El ogro de las Highlands Capítulo 27
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Capítulo 27

Eran apenas las ocho de la mañana y llevaba casi una hora despierta, con los ojos abiertos como platos y sin conseguir volver a dormirme.

Ya me había duchado y decidí bajar a la calle para tomar un café y fumarme un cigarrillo. La noche anterior también había salido un momento y aproveché para comprar una sopa caliente en el restaurante del hotel, porque no me entraba nada más.

Había llorado hasta quedarme dormida y, al despertar, seguía sintiendo dentro un vacío enorme. Fue entonces cuando empecé a ser realmente consciente de todo lo que se me venía encima.

No dejaba de pensar qué rumbo tomar a partir de ahora.

Por un lado, se me pasaba por la cabeza regresar a Edimburgo, pero no me apetecía en absoluto.

Por otro, tampoco quería marcharme de allí porque, aunque lo había perdido todo, una parte de mí seguía aferrándose a la idea de permanecer cerca de Isla, aun sabiendo que ella no me pertenecía.

Salí del hotel y encendí un cigarrillo mientras caminaba hacia una cafetería cercana. Cuando llegué, ocupé una mesa y pedí un café. No tenía ni el más mínimo apetito, pero necesitaba sentarme, respirar y pensar con algo de calma.

Mientras esperaba, saqué el móvil y empecé a buscar apartamentos por los pueblos de alrededor e incluso dentro de la propia ciudad. Seguía sin tener claro qué hacer con mi vida, aunque sí sabía que no quería quedarme en un hotel más tiempo del necesario.

Todavía conservaba el dinero de la herencia y, además, había conseguido reunir unas once mil libras durante el tiempo que había trabajado para Glen. Con eso podía permitirme alquilar algo y mantenerme durante unos meses mientras decidía cuál sería mi siguiente paso.

Uno de los anuncios consiguió llamarme especialmente la atención.

El apartamento estaba en una zona distinta a la de Liam, más cerca del área donde se encontraba la casa en la que había trabajado.

Pedían ochocientas libras al mes y, por las fotografías, parecía bastante acogedor: un dormitorio, cocina abierta al salón, un baño y un pequeño balcón que daba a la calle. Además, se veía recién reformado.

Solté el aire antes de decidirme a llamar. Ya pasaban de las ocho y media y, según el horario que aparecía en internet, la inmobiliaria acababa de abrir.

La chica que me atendió fue muy amable y se ofreció a enseñármelo esa misma mañana sin hacerme esperar, así que quedamos en la puerta del edificio a las nueve.

Mientras me dirigía hacia allí, las dudas volvieron a aparecer porque seguía sin saber si quedarme en la ciudad era una buena idea ni cómo se tomaría Liam que continuara cerca si algún día llegaba a enterarse.

Aun así, entre todo aquel caos había una cosa que tenía clara: necesitaba un lugar propio, aunque fuera provisional, en el que poder sentirme mínimamente en casa.

Susan me recibió con una sonrisa y entramos juntas en el apartamento.

Nada más cruzar la puerta me gustó todavía más que en las fotografías, porque olía a nuevo y todo transmitía la sensación de haber sido reformado hacía poco.

Me explicó que el edificio pertenecía íntegramente a la inmobiliaria, que los cuatro apartamentos estaban destinados al alquiler y que aquel era el único que quedaba libre.

Le conté que, en ese momento, no podía presentar garantías laborales porque acababa de quedarme sin trabajo, pero que disponía de una cantidad importante de dinero en el banco que podía avalar la operación.

Susan me explicó que, en ese caso, podía hacer un contrato inicial de seis meses prorrogables y abonar las mensualidades por adelantado, de manera que no necesitaría aportar documentación laboral.

La opción me pareció perfecta porque, aunque no solucionaba mi vida, al menos me proporcionaba algo de estabilidad mientras decidía qué hacer con ella.

Acepté alquilarlo y nos dirigimos juntas a la inmobiliaria para formalizar el contrato.

Hice una transferencia instantánea correspondiente a los seis meses de alquiler y añadí una mensualidad más como garantía por posibles desperfectos.

Firmé toda la documentación, en la que constaba que el contrato podía prorrogarse en las mismas condiciones hasta un máximo de tres años.

Cuando salí de allí con las llaves en la mano, sentí algo parecido a un pequeño alivio. Todavía no sabía si había hecho bien quedándome en la ciudad, pero necesitaba mi propio espacio, un techo bajo el que sentirme tranquila mientras intentaba averiguar qué quería hacer con mi vida.

También necesitaba dejar pasar unos días antes de intentar hablar con Liam. No esperaba que me perdonara ni sabía siquiera si querría verme, pero sí necesitaba mantener una conversación con él en algún momento, aunque solo fuera por mi propia salud mental.

Regresé al hotel para recoger mis cosas y entregar la habitación antes de las doce.

No tuve ningún problema porque ya había avisado desde el principio de que no sabía cuánto tiempo me quedaría.

Después cogí un taxi hasta el apartamento, dejé allí las maletas y volví a salir casi de inmediato para hacer una compra básica y llenar un poco la nevera.

Seguía muy nerviosa y tenía incluso la absurda sensación de que alguien podía estar observándome, aunque sabía perfectamente que todo estaba en mi cabeza y que aquella paranoia no era más que consecuencia de la inquietud que me producía haber decidido quedarme.

Mientras recorría uno de los pasillos del supermercado, escuché a dos mujeres hablando del caso de Glen y Liam. Me detuve frente a una estantería fingiendo mirar algunos productos para poder seguir escuchándolas.

—Ese hombre siempre fue muy oscuro —comentó una de ellas refiriéndose a Glen.

—Pobre Liam. Hasta por proteger a Erika y evitar que le hicieran daño tuvo que dejarla con su madre y vivir solo —respondió la otra.

—Con lo buena que es Laila y lo que habrá sufrido apoyando a su hijo… Esa mujer siempre tiene palabras preciosas para él como padre y para su nieta.

»Y ahora resulta que la pequeña no es hija de Glen, sino de Liam, y que se la habían arrebatado. Lo que habrá tenido que pasar, con lo bueno y simpático que es siempre.

Por la forma en que hablaban, resultaba evidente que conocían a la familia, aunque fuera de vista o de toda la vida en la zona, y cada palabra conseguía hacerme un nudo todavía más grande.

Incluso saber que Liam había dejado a Erika con su madre para mantenerla alejada del peligro hacía que lo admirara aún más y me confirmaba que la gente que lo conocía parecía quererlo de verdad.

—Esperemos que ahora pueda recuperar a la pequeña —continuó una de ellas—. Imagino que la justicia ya se la habrá entregado o estará a punto de hacerlo.

Esta vez hablaban de Isla y yo sabía que ya estaba con Liam. Durante un instante sentí la tentación de intervenir para decírselo, pero no iba a ganar absolutamente nada con ello y lo más probable era que terminara derrumbándome delante de dos desconocidas.

Seguí haciendo la compra y cogiendo todo lo que podía necesitar y, cuando llegué a la caja, volví a escuchar a otras dos mujeres comentando el mismo asunto.

Decían que el juez había concedido de manera inmediata la custodia de Isla a Liam, entre otras cosas porque la pequeña ya lo conocía y mantenía una buena relación con su hermana Erika, y que era mucho mejor que permaneciera con ellos que quedar provisionalmente bajo la tutela de los servicios sociales.

La noticia había sacudido la ciudad y no era de extrañar. No se trataba de un lugar demasiado grande y una historia así terminaba corriendo de boca en boca con una facilidad pasmosa. Yo, mientras tanto, me sentía cada vez más estúpida por haber creído a Glen.

Regresé al apartamento cargada con las bolsas y me puse a guardar la compra.

Aunque ya era la hora de comer, seguía sin tener apetito, así que lo único que me preparé fue otro café.

Cuando terminé de colocar las cosas, salí al balcón con la taza y un cigarrillo y me quedé allí durante un buen rato, observando la vida pasar por la calle.

En realidad, eso era exactamente lo que sentía que estaba haciendo: contemplar cómo todo continuaba avanzando mientras yo permanecía completamente parada, incapaz todavía de pensar en buscar trabajo o de decidir qué haría a partir de entonces.

Durante unos días necesitaba bajar el ritmo, dejar que las heridas dolieran un poco menos y empezar a recolocar todo lo que había sucedido.

Sabía que iba a echar muchísimo de menos a Isla. Habíamos creado un vínculo demasiado fuerte y pensar que ya no estaría conmigo cada día me abría un agujero enorme por dentro. Resultaba doloroso perder de golpe todo aquello que empezabas a amar y, encima, hacerlo de una manera tan absurda.

También entendía perfectamente que para Liam hubiera sido su mayor decepción y no podía reprochárselo.

En sus ojos había visto amor cada vez que me miraba y ahora comprendía mejor que nunca que yo no había sido una simple pieza para acercarse a aquello que necesitaba vigilar.

Me había advertido dentro de las posibilidades que tenía, había intentado protegerme sin contarme más de lo que podía y, aun así, terminé cayendo de lleno en las mentiras y la maldad de Glen.

Después de un rato entré de nuevo en casa, me cambié de ropa y me senté en el sofá con el móvil entre las manos para volver a leer las noticias.

No aportaban mucho más de lo que ya había descubierto el día anterior, porque todo seguía rodeado de bastante secretismo y lo poco que trascendía era que los implicados permanecían detenidos a la espera del juicio, donde se determinarían las responsabilidades y las condenas correspondientes.

Dejé el teléfono a un lado y cerré los ojos durante unos segundos.

En aquellos momentos solo podía pedirle una cosa al universo: que Isla estuviera bien.

No porque dudara de que con Liam, Erika y Laila estaría muchísimo mejor cuidada que en aquella otra casa, sino porque me preocupaba cómo se sentiría en medio de tantos cambios y revelaciones.

Había vivido demasiado para tener solo seis años.