El ogro de las Highlands Capítulo 30
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Capítulo 30

Estaba tomando un café mientras me fumaba un cigarrillo junto a una de las puertas abiertas del balcón. No había salido fuera porque el frío era demasiado intenso, pero necesitaba ventilar un poco mientras disfrutaba de aquel momento de tranquilidad.

Hacía tres días que Isla había estado conmigo y todavía podía verla tumbada en el sofá, contándome con entusiasmo lo feliz que era con su nueva vida. Desde entonces, la sonrisa parecía haberse instalado de nuevo en mi cara.

El día anterior le había comprado algunos regalos para que Santa Claus se los dejara a la mañana siguiente y esperaba tener la oportunidad de entregárselos cuando volviera a verla.

Aquella víspera de Navidad había decidido pasar la mañana cocinando y tratar de disfrutar de las fiestas a mi manera, mimándome un poco con platos preparados con cariño por y para mí.

Incluso me había comprado un par de regalos para mí. Sabía que para algunas cosas llegaba un poco tarde, pero me daba exactamente igual. Después de las semanas que llevaba encima, me apetecía concederme algún capricho y recuperar aunque fuera una pequeña parte de la ilusión de aquellas fechas.

Uno de ellos era un calendario de Adviento de mi tienda de cosmética favorita.

Evidentemente, a aquellas alturas no iba a poder abrir una casilla cada día, así que pensaba darme el gusto de descubrirlas todas prácticamente de golpe.

También me había comprado un bolso precioso de color chocolate que me encantó nada más verlo y que decidí regalarme sin buscar demasiadas excusas.

Estaba todavía pensando en cómo organizaría el resto de la mañana cuando el móvil vibró sobre la mesa. Lo cogí casi por inercia y, al ver el nombre de Liam en la pantalla junto a un mensaje de voz, sentí ese pequeño vuelco que todavía conseguía provocarme.

Antes siquiera de reproducirlo, imaginé que sería Isla y, en cuanto escuché su vocecita, no pude evitar sonreír.

Me habló con esa alegría suya que parecía atravesar el teléfono para contarme que, si yo quería, podía venir a pasar el día conmigo y quedarse también a dormir.

A la mañana siguiente irían a buscarla para celebrar la Navidad con su familia.

Tuve que volver a escuchar el audio una segunda vez.

Hacía solo tres días que había podido disfrutar de ella después de tantas semanas separadas y Liam volvía a permitirme tenerla conmigo, esta vez durante toda la víspera de Navidad.

Le contesté enseguida diciéndole que, por supuesto, quería que viniera y que ya la esperaba con muchísimas ganas. Después dejé el móvil sobre la mesa y me quedé unos segundos mirando la pantalla con una sonrisa que no conseguía borrar.

El gesto de Liam significaba muchísimo para mí.

No solo porque me permitía volver a estar con Isla, sino porque lo hacía precisamente en un día tan familiar como aquel.

Podría haber querido pasar con ella cada minuto de aquellas fechas después de todo el tiempo que les habían robado y, sin embargo, estaba respetando el vínculo que la pequeña y yo habíamos creado.

Además, sin proponérselo o quizá siendo perfectamente consciente de ello, también conseguía que yo no tuviera que pasar sola la víspera de Navidad.

Podría compartir el día con Isla, acostarla aquella noche y despertar a la mañana siguiente sabiendo que seguía allí, aunque después tuviéramos que despedirnos para que celebrara la Navidad con su familia.

La sola idea consiguió cambiarme por completo el ánimo con el que había empezado la mañana.

Aproximadamente una hora después sonó el timbre y fui a abrir convencida de que encontraría a Erika acompañando a su hermana.

Por eso, cuando abrí la puerta y vi a Isla delante de mí junto a Liam, tardé unos segundos en reaccionar.

No esperaba en absoluto que fuera él quien la hubiera llevado hasta allí.

—Buenos días —saludé a los dos mientras rodeaba a la pequeña con un brazo y levantaba la mirada hacia él.

—Buenos días, Kenna. Aquí tienes su mochila —respondió tendiéndomela.

La cogí y, sin pensarlo demasiado, señalé hacia el interior.

—¿Quieres tomar un café?

—Bueno —aceptó con un ligero asentimiento.

—¡Pasa, papi Liam! —exclamó Isla tirando de su mano.

No pude evitar sonreír mientras me apartaba para dejarlos entrar. Aquello sí que no me lo había visto venir.

Isla fue directa al sofá y, como siempre, empezó a hablar antes incluso de terminar de acomodarse.

—Mi hermana Erika se ha ido al centro comercial de Inverness con una amiga porque papá Liam y el padre de ella les han dado dinero para que se lo gasten allí.

Erika ya ha ido dos veces: el otro día, cuando la abuela nos compró cositas, y hoy con su amiga.

Además, me ha dicho que me va a traer un regalo.

—Tú tienes demasiada suerte, pequeña.

—Y papá Liam le ha dejado su coche, ¿a que sí? —preguntó mirando hacia él.

Mientras ella se acomodaba en el sofá, Liam se quedó conmigo en la zona de la cocina. Yo preparaba los cafés y, al mismo tiempo, servía un poco de batido de vainilla para Isla.

—Sí —le respondió él con una sonrisa.

Llevé el vaso de la pequeña hasta la mesita situada frente al sofá y terminé de preparar el segundo café.

—Aquí puedes fumarte un cigarrillo si quieres —le dije mientras abría un poco más la ventana de la cocina.

—Gracias.

Se colocó junto a ella y, después de sacar un cigarrillo, me ofreció otro.

—¿Qué tal estás?

—Bien, Liam. Y feliz de que por fin hayas recuperado todo lo que te pertenece. También quiero que sepas que siento muchísimo haber creído a Glen sin intentar comprobar antes si todo lo que me estaba enseñando era realmente cierto.

Su expresión cambió ligeramente.

—Prefiero no hablar de eso.

—Vale —acepté sin insistir—. Espero que no te haya molestado que me quedara en la ciudad. La verdad es que no sabía hacia dónde tirar.

—Si me hubiera molestado, no te habría alquilado el piso.

Lo miré sin entender.

—¿Qué quieres decir?

—La inmobiliaria también es mía. Cuando recibieron tu documentación, tuve que autorizar personalmente el contrato.

Me quedé mirándolo completamente sorprendida.

—Me acabas de dejar en shock .

—Tranquila. Ya te dije que tengo varios negocios. Compré este edificio, lo reformé y puse los apartamentos en alquiler —explicó con una sonrisa—. ¿Estás cómoda?

—Mucho. Es pequeño, pero no le falta ningún detalle. Para una persona o incluso para una pareja está genial.

—Y para dos personas que no sean pareja porque yo voy a dormir aquí —intervino Isla desde el sofá, consiguiendo arrancarnos una risa a los dos—. Papá Liam, ¿puedo darle ya su regalo de Navidad?

La pregunta consiguió sorprenderme todavía más.

—Es de Santa Claus y tienes que dárselo por la mañana —le recordó Liam—. Él ya sabe que lo dejó en casa para que tú se lo entregues, pero puso esa condición.

—A lo mejor no se entera de que se lo he dado antes.

—Pero como se entere, viene esta noche y me lo quita —intervine siguiéndoles el juego.

—Claro, hija. Es justo lo que dice Kenna. Se arriesga a quedarse sin él —añadió Liam.

Isla pareció meditarlo durante un segundo.

—Pues mañana te doy el regalito, Kenna.

—Vale, cariño. Lo esperaré impaciente.

—A mí también me dejarán regalos mañana en casa de la abuela y, cuando vaya, me los encontraré debajo del árbol.

—¡Qué emoción! Seguro que te sorprenden muchísimo.

—¿Sabes que Erika ha pedido un coche y dice que, como mañana no esté en la puerta de casa, va a irse a buscar otra familia?

Me eché a reír al mismo tiempo que Liam, que la observaba con una sonrisa completamente relajada.

—¿Eso dice? —pregunté.

—Sí, porque asegura que, si no tiene el coche, quedará demostrada su teoría de que es adoptada —explicó entre risas.

—Es muy graciosa.

—Papá Liam, dile lo que le contestaste tú.

—Termina de contárselo tú —la animó él.

—Vale. Pues mi papá le dijo a mi hermana Erika que vaya buscando a sus padres adoptivos porque no va a tener coche y que no pierda el tiempo.

Soltó una carcajada que consiguió contagiarnos a los dos.

—Veo que os lo pasáis muy bien —comenté.

—Yo también le pregunté a papá Liam si podía ser adoptada, pero me ha dicho que tendré que esperar hasta que sea mayor y tenga permiso de conducir para saber si me regalan un coche o no.

—Buena respuesta, sí señor —dije mirando a Liam, que seguía observándola divertido.

—A lo mejor tú mañana tienes un coche y no eres adoptada, Kenna.

—Bueno, yo ya llego bastante tarde. Creo que el veredicto está claro y sí que soy adoptada —bromeé, consiguiendo que se riera todavía más.

—Pues llama a Erika y díselo. Así mañana no será la única adoptada, porque me da a mí que Santa Claus no le va a dejar ningún coche en la puerta. Se tendrá que conformar con que papá Liam se lo preste, como hoy.

Se llevó una mano a la boca mientras reía.

—Yo prefiero esperar a mañana para comprobar si finalmente no se ha salido con la suya —respondí divertida.

Isla se quedó unos segundos pensativa antes de mirar a su padre.

—Papá, ¿por qué no te quedas a comer con nosotras y ayudas a Kenna a preparar la comida?

Se hizo un breve silencio mientras Liam la miraba con una leve sonrisa. Yo dudé unos segundos, sin saber si debía intervenir, hasta que terminé animándome a hacerlo.

—Claro. Puedes quedarte si te apetece, Liam.

Lo dije intentando no darle más importancia de la necesaria, aunque por dentro no tenía nada claro cómo podía tomárselo.

—Tengo que llevarle el pan a la abuela.

—Pues lo compras y, de paso, traes también para nosotras de ese que me gusta. Luego vuelves. —Resolvió Isla con toda naturalidad.

Liam dejó escapar una sonrisa antes de mirarme directamente.

—¿Segura?

—Claro, Liam —respondí intentando que no se me notara demasiado la emoción que me producía la posibilidad de que aceptara.

Se terminó el café y salió para comprar pan de horno de leña, tanto para llevarle a su madre como para traer algo para nosotras.

En cuanto la puerta se cerró detrás de él, Isla empezó a dar pequeños saltos sobre el sofá mientras aplaudía entusiasmada.

—Creo que mi papi Liam te está perdonando.

No pude evitar sonreír.

—Crucemos los dedos.

Entrelacé los dedos de ambas manos y ella hizo exactamente lo mismo, mirándome con aquella expresión ilusionada que consiguió que, por primera vez en mucho tiempo, me permitiera pensar que quizá todavía quedaba alguna esperanza.