Capítulo 18
Liam preparaba la comida mientras nos tomábamos un vino y su hija no dejaba de soltarle una ocurrencia detrás de otra.
Lo más gracioso era que yo tampoco podía parar de reírme con ella.
No era una maleducada, sino una chica con una gracia especial para sacar de quicio a cualquiera y a la que, además, le encantaba hacerlo.
Se notaba que su padre la conocía a la perfección, porque se tomaba casi todo con humor y la dejaba decir, aunque de vez en cuando también la reñía e intentaba frenarla.
—Papá, te digo desde ya que para Navidad quiero mi coche, que para eso he aprobado el carné de conducir.
—¿Quieres un Ferrari?
—No te rías de mí. Quiero un coche bueno, que lo sepas.
—Cuando cumplas la mayoría de edad.
—Mira, papá, si en Escocia es legal conducir con diecisiete años, ¿por qué voy a esperar hasta los dieciocho? Tú es que no piensas lo que dices. ¿Para qué me he sacado el carné? ¿Para mirar cómo conducen los demás?
—Así adquieres práctica visual.
—No te rías de mí, que como me enfade voy y le digo a la abuela que no estás ejerciendo de buen padre ni siquiera a distancia.
—Como si no se lo hubieras dicho ya mil veces.
—Pues otra vez que se lo voy a decir.
Las risas de Isla eran lo mejor de todo. Estaba disfrutando tanto de aquella conversación entre Erika y su padre que parecía que estuviera presenciando una comedia romántica.
—¡Papá, que quiero mi coche por Navidad! Como no me lo compres, te aviso desde ya de que no pienso estudiar.
—Como suspendas alguna asignatura, no te doy ni para comprarte un pijama.
—Pues voy a decírselo a la abuela —amenazó mientras cogía el teléfono y la llamaba, poniendo el manos libres.
—Dime, cariño —respondió su abuela al otro lado.
—Abuela, que sepas que tu hijo está humillándome delante de dos desconocidas.
—¿Tu padre?
—Tu hijo, abuela, tu hijo.
—Tu padre.
—Tu hijo, que para eso lo has tenido tú —insistió mientras yo hacía verdaderos esfuerzos por no estallar en carcajadas.
—¿Qué ha pasado ahora?
—Que dice que hasta que no tenga la mayoría de edad no me compra un coche y, encima, hoy quiere darme setenta libras. Por ese dinero no me habría quitado ni el pijama.
—Hija, tu padre siempre te da dinero y te compra todo lo que quieres.
—¿Vas a defender a tu hijo en vez de a tu nieta, abuela? ¡Todos estáis en mi contra!
—Bueno, cariño, no le des el día a tu padre y compórtate delante de las personas.
—¡Tu hijo, abuela, tu hijo! —repitió antes de colgarle—. Esto no se va a quedar así. De aquí no me voy sin mis trescientas libras y la garantía de que tendré mi coche por Navidad.
—Pero vas a comer, ¿no? —le preguntó Isla.
—También. Encima que he venido, no voy a marcharme con el estómago vacío.
—Bueno, vamos a sentarnos, que voy a sacar los platos —intervino Liam.
—Y las trescientas libras, que las quiero de postre.
No podía parar de reírme, de verdad. Porque lo estaba viendo con mis propios ojos y, si me lo hubieran contado, seguramente habría pensado que Erika era una maleducada y una consentida.
Sin embargo, vivirlo de cerca estaba resultando una auténtica comedia que me arrancaba una carcajada tras otra.
Y lo mejor de todo eran las caras que ponía mientras miraba a su padre.
—Yo espero que no me hayas echado veneno para quitarme de en medio —comentó cuando Liam le puso el plato delante.
—Tendrás que probarlo para saberlo.
—Mira que llamo a mi abuela y le digo que has intentado asesinarme —lo advirtió señalándolo con el dedo bien tieso antes de girarse hacia mí—. ¿Te has dado cuenta de cómo me trata?
—Bueno, te ha puesto el plato con mucho cariño.
—¿Tú también vas a defenderlo? Mira que te declaro mi enemiga pública número uno.
—¿Y yo soy la número dos? —preguntó Isla, provocándonos otra carcajada.
—Me lo estoy pensando —le respondió Erika mientras ladeaba la cabeza—. ¡Papá, que les has puesto tenedor a todas menos a mí! —gritó de repente.
—Lo tienes ahí, debajo del plato —le señalé.
—Ah, falsa alarma —murmuró, bajando considerablemente el tono de voz.
La comida transcurrió entre las continuas ocurrencias de Erika, que no dejó de atacar a su padre ni un solo momento. Cuando terminamos, anunció que se marchaba porque había quedado con una amiga para tomar un café.
—Me voy ya —dijo mientras extendía la mano con la palma hacia arriba, esperando el dinero.
—Toma, anda —respondió Liam mientras se lo entregaba.
—¿Cien libras nada más? ¡Pero si solo el abrigo que quiero cuesta ciento veinte!
—Vale, toma —añadió mientras le daba veinte libras más.
—¿Qué pasa? ¿Que solo voy a comprarme un abrigo? —preguntó, cada vez más indignada y sofocada.
—O lo coges o lo dejas. Tú sabrás.
—A tu madre se lo voy a decir —lo amenazó señalándolo con el dedo antes de guardarse el dinero.
—¿No vas a darme un beso?
—No, no te lo has merecido. Me has dado menos dinero.
—Pues hala, que lo pases bien.
—¡A tu madre se lo voy a decir! —volvió a advertirle desde la puerta.
Ni siquiera se despidió. Salió y cerró la puerta detrás de ella antes de marcharse a toda prisa, mientras yo soltaba una carcajada que Isla no tardó en acompañar.
—Es todo un personaje. A mí me ha hecho reír muchísimo.
—¿Lo ves como era mejor que la conocieras en lugar de hablarte de ella? —me preguntó Liam.
—Sí, de verdad que sí —le contesté sin conseguir dejar de reírme.
—Siempre es así —comentó Isla.
—No vamos a ganar para analgésicos —añadió su padre.
—Ya me imagino la santa paciencia que debe tener tu madre.
—La abuela tiene el cielo ganado —aseguró entre risas—. ¿Ahora comprendes por qué no vive conmigo?
—Totalmente —respondí, todavía divertida.
—¿Le vas a comprar el coche, Liam? —preguntó Isla con curiosidad.
—Sí, pero cuando termine el curso, no en Navidad.
—Pues te espera un año movidito —sentenció la pequeña mientras se echaba a reír a carcajadas.
No sabía qué me había causado más impresión, si descubrir que Liam tenía una hija o haberla conocido. Jamás había visto nada igual y me lo había pasado pipa. Había sido como ir al teatro, pero sentada en primera fila y sin necesidad de salir de casa.
Nos acomodamos en el sofá y la pequeña se tumbó en el más pequeño. Sabía que no tardaría en quedarse dormida un rato porque se había levantado temprano.
Nosotros nos decantamos por una película de una plataforma que mezclaba comedia romántica y suspense. Nos enganchó desde el primer momento, sobre todo porque estaba basada en una novela que yo ya había leído.
Sin embargo, cuando quise darme cuenta, estaba despertando de una siesta en la que había caído sin llegar siquiera a terminar la película. Liam también se había quedado profundamente dormido y la pequeña continuaba durmiendo en su sofá.
Me levanté intentando hacer el menor ruido posible para no despertarlos, pero fue ponerme a preparar un café y abrir los ojos los dos al mismo tiempo: uno pidiendo el suyo y la otra, su leche con galletas.
Todavía no conseguía quitarme de la cabeza a Erika, que me había dado el día con todas sus ocurrencias. Jamás había conocido a nadie igual, pero tenía algo que enganchaba, como si estuvieras viendo una obra de teatro de la que no pudieras parar de reírte.
Por nada del mundo me habría imaginado que Liam era padre, pero bajo ningún concepto, así que la sorpresa había sido doble. No solo tenía una hija, sino que, además, aquella chica era todo un personaje.
Después de merendar, volvimos a turnarnos para ducharnos y, justo cuando Liam salió del baño, Glen llamó de nuevo para hablar con la pequeña. Isla volvió a interpretar el papel de su vida, fingiendo que con Liam estaba estupendamente, pero que yo ni siquiera existía en aquella ecuación.
No entendía aquella actitud por parte de Glen ni la obsesión que le había entrado con conseguir que su hija rompiera cualquier vínculo conmigo.
Liam me había prometido que lo solucionaría y, por el bien de Isla, lo deseaba con todo mi corazón.
Sabía que necesitaba recuperar aquellos momentos que compartíamos en casa, cuando la llevaba al colegio o iba a recogerla, y que tanto había echado de menos durante aquella semana, tal y como ella misma me había confesado con tristeza.
Para cenar preparamos unos sándwiches mixtos que acompañamos con unas patatas de bolsa. No teníamos ninguna intención de complicarnos demasiado la vida y, además, a los tres nos apetecía aquella cena.
La pequeña no dejaba de mirarme sonriente mientras recordaba todas las cosas que había dicho Erika, porque ella también se había reído muchísimo durante la comida y todavía seguía divirtiéndose al recordarlas.
Después de cenar se quedó dormida y la acomodamos en la cama antes de regresar al salón para quedarnos los dos relajaditos, disfrutando de ese momento a solas que también necesitábamos.