Capítulo 28
Tres semanas después…
Me había costado muchos días conseguir que aquella ansiedad que me había acompañado prácticamente a todas horas empezara a disminuir. Ahora me encontraba algo mejor en ese sentido, aunque la tristeza seguía instalada dentro de mí y se adueñaba de mis pensamientos con demasiada facilidad.
Casi siempre terminaba pensando en ellos: en Liam, en Isla, en Erika y en Laila.
Todos habían sido víctimas de un descerebrado del que cada día se conocían nuevos detalles a través de los medios, aunque estaba segura de que la verdadera historia debía de ser muchísimo más dura y complicada de lo que se estaba haciendo público.
Liam sabía que yo seguía en la ciudad. Lo sabía con absoluta certeza porque me lo había cruzado por casualidad en dos ocasiones. Las dos veces me quedé paralizada al verlo y él se limitó a mirarme de lado, con el rostro serio, distante y cargado de reproche, sin dirigirme una sola palabra.
De Isla, en cambio, iba sabiendo alguna cosa gracias a los comentarios que escuchaba entre las vecinas en supermercados, panaderías o cualquier otro sitio de la ciudad. Por lo visto, seguía asistiendo al mismo colegio y estaba feliz viviendo junto a su padre, su hermana y su abuela.
Saberlo me llenaba el alma.
Cada vez tenía más claro que ya no pintaba demasiado allí.
No parecía que fuera a recuperar la confianza de Liam, ni siquiera una amistad con él, y mucho menos esperaba que me permitiera acercarme a Isla después de todo lo ocurrido.
De hecho, unos días antes había intentado ponerme en contacto con él para pedirle que tuviéramos al menos una conversación, aunque fuera la última, y fue entonces cuando descubrí que me tenía bloqueada.
Aquello dolía muchísimo porque seguía amándolo con todo mi corazón.
En realidad, nunca había dejado de hacerlo.
Lo único que había hecho era levantar una coraza cuando creí las palabras del que ahora todo el mundo llamaba el ogro de las Highlands , desde que aquel apodo apareció por primera vez en los titulares.
Aun con toda esa tristeza, al menos me sentía algo más tranquila sabiendo que la vida de Isla comenzaba a estabilizarse y que estaba rodeada de personas que la querían. Por eso había llegado el momento de empezar a tomar mis propias decisiones.
Todavía me quedaban cinco meses y una semana del alquiler pagado y pensaba aprovechar ese tiempo para mover todos los hilos posibles y empezar a construir una nueva vida.
Aún no sabía dónde, pero quería encontrar un lugar en el que pudiera trabajar en algo que me hiciera feliz y, al mismo tiempo, conservar la independencia de vivir en mi propia casa de alquiler hasta que algún día pudiera comprarme una.
No tenía ninguna necesidad de decidirlo de inmediato, aunque sí quería empezar a valorar posibilidades para no dejarlo todo para el último momento.
Por ahora, bastante tenía con intentar recuperar cierta normalidad y aprender a convivir con una tristeza que seguía apareciendo cuando menos me lo esperaba.
Faltaban pocos días para Navidad y la ciudad ya estaba completamente preparada para recibirla.
Las calles estaban decoradas y habían instalado un precioso mercado navideño que cada día se llenaba de vecinos y visitantes, así que aquel sábado me apeteció salir a pasear por allí y comprar algunos productos típicos de esas fechas.
Todo apuntaba a que pasaría las fiestas sola, pero tampoco quería encerrarme entre cuatro paredes y dejar que los días transcurrieran sin más.
Después de desayunar y recoger un poco el apartamento, salí a la calle.
Me había levantado algo más tarde de lo habitual y, por una vez, mi cuerpo pareció agradecerlo.
Durante aquellas semanas había perdido unos tres kilos porque comer se había convertido casi en una obligación, aunque poco a poco empezaba a recuperar el apetito y también las ganas de disfrutar de cosas sencillas que me ayudaran a sentirme un poco más yo.
Hacía frío, pero el tiempo no estaba tan desagradable como durante los días anteriores, así que fui caminando hasta el mercado.
Una vez allí, empecé a recorrer los puestos con calma, deteniéndome en muchos de ellos para contemplar las presentaciones que habían preparado.
Todo era precioso y, aunque la soledad pesaba especialmente en unas fechas tan familiares, estaba decidida a intentar mirar las cosas con algo más de optimismo.
En uno de los puestos compré unas galletas artesanales de canela con pequeños trozos de chocolate belga y estaba guardándolas cuando escuché una voz que reconocería en cualquier parte.
—¡Kenna!
Me quedé completamente paralizada al levantar la mirada y verla correr hacia mí, dejando atrás a Liam y a Erika.
—¡Hola, mi vida!
Apenas tuve tiempo de abrir los brazos antes de que se lanzara contra mí. La abracé con fuerza y durante unos segundos me olvidé de todo lo demás.
—Te he echado mucho de menos. No sabía dónde estabas.
—Yo también te he echado muchísimo de menos, preciosa. ¿Qué tal estás?
—Ya me han dado las vacaciones del colegio y vivo con papá Liam, la hermana Erika y la abuela Laila en casa de ella —me contó feliz, sin dejar de abrazarme.
—¿Y estás contenta?
—Mucho —respondió con una sonrisa—. Pero todos los días me acuerdo de ti.
—Y yo de ti, cariño.
Volvimos a abrazarnos y sentí que tenía que hacer un esfuerzo enorme para mantener las lágrimas bajo control.
—Te quiero mucho, Kenna. Siempre hablo de ti.
—Ay, mi niña…
Mientras la abrazaba, me di cuenta de que Liam y Erika se habían quedado a una distancia prudente, respetando aquel momento. Por lo que acababa de decirme Isla, al menos quedaba claro que nadie hablaba mal de mí delante de ella.
—¿Dónde duermes ahora? —me preguntó.
—En mi pisito, aquí en la ciudad, cerca de la antigua casa.
—¿Por donde está la tienda de chuches?
—Sí, justo por esa zona.
—Pues yo le voy a decir a papá Liam que me deje ir un día a estar un ratito contigo.
—Tienes que respetar las decisiones de tu padre, cariño.
—Él es muy bueno y nunca me riñe ni me hace feos. Es que te echo mucho de menos.
Volvió a abrazarme con fuerza y yo respiré hondo para no echarme a llorar, justo cuando vi que Liam le decía algo a Erika y, unos segundos después, ella empezaba a caminar hacia nosotras.
—Cariño, pásalo muy bien estas fiestas y no pienses en nada malo —le dije a Isla, convencida de que Erika venía a buscarla.
—Hola, Kenna —me saludó para mi sorpresa.
—Hola, Erika —respondí con una sonrisa triste.
—Dice mi padre que, si quieres estar un rato con mi hermana, no hay ningún problema.
Me quedé mirándola sin saber qué decir durante un instante.
—Sí, Kenna, porfi —pidió Isla juntando las manos.
—Claro que sí. Gracias. ¿Cómo lo hacemos?
—Le escribes a mi padre y luego yo la recojo donde me digas.
Bajé un poco la mirada.
—Creo que me tiene bloqueada.
—Ah, bueno. Pues le digo que te desbloquee. Espera un momento.
—¡Bien! —celebró Isla mientras volvía a abrazarme.
Erika regresó hasta donde estaba Liam, que en ese momento compraba algo en uno de los puestos. Hablaron durante unos segundos y, poco después, volvió con nosotras.
—Ahora te desbloquea. Dice que no tengáis prisa y que, si queréis comer juntas, no hay problema. Luego le mandas la ubicación y vamos a recogerla.
—Sí, yo quiero comer contigo. ¿Puedo ir a tu casa? —preguntó Isla enseguida.
—Claro que sí.
Le expliqué a Erika dónde vivía y quedamos en que comeríamos allí. Podían pasar a buscarla cuando quisieran, siempre que me avisaran unos minutos antes.
—Bueno, pues que lo paséis bien.
—Gracias, Erika. Y dale las gracias también a vuestro padre.
—Claro —respondió con una leve sonrisa—. Y tú más vale que me eches de menos o te bloqueo de mis mejores hermanas.
—Solo tienes una y soy yo —replicó Isla entre risas.
—Te vas a librar por eso.
Erika le revolvió el pelo y se alejó de nuevo, mientras yo me quedaba allí intentando asimilar lo que acababa de pasar.
Después de tres semanas sin verla, volvía a tener a mi niña de la mano, paseando conmigo por aquel mercado al que había llegado completamente sola, y las ganas de llorar seguían ahí, aunque esta vez fueran de felicidad.
Aquello era, sin duda, el mejor regalo anticipado de Navidad que podían haberme hecho. La mochila que llevaba en el corazón, tan vacía durante aquellas semanas, empezaba por fin a llenarse un poco de nuevo.
También fui consciente del enorme gesto que Liam acababa de tener conmigo.
Entendía perfectamente que no quisiera mantener ningún tipo de relación conmigo y que siguiera dolido por todo lo ocurrido, pero, aun así, no estaba utilizando a Isla para castigarme ni le impedía pasar un rato a mi lado.
Para mí, aquello decía muchísimo de la clase de persona que era.
Seguimos recorriendo juntas el mercadillo y, en uno de los puestos, le compré un paquetito de galletas cubiertas de chocolate caliente que fuimos compartiendo mientras paseábamos.
Yo aproveché para comprar algunas cosas que me llamaban la atención para aquellos días y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir que estaba atravesando sola unas fechas que hasta entonces se me habían hecho demasiado grandes.