El ogro de las Highlands Capítulo 24
55%

Capítulo 24

Desperté a la pequeña con tiempo de sobra para que pudiera tomarse tranquilamente su vaso de leche con galletas mientras yo terminaba de preparar el desayuno que llevaría al colegio.

Isla estaba nerviosa. Todo era nuevo para ella y tenía que enfrentarse a un primer día lleno de dudas, de caras desconocidas y de rutinas distintas a las que estaba acostumbrada.

Intenté tranquilizarla de todas las maneras posibles, recordándole que solo tenía que dejarse llevar y darse tiempo para conocer a sus compañeros.

La ayudé a ponerse el uniforme y la abrigué bien antes de salir a la calle, donde ya nos esperaba un taxi.

El colegio quedaba a una distancia considerable del piso y Glen había dejado contratado el servicio privado de la compañía para que se encargara de llevarnos y recogernos siempre que fuera necesario.

Llegamos con tiempo y Margot, su profesora, nos esperaba en recepción tal y como habían acordado.

Se presentó de una manera muy amable y cercana, y enseguida me transmitió la sensación de ser una mujer cariñosa y muy pendiente de los niños.

Debió de notar los nervios de Isla porque se dirigió a ella con mucha dulzura, intentando hacerla sentir cómoda desde el primer momento, y después me aseguró que no tenía de qué preocuparme.

Antes de despedirme, me explicó que la pequeña saldría a las tres de la tarde, igual que en Escocia, y que comería en el colegio a la una.

Me quedé unos segundos observándola mientras Margot la acompañaba hacia el interior y, solo cuando vi que empezaba a relajarse un poco, salí de nuevo a la calle.

El taxista seguía esperándome para llevarme de regreso al piso.

Antes de subir a casa, entré en un obrador para comprar pan del día y aprovecharlo para desayunar.

El pan de molde nunca me había entusiasmado demasiado y solo lo comía cuando no había otra opción o para prepararme un sándwich mixto, que eso sí me gustaba.

Cuando por fin entré en el piso, me di cuenta de que Isla me había contagiado buena parte de sus nervios.

Ahora era yo la que no dejaba de preguntarse cómo estaría llevando aquellas primeras horas, si se sentiría cómoda o si conseguiría relacionarse con alguien.

Lo malo era que todavía quedaban muchas horas para descubrirlo.

Intenté distraerme preparando el desayuno y, justo cuando estaba terminando, Glen me llamó por videollamada. Apoyé el teléfono sobre una base encima de la mesa y me senté frente a él para poder hablar con comodidad.

—Buenos días, Glen.

—Buenos días, Kenna. Que aproveche —comentó al ver mi desayuno.

—Gracias —respondí con una sonrisa.

—¿Qué tal ha ido la entrada de la pequeña en el colegio?

—Bien. La profesora la ha recibido con mucho cariño, aunque Isla estaba un poco nerviosa por ser su primer día. Yo también estoy deseando saber qué tal le ha ido.

—Luego os haré una videollamada para hablar con ella.

—Perfecto. Por cierto, Liam me ha escrito hace un rato. Al parecer, finalmente lo operan mañana.

—Genial. Nosotros estamos avanzando muchísimo. La paz volverá a reinar en esta casa.

—Así sea.

—Me vas a hacer mucha falta con la niña. Estoy dispuesto a negociar contigo lo que haga falta para que te quedes el tiempo necesario y, a la vez, puedas disponer cada día de tus horas libres.

—No te preocupes por eso. Estaré encantada de seguir junto a la pequeña y trabajar para ti todo el tiempo que sea necesario.

—Eres una gran persona.

—Tú también, Glen. Ahora te entiendo muchísimo mejor.

—Gracias.

Terminamos la llamada y, en cuanto colgué, suspiré. Todo había ocurrido de una forma tan precipitada y dolorosa que todavía sentía demasiadas heridas abiertas en mi interior.

Me había enamorado de Liam, sí, y aunque ahora supiera quién era realmente, me dolía haber perdido a alguien que había conseguido hacerme sentir tantas cosas. Pero también era un maldito canalla que había jugado con todo el mundo y, sobre todo, con mis sentimientos.

Asimilar todo aquello resultaba tan complicado que hasta los problemas con mi hermano, que durante tanto tiempo me habían dolido, parecían haber quedado en segundo plano. Detrás de esta historia había demasiado sufrimiento, pérdidas e injusticias como para compararlo con cualquier otra cosa.

Hice las camas de las dos habitaciones, ya que la noche anterior Isla había dormido en la suya, y después barrí un poco el piso. Terminé bastante rápido porque todo estaba prácticamente limpio.

Cogí uno de los libros que había traído conmigo e intenté leer durante un rato, pero me resultaba imposible concentrarme.

La mañana amenazaba con hacerse eterna y no encontraba nada capaz de distraerme de verdad.

Tenía la cabeza convertida en una bomba cargada de información que no dejaba de dar vueltas una y otra vez, acompañada de miles de preguntas que solo esperaba que el tiempo terminara respondiendo.

Para comer me preparé un par de huevos fritos con patatas. Era lo primero que se me había ocurrido y, estando sola, tampoco tenía ganas de complicarme demasiado.

Después recogí un poco la cocina y dejé pasar el tiempo como pude hasta que por fin se acercó la hora de ir a buscar a la pequeña.

El taxi volvió a esperarme abajo y, durante el trayecto hasta el colegio, noté cómo regresaban esos nervios que había conseguido mantener a raya durante parte de la mañana.

El conductor estacionó cerca de la entrada y yo bajé para esperar a que saliera. En cuanto la vi aparecer entre los demás alumnos, caminando junto a dos niñas con las que se reía feliz, sentí que toda la inquietud se deshacía de golpe.

Isla me vio, se despidió rápidamente de ellas y corrió hacia mí con una sonrisa enorme. Desde la distancia, Margot me dedicó un guiño que parecía confirmar lo que yo ya estaba viendo: su primer día había ido bien.

—¡Kenna! —exclamó mientras se abrazaba a mí.

—¡Mi niña! ¿Qué tal?

—Tengo dos amiguitas, Cloe y Marie. Son muy buenas y divertidas.

—¡Qué bien! No sabes cuánto me alegro.

—Esta clase es más divertida que la de las Highlands —comentó mientras caminábamos hacia el taxi.

—Eso sí que me alegra, cielo.

—Hemos comido lasaña y fruta. Estaba riquísima.

—Me estás dando mucha envidia.

Nos montamos en el taxi y, durante todo el trayecto, me fue contando lo que había hecho a lo largo del día. Verla tan feliz me produjo una paz enorme.

—Mañana salimos antes y como contigo.

—Lo sé, cariño. La profesora me ha dicho esta mañana que los viernes salís a las doce y media.

—¿Qué vas a hacer para comer mañana?

—Ya ha regresado mi glotona —respondí entre risas.

—Es que he pensado que podemos pedir un Burger y que nos lo traigan a casa.

—Oye, pues me parece una buena idea.

—Mi papá lo pedía cuando veníamos a Cork.

—Pues queda anotado para mañana.

El taxista nos dejó frente al edificio y, nada más entrar, Isla quiso ponerse el pijama. Le di una ducha para que después no tuviera que volver a cambiarse y, cuando estuvo lista, se instaló en el sofá esperando su leche con galletas.

Yo me preparé un café y me senté a su lado mientras seguía contándome, todavía emocionada, todo lo que había vivido durante su primer día de clase. Apenas dejaba un segundo entre una anécdota y otra, y verla tan ilusionada conseguía que yo también me relajara.

Poco después, Glen hizo una videollamada y la pequeña aprovechó para hablarle con auténtico entusiasmo de Cloe y Marie, sus nuevas amigas. La conversación se alargó más de media hora entre risas, preguntas y algún que otro momento más emotivo. Me encantaba verlos así, tan cómplices.

Isla incluso le contó que al día siguiente habíamos decidido pedir hamburguesas, algo que a Glen le pareció una idea estupenda. Es más, nos animó a darnos algún capricho durante el fin de semana y pedir comida a domicilio si nos apetecía.

Antes de despedirse, me recordó que Fiona regresaría aquel mismo día, aunque no lo haría hasta bastante tarde. Menuda sorpresa se iba a encontrar cuando descubriera que la casa estaba completamente despejada.

La tarde fue pasando con mucha más calma. Isla terminó sus deberes, estuvo un buen rato coloreando y, como ya estaba duchada y había hablado con su padre, cuando llegó la hora de cenar, las dos estábamos mucho más relajadas.

Preparamos unos sándwiches vegetales de pollo que nos quedaron riquísimos y, después de recoger, acompañé a la pequeña hasta su habitación. Nos metimos en la cama con un cuento y fui leyendo hasta que su respiración se volvió lenta y regular.

Cuando estuve segura de que dormía, regresé al salón y me acomodé un rato en el sofá antes de irme también a la cama.

Aproveché aquel momento de tranquilidad para escribirle a Liam y preguntarle cómo se encontraba, manteniendo así las apariencias. No aparecía conectado y tampoco respondió, de modo que supuse que ya estaría durmiendo.

Mi corazón seguía atrapado en un lugar extraño, en ese punto incómodo donde parecían convivir el amor y el odio. Por un lado, lo detestaba por todo lo que había descubierto; por otro, todavía estaban demasiado recientes aquellos momentos en los que había conseguido hacerme sentir especial.

Qué fea podía ponerse la vida algunas veces.

También me daba vueltas en la cabeza Erika.

Ahora que sabía que conocía la verdad sobre Isla, entendía mucho mejor aquella forma tan bonita de mirarla y que nunca le buscara las cosquillas con la misma intensidad con la que atacaba constantemente a su padre.

Había algo distinto en la manera en que trataba a la pequeña y, por fin, sabía por qué.

Lo doloroso era pensar en lo que ocurriría cuando terminara descubriendo todo lo demás. Muy pronto iba a enfrentarse al mayor desengaño de su vida.

Necesitaba despejarme un poco, así que salí al balcón para fumarme un cigarrillo. El frío me calaba la cara, pero agradecí aquellos minutos de silencio en los que pude respirar y dejar la mente en blanco, aunque solo fuera durante un instante.

Cuando terminé, fui al baño a lavarme los dientes y, antes de meterme en la cama, pasé por la habitación de Isla. Me acerqué en silencio, comprobé que seguía bien tapada y me quedé unos segundos observándola dormir antes de apagar la luz y cerrar la puerta con cuidado.