Capítulo 32
Me desperté procurando no hacer ruido mientras la pequeña seguía durmiendo plácidamente.
La noche anterior habíamos cenado unas tostas que me quedaron riquísimas y después nos permitimos algún que otro capricho navideño de postre. Nos quedamos hasta bastante tarde en el sofá, bajo una manta, viendo películas de Disney mientras compartíamos chuches y palomitas.
Días atrás le había comprado algunos regalos a Isla con la esperanza de poder dárselos en algún momento durante las fiestas, sin imaginar que al final tendría la suerte de amanecer con ella el día de Navidad.
Antes de acostarme, dejé sus paquetes preparados con los míos, el calendario de Adviento y el bolso que me había regalado, todos envueltos con el mismo cariño para encontrarlos al despertar.
Me preparé un café y encendí un cigarrillo mientras disfrutaba del silencio del apartamento. Apenas había dado un par de sorbos cuando el móvil vibró sobre la mesa y, al leer el mensaje que acababa de llegar, no pude evitar sonreír.
Erika: Buenos días, secuestradora. Quiero recuperar a mi hermana por Navidad y estoy dispuesta a pagar como rescate que vengas a comer con mi familia.
Solté una carcajada. Aquella chica era un caso aparte.
Kenna: Buenos días, cariño. Acepto el rescate y entregaré a tu hermana por Navidad.
Erika: Pacto aprobado por ambas partes.
Apenas había terminado de leerlo cuando entró otro mensaje, esta vez de su padre.
Liam: Buenos días. Imagino que la dormilona sigue en la cama.
Kenna: Buenos días. Sí, sigue dormida, pero la despierto cuando me digas. Yo ya estoy con el primer café.
Liam: Todavía es pronto. Voy hacia tu casa y me invitas a uno, ¿te parece?
Kenna: Perfecto. Entonces la dejo dormir un rato más. Por cierto, Santa Claus le ha dejado aquí unos regalos.
Liam: Entonces no pienso perderme el momento en que los descubra. Ya salgo de casa.
No podía imaginar la ilusión que me hacía que quisiera venir a tomar un café conmigo y, además, compartir aquel momento con Isla. Después de todo lo ocurrido durante las últimas semanas, cada pequeño acercamiento suyo conseguía significar muchísimo más de lo que probablemente él mismo sabía.
Aproveché el rato antes de que llegara para cambiarme de ropa. Me puse unos pantalones elásticos de color chocolate y una camiseta de manga larga en tono crema porque, por mucho que estuviéramos ganando confianza otra vez, no me apetecía recibirlo todavía en pijama.
Poco después me escribió para avisarme de que ya estaba abajo. Le abrí la puerta de la calle y dejé entreabierta la del apartamento mientras iba a preparar los cafés.
—Buenos días —dijo al asomarse a la cocina después de cerrar con cuidado.
—Buenos días, Liam.
Miró hacia el pasillo que conducía a la habitación.
—¿Puedo asomarme a darle un beso?
—Por supuesto —respondí con una sonrisa.
Mientras él iba a verla, coloqué los cafés sobre la barra y abrí un poco la ventana para que pudiéramos fumar. Aquel vicio seguía formando parte de nuestras vidas, por mucho que todo lo demás hubiera cambiado.
Liam regresó unos minutos después sonriendo.
—Me ha pedido cinco minutos más porque dice que está demasiado a gusto.
—Normal. Anoche nos acostamos bastante tarde.
—Nosotros también estuvimos montándolo todo hasta tarde, después de que Erika se fuera a dormir.
—Me lo imagino. Yo coloqué sus regalos antes de acostarme y también me he autorregalado un par —confesé apretando los dientes.
—Has hecho bien —respondió mientras miraba hacia el rincón donde estaban los paquetes—. ¿Y qué tal pasasteis la noche?
—Muy bien. Película, chuches, palomitas… Cenamos unas tostas y después comimos algunos dulces navideños.
—Mi madre lleva desde ayer metida en la cocina y ha preparado de todo. Es muy exagerada. Se piensa que va a dar un banquete.
—Pues seguro que la mesa queda impresionante.
—Me ha dicho Erika que te ha escrito esta mañana.
—Sí, para ofrecerme un rescate a cambio de recuperar a su hermana —respondí entre risas.
Liam negó con la cabeza.
—Es un caso perdido.
En ese momento apareció Isla por el pasillo frotándose los ojos. Se acercó primero a mí y después a su padre para repartir abrazos hasta que, al girarse, descubrió los regalos junto al sofá.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—Parece que nos han dejado regalos —dije encogiéndome de hombros—. Los tuyos son los que llevan papel rosa.
—Voy a verlos y tú me preparas un vaso de leche con galletas.
—Manda bien —murmuró su padre poniendo los ojos en blanco.
Isla ni siquiera le hizo caso. Se sentó frente a los paquetes y empezó a abrirlos con una emoción contagiosa mientras yo iba a preparar su desayuno.
Le había comprado varios cuadernos para dibujar, un par de libros infantiles, un estuche de princesas con cuarenta rotuladores de colores y una colonia de Frozen que consiguió entusiasmarla especialmente.
—Me encanta todo, Kenna —decía mientras inspeccionaba cada cosa—. Le has hecho una lista muy buena a Santa Claus.
—Parece que me hizo bastante caso.
Le puse el vaso de leche y las galletas sobre la mesita y, en cuanto se acomodó, me señaló mis propios paquetes.
—Ahora abre los tuyos.
Hice como si estuviera nerviosa y empecé por el primero.
—¡Qué bonitos! —exclamó cuando vio el calendario—. Aquí hay muchísimas cosas.
—¿Quieres ir abriéndolas tú?
—¡Sí!
Se puso manos a la obra enseguida y fue descubriendo cada compartimento mientras nos enseñaba los productos uno por uno. Liam y yo aprovechamos para tomarnos otro café, aunque ninguno de los dos desayunó de verdad porque sabíamos que Laila nos esperaba en casa.
Cuando terminamos con todos los regalos, ayudé a Isla a vestirse y poco después salimos hacia el coche. La pequeña llevaba parte de sus cosas consigo y no dejaba de hablar de lo mucho que quería enseñárselas a su abuela y a Erika.
Nunca había estado en casa de Laila y, nada más llegar, ya pude comprobar desde el exterior que era mucho más grande de lo que imaginaba.
El interior consiguió sorprenderme todavía más.
Todo estaba decorado con muchísimo gusto, con espacios amplios y un diseño precioso que hacía que la casa resultara elegante sin perder calidez.
Laila vino a recibirme en cuanto entramos y me dio la bienvenida con un abrazo tan efusivo que consiguió emocionarme.
—Hombre, la secuestradora de hermanas —soltó Erika apareciendo desde el interior.
—¡Mira todos los regalos que traigo! —le anunció Isla entusiasmada.
—Pues en el salón te esperan muchos más.
—¿Sí? ¿Muchos?
Salió corriendo antes de que nadie pudiera responderle.
Laila me fue enseñando la casa mientras avanzábamos y cada estancia conseguía gustarme más que la anterior. Era enorme, con espacios muy abiertos, aunque la cocina fue lo que terminó de dejarme completamente fascinada. No recordaba haber visto una tan bonita en mi vida.
Cuando llegamos al salón, entendí enseguida por qué Isla había salido disparada. Había auténticas torres de regalos repartidas por la estancia y cada grupo llevaba un cartel con un nombre: Isla, Erika, Liam, Laila… y, para mi sorpresa, también había uno con el mío.
Me quedé quieta unos segundos, completamente sorprendida.
—Aquí también te ha dejado algunas cositas Santa Claus —me dijo Laila mientras me acariciaba la espalda.
—No deberíais haberlo hecho… —murmuré emocionada—. Y yo he venido con las manos vacías.
—No has venido con las manos vacías. La niña las trae llenas —respondió con tanto cariño que consiguió desarmarme por completo.
Antes de empezar con los regalos, descubrí otra sorpresa. Laila había preparado churros para desayunar, precisamente de aquellos que tanto le gustaban a Isla y que la pequeña asociaba con otros países.
—Como en uno de mis paquetes no estén las llaves del coche, prendo fuego a la casa. Avisados estáis —anunció Erika con toda tranquilidad.
La carcajada fue general.
—Habla bien —le recriminó Liam en voz baja.
Ella reflexionó durante medio segundo.
—Bueno, vale. Como en uno de mis paquetes no estén las llaves del coche, pasaremos muchísimo calor y terminaremos prefiriendo estar fuera, a la intemperie.
Tuve que apretar los labios para contener la risa, aunque Laila e Isla no hicieron ni el intento.
—Abre uno de los tuyos —me animó Liam.
—Tranquilo. Que empiecen ellas.
—No, cariño. Ve abriendo tú también —insistió Laila.
Miré la torre que llevaba mi nombre y sentí todavía más vergüenza.
—Me da mucha cosa todo esto.
Al final cedí y cogí el primero de los seis paquetes. Los habían colocado de menor a mayor, desde arriba hasta abajo.
—A lo mejor es el anillo para que seas su novia —soltó Isla, acordándose de aquella conversación que habíamos tenido tiempo atrás.
La carcajada me salió algo más nerviosa.
—Como a Kenna le regalen un anillo y yo no tenga las llaves de mi coche, salimos todos disparados en cohete —amenazó Erika mientras abría uno de sus paquetes.
Un segundo después cambió por completo de expresión.
—¡Qué bonito!
Era un móvil nuevo, uno de los últimos modelos de iPhone.
—¡Me da una cosa en el corazón! —gritó Isla casi al mismo tiempo al descubrir una tableta de Disney.
—Creo que este año os ha tocado un Santa Claus bastante generoso —comentó Laila emocionada.
—Mamá, ve abriendo tú también alguno —la animó Liam.
—¿Y tú?
—Yo el último. Dicen que los últimos son los mejores —respondió con un guiño.
Me concentré entonces en mi paquete y, al retirar el papel, descubrí un colgante de oro formado por dos corazones rígidos entrelazados y acompañado de su cadena.
—Es precioso. Gracias.
Me emocioné muchísimo y levanté la mirada hacia Liam y su madre, que me observaban sonriendo.
—Santa Claus te quiere más que mi papá Liam —soltó Isla.
La carcajada que provocó apenas había terminado cuando Erika dio un grito que consiguió captar la atención de todos.
—¡Son las llaves de un coche! ¡Son de un BMW! Papá, ¿dónde está? ¿En el garaje?
Estaba tan nerviosa que apenas podía estarse quieta.
—Tendrás que ir a descubrirlo —respondió Laila.
—¡Aquí os quedáis!
Salió corriendo hacia la puerta de la cocina que comunicaba directamente con el garaje y todos fuimos detrás. Al menos Isla y yo no teníamos ni idea de lo que iba a encontrarse allí.
Era un precioso BMW Serie 1 blanco.
Una auténtica monería.
Erika se metió dentro inmediatamente y comenzó a investigar cada rincón con una felicidad imposible de disimular.
—Ahora solo nos queda rezar —comentó Isla con total seriedad.
Volvimos a echarnos a reír.
Le hicimos varias fotografías junto a su coche, todavía en pijama y con unos nervios que casi no le permitían quedarse quieta, antes de regresar al salón para continuar con los regalos.
Todo resultaba emocionante, pero lo mejor era ver la felicidad de las dos chicas.
Isla recibió un montón de muñecas, ropa, la tableta, un set de maquillaje infantil, juegos de mesa, libros y unos pendientes de oro con forma de Mickey Mouse pintados con sus colores.
A Erika, además del coche y el teléfono, le habían regalado ropa, perfumes y maquillaje. Estaba encantada y no dejaba de repetir que, después de todo, había decidido no prender fuego a la casa.
—Te toca —volvió a insistirme Liam.
Laila asintió para animarme.
—Me siento fatal —admití—. No os he traído nada y ahora aparezco aquí y me encuentro con todo esto. No he tenido ni tiempo de reaccionar.
—Venga, cariño —insistió Laila con ternura.
—Yo te ayudo —se ofreció Isla cogiendo el segundo paquete.
Esta vez apareció un perfume de Dior que olía de maravilla, una fragancia intensa, pero al mismo tiempo fresca. Después descubrimos una bufanda de tacto increíble en un tono crema tan versátil que combinaba prácticamente con todo.
Todavía quedaban más.
En otro paquete apareció un reloj de una firma conocida y lujosa que era una auténtica preciosidad. Después llegó un teléfono igual que el de Erika, que consiguió dejarme completamente en shock y, por último, la caja más grande escondía un bolso Louis Vuitton Neverfull de tamaño mediano.
Me quedé mirándolo sin palabras.
No entendía por qué me estaban agasajando de aquella manera cuando sentía que no había hecho nada para merecerlo. Era muchísimo más de lo que necesitaba y, aun así, resultaba imposible no emocionarse ante algo así.
Esta vez ni siquiera pedí permiso.
Me levanté y abracé a Liam, que para mi sorpresa me correspondió, y después hice lo mismo con Laila mientras les daba las gracias una y otra vez.
La abuela también había recibido unos regalos preciosos: un conjunto de pendientes, pulsera, collar y anillo de oro, además de un perfume, un abrigo y un par de jerséis elegantes que parecían hechos para ella.
En el caso de Liam, aparecieron un buen reloj, un perfume, una cazadora, unos zapatos de piel y un par de pantalones.
Cuando por fin terminamos de abrirlo todo, el salón parecía haber sufrido el paso de un pequeño huracán navideño entre papeles, cajas y la emoción de las dos chicas.
Fue entonces cuando nos sentamos a desayunar.