Capítulo 25
El despertador me avisó de que ya era hora de levantarme.
Desde que abrí los ojos sentí una inquietud extraña, una de esas sensaciones difíciles de explicar que te dejan mal cuerpo aunque no sepas exactamente por qué.
Mientras Isla se tomaba su vaso de leche con un poco de pan, yo terminé de prepararle el desayuno para llevar al colegio. Aquella mañana no le apetecían galletas y tampoco insistí.
Liam seguía sin haber contestado a mi mensaje. Es más, me había dejado en visto, algo que me resultaba raro, aunque intenté convencerme de que quizá ya habría entrado en quirófano y lo hubiera leído deprisa antes de que se lo llevaran.
Bajamos y subimos al taxi que ya nos esperaba para llevarnos hasta el colegio. Cuando entramos, Cloe y Marie estaban esperándola y, en cuanto la vieron, corrieron hacia ella para recibirla con un abrazo precioso.
Yo también la abracé antes de despedirme y, cuando comprobé que Margot había visto entrar a las tres, levanté la mano para decirle adiós. Cada vez me gustaba más aquella profesora. Se notaba que era una mujer muy entregada a los niños y siempre tenía una sonrisa capaz de transmitir tranquilidad.
El taxi me dejó de regreso frente al edificio y, antes de subir al piso, volví a pasar por el obrador para comprar pan del día y prepararme algo de desayunar.
Aquella sensación extraña con la que me había levantado seguía acompañándome. Me sentía triste, inquieta y con un punto de ansiedad que no conseguía controlar, hasta el extremo de que, cuando llegué a casa, ni siquiera sabía si sería capaz de comer algo.
Me preparé un café y salí al balcón para fumármelo con un cigarrillo antes de decidirme con la tostada.
Tenía el estómago completamente cerrado por los nervios y esperaba que Glen me escribiera en cualquier momento para preguntarme cómo había ido la entrada de Isla en el colegio.
De paso, suponía que me contaría cómo había reaccionado Fiona al regresar y descubrir que ninguna de las dos estaba en la casa.
Sin embargo, fueron pasando las horas y no recibí ni un mensaje ni una llamada.
Intenté mantenerme ocupada para no pensar demasiado, pero acabé limpiando sobre limpio y dando vueltas por el piso sin encontrar nada que consiguiera distraerme de verdad. La mañana se me hizo eterna hasta que, por fin, llegó la hora de ir a recoger a la pequeña.
Toda aquella inquietud se alivió un poco en cuanto la vi salir de la mano de Margot con una sonrisa enorme.
La profesora me contó que estaba muy sorprendida tanto por su inteligencia como por la madurez que demostraba para su edad, algo que a mí no me resultaba ninguna novedad después de tantos meses comprobándolo en primera persona.
Durante el trayecto de regreso, Isla no dejó de hablarme de Cloe y Marie, a quienes parecía adorar ya.
Me contó un montón de cosas que habían hecho juntas y, por la ilusión con la que hablaba, resultaba evidente que se sentía completamente integrada en la clase.
Verla tan feliz consiguió que, al menos durante un rato, los nervios que llevaba arrastrando desde primera hora quedaran en un segundo plano.
Cuando llegamos al piso, el frío había aumentado y comenzaba a tronar, así que nos pusimos los pijamas con la seguridad de que aquel día no íbamos a volver a salir ni a la esquina.
Pedimos los menús de hamburguesas que habíamos planeado y, mientras esperábamos a que llegaran, Isla me pidió el móvil para mandarle un audio a su padre y contarle lo bien que le había ido en el colegio.
La comida llegó antes que la respuesta de Glen.
Intenté no darle demasiada importancia. Había días en los que iba de cabeza con el trabajo y, además, podía estar completamente volcado en todo lo relacionado con Liam.
El problema era que tampoco tenía noticias de este último y que el silencio de los dos empezaba a alimentar esa sensación que me acompañaba desde que había abierto los ojos aquella mañana.
Delante de Isla, sin embargo, procuré que no se me notara nada. Le aseguré que su padre respondería cuando tuviera un momento y, por suerte, ella estaba demasiado feliz por lo bien que le había ido en el colegio y por sus nuevas amigas como para preocuparse demasiado.
De hecho, tuve que echarme a reír cuando, todavía con el menú delante, me preguntó qué íbamos a merendar y qué había pensado preparar para cenar.
Glotona era un rato, aunque lo cierto era que nunca se atiborraba ni comía cantidades exageradas y, además, seguía siendo finísima.
—Para merendar, un poco de pavo con pan crujiente. Y para cenar, algo ligero, que después de este menú hay que cuidar el cuerpo.
—Revuelto de huevos con queso.
—Pero ¿cómo puedes estar pensando en comida mientras todavía estás comiendo?
—Porque comer es el mejor invento del mundo. ¿Quién lo inventó?
—Pues imagino que Adán y Eva con aquello de la manzana. Y, hablando de fruta, eso es precisamente lo que deberíamos cenar hoy.
—No, no, que me puedo morir de hambre —respondió entre risas.
—Tú tranquila, que de eso no te mueres. Antes robas un supermercado.
—Mejor una pizzería.
—Eso —contesté poniendo los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza y no podía dejar de reírme.
Después de comer, la lluvia comenzó a caer con mucha más fuerza. El cielo se había oscurecido por completo y la visibilidad hacia la calle era cada vez peor.
A Isla le encantaba contemplar la lluvia desde el sofá, así que dejé las cortinas abiertas y también las puertas interiores de madera para que pudiera ver perfectamente a través de los cristales. Se quedó allí tumbada, observando el exterior, hasta que poco a poco terminó vencida por el sueño.
Mientras ella dormía, me preparé un café y me fumé un cigarrillo junto a la ventana de la cocina para no tener que abrir las puertas del balcón.
Intenté distraerme, pero no conseguía dejar de mirar el móvil y aquella inquietud que me acompañaba desde primera hora seguía creciendo, alimentando en mi cabeza escenarios cada vez peores.
Al final me tumbé en el otro sofá y me tapé con una manta, con la esperanza de desconectar durante un rato y dejar de pensar, aunque me resultó imposible conciliar el sueño.
Isla, en cambio, durmió casi dos horas plácidamente y, cómo no, lo primero que hizo al despertarse fue pedir la merienda.
—¿Y mi papá no ha contestado?
—No, cariño. Debe de estar muy liado hoy con el trabajo.
—Ya podría haber sacado un minuto —levantó un dedo para marcarlo— para contestar a su hija.
—Bueno, quizá luego te haga una videollamada.
—Seguro que la bruja de Fiona no le deja.
—Papá te llamará. Tú tranquila —le dije con una sonrisa mientras le acariciaba el cabello.
—¿Y si no me llama?
—Pues será porque ha tenido un día muy complicado, pero mañana te llamará seguro.
—¿Y si mañana tampoco llama? —preguntó riéndose.
—¿Quieres dejar de decir tonterías? —respondí mientras empezaba a hacerle cosquillas.
El problema era que aquellas tonterías coincidían demasiado con algunos de los escenarios que yo misma llevaba horas imaginando.
No conseguía dejar de darle vueltas a la posibilidad de que a Glen le hubiera ocurrido algo por culpa de Liam y, aunque este estuviera ingresado en el hospital, nada impedía que hubiera movido los hilos a través de otras personas.
Para colmo, él tampoco había respondido a mi mensaje, así que tuve que repetirme una y otra vez que debía mantener la calma mientras preparaba la merienda.
Saqué el pan crujiente y las lonchas de pavo, serví la leche de Isla y me hice otro café antes de sentarnos juntas en el sofá, aprovechando la mesita que había delante.
—¿Ponemos una peli de Disney mientras merendamos? —propuse.
—¡Sí! Podemos ver La Sirenita .
—Venga, pues vamos con esa.
Busqué la película en la plataforma y la puse. Isla se desconectó del mundo casi de inmediato, completamente embobada con la pantalla, mientras yo fingía prestar atención aunque mi cabeza siguiera en otro sitio.
Aquella sensación extraña no desaparecía y cada vez se parecía más a un presentimiento de que algo no iba bien.
Seguía sin tener noticias de nadie y empezaba a subirme por las paredes, aunque me obligaba a aparentar tranquilidad delante de la pequeña, que en ese momento estaba completamente sumergida en su mundo de Disney.
Lo peor era no saber a quién recurrir sin poner en riesgo todo lo que estaba ocurriendo.
La tarde fue avanzando hasta que llegó la hora de la cena y, finalmente, Isla se quedó dormida sin haber recibido ninguna llamada de su padre. Yo tampoco tenía noticias de Liam y aquello conseguía inquietarme todavía más.
Le mandé otro mensaje preguntándole si la operación había salido bien y fingiendo preocupación. Volvió a leerlo, pero desapareció de línea sin contestarme, mientras que el audio que Isla había enviado a Glen seguía sin haber sido escuchado.
Me fumé un cigarrillo junto a la ventana de la cocina intentando pensar en alguna forma de conseguir información, pero siempre terminaba llegando al mismo punto: no tenía a quién acudir sin arriesgarme a comprometer a alguien o estropear todo lo que se estaba preparando.
Solo me quedaba esperar que Glen estuviera bien y que, al despertar al día siguiente, me encontrara con la noticia de que la operación se había adelantado y Liam ya estaba detenido, aunque fuera dentro del hospital.
Me metí en la cama y abracé la almohada con fuerza, pidiéndole al universo que no hubiera ocurrido nada más grave que eso.