El ogro de las Highlands Capítulo 29
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Capítulo 29

Entramos en mi apartamento y la pequeña se quedó sorprendida al verlo.

—Es muy bonito.

Le quité el abrigo polar y enseguida comenzó a observarlo todo con más detenimiento, recorriendo con la mirada cada rincón como si quisiera asegurarse de no perderse nada.

—¿Qué vamos a comer, Kenna? —me preguntó, consiguiendo traerme de golpe un montón de recuerdos y arrancarme una risa floja.

—Veo que no has perdido el apetito.

—No —respondió entre risas—. La abuela me prepara muchas cosas ricas y me consiente muchísimo.

—Me alegra que te sientas tan querida, cariño.

—Sí, pero me faltas tú.

Se acercó para rodearme con los brazos y yo la abracé con fuerza.

—Y tú a mí, preciosa, pero me hace muy feliz comprobar que estás bien con tu verdadera familia.

—Son todos muy buenos y papá Liam es el mejor papá del mundo.

—Sí que lo es, cariño.

Me hacía gracia escucharla llamarlo así, aunque tenía todo el sentido del mundo. Para ella, todos aquellos cambios debían de resultar bastante confusos, pero lo importante era que se la veía feliz y completamente cómoda con la nueva realidad que estaba viviendo.

—Yo le hablo de ti todos los días y, aunque todavía está molesto, no me dice nada.

Me escucha y a veces hasta sonríe. Ojalá algún día te perdone porque tú también eres muy buena y yo se lo digo.

A menudo le cuento que tengo muchas ganas de verte y él me dice que algún día podré hacerlo, así que hoy ha llegado ese día.

Volvió a abrazarme y sentí que el pecho se me llenaba de una emoción difícil de contener.

—Qué feliz te veo, cariño.

—Hoy mucho más porque estoy contigo también. Y voy a hablar con papá Liam para que me deje venir a verte más días cuando no tenga cole. Ahora ya estoy de vacaciones. Ayer fue mi último día hasta después de este año… Creo que volvemos unos días después de que empiece el nuevo.

—Sí, cariño.

—Glen fue malo con mi mamá, muy malo. Mi papá dice que nos hizo daño y que separó a todos, pero que todavía soy pequeña para entenderlo.

Y lo era. A mí misma todavía se me escapaban muchas cosas, entre ellas cómo encajaba que Isla fuera hija de Liam si, según la historia que conocíamos hasta entonces, él se había separado de Sophie cuando Erika tenía cuatro años.

Sin embargo, por lo que habían publicado los periódicos, detrás de todo aquello existía una historia mucho más turbia que aún no se había contado por completo, aunque las pruebas habían sido suficientes para demostrar que Liam era realmente el padre de la pequeña.

No quería llenarle la cabeza a Isla con más preguntas ni remover asuntos que, por su edad, todavía no le correspondía conocer, así que decidí cambiar de tema.

—¿Qué te apetece comer hoy, preciosa?

—¿Puedo elegir?

—Por supuesto, cariño. Claro que puedes elegir.

—Las pizzas del italiano de la calle del puente están muy ricas.

—Y las traen a domicilio porque lo vi en la aplicación.

—¡Bien! —Celebró levantando las manos.

Se dejó caer en el sofá y yo me senté a su lado mientras le acariciaba la cabeza.

Todavía me parecía increíble tenerla allí conmigo y, sobre todo, que Liam hubiera reaccionado de aquella manera.

Incluso a Erika la había notado mucho más cercana que la última vez que nos vimos, cuando fui a entregarles a Isla y apenas me dirigió la palabra.

—Tenía tantas ganas de verte y mi deseo se ha cumplido —volvió a repetirme.

—Sí, preciosa, y el mío también. Eres mi regalito de Navidad.

—Yo quiero venir muchos días aquí.

—Todos los que papá te permita y puedas venir, cariño.

—¿Sabes que papá ha conseguido el teléfono de las mamás de Cloe y Marie y habló muchas veces con ellas por videollamada?

—¿Sí?

—Sí. Son muy amigas mías y un día, en verano, voy a ir a verlas.

—Cuánto me alegra, cariño. Y con tu hermana Erika imagino que también estás bien.

—Sí, muy bien. Nunca me habría imaginado que fuera mi hermana.

—La vida te ha regalado una buena hermana y un buen padre.

—Y una abuela, pero Erika está loquita —añadió entre risas—. Siempre está buscando a papá Liam y pidiéndole cosas.

—Ella es así —respondí sonriendo al recordar aquellos momentos en los que todo estaba bien entre nosotros y acababa de conocerla.

—Pues en la casa de la abuela, que es muy grande, se está muy bien. Ella siempre me pregunta qué quiero comer y me compra las cositas que sabe que me gustan.

—Qué suerte tienes, cariño.

—El otro día nos llevó a Erika y a mí al centro comercial de Inverness. Bueno, nos llevó papá Liam, pero vino la abuela y nos compró un montón de cosas a las dos, todo lo que nos gustaba.

»Papá Liam decía que con la abuela hacíamos lo que nos daba la gana —explicó entre risas—. A mí me compró un chándal, unas zapatillas, dos camisetas de manga larga y un jersey rosa.

—Vaya, pues sí que te compró cosas.

—Y a mi hermana le compró unos vaqueros, un bolso y unos guantes marrones.

—Pues sí que tuvisteis suerte.

—Papá Liam dice que él solo ha hablado con Santa Claus para decirle qué tiene que traernos y que por eso ahora no nos compra nada —continuó riéndose.

Pedí dos pizzas medianas con ingredientes que nos gustaban a las dos y, mientras esperábamos, Isla no dejaba de acercarse a la ventana para comprobar si aparecía el repartidor.

Me encantaba volver a tenerla conmigo y disfrutar de su espontaneidad, pero, sobre todo, me daba una paz enorme comprobar que estaba feliz y relajada.

Cuando llegó el pedido, fue ella quien cogió las cajas para llevarlas hasta la mesa y se sentó deseando empezar con la primera porción.

Yo me abrí una lata de refresco y a ella le serví un zumo mientras seguía contándome cosas y poniéndome al día de todo lo que había sucedido durante las tres semanas en las que no nos habíamos visto.

Me resultaba increíble escuchar de su propia boca todo lo que había cambiado en su vida desde aquel día en que la dejé frente a la casa de Liam y subí de nuevo al taxi convencida de que quizá no volvería a verla.

Después de comer, se tumbó en el sofá y acabó quedándose dormida. Durmió durante un buen rato y, cuando se despertó alrededor de las cinco, le preparé la merienda. Fue entonces cuando recibí un mensaje de un número que no conocía, aunque enseguida descubrí a quién pertenecía.

Desconocido: Hola, soy Erika. Guarda mi número. ¿Cómo va mi hermana?

La añadí a la agenda antes de contestarle.

Kenna: Hola, Erika. Está merendando.

Erika: Dentro de un ratito salgo a por ella, ¿te parece bien?

Kenna: Claro. Dale las gracias a tu papá por haberla dejado estar conmigo.

Erika: Hecho. Nos vemos ahora.

Kenna: Gracias.

En cuanto guardé el móvil, Isla volvió a la carga.

—Pues yo le voy a decir a papá Liam que quiero venir otro día. Mañana o pasado, pero quiero volver.

—Claro, pero cuando él quiera.

—Es muy bueno. Seguro que me dice que sí.

—Por supuesto, preciosa.

—Además, ahora ya sé dónde vives —añadió riéndose feliz.

Un rato después sonó el timbre del edificio y, cuando contesté, escuché la voz de Erika. Le abrí la puerta y subió a buscar a su hermana.

—Hola —saludó con una leve sonrisa que, aun siendo pequeña, me sorprendió gratamente.

—Hola, Erika. Gracias de nuevo.

—No hay nada que agradecer. ¿Lo habéis pasado bien?

—¡Sí! —exclamó Isla con entusiasmo.

—Me alegro mucho. Entonces nos vamos —dijo haciéndole un gesto para que recogiera sus cosas.

—Adiós, Kenna.

Isla volvió a abrazarme y yo la estreché con fuerza.

—Adiós, preciosa.

Después sonreí a Erika y, para mi sorpresa, ella me devolvió la sonrisa antes de marcharse con su hermana escaleras abajo.

Me quedé unos segundos junto a la puerta después de cerrarla, todavía intentando asimilar lo feliz que me sentía. Salí al balcón para fumarme un cigarrillo y, por primera vez en muchas semanas, me reconocí un poco más a mí misma.

La tristeza que llevaba arrastrando se había reducido muchísimo después de haber pasado el día con Isla. Tener la oportunidad de volver a estar con ella había sido una de las cosas más bonitas que podían ocurrirme en medio de aquellas semanas tan oscuras.

Dudé bastante antes de hacerlo, pero finalmente algo dentro de mí me empujó a no quedarme con las ganas y saqué el teléfono.

Kenna: Gracias, Liam, por haber tenido el inmenso gesto de permitir que la pequeña pasara el día conmigo. Que Dios os bendiga.

Vio el mensaje y reaccionó con un corazón.

No respondió, pero aquel simple gesto significó para mí mucho más que cualquier «de nada» o «no hay de qué».

Entendía a Liam. Dios sabía que lo entendía con todo mi corazón y que me merecía que no quisiera hablar conmigo después de lo ocurrido. Precisamente por eso, el gesto que había tenido aquel día me parecía todavía más grande.

¿Quién era yo para reprocharle nada cuando acababa de hacerme más feliz de lo que probablemente podía imaginar?