El ogro de las Highlands Capítulo 26
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Capítulo 26

Sentí la vibración del móvil y estiré la mano hacia la mesita de noche para cogerlo. Eran las seis y media de la mañana y, en cuanto vi la pantalla, el corazón me dio un vuelco.

Era uno de los mensajes que había estado esperando durante todo el día anterior.

Liam: Te lo voy a decir por las buenas, a pesar de que podría haberte complicado mucho la vida. Tienes hasta esta noche para regresar a las Highlands y devolverme a Isla, mi hija. Si a las diez no está aquí, será la policía quien vaya a buscarla y tú acabarás detenida por secuestro.

Me quedé mirando aquellas palabras sin entender nada. ¿Su hija? ¿Por qué llamaba a Isla su hija y por qué me amenazaba con detenerme?

Salté de la cama para terminar de espabilarme y fui directa a la cocina. Necesitaba un café y hablar con Glen como fuera, pero, antes de hacer nada, se me ocurrió buscar noticias de las Highlands.

Fue entonces cuando sentí que la sangre me abandonaba el cuerpo. Tuve que sentarme porque las piernas dejaron de responderme.

Los titulares hablaban por sí solos.

«El ogro de las Highlands» .

Así abrían prácticamente todos los periódicos, acompañando el titular con una fotografía de Glen en primer plano.

Me encendí un cigarrillo allí mismo, sin acercarme siquiera a la ventana ni al balcón, porque me temblaban demasiado las piernas como para moverme con normalidad y necesitaba hacer algo con las manos mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo.

Abrí el primer artículo y empecé a leer con la piel completamente erizada.

Después pasé al siguiente y luego a otro más, buscando alguna diferencia, algún dato que contradijera lo anterior o que me permitiera pensar que todo se estaba interpretando mal.

No encontré nada. Todos contaban prácticamente lo mismo y, cuanto más avanzaba, más evidente resultaba que Glen me había engañado de principio a fin y que yo había caído en cada una de sus mentiras.

Entre toda la información publicada se mencionaban varios documentos falsificados encontrados en su casa, incluidos los informes y denuncias de Sophie contra Liam que él mismo me había enseñado para demostrarme que decía la verdad.

Me quedé mirando la pantalla sin saber qué pensar, preguntándome cómo había podido creer algo así, aunque la respuesta era tan sencilla como dolorosa: aquellos documentos parecían auténticos y Glen había construido toda su historia con el suficiente cuidado como para conseguir que cada pieza encajara con la siguiente.

—Maldita sea… —murmuré mientras seguía leyendo.

Cuanto más avanzaba, más claro quedaba que todo era exactamente al revés de como él me lo había contado.

No era Glen quien tenía a Liam acorralado por la muerte de Sophie, sino Liam quien llevaba tiempo investigándolo y reuniendo pruebas para demostrar que había sido responsable de lo ocurrido.

Liam no había acabado con ella. Había sido Glen.

Sentí que el estómago se me encogía todavía más, pero apenas tuve tiempo de asimilar aquella revelación antes de encontrarme con otra que consiguió dejarme aún más descolocada.

Según las noticias, durante la investigación también se había demostrado que Isla era hija de Liam.

La pequeña no era hija biológica de Glen, sino de él, y de repente el mensaje que había recibido aquella mañana adquirió un sentido completamente distinto.

Entre los detenidos aparecían también Fiona, Callum y Lachlan, todos implicados de alguna manera en aquella trama.

Cada nombre conocido conseguía hundirme un poco más porque aquello dejaba de parecer una mentira aislada de Glen para convertirse en algo muchísimo más grande de lo que yo había sido capaz de imaginar.

Continué leyendo con el pulso tembloroso, intentando ordenar cada dato mientras una revelación se mezclaba con la siguiente.

Al parecer, Glen había separado a Sophie e Isla de Liam valiéndose de un secreto familiar que ella nunca quiso que saliera a la luz.

Había conseguido obligarla a permanecer a su lado y, con el tiempo, terminó asesinándola mediante una medicación que fue deteriorando su salud poco a poco.

Los artículos explicaban los hechos solo por encima y era evidente que todavía quedaban muchos detalles por conocerse, pero, incluso con toda aquella información incompleta, empezaba a quedar claro que había sido Liam quien llevaba años intentando hacer justicia y no Glen, como yo había creído hasta ese momento.

Seguí deslizando el dedo por la pantalla hasta encontrar otra noticia que hablaba del supuesto accidente de Liam.

Según explicaban, había tenido que fingirlo y permanecer ingresado en el hospital después de que la investigación descubriera que Glen planeaba acabar con él durante aquellos días.

Fue entonces cuando comprendí por qué había querido sacarnos de allí a Isla y a mí: no intentaba protegernos de Liam, sino quitarnos de en medio mientras llevaba a cabo lo que tenía planeado.

El dolor que sentí en el pecho fue tan fuerte que tuve que cerrar los ojos durante unos segundos.

Yo había confiado en Glen, había creído cada palabra que me dijo y, peor todavía, había colaborado sin saberlo para alejar a Isla de su verdadero padre.

La culpa me cayó encima con tanta fuerza que apenas podía respirar, pero aun así continué leyendo porque necesitaba entender hasta dónde llegaba todo aquello.

Fue entonces cuando encontré otra información que terminó de romperme por dentro.

El juez había otorgado de manera inmediata la custodia de Isla a Liam, no solo porque se había demostrado la paternidad, sino también porque la pequeña ya mantenía un vínculo estrecho con Erika.

Además, Liam recuperaría los bienes que le correspondían, entre ellos la casa que hasta entonces todos habíamos considerado de Glen y el negocio que había pertenecido a Sophie.

Me quedé unos segundos con el móvil entre las manos intentando asimilarlo todo. Ya no podía seguir aferrándome a la posibilidad de que existiera otra explicación y, con el pulso todavía tembloroso, abrí la conversación con Liam y empecé a escribirle.

Kenna: Hola, Liam. Siento muchísimo haberte fallado y haber confiado en todo lo que me contó Glen. Entiendo perfectamente que no quieras volver a saber nada de mí.

»Voy a preparar las cosas y regresar hoy mismo con Isla a Escocia para entregártela. Sé que contigo estará en buenas manos. Lo siento de verdad.

La respuesta llegó enseguida.

Liam: Vas a librarte de que te haga pagar por habértela llevado únicamente por todo lo que te amo, pero has sido mi mayor decepción. Trae de vuelta a mi hija y olvidaré que tú también ayudaste a ese hijo de perra.

Sentí que aquellas palabras terminaban de atravesarme.

—Tengo ganas de mi leche.

La voz de Isla a mi espalda consiguió sobresaltarme.

—Buenos días, cariño —respondí sin girarme todavía mientras me secaba rápidamente las lágrimas.

—¿Ha contestado papá? —preguntó acercándose para abrazarme.

Cerré los ojos unos segundos antes de devolverle el abrazo.

—No, cariño. Y tenemos que hablar.

—¿Estás triste?

—Sí, un poco. No voy a mentirte. Déjame que te prepare el desayuno y ahora hablamos, ¿vale?

—Vale —respondió con un tono que dejaba claro que ya había notado que algo no iba bien.

Le preparé su leche con un poco de pan y yo me serví otro café porque tenía el estómago demasiado cerrado como para poder comer.

Nos sentamos juntas en el sofá y durante unos segundos no supe por dónde empezar. Isla solo tenía seis años y, aun así, estaba a punto de enfrentarse a una realidad demasiado grande incluso para muchos adultos.

—¿Te acuerdas de cuando me decías que Glen no te quería y que quería mandarte interna?

—Sí. Y hay muchas cosas que no te conté, pero al final mi papá es bueno, ¿a que sí?

Tuve que tragar saliva antes de responder.

—No, cariño. Glen no es una buena persona y ha hecho cosas muy feas.

Las lágrimas volvieron a llenarme los ojos.

—¿Por eso no ha contestado a los mensajes? —preguntó con preocupación.

—Sí. Por eso. Estaba aliado con Fiona.

—¿Me va a hacer daño?

—¡No! —respondí de inmediato—. Nadie va a hacerte daño. ¿Y sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque Liam es tan bueno como pensábamos al principio y va a cuidarte junto a Erika. Además, vas a recibir algunas sorpresas muy importantes.

—¿Y tú vas a ser su novia? —preguntó, todavía con aquella preocupación reflejada en la cara.

Sonreí entre lágrimas.

—No, cariño. Liam está muy enfadado conmigo porque no confié en él.

—Pero tiene que perdonarte.

—No sé si lo hará —respondí mientras le acariciaba la mejilla—. Pero ahora mismo lo único que me importa es saber que tú vas a estar bien cuidada.

—No quiero que me separen de ti.

Aquellas palabras terminaron de romperme.

—Demos tiempo al tiempo, mi vida. Pero pase lo que pase y llegue el día en que tú puedas decidir sobre tu vida, yo siempre voy a estar esperándote.

—No quiero separarme de ti. Tú me has cuidado como nadie.

—No llores, preciosa. No llores porque, a partir de ahora, van a empezar a pasarte cosas bonitas.

Apenas consiguió terminarse la leche y dejó prácticamente todo el desayuno. No dejaba de hacerme preguntas que yo iba respondiendo con cuidado, intentando no llenarle todavía más la cabeza porque bastante tenía ya con todo lo que estaba a punto de cambiar en su vida.

Reservé dos billetes para un vuelo que salía a las dos de la tarde y me puse a preparar las maletas con rapidez. Después ayudé a Isla a vestirse, me preparé yo y bajamos para coger un taxi hacia el aeropuerto.

La pequeña estaba triste y nerviosa y, durante todo el trayecto, permaneció pegada a mí, con una mano aferrada a la mía como si temiera que pudiera soltarla en cualquier momento.

En el avión apenas habló y aquel silencio me dolía porque podía imaginar la cantidad de cosas que estarían pasando por su cabeza.

Yo me limité a abrazarla y besarla siempre que me lo permitía. En aquellos momentos no me preocupaba mi destino ni qué iba a ocurrir conmigo cuando llegáramos a Escocia; solo me importaba ella, cómo se sentía y de qué manera iba a enfrentarse a todo lo que todavía tenía que descubrir.

Aterrizamos en Glasgow y cogimos un taxi hasta las Highlands. El trayecto iba a costarnos cerca de cuatrocientas libras, pero todavía conservaba parte del dinero que Glen me había dado y, aunque hubiera tenido que pagarlo de mi bolsillo, tampoco me habría importado.

Durante una parte del camino, Isla consiguió quedarse dormida. El resto lo pasó en silencio, con su pequeña mano agarrada a la mía, mientras yo notaba cómo el miedo a tener que separarme de ella aumentaba a medida que avanzábamos. Aun así, sabía que iba a quedarse en buenas manos.

Intentaba ponerme en su lugar y me resultaba imposible imaginar lo difícil que debía de ser comprender algo así con solo seis años, sobre todo teniendo en cuenta que todavía tendría que descubrir que Erika era su hermana y que Liam era su verdadero padre.

No sabía si algún día llegaría a conocer toda la historia que había detrás de aquello, pero una cosa estaba clara: todo había sido muchísimo más oscuro de lo que jamás habría imaginado y Glen era realmente el monstruo que describían aquellos titulares.

El ogro de las Highlands .

Durante el trayecto le escribí a Liam para avisarle de que nos faltaba aproximadamente una hora para llegar. Su respuesta fue escueta: me indicó que llevara a Isla directamente hasta la puerta de su casa y que Erika saldría a recogerla.

No necesitaba decir nada más para que entendiera que no quería verme y que ni siquiera pensaba salir a recibir a su hija si eso significaba encontrarse conmigo. Por mucho que me doliera, no podía reprochárselo.

A medida que nos acercábamos, sentí que el corazón empezaba a latirme cada vez más deprisa.

Cuando por fin llegamos, el taxi se detuvo frente a la casa de Liam y le mandé otro mensaje para avisarle de que ya estábamos allí.

Le pedí al conductor que esperara porque después tenía que llevarme hasta un hotel que había reservado por internet al otro lado de la ciudad.

Unos segundos más tarde se abrió la puerta y apareció Erika con una sonrisa enorme. En cuanto vio a Isla, se acercó a ella y la abrazó con fuerza, pero después levantó la mirada hacia mí y negó lentamente con la cabeza.

No hizo falta que dijera una sola palabra para que entendiera perfectamente lo que pensaba de mí.

—Lo siento, Erika.

Ella ignoró mi disculpa.

—Vamos, cariño —le dijo a la pequeña mientras cogía su maleta y su mochila.

Isla se volvió hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que sentí que se me partía algo por dentro. En su rostro podía ver el mismo dolor que yo intentaba esconder.

—Todo va a estar bien, cariño —le prometí haciendo un esfuerzo enorme por mantenerme entera.

—Te voy a echar mucho de menos.

—Y yo a ti, preciosa.

—Venga, vamos. Hace mucho frío —insistió Erika con más suavidad.

Isla se separó de mí poco a poco y caminó junto a Erika hacia la casa. Me quedé mirándolas hasta que entraron y solo entonces regresé al taxi, cerré la puerta y tuve que hacer de tripas corazón para no romperme allí mismo.

El conductor me llevó hasta el hotel y, cuando llegamos, le pagué todos los trayectos. Después hice el registro en recepción, me entregaron la llave de la habitación y un botones me acompañó hasta allí con mis dos maletas.

En cuanto la puerta se cerró detrás de mí y me quedé completamente sola, toda la fortaleza que había intentado mantener durante el día desapareció.

Me senté en el borde de la cama y rompí a llorar, consciente de que hasta allí había llegado mi historia en las Highlands y de que, por primera vez desde que había llegado a Escocia, no tenía ni idea de qué me esperaba a partir de ese momento.