El ogro de las Highlands Capítulo 19
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Capítulo 19

La lluvia caía con tanta fuerza que, entre los estruendos de los truenos, parecía que el cielo iba a romperse en cualquier momento.

La pequeña apareció en nuestra habitación asegurando que los cristales iban a terminar hechos añicos, así que me levanté y nos dirigimos juntas a la cocina, mientras Liam seguía durmiendo profundamente, como si estuviera en el séptimo cielo.

Le preparé un cacao con leche y yo me serví un café. Habíamos decidido esperar a que Liam se despertara para preparar las tostadas y desayunar los tres juntos.

—Me he levantado acordándome de Erika —me dijo con una risita.

—Te juro que en mi vida me habría imaginado a una chica así. Es muy graciosa.

—Es insoportable, pero hace reír.

—Cuando llamó a su abuela, pensé que me iba a dar algo. Aunque se nota que ella sabe llevarla bastante bien.

—Claro, vive con ella.

—Así que estáis hablando de la loquita adorable.

—¡Liam, me has asustado! —exclamó la pequeña entre risas mientras se llevaba una mano al corazón.

—Menos mal que no estábamos hablando de ti —bromeé antes de acercarme para darle un beso.

—¿Sois novios? —preguntó Isla.

—Eso quiero yo, pero ella todavía no me acepta como tal.

—¿No quieres ser su novia, Kenna?

—Hasta que no me lo pida con una rodilla en el suelo y me saque un anillo, no pienso contestar a esa pregunta.

—Me va a salir más cara que mi hija —le comentó Liam a la pequeña.

—Cómprale un anillo, Liam —lo animó—. Así podré venir más fines de semana.

—Me sale más barato invitaros sin tener que comprar semejante joya —respondió carraspeando.

—¿A que llamo a tu madre? —lo amenacé, imitando a su hija.

—Otra igual —protestó mientras se daba una palmada en la frente.

—Liam, me parece que te va a resultar más fácil comprar el anillo y pedírselo de rodillas —insistió Isla.

—Esto es una penitencia —respondió él poniendo cara de asustado.

—¿Cuánto vale un anillo? Yo tengo dinero en mi hucha y te lo puedo prestar por si te falta —le propuso con aquella bendita inocencia que tanto me gustaba.

—No sé, pero hay grandes almacenes que los venden de plástico por dos libras.

—Yo tengo ese dinero. ¿Lo compramos?

—Pues sí que valgo poco —suspiré mientras ponía cara de tristeza.

—Podemos comprarle uno de diez libras y quizá se ponga más contenta.

—Yo creo que, como no nos gastemos por lo menos tres mil libras, esta mujer no va a quedarse satisfecha.

—Pues no sé si tendré más de doscientas. ¿Tú cuánto tienes, Liam?

—Creo que me llega para invitaros a comer comida china y poco más.

—¡Me encanta el arroz tres delicias y los rollitos de primavera!

—Ya me has dejado sin regalo —le dije a la niña, que se reía a carcajadas.

—Es que la comida china está muy rica. Mi padre la pide cada muchas semanas. ¿Te acuerdas de que la comimos hace algunas semanas en casa?

—Sí que lo recuerdo —respondí mientras colocaba el pan tostado sobre la mesa.

—Liam, ¿entonces hoy vamos a pedir comida china?

—Sí, lo del anillo tendrá que esperar.

—Soy libre como el viento. No tengo novio —comenté carraspeando.

La pequeña me observaba sonriente, esperando comprobar si mi cara reflejaba que me conformaba con cambiar el compromiso por una comida china. ¡Era para comérsela!

—¡Papá, abre! —Escuchamos que gritaba Erika desde la puerta.

—Qué raro que venga sin avisar —murmuró Liam arqueando una ceja.

—Ya podrías haberte dado patadas en el culo para abrir, que mira cómo estoy de mojada —le soltó nada más entrar.

—¿Te ha echado la abuela de casa?

—No es tan mala como tú. Me he quedado a dormir en casa de Anne, pero nos hemos levantado temprano porque se iba con su familia a casa de su abuela. Y, como vive aquí al lado, he pensado que lo mismo, por venir a verte, me llevaba otro aguinaldo —explicó mientras se acercaba a nosotras.

—Hola, Erika —la saludé con una sonrisa.

—Hoy vamos a pedir comida china —le anunció Isla.

—Pues entonces me quedo aquí.

—¿Quieres un café? —le preguntó su padre.

—Y tostadas —añadió mientras se sentaba junto a nosotras.

—¿Te has comprado el abrigo? —quiso saber la pequeña.

—No, pero ya iré uno de estos días. También quiero comprarme unas botas negras; a ver si hoy mi padre estira un poquito el bolsillo.

—Pues vete haciendo a la idea de que no —respondió Liam antes de mirar el móvil, que había comenzado a sonar.

—Abuela, ¿me echas de menos? —preguntó al descolgar y poner el manos libres.

—Claro, siempre. ¿Dónde andas? Tu amiga se iba a casa de sus abuelos.

—Sí, y yo me he venido a casa de tu hijo a dar guerra. Está con su amiguita e Isla, y van a pedir comida china. ¿Te apuntas?

—Vente, madre —intervino Liam.

—Sí, vente, Laila —le pidió Isla, que parecía conocerlos a todos bastante bien.

—No quiero ser una molestia.

—Abuela, que tu hijo está regalando el dinero de mi herencia. ¡Qué menos que aprovecharlo también nosotras!

—No digas esas cosas de tu padre, cariño —la reprendió con ternura.

—Tu hijo, abuela, tu hijo.

—Mamá, vente —insistió Liam—. Voy a buscarte dentro de un rato.

—Pero está lloviendo mucho y no quiero que tengas que salir por mí.

—Dentro de una hora voy a por ti.

—Abuela, deja de hacerte de rogar y vente.

—Vale, estaré preparada para cuando llegues, hijo.

—Dios te bendiga, abuela —se despidió Erika con ironía antes de colgar mientras intentaba contener la risa.

Me hacía mucha ilusión conocer a la madre de Liam porque algo dentro de mí me decía que debía de ser una gran persona.

—Papá, te recuerdo que esta semana tienes que hacer el ingreso del viaje de fin de curso, que hay que entregar la mitad como reserva.

—Sí, lo tengo anotado para hacerlo mañana.

—¿Dónde vas de viaje? —le preguntó Isla.

—Nos vamos a Francia e Italia durante dos semanas —respondió Erika mientras se frotaba las manos.

—Pobres profesores a los que les toque cargar con vosotros.

—Que se aguanten, que podrían haber elegido otra profesión.

—Estás muy callada, Kenna —me comentó la pequeña.

—Estoy bien —respondí sonriendo—. Solo estoy escuchando.

—Está adquiriendo cultura gracias a mí —soltó Erika, provocándome otra carcajada.

Terminamos de desayunar y Erika me ayudó a recoger la mesa mientras su padre se cambiaba para ir a buscar a la abuela. Cuando se marchó, nos acomodamos las tres en los sofás frente a la chimenea.

—Mira qué cosa más bonita, por favor —me dijo Erika mientras me enseñaba una paleta de sombras en una página de cosméticos.

—Sí que es bonita.

—Es de la firma de un maquillador que es superviral en las redes. Voy a pedírmela por Navidad, a ver si mi padre me hace caso con toda la lista.

—Pórtate bien y tu padre hablará con Santa Claus —le recomendó Isla.

—Y, si no, mando a la abuela a que hable con él, que ella nunca falla —respondió riendo.

Sin su padre delante, Erika tenía un comportamiento algo diferente. No pinchaba tanto y seguía siendo igual de graciosa, pero sin parecer tan impertinente. De todas formas, yo ya tenía claro que era todo un personaje y que le encantaba comportarse así para llamar la atención de su familia.

—¡Laila! —gritó la pequeña cuando los vio entrar por la puerta.

—¡Isla, cariño! —respondió la mujer mientras la abrazaba con muchísimo amor.

Laila era una mujer elegante y muy risueña, de esas que transmitían cercanía nada más conocerlas.

—Hola, Kenna. Mi hijo ya me ha hablado de ti —me saludó antes de darme un beso con mucho cariño.

—Hola, Laila. Encantada de conocerte.

Después le dio un beso a su nieta y se quitó el abrigo para acomodarse con nosotras en el sofá. Liam preparó otra ronda de cafés, ya que todavía era temprano para pedir la comida.

—Abuela, tu hijo no quiere darme hoy otro aguinaldo.

—Cariño, deja de llamarlo así, que es tu padre.

—Es tu hijo —insistió Erika mientras movía la cabeza.

—Y es tu padre.

—Tu hijo, abuela, tu hijo —repitió, provocándonos otra ronda de risas.

Laila me miraba con una expresión que parecía decirme que su nieta no tenía remedio.

A pesar de todas las locuras de Erika, me parecían una familia preciosa, de esas en las que basta observar las miradas para descubrir la complicidad y el amor que se tienen. Incluso detrás de todas aquellas bromas se respiraban el respeto y la lealtad de unas personas que se querían de verdad.

Era precisamente lo que más me llamaba la atención de Erika. Se quejaba por absolutamente todo, pero, al mismo tiempo, desprendía muchísimo cariño en las miradas que le dedicaba a su padre y en aquellos destellos que aparecían en sus ojos cada vez que hablaba con su abuela.

Liam las amaba y también lo demostraba con sus gestos.

Por muchas burradas que soltara Erika, resultaba evidente que todos se querían muchísimo.

Su madre, además, era adorable y no perdía la sonrisa en ningún momento.

No dejaba de hablar mientras repartía caricias entre todos y derrochaba amor con cada palabra que salía de su boca.

Nos trajeron la comida, que habíamos pedido en cantidad y para todos los gustos. Aunque la mayoría de los platos eran para compartir, cada uno había elegido también el suyo.

Durante la comida, Isla no dejaba de darle conversación a Erika para buscarle la lengua y ella, que parecía llevarse demasiado bien con la pequeña, todavía exageraba más sus ocurrencias cada vez que conseguía hacerla reír.

Laila, por su parte, me contó que le encantaba leer y que llevaba muchas décadas comprándose un libro cada mes. Después de leerlo, se lo regalaba a un chico que se buscaba la vida vendiendo libros de segunda mano.

Pasamos una comida de lo más agradable y, cuando llegó la hora de merendar, Liam salió a comprar unos dulces para acompañar el café.

A las cinco de la tarde nos llevó a todos de regreso. Primero dejamos a su madre y a su hija y después nos acercó a nosotras a casa de Glen, momento que aprovechó para entrar a saludarlo, ya que había regresado de Edimburgo.

La pequeña entró corriendo y pasó de mí por completo, volviendo a meterse en aquel papel que su padre la había obligado a interpretar.