Capítulo 22
Nos dirigimos a recoger a la pequeña al colegio. Glen se quedó esperando dentro del coche, un poco apartado de la entrada, mientras yo iba a buscarla.
En cuanto salió, la abracé con fuerza y le expliqué que su padre nos esperaba en el coche y que luego le contaríamos lo que estaba ocurriendo. Su expresión dejó claro que no entendía absolutamente nada.
—Tranquila, cariño. No pasa nada —le aseguré para evitar que se preocupara.
La ayudé a sentarse en el asiento trasero y después me acomodé junto a ella.
—Hola, mi vida —la saludó Glen mientras estiraba una mano hacia atrás para que la cogiera y poder acariciársela.
—Hola, papá.
—Kenna te va a explicar todo con tranquilidad. No quiero que te preocupes por nada —le dijo mientras arrancaba y comenzábamos a alejarnos de la ciudad—. Papá te quiere con todo su corazón. No lo olvides nunca.
—Vale —respondió ella algo temerosa, todavía sin entender lo que sucedía.
—Nos vamos a ir al piso de Irlanda —le expliqué mientras le acariciaba una mejilla.
—¿A Cork? —preguntó con una mezcla de sorpresa e ilusión.
—Sí, a Cork, cariño.
—¿Los tres?
—No, mi vida. Yo no puedo ir —respondió su padre—, pero Kenna va a cuidarte muy bien.
—¿Y el cole? —preguntó, cada vez con más dudas.
—Vas a ir al mismo colegio, pero en Irlanda. Ya he llamado al centro y he solicitado el traslado por motivos personales. Dentro de dos días tendrás que incorporarte.
—Pero allí no tengo amigas.
—Las tendrás, cariño —le aseguré mientras volvía a acariciarle la cara.
—¿Y cuándo regresaremos?
—Dentro de poco. Esto solo será durante una temporada —le explicó Glen—.
Nos reuniremos muy pronto, pero ahora Kenna va a cuidar de ti.
Sé que quizá no entiendas nada después de que yo mismo te pidiera que no le hablaras, pero ella te lo explicará de la mejor manera posible para que puedas comprenderlo.
Tardamos más de tres horas en llegar al aeropuerto de Glasgow. Eran casi las ocho de la tarde y nuestro vuelo salía a las nueve y media.
Glen pudo entrar con nosotras gracias a un pase preferente del aeropuerto y permaneció a nuestro lado hasta que llegó el momento de embarcar. Entonces nos despedimos con un abrazo durante el que volvió a pedirme que cuidara de su hija como si fuera mi propia vida.
A Isla la abrazó con fuerza y le recordó que era lo que más quería en el mundo y que, dentro de poco, todas aquellas cosas cambiarían para bien.
Nos acomodamos en el avión, en los asientos delanteros de primera clase.
—Kenna, ¿Liam sabe que nos hemos ido?
—No, cariño. Le hemos mentido. Nos ha engañado a las dos porque no es buena persona ni tampoco amigo de tu papá.
Fiona tampoco lo es y tú tenías razón cuando decías que se portaba mal contigo.
Tu padre ha tenido que actuar de una manera extraña para disimular porque está intentando conseguir que los dos paguen por las cosas malas que han hecho.
»No puedo contarte demasiado porque todavía eres pequeña y hay cosas que no entenderías, pero todo esto es un secreto muy importante.
Fiona no quiere que estés bien conmigo y, por eso, tu papá terminó diciéndote que no me hablaras, aunque en realidad lo hizo para protegernos a ambas.
Ninguno de los dos va a volver a formar parte de nuestras vidas.
También le expliqué que aquella conversación que había escuchado de su padre estaba relacionada con su tía y que no tenía nada que ver con lo que ella había imaginado.
Se lo expliqué con cuidado, teniendo muy presente que Isla solo tenía seis años y que, por muy despierta que fuera, había cosas que todavía no debía saber. Me limité a decirle que Liam quería conseguir dinero de su padre y de sus empresas y que estaba recurriendo a malas artes para lograrlo.
—¿Mi papá ya te quiere?
—Sí, cariño. Y confía muchísimo en mí. Precisamente por eso me ha pedido que, mientras él y Callum solucionan todo, yo cuide de ti.
—¿Entonces no quiere mandarme interna?
—¡No! Jamás haría algo así, preciosa. Te quiere con toda su alma.
—Yo lo quiero muchísimo —respondió con una sonrisa—. Y a ti también. Me haría muy feliz que Fiona ya no estuviera en casa porque siempre se porta mal conmigo y hasta su forma de mirarme me hace sentir incómoda.
—Todo va a cambiar, te lo prometo.
—Me da un poco de miedo cambiar de colegio.
—No tengas miedo, cariño. No puedes perder clases y por eso tienes que incorporarte a ese centro. Estoy segura de que enseguida conocerás a alguna amiguita nueva —le dije acariciándole la mejilla.
El vuelo duró aproximadamente una hora y media y se nos pasó rapidísimo entre conversaciones y confidencias.
Cuando salimos del avión nos esperaba Mariam, una persona de confianza de Glen que, según me había explicado, se encargaba de algunos asuntos relacionados con su empresa en Irlanda. Nos ayudó con las maletas y nos recibió con muchísima amabilidad.
Debía de rondar los cincuenta años y era una mujer muy elegante.
Nos llevó en coche hasta el piso y, durante el trayecto, me explicó que había estado allí un par de horas antes para dejar provisiones y colocarlas en el frigorífico y la despensa.
Glen se lo había pedido para que, al llegar, tuviéramos de todo hasta que yo pudiera ocuparme de comprar lo que nos hiciera falta.
Glen también me había dejado muy claro que no escatimara en nada. Mariam, después de explicarme algunos detalles de la vivienda, se despidió y me dejó su número de teléfono por si necesitaba cualquier cosa.
Nos instalamos con calma y, como durante el vuelo ya habíamos comido unos sándwiches, ninguna de las dos tenía hambre.
Isla, sin embargo, estaba agotada pese a haber dormido alrededor de una hora durante el trayecto en coche hasta Glasgow, así que, mientras yo guardaba la ropa y terminaba de acomodar nuestras cosas, empezó a quedarse dormida.
Aceleré un poco para poder darle una ducha y ponerle el pijama y, cuando terminó, me pidió un vasito de leche que se tomó sentada en el sofá, prácticamente con los ojos cerrados.
—Quiero dormir contigo, Kenna.
—Vale, cariño. ¿Quieres dormir en mi habitación, en la cama grande, o prefieres la tuya, que tiene dos camas?
—En la tuya. Así dormimos juntitas.
—Perfecto. Vamos a acostarte ya. Yo iré un poco más tarde porque todavía no tengo sueño y quiero terminar de organizar algunas cosas.
—Vale.
La llevé a la habitación y, antes de acostarla, nos quedamos un rato abrazadas entre besos y caricias. Isla estaba agotada y apenas mantenía los ojos abiertos, pero aun así se aferró a mí como si necesitara asegurarse de que seguía allí.
La acomodé bajo las mantas, le aparté un mechón de pelo de la cara y esperé unos minutos hasta comprobar que su respiración se volvía tranquila y regular.
La quería muchísimo más de lo que ella podía llegar a imaginar y, después de todo lo que había vivido en los últimos días, verla descansar así me daba una paz difícil de explicar.
Cuando estuve segura de que dormía profundamente, regresé al salón.
Todavía tenía demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza, así que salí al balcón para fumarme un cigarrillo y aprovechar aquel momento de calma.
Glen me había pedido que lo llamara en cuanto Isla estuviera dormida, de modo que saqué el móvil y marqué su número.
—Hola, Kenna. ¿Qué tal todo?
—Hola, Glen. Bien. Acabo de dejar a tu hija dormida en mi cama porque me pidió dormir conmigo.
—Genial. Ya me ha llegado el correo del centro de Irlanda para su incorporación dentro de dos días. Su profesora será Margot y os esperará en recepción diez minutos antes de la hora de entrada.
—Perfecto.
—¿Cómo está ella?
—Le he explicado todo de una manera suave, pero haciéndole entender que las cosas no eran como había imaginado. Lo que más le preocupa es que no tendrá amiguitas en el colegio, aunque ya le he dicho que será cuestión de llegar y adaptarse a su nueva clase.
»Por cierto, Liam me escribió hace un rato diciendo que me echaba muchísimo de menos y que esperaba que solucionara todo pronto para que pudiéramos volver a vernos. Le he seguido la corriente diciéndole que yo también.
—Cuando Fiona regrese se encontrará con la historia de que tú estás en Edimburgo y la niña en Glasgow, aunque para ella seguramente será hasta un alivio. ¿Le has dicho ya a Liam que te has marchado a Edimburgo?
—No. Le he dicho que salgo mañana a primera hora. No quería que sospechara nada.
—Perfecto. Así, si me escribe para ser impertinente o simplemente para tocarme las narices, todo encajará.
—Espero que no lo haga. Lo único que deseo es que arregles todo lo antes posible.
—¿Lo amas mucho?
Guardé silencio unos segundos antes de responder.
—Empecé a amarlo, pero ahora mismo tengo demasiado rencor en el corazón por la manera en que me ha utilizado.
—No debería haber permitido que todo llegara tan lejos, pero necesitaba más tiempo para acorralarlo. Siento mucho que hayas llegado a sentir algo por él.
—No te preocupes, Glen. Haz justicia por tu mujer.
—No sé cómo agradecerte todo lo que estás haciendo, especialmente que cuides de mi hija. No tendré vida suficiente para pagártelo.
—No tienes que preocuparte por eso. La quiero muchísimo.
—Lo sé. Disfrutad mañana de Cork. Es una ciudad preciosa.
—Sí. Por lo poco que he podido ver, ya me ha dejado fascinada, y eso que apenas hemos pasado por la ciudad porque hemos venido directamente al piso.
—¿Te ha gustado?
—Muchísimo. Es precioso y se ve todo muy nuevo.
—Disfrutad de la estancia. Espero poder ir a veros muy pronto. Mañana hablamos con calma y ahora intenta descansar.
—Igualmente, Glen. Buenas noches.
—Buenas noches, Kenna.