El ogro de las Highlands Capítulo 23
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Capítulo 23

Cuando abrí los ojos, Isla ya estaba despierta y me observaba con una sonrisa. Aquella mañana se había espabilado bastante antes de lo normal.

—Buenos días. ¿Qué hace mi princesa despierta tan temprano?

—Buenos días, Kenna. Deseando mi desayuno.

—¡Pero bueno! —exclamé mientras comenzaba a hacerle cosquillas—. ¿Tú vives pensando únicamente en comer?

—¡Sí! —gritó entre carcajadas.

Se quedó en el sofá viendo unos dibujos animados mientras yo me instalaba en la cocina para preparar el desayuno. Desde allí podía verla perfectamente porque una barra separaba ambos espacios sin llegar a cerrarlos por completo.

—¿Quieres huevos con beicon o prefieres pan tostado?

—Todo. Quiero todo.

—No sé ni para qué pregunto —respondí poniendo los ojos en blanco mientras ella me dedicaba una sonrisilla.

—Y quiero trocitos de tomate.

—Ah, bueno, eso ya es muy sano. Claro que sí —le dije con ironía, consiguiendo que soltara una carcajada.

Se notaba que Glen había dado instrucciones bastante precisas sobre algunas cosas que debían incluirse en la compra, porque no faltaba prácticamente nada de lo que estábamos acostumbradas a tener en la casa de las Highlands.

Cuando puse el plato delante de Isla, se quedó mirándolo como si acabara de aparecer ante ella el mejor desayuno del mundo.

—Ahí tienes un repertorio de todo.

—¡Y quesito redondito del que me gusta!

—Bien completito.

—Sí. Pan de molde, tomates picados… —iba señalando cada cosa con el dedo—, el quesito, huevo, beicon y mi leche con cacao. Solo faltan dos galletas.

—No, cariño —respondí entre risas—. Las galletitas las dejamos para la tarde. Ahora tienes desayuno de sobra y no puedes mezclar tantas cosas.

—¿Y si me lo como entero?

—Pues te felicito, pero te vas a quedar más que satisfecha.

—¿Y si sigo teniendo hambre?

—Te pongo otra tostada —contesté negando con la cabeza porque sabía perfectamente que no iba a ser capaz de terminárselo todo.

—Es que me he quedado con ganas de hacer miguitas en la leche con cacao.

Suspiré, vencida.

—Venga, te doy las dos galletitas.

Isla comenzó a reírse.

—Pero solo por hoy. Eso de mezclar tantas cosas no puede convertirse en costumbre.

—Vale, Kenna —respondió mientras aplaudía encantada.

Desayunaba con una expresión mucho más relajada que la del día anterior y eso me tranquilizaba. No soportaba verla preocupada, y mucho menos teniendo solo seis años.

A veces la observaba y sentía que todos mis miedos desaparecían para dejar paso a una fuerza que ni siquiera sabía que tenía.

Siempre había pensado que el amor más intenso llegaba de la mano de un hombre, de esa persona de la que te enamoras y que consigue que tu corazón lata de una manera diferente.

Con Isla había descubierto que estaba equivocada.

El amor podía ir muchísimo más allá del enamoramiento e incluso de los lazos de sangre.

Por ella sería capaz de cualquier cosa, incluso vendería mi alma al diablo si con eso pudiera mantenerla a salvo de todo mal.

—No puedo más —murmuró de pronto apretando los dientes mientras intentaba evitar mi mirada.

—Si es que te lo había dicho —respondí riéndome mientras le revolvía el pelo.

—¿Vamos a salir a pasear?

—Claro. Además, quiero comprar pan porque aquí solo hay de molde para los desayunos y los sándwiches.

—¿Me valdrán los mismos libros para el cole?

—Claro, cariño. Es el mismo centro y, si te hace falta alguna cosa más, la compramos.

—Me voy a quitar el pijama.

Salió corriendo hacia su habitación y no pude evitar sonreír. Desde luego, tenía ganas de salir a la calle.

Yo aproveché para prepararme otro café y salí al balcón a tomármelo mientras fumaba un cigarrillo. Hacía bastante frío y tendríamos que abrigarnos bien, aunque tampoco era algo a lo que no estuviéramos acostumbradas después de las temperaturas que habíamos dejado atrás en las Highlands.

Cuando Isla apareció, llevaba puesto un chándal térmico, una camiseta debajo y su abrigo de plumas.

—¿Estoy guapa?

—Estás preciosa. Ahora solo te faltan las deportivas.

Miró hacia sus pies y abrió mucho los ojos.

—Es verdad, se me han olvidado.

Estaba descalza, únicamente con los calcetines puestos.

Me vestí en un par de minutos y salimos del piso cogidas de la mano. Mientras caminábamos, Isla no dejaba de contarme cuánto le gustaban las casas de colores de Cork y lo pintoresca que le parecía la ciudad.

Nos detuvimos delante del escaparate de una librería que también tenía un montón de artículos preciosos de papelería, algo que a ella le encantaba y que enseguida consiguió llamar su atención.

Se quedó embobada mirando un libro de princesas para colorear que venía acompañado de un juego de rotuladores, algunos incluso con brillo para conseguir un efecto más glamuroso.

—Lo estás deseando.

—Me he dejado la hucha en Escocia —respondió entre risas.

—Anda, vamos a entrar, que te lo regalo yo.

—¿De verdad?

—Claro.

La emoción que apareció en su cara fue el reflejo de esa felicidad inmediata que provoca encontrar algo que deseas sin haberlo estado buscando siquiera.

Entramos en la librería y el hombre que nos atendió fue encantador con ella.

Mientras cobraba el libro y los rotuladores, le regaló además un sobre de pegatinas de princesas que consiguió arrancarle otra sonrisa todavía más grande.

Isla salió de allí abrazada a su compra, enseñándome cada poco las pegatinas como si fueran un tesoro.

Seguimos paseando sin ninguna prisa, disfrutando de la ciudad, hasta que llegamos a Marina Market, un mercado cubierto situado en Centre Park Road.

Decidimos entrar y enseguida nos encontramos rodeadas de puestos de comida y bebida, cafeterías, pastelerías y una infinidad de postres que conseguían abrirnos el apetito a pesar de que no hacía demasiado que habíamos desayunado.

El lugar también contaba con zonas al aire libre y tenía tanto que ver que fuimos recorriéndolo con calma, deteniéndonos allí donde algo nos llamaba la atención.

En uno de los puestos compramos una hogaza de masa madre con cereales que tenía una pinta increíble y, un poco más adelante, nos dejamos tentar por los postres. Escogimos una pequeña tarta de queso y otra de chocolate con nueces, ambas redondas, con la idea de compartirlas más tarde en el piso.

—¿Nos compramos unas chuches y palomitas para tener en el piso, Kenna? —me preguntó mientras señalaba uno de los puestos por los que pasábamos.

—Menudo plan. Me gusta.

Pedí un combo con tres paquetes de palomitas para hacer en el microondas, dos bolsas grandes de gusanitos y, entre las dos, escogimos también una bolsita variada de gominolas.

Seguimos recorriendo algunos puestos sin demasiada prisa y, casi sin darnos cuenta, habían pasado cerca de dos horas desde que entramos en el mercado.

Antes de marcharnos, todavía nos dejamos tentar por un batido de vainilla coronado con nata, que compartimos mientras buscábamos la salida entre risas y comentarios sobre todo lo que habíamos comprado.

Emprendimos el camino de regreso al piso con calma, disfrutando del paseo, y cuando pasamos junto a un parque infantil, Isla me pidió detenernos un rato.

Se subió a los columpios y estuvo jugando durante unos minutos como si el frío y aquella humedad que se pegaba a la cara no existieran.

Verla disfrutar así, tan despreocupada, conseguía que por momentos todo lo demás pareciera quedar muy lejos.

Cuando por fin regresamos al piso, las dos agradecimos el calor de dentro.

Guardamos las compras y decidimos ponernos los pijamas porque ya no teníamos intención de volver a salir en todo el día.

Isla se instaló enseguida con su nuevo libro para colorear y las pegatinas de princesas, mientras yo me puse a organizar la comida sin perderla de vista.

Poco después sonó el teléfono. Era Glen, así que le pasé directamente la llamada a su hija. Isla empezó a contarle, entusiasmada, todo lo que habíamos hecho durante la mañana, desde el desayuno hasta nuestras compras y el paseo por la ciudad.

—Veo que habéis tenido una mañana productiva —me comentó Glen cuando la pequeña volvió a pasarme el teléfono.

—Sí, la verdad es que ha sido bastante productiva y entretenida.

—¿Has hablado con Liam?

—No, todavía no me ha escrito.

—Me he enterado de que esta mañana lo han ingresado de urgencia por un dolor muy fuerte en la pierna. Parece que la lesión se ha complicado y van a tener que operarlo. Imagino que después te lo contará él mismo.

—Vaya. Parece que la suerte no está de su lado —respondí con ironía.

—Mejor. Así está controlado allí y mi equipo puede seguir moviéndose para acelerar el proceso.

—Ojalá todo vaya rápido.

—Antes de Navidad estará resuelto, seguro.

—Unas Navidades en paz. Eso es lo que necesitáis.

—Sí. Y poder volver a comportarme con normalidad para que mi hija sienta todo lo que la quiero.

—Te quiere muchísimo.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí, claro —respondí con una sonrisa a pesar de que él no podía verme.

—Su madre también la amaba con todo su corazón. A ella y a Erika.

—¿Qué pasará con Erika?

—Intentaré hablar con ella cuando todo esto termine. No sé qué ocurrirá después, pero ella no tiene culpa de nada.

—No la tiene. Aunque imagino que su padre le habrá llenado la cabeza de cosas durante todos estos años.

—Sí, eso desde luego.

Terminamos la conversación y continué preparando la comida: unos filetes rebozados acompañados de verduras salteadas.

Justo cuando estábamos comiendo, me llegó un mensaje del susodicho, del hombre que se había reído de mí y me había utilizado de la peor manera posible.

Liam: Hola, mi chica. Estoy en el hospital.

Al parecer no era solo una rotura y tengo otros daños que necesitan cirugía.

Me operan dentro de tres días. No es nada grave, pero tendré que permanecer ingresado al menos diez días.

No te preocupes por nada, solo quería mantenerte al tanto.

Mi madre está conmigo. ¿Ya estás en Edimburgo?

Kenna: Hola, Liam. Me preocupa lo que me cuentas y siento no poder estar acompañándote en estos momentos. Sí, ya he llegado y estoy en casa de mis familiares. La cosa está un poco revuelta, pero imagino que en dos o tres semanas estará solucionado. Mantenme al tanto.

Liam: No te preocupes por nada, cariño. Te echo de menos.

Kenna: Yo también a ti, Liam.

Fingir era lo único que podía hacer si quería proteger todo el plan y evitar que Liam sospechara absolutamente nada. Y, por mucho que me doliera seguirle el juego, cada vez tenía más claro que aquel maldito canalla no merecía otra cosa.