Capítulo 31
Todo lo que estaba ocurriendo aquel día había sido tan inesperado que casi podía compararlo con lo que había vivido unos días atrás, aunque, de alguna manera, aquello conseguía sorprenderme todavía más.
¿Sería verdad que Liam estaba empezando a perdonarme? ¿Seríamos capaces, al menos por el bien de Isla, de tratarnos con respeto y cariño y dejar atrás toda aquella tensión?
Era consciente de que podía reprocharme en cualquier momento lo que había hecho y, si ocurría, tendría que aceptarlo con dignidad porque estaba en todo su derecho y tenía razones de sobra para hacerlo.
Aun así, no podía dejar de pensar en el detalle del apartamento.
Me había quedado completamente boquiabierta al descubrir que el edificio era suyo y que había autorizado personalmente mi contrato el mismo día que lo alquilé.
Mientras yo llevaba semanas preguntándome si mi presencia en la ciudad podía molestarle, él, sin decirme nada, me había facilitado las cosas.
La vida no dejaba de sorprenderme.
Isla sacó de la mochila sus libros para colorear junto con los lápices y se instaló tranquilamente para entretenerse, como tanto le gustaba. Se la veía tan feliz y relajada que parecía otra niña, aunque seguía conservando todos esos gestos y ocurrencias tan suyos.
Liam regresó aproximadamente media hora después con el pan todavía caliente y una bandeja de pasteles.
—Papi Liam, ¿qué ha dicho la abuela de que te quedes con nosotras a comer?
—Que mañana espera que Kenna venga a comer con nosotros por Navidad.
Sentí un vuelco tan fuerte que durante unos segundos ni siquiera reaccioné.
—¡Dios existe! —gritó Isla, entusiasmada.
Liam me miró al darse cuenta de que seguía sin decir nada.
—Estás invitada. Cuando venga mañana a recoger a la niña, puedes venirte con nosotros.
—Gracias, Liam —murmuré todavía sorprendida.
—Las gracias a la abuela —respondió con una sonrisa mientras miraba a Isla.
—Y a ti, papá Liam, que eres el que manda aunque no lo parezca —soltó ella, consiguiendo que los dos nos echáramos a reír.
—¿Quieres que pidamos algo y así no te lías en la cocina? —me propuso él.
—No hace falta. Todavía es temprano, apenas son las once, y tengo tiempo de sobra para preparar varias cosas que compré. Además, voy a hacer una falda de cerdo rellena y cubierta de hojaldre.
—Te ayudo.
—Vale.
—Puedo ir al supermercado de la esquina a por una botella de vino.
—Tengo un par de ellas, aunque no sé si serán de tu agrado.
Abrí la nevera para enseñárselas y él las observó unos segundos.
—Perfectas. ¿Sirvo dos copas?
—Claro.
Mientras Liam se ocupaba del vino, yo fui sacando los ingredientes y colocándolos sobre la encimera para tenerlo todo a mano.
—Kenna, mira qué bonito he pintado el vestido de la princesa.
Isla apareció con el libro entre las manos y me lo enseñó orgullosa.
—¡Qué bonito! Es increíble lo bien que coloreas.
—No me salgo ni un poquito porque tengo mucho cuidado.
—Eres una artista, cariño.
—¿Tienes un caramelo para mí?
—Sí, claro.
Cogí una de las bolsitas que había comprado en el mercado y se la di.
—Puedes coger los que quieras, pero sin atiborrarte, que luego tienes que comer.
—Si tú sabes que yo me lo como todo —me recordó.
No pude evitar sonreír y, al mirar a Liam, descubrí que él también lo hacía mientras observaba a su hija con esa expresión de orgullo que cada vez me resultaba más evidente.
Volví a centrarme en la comida. Liam empezó a picar la verdura mientras yo abría la falda de cerdo y la golpeaba con cuidado para dejarla lo más fina y uniforme posible antes de rellenarla y enrollarla.
Por suerte, había cocido los huevos la noche anterior y eso me adelantaba bastante trabajo. Sofreí la verdura y, cuando estuvo lista, añadí el beicon para que se dorara antes de incorporar los huevos cortados en pequeños trozos.
Le iba explicando cada paso a Liam mientras él me ayudaba con lo que podía y recogía lo que íbamos ensuciando para mantener despejada la cocina. No hablaba demasiado, pero al menos participaba en la conversación y cada vez lo notaba algo más relajado.
Cuando el relleno estuvo preparado, extendí la carne, lo repartí por encima y la enrollé con cuidado. Después la cubrí con la masa de hojaldre y pincelé la superficie con huevo batido para que quedara bien dorada y crujiente antes de meterla en el horno.
—¿Y después se corta en rodajas? —preguntó Liam.
—Claro. Además, voy a preparar una salsa de queso que le viene genial por encima.
—Tiene pinta de que va a quedar muy bien.
—¿Otro vino?
—Claro.
Liam volvió a servir las copas y, para mi sorpresa, esta vez también levantó la suya para brindar. Poco a poco parecía ir soltándose y aquello consiguió transmitirme algo de serenidad.
—Por estas fiestas —dijo sin profundizar demasiado.
—Y por haber conseguido justicia —añadí.
Una leve sonrisa apareció en sus labios antes de que chocáramos las copas.
En ese momento miramos hacia el sofá y nos encontramos a Isla bocabajo, con los pies apoyados sobre el respaldo y empeñada en hacer una especie de pino imposible que consiguió que los dos nos echáramos a reír.
Se la veía feliz, cómoda y completamente relajada, y resultaba imposible no pensar en lo diferente que parecía de aquella niña que vivía siempre en alerta en la otra casa, pendiente de demasiadas cosas que, pese a su corta edad, había sabido percibir perfectamente.
Con una sonrisa todavía en los labios, volví a centrarme en la comida. Corté las patatas y las dejé en agua hasta el momento de freírlas y, mientras terminaba de hacerse la carne, preparé una tabla con queso, membrillo y nueces para que pudiéramos ir picando algo.
Liam cogió un trozo de queso con membrillo y me miró de reojo.
—¿Estás intentando que te perdone?
No pude evitar sonreír, aunque con cierta tristeza.
—Bueno, al menos me gustaría que pudiéramos llevarnos bien.
Él permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—No voy a reprocharte nada. Reconozco que me ha costado acercarme a ti, pero sé que quieres a mi hija y que no eres una mala persona.
—No lo soy, Liam, pero me equivoqué y sé reconocer mis errores y las consecuencias que han tenido.
—Yo nunca te mentí ni te utilicé.
—Lo sé y no lo pongo en duda. Fui yo quien cometió el error de creer todo lo que me enseñó el ogro.
Utilicé el mismo apodo que aparecía en todos los titulares y él dejó escapar una pequeña sonrisa.
—¿Otra copa?
—Sí. Aunque, como sigamos así, luego tendremos que llamar a la abuela o a la hermana para que se hagan cargo de Isla —bromeé al notar que el vino empezaba a subírseme un poco.
Liam se rio y aquella risa consiguió relajar todavía más el ambiente.
—¿Y qué planes tienes? —preguntó después.
—La verdad es que todavía no lo sé. Estoy empezando a plantearme buscar trabajo en la ciudad, aunque tengo claro que no quiero volver a hacerlo como interna.
—¿De qué te gustaría trabajar?
—No tengo ninguna preferencia concreta. Podría ser en un supermercado, en una tienda de ropa o donde surgiera algo.
Lo importante es empezar y poder seguir ahorrando para comprarme una vivienda algún día.
Dudé mucho sobre si regresar a Edimburgo, pero una parte de mí seguía teniendo la esperanza de volver a ver a Isla.
—Puedo ayudarte a encontrar trabajo —dijo después de carraspear ligeramente.
Negué con la cabeza casi por instinto.
—No quiero abusar de ti. Bastante has hecho permitiéndome volver a estar con ella y facilitándome también el alquiler.
—No es ningún abuso, Kenna. Quiero que te sientas cómoda en la ciudad y, por supuesto, que sigas formando parte de la vida de Isla. Te quiere muchísimo y no ha pasado un solo día sin hablarme de ti.
—Sí, me lo ha contado.
Sonreí mientras miraba hacia el sofá y comprobaba que seguía entretenida dando volteretas y jugando a su manera.
—Cuando pasen las fiestas, te ayudaré a encontrar algo en lo que puedas sentirte cómoda.
—Gracias, Liam —respondí mirándolo con cariño.
—No hay de qué.
A partir de ahí empezó a hablarme de los distintos negocios que tenía en la ciudad y consiguió sorprenderme todavía más, porque hasta aquel día yo solo conocía la destilería y acababa de descubrir que aquello no era más que una pequeña parte de todo lo que llevaba entre manos.
Mientras hablábamos, terminé de preparar la salsa de queso, puse las patatas a freír y saqué la carne del horno para dejarla reposar unos minutos. El hojaldre había quedado dorado y crujiente y, a simple vista, tenía una pinta increíble.
Cuando por fin nos sentamos a comer, Isla retomó el protagonismo de la conversación y empezó a explicarnos todo lo que le había pedido a Santa Claus, aunque no tenía claro si coincidía con lo que papá Liam le había encargado para ella.
Él se limitaba a sonreír sin darle la menor pista, decidido a mantener la sorpresa hasta el último momento.
La carne les encantó tanto que no quedó ni una sola rodaja.
Después de comer nos preparamos un café y nos fumamos un cigarrillo mientras Isla, completamente satisfecha, se quedó dormida en el sofá para echarse su habitual siesta.
Con la pequeña descansando, Liam se mostró todavía más hablador.
No hizo ninguna referencia a todo lo ocurrido con Glen y yo tampoco quise forzar el tema, pero sí empezó a contarme algunas cosas sobre sus planes y sobre una casa que había comprado en pleno centro.
Había iniciado una reforma integral y, por lo que me explicó, tenía entre manos un proyecto precioso que prácticamente implicaba reconstruirla desde cero.
Cuando Isla se despertó, merendamos los pasteles que Liam había traído y estuvimos un rato más juntos antes de que llegara la hora de que él regresara a casa para cenar con su madre y Erika.
Antes de marcharse, acordamos que a la mañana siguiente vendría temprano a recogernos a las dos para desayunar con ellos y abrir los regalos. Después pasaríamos el día en casa de Laila y, solo de pensarlo, sentí una ilusión que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba en Navidad.
En cuanto Liam se fue y la puerta se cerró detrás de él, Isla me abrazó con fuerza y me dijo lo feliz que estaba por quedarse conmigo aquella noche y porque al día siguiente celebraríamos juntas la Navidad con su familia.
La estreché contra mí y le confesé que yo también me sentía enormemente afortunada de poder compartir todo aquello con ella.