El ogro de las Highlands Capítulo 33
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Capítulo 33

La mañana estaba resultando de lo más divertida.

Las niñas seguían completamente entusiasmadas con sus regalos y yo todavía no terminaba de creerme todo lo que había recibido.

En realidad, solo con sentir que, de alguna manera, había conseguido recuperarlos y volver a formar parte de sus vidas, ya me parecía que me había tocado la lotería.

Todo lo demás, incluidos aquellos regalos que no esperaba, conseguía hacerme sentir un poco más parte de ellos.

Había ayudado a Laila a organizar algunas cosas de la comida, aunque lo cierto era que llevaba muchísimo trabajo adelantado desde el día anterior. Cuando terminamos, nos servimos un poco de vino dulce mientras preparábamos la mesa entre las dos.

Liam incluso había salido durante media hora con Erika para que pudiera dar una vuelta con el coche y empezar a familiarizarse con él. Estaba completamente enamorada de su vehículo nuevo y, nada más regresar, nos enseñó orgullosa varias fotografías que su padre le había hecho durante el recorrido.

Cuando llegó la hora de comer, la mesa no podía tener mejor aspecto. No faltaba detalle y cada plato parecía más apetecible que el anterior, aunque la carne consiguió llevarse buena parte del protagonismo por el olor y la pinta espectacular que tenía.

También había preparado unas bolitas rebozadas rellenas de queso y jamón de York que estaban deliciosas. La masa le había quedado perfecta y, después de probarlas, tuve claro que Laila tenía unas manos increíbles para la cocina.

—Papá, a partir de ahora vas a tener que darme un plus extra para gasolina.

Liam puso los ojos en blanco.

—Ya estamos.

—¡Abuela! Tu hijo me pone el coche, pero no quiere darme dinero para alimentarlo. ¿Qué hago, lo llevo a empujones?

—Tu padre, hija. Tu padre.

—No, tu hijo, que para eso decidiste tú traerlo al mundo —respondió ladeando la cabeza.

No pude evitar echarme a reír.

—Abuela, mi papá Liam es tu hijo —intervino Isla muy seria.

—Sí, cariño, pero fíjate en lo bien que lo defines tú. Al menos dices «mi papá».

—Pues yo, hasta que no me dé el plus de gasolina y me suba la paga semanal, voy a seguir llamándolo tu hijo —sentenció Erika.

—Te puedes quedar sin coche —le advirtió Liam, intentando mantener un gesto serio aunque el tono lo delataba.

—Y tú sin casa, así que, si queremos guerra, yo estoy preparada.

Laila soltó un suspiro resignado.

—¿Podemos comer en paz?

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer: obligar a tu hijo a que me añada el plus de gasolina y todos los gastos derivados de la adquisición del vehículo.

—Tu padre…

—Tu hijo, abuela. Tu hijo.

Isla se estaba divirtiendo muchísimo con la discusión y decidió meterse también.

—Kenna, mi papá Liam no te ha comprado un coche este año, pero a lo mejor el que viene le quita a Erika el suyo y te lo da a ti.

—¿Lo ves? —protestó Erika—. Soy adoptada. Hasta mi propia hermana se ríe de mí. Abuela, pon orden porque tu hijo me la está jugando.

Isla soltó una carcajada y yo terminé riéndome más por verla a ella que por cualquier otra cosa. Su risa era contagiosa y, además, cada vez parecía disfrutar más provocando a su hermana.

—Papá Liam, estos días me vas a dejar quedarme otra vez a dormir con Kenna, ¿a que sí?

—Los que quieras, cariño —respondió él con un guiño.

—Entonces hoy me voy con ella para jugar con mis regalos.

Laila se echó a reír ante la rapidez con la que había tomado la decisión.

—¿Puedo, Kenna?

—Siempre que quieras, cariño. Eso sí, con permiso de tu familia.

Isla se volvió inmediatamente hacia su padre.

—Papá Liam, ¿puedo irme hoy?

—¿Y me vas a dejar solito?

—Puedes venirte tú también y dormir en el sofá. ¿A que sí, Kenna?

—Claro —respondí entre risas.

—Eso, marchaos todos y me dejáis a mí sola con la abuela —protestó Erika.

—Papá Liam, ¿te vas a venir?

—Iré un rato a tomar algo, pero lo de quedarme en el sofá no termino de verlo —contestó con otro guiño.

Isla no tardó ni un segundo en encontrar una solución.

—Pues me voy yo al sofá y tú duermes con Kenna.

La carcajada fue general. Incluso Liam terminó riéndose abiertamente mientras negaba con la cabeza.

Entre las ocurrencias de Erika y las de Isla, era imposible que aquella casa permaneciera en silencio demasiado tiempo.

—Papá Liam, luego, antes de irnos, tienes que preparar mi mochila y la tuya con el pijama.

—No sé, no sé… —respondió haciéndose el interesante.

Yo, en cambio, por dentro esperaba que sí lo supiera y que terminara viniéndose con nosotras.

Solo pensar que pudiera quedarse aquella noche en el apartamento me revolvía el estómago de una manera que no quería analizar demasiado.

Y seguía resultándome curioso pensar que, técnicamente, también era su casa después de descubrir que el edificio le pertenecía.

De postre, Laila había preparado unos pequeños bocados de distintos sabores. El de chocolate fundido fue el primero en desaparecer porque estaba delicioso y, acompañado del café, consiguió cerrar una comida perfecta.

Antes de que nos marcháramos, Laila preparó varios recipientes con diferentes platos y algunos postres para que nos los lleváramos al apartamento.

Mientras tanto, Isla se puso prácticamente de rodillas delante de su padre para suplicarle que metiera también el pijama en una bolsa y se quedara con nosotras.

Liam aguantó un poco más su papel de hacerse de rogar, pero terminó aceptando y, por la forma en que sonrió, algo me decía que no le desagradaba precisamente la idea.

—Abuela, qué tranquilas nos vamos a quedar —comentó Erika cuando ya estábamos preparándonos para salir.

—Como sigas así, te quedas sin dinero para gasolina —la amenazó su padre.

—¡Abuela! ¡Tu hijo no para de buscarme!

—Tu padre —repitió Laila con un suspiro mientras me miraba y ponía los ojos en blanco.

Antes de marcharnos, les di un beso a las dos y agradecí de corazón la acogida tan cálida que me habían dado, además de todos los regalos que había recibido.

Cuando volví a mencionar aquello, Laila carraspeó y miró de reojo a su hijo como si quisiera dejar claro quién tenía buena parte de la culpa, gesto que consiguió hacerme mucha gracia.

Salimos poco después hacia el apartamento. Isla iba en el asiento trasero completamente entretenida con una película en su tableta nueva, que ya tenía cargada una colección enorme de Disney.

Nada más llegar, fue directa a ponerse el pijama. Le encantaba estar cómoda en cuanto sabía que no iba a volver a salir.

Liam había traído además un par de botellas de su destilería para dejármelas en casa, como si yo fuera a sentarme sola cualquier noche a acabar con ellas. Abrió una y sirvió dos copas con hielo, aunque a la mía le añadió un poco de refresco porque sabía que así me gustaba más.

Isla apenas tardó en quedarse dormida en el sofá. Cuando tenía ocasión, aquella siesta después de comer seguía siendo sagrada para ella.

Nosotros nos quedamos en la zona de la cocina con la ventana un poco entreabierta para que saliera el humo de los cigarrillos. El ambiente era tranquilo y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, estar a solas con Liam no me producía una tensión incómoda.

—No deberías haberme comprado tantas cosas —le dije después de dar un sorbo a la copa.

—Pensaba comprarte un coche como a mi hija, pero después de lo que hiciste decidí castigarte —respondió con un guiño y una sonrisa.

Lo miré entre sorprendida y divertida.

—No me merecía ni la mitad de lo que me has regalado.

—Hemos regalado —corrigió—. Mi madre también es responsable.

Su tono dejaba bastante claro que no se estaba tomando demasiado en serio aquella discusión.

—Bueno, pues muchísimas gracias a los dos. Y, sobre todo, gracias por volver a confiar en mí de alguna manera.

—Bueno, bueno… Eso de confiar…

Volvía a utilizar conmigo aquel tono de humor que tanto había echado de menos y no pude evitar sonreír.

—Algo confiarás. Me has dejado hasta a tu hija en casa.

—Hombre, sé perfectamente que ella es la única por la que sacarías los dientes si hiciera falta —respondió después de carraspear.

Bajé la mirada hacia la copa.

—Fui una imbécil.

—Un poquito, sí.

Carraspeó otra vez mientras me miraba de medio lado y aquello consiguió arrancarme una sonrisa.

—No voy a volver a fallarte, Liam.

—¿Te estás declarando?

—¡No! —respondí entre risas mientras negaba con la cabeza.

—Ah, bueno. Lo parecía.

Intentó contener la sonrisa, aunque no lo consiguió del todo.

—Espero que algún día llegues a perdonarme por completo.

—¿Para volver a conquistarme?

—¡Liam! —protesté entre risas, aunque noté que los nervios empezaban a recorrerme por dentro.

Él dejó la copa sobre la encimera y, esta vez, su expresión se volvió más seria.

—Ya te he perdonado.

Me quedé quieta cuando tomó mi mano entre las suyas.

—Me dolió muchísimo saber que habías creído antes en él que en mí y también descubrir que me mentiste diciendo que te habías ido a Edimburgo. Supe desde el principio que no era verdad porque teníamos a Glen muy vigilado y sabíamos perfectamente dónde estabais.

»Me ha costado digerirlo, no voy a negártelo, pero también sé que quieres a mi hija y que, en aquel momento, hiciste lo que creías necesario para protegerla.

Un cosquilleo me recorrió el estómago mientras él seguía acariciándome la mano con el pulgar.

—Fui una imbécil.

—Muy grande… —añadió.

Me eché a reír porque su expresión y el tono que utilizaba no terminaban de acompañar a la supuesta seriedad de sus palabras.

—Estoy hablando en serio.

—Y yo también —respondió arqueando una ceja.

—No lo parece porque estás intentando aguantar esa sonrisa que siempre se te escapa por un lado.

—Bueno, tendré que aprender a disimular mejor.

Lo observé durante unos segundos antes de atreverme a pedir aquello que llevaba demasiado tiempo deseando.

—¿Me vas a dar un abrazo?

—¿Más quieres después de todos los regalos que has recibido? —bromeó antes de abrir los brazos—. Bueno, por esta vez…

No necesité que me lo dijera dos veces.

Me levanté de la silla y me refugié entre sus brazos. En cuanto sentí que me abrazaba de verdad, toda la emoción que llevaba acumulando terminó saliendo de golpe y rompí a llorar contra él.

—Gracias, Liam. Eres una persona increíble y tienes un corazón más grande que toda Escocia.

Noté que me estrechaba un poco más antes de acercarse a mi oído.

—Nunca he dejado de amarte.

Aquellas palabras terminaron de romperme por completo. Lo abracé con todas mis fuerzas mientras las lágrimas seguían cayendo, esta vez sin intentar detenerlas.

—Ni yo a ti, Liam. Te amo con todo mi ser. Nunca he amado a nadie tanto como a ti.