaba nada de esto —respondí apretando los dientes.
—¿Y cómo te imaginas el final y el principio de año? Esos días también son importantes —preguntó después de carraspear.
—Pues con nosotros, papá Liam —intervino Isla, que seguía pendiente de absolutamente todo mientras continuaba maquillándose.
—Ahí tienes a tu mayor defensora —comentó él con una risa preciosa.
—Ya lo veo —respondí mirándola con una sonrisa.
Antes de preparar la cena, tuve que lavarle la cara a la pequeña porque, según su padre, había acabado convertida en una mezcla entre la niña de El exorcista y un payaso aterrador.
A ella el comentario le hizo tanta gracia que incluso exigió que le hiciéramos varias fotos para conservar el recuerdo de su primer gran maquillaje.
Isla estaba agotada después de un día tan intenso y eso que había conseguido dormir un rato por la tarde. Durante la cena apenas podía mantener los ojos abiertos y hacía verdaderos esfuerzos para no quedarse dormida sobre el plato.
Entre los dos la llevamos a la cama y decidimos que más tarde, cuando estuviera profundamente dormida, la pasaríamos al sofá.
Yo aproveché entonces para darme una ducha y ponerme el pijama. Después hizo lo mismo Liam y, cuando regresó, nos acomodamos juntos en el sofá para seguir con las copas.
Era Navidad y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que las cosas volvían a parecerse un poco a lo que habían sido antes de que todo se torciera.
Liam pasó un brazo por mis hombros y me dejó un beso en la mejilla.
—Te debo una explicación de toda la historia, pero todavía no estoy preparado para contártela.
—No me debes nada. Me la contarás cuando te nazca y cuando te sientas con fuerzas para hacerlo.
Yo no necesito conocer cada detalle para saber todo lo que has luchado ni todo lo que habéis tenido que pasar.
Imagino lo mucho que habéis sufrido y, con saber que finalmente se ha hecho algo de justicia, me basta.
Apoyó la cabeza contra la mía mientras me abrazaba un poco más.
—Me volví loco cuando supe que te habías marchado con mi hija y que estabas de su parte.
—Siento haber añadido más dolor a todo lo que ya estabas viviendo.
—No sientas nada. Al principio pensé que nunca podría volver a mirarte de la misma manera, pero hoy me siento feliz de que estemos aquí juntos.
Me besó en la sien y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Nos miramos en silencio y, sin necesidad de explicar nada más, terminamos acercándonos hasta que nuestros labios se encontraron.
El beso empezó despacio, casi con cautela, pero no tardó en convertirse en algo mucho más intenso, como si los dos hubiéramos estado conteniendo durante demasiado tiempo todo lo que todavía sentíamos.
Nos amábamos demasiado como para fingir lo contrario.
Al final decidimos abrir el sofá, que al extenderse quedaba casi del tamaño de una cama de matrimonio, y colocamos unas sábanas y una funda nórdica. No íbamos a mover a Isla mientras dormía tan tranquila, así que seríamos nosotros quienes pasaríamos allí la noche.
Lo que empezó con besos y miradas cómplices fue dando paso poco a poco a unas caricias cada vez menos inocentes, hasta que dejamos de contenernos y terminamos desnudos, entregándonos el uno al otro con todas esas ganas que llevábamos demasiado tiempo guardándonos.