El ogro de las Highlands Capítulo 17
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Capítulo 17

No eran ni las seis de la mañana y ya estábamos dándonos un revolcón tan impresionante como el de la noche anterior.

Entre nosotros había una tensión sexual que no había manera de frenar, como si el mundo se detuviera cada vez que nuestros cuerpos se unían para dar paso a esos roces y caricias que conseguían encendernos como mechas.

Lo mejor de todo eran las risas que nos provocábamos incluso entre nuestras respiraciones agitadas. Amaba todo lo que Liam me hacía sentir cuando estaba entre sus brazos.

A pesar de que me llevaba trece años y había momentos en los que se notaba aquella diferencia de edad, en otros era como si tuviéramos los mismos años. Liam era una de esas personas que te llenaban de vida, de las que parecían proporcionarte una dosis de vitaminas con su sola presencia.

Nos levantamos y comenzamos a preparar el desayuno justo cuando apareció Isla, que se había despertado al escucharnos. Y eso que ella era de las que, cuando no tenía colegio, a veces había que sacarla de la cama.

Se acercó directamente a mí y me abrazó con fuerza.

—He soñado con la hija de Liam —comentó soltando una risita mientras lo miraba.

—¿Con la hija de Liam? Pero si Liam no tiene ninguna hija —respondí alucinando.

—Sí que la tiene, ¿a que sí, Liam? —le preguntó entre risas—. Se llama Erika.

—Liam… —Arqueé una ceja mientras esperaba una respuesta.

—Sí, tengo una hija —admitió carraspeando.

—¿Y por qué no me has dicho nada?

—¿No le has hablado de Erika, la que siempre está enfadada? —preguntó la pequeña entre risitas—. Yo solo la he visto dos veces —levantó dos dedos— y es un poquito insoportable.

—Si solo fuera un poquito… —respondió Liam riendo.

—No, no. A mí explícame eso porque me estoy quedando muerta. ¿Cómo que tienes una hija y no me has dicho nada?

—Se avecina pelea —murmuró Isla.

—Te iba a hablar de ella este fin de semana, pero tuvimos un comienzo bastante movidito con la niña —se justificó mientras señalaba a Isla con la mirada.

—Ya lo pagué yo —protestó ella poniendo los ojos en blanco.

—A ver, Liam, suelta ya por esa boca.

—Se llama Erika, tiene diecisiete años y vive con mi madre, que tiene bastante más paciencia con ella que yo. Fui padre con veintiún años y nunca llegué a casarme con su madre.

»Rompimos cuando Erika tenía tres años y, desde entonces, ella vivió conmigo y con mi madre. Cuando me mudé a esta casa, intenté que viniera a vivir conmigo, pero la convivencia entre los dos no funcionó. Nos matábamos.

—Pero imagino que sigues teniendo relación con ella.

—La veo prácticamente todos los días. Normalmente, entre semana como con las dos en casa de mi madre. Erika está cursando su último año de estudios antes de entrar en la universidad.

»Es más, precisamente quería hablarte de ella porque el próximo sábado es el cumpleaños de mi madre y quiero que vengas a su casa a comer.

—Pues yo quiero ir también —intervino la pequeña.

—Claro, lo hablaré con tu padre —le respondió con un guiño.

—Una hija solo siete años menor que yo… Acabo de quedarme en shock —confesé con la boca entreabierta.

—Es muy guapa, Kenna. Lo único es que resulta un poco insoportable.

—¿Cómo de insoportable? —pregunté mirando a Liam.

—¿Quieres que la invitemos a comer y lo compruebes tú misma?

—Es tu casa y es tu hija. Puedes hacerlo sin ningún problema —respondí resoplando, todavía incrédula ante lo que acababa de descubrir.

—Sí, llámala, Liam, y así nos reímos un poco —lo animó Isla.

—Le diré que venga a comer y que voy a darle dinero para que se compre algo de ropa. Así aceptará enseguida.

—Lista sí que es —comenté entre risas, aunque seguía completamente sorprendida.

Una hija de diecisiete años…

—Lo mismo se hace amiga tuya, Kenna.

—Sí, lo mismo sí —le contesté a Isla apretando los dientes y poniendo cara de terror.

—Amiga mía lo es un poquito porque me río mucho con las cosas que dice.

—Pero ¿tú cuándo la has visto?

—En dos ocasiones en las que me reuní con su padre. Erika se llevó a Isla al parque mientras nosotros nos tomábamos un café y hablábamos de nuestras cosas —me explicó Liam.

Cogió el teléfono y llamó a su hija para decirle que estábamos en casa con Isla y una amiga que trabajaba para Glen. También le comentó que íbamos a comer pasta y unos rebozados de pollo, y la invitó a venir para darle un regalito con el que comprarse algo de ropa.

—En un rato llega —nos anunció cuando terminó la llamada—. Solo te aconsejo que vayas tomándote un analgésico por el posible dolor de cabeza que te puede entrar.

—Seguro que no será para tanto.

—No te había hablado antes de ella porque prefería que la conocieras casi de inmediato y vieras cómo es.

—Guapa e insoportable —repitió Isla entre risitas.

—A ver si resulta que es la niña del exorcista.

—Pero en guapa —aclaró la pequeña a carcajadas.

—Menos mal que es guapa, porque, si encima de insoportable fuera fea, ya la habría mandado a Glasgow —bromeó Liam, provocándonos una carcajada.

Nos sentamos a desayunar en el salón y yo no dejaba de negar con la cabeza mientras Isla se reía a carcajadas con las caras que ponía Liam. Todavía no daba crédito a que no me hubiera hablado de su hija.

Me daba a mí que allí, en las Highlands, había muchos más secretos de los que jamás habría podido imaginar.

—Kenna, su hija se lleva muy mal con él.

—Bueno, se lleva mal con el mundo en general —aclaró Liam entre risas.

—O sea, que yo voy a ser su próxima víctima.

—Seguro —confirmó la pequeña, completamente convencida.

Me quedé con la intriga de saber qué papel tenía la madre de Erika en su vida, porque lo único que Liam me había contado era que habían roto cuando la niña tenía tres años y que ella se había quedado viviendo con él.

¿Pero seguía teniendo relación con su madre?

Me entraban ganas de preguntárselo, aunque tampoco quería ser indiscreta y prefería que fuera él quien me contara las cosas cuando lo considerase oportuno.

Eso sí, joder, esperaba que no volviera a sobresaltarme con otra revelación tan fuerte como aquella.

No es que me preocupara que fuera padre, ni mucho menos. Era evidente que Liam había tenido una vida antes de conocerme y lo nuestro todavía se estaba cociendo a fuego lento, así que tampoco sabía si llegaría a convertirse en algo serio. Pero estaba completamente en shock .

Después del desayuno, Isla se puso a hacer sus deberes y, alrededor de las doce de la mañana, sonó el timbre de la casa.

Liam fue a abrir y apareció una jovencita preciosa, con una melena lisa y larguísima que le caía por debajo de la cintura. Era delgada y tenía una cara realmente bonita.

—Padre, como me hayas hecho venir para darme solo cien libras, te juro que prendo fuego a la casa —le advirtió en un tono serio que a mí me resultó bastante gracioso.

—No, no, te voy a dar por lo menos setenta —respondió antes de darle un beso en la mejilla.

—Pero ¿tú sabes lo cara que está la vida? Con eso no me llega ni para unos vaqueros decentes.

—Anda, pasa, que voy a presentarte a Kenna.

—Valor tienes tú para ser amiga de mi padre. No te digo nada, pero más vale que tengas mano dura —me advirtió mientras me señalaba con el dedo.

—Hola, Erika —la saludé con una sonrisa antes de acercarme a darle un beso.

—¿Y tú qué haces aquí? ¿Te han echado de tu casa? —le preguntó a Isla.

—Me he venido con ellos a pasar el fin de semana.

—Pues procura no causarle muchos gastos a mi padre, que este tiene que dejarme una buena herencia.

Tuve que aguantarme la risa porque aquella chica me parecía todo un personaje. Estaba claro que le encantaba exagerar las cosas para llamar la atención. Isla, por su parte, se reía mientras la observaba fijamente, esperando a ver qué otra ocurrencia soltaba.

—Eres muy guapa —le dijo la pequeña.

—Sí, debí de salir a mi madre, porque está claro que a esta cosa no —respondió señalando a Liam.

—Pues anda que no soy guapo —protestó él.

—Sí, ya, para los ojos de un bizco —replicó poniendo los ojos en blanco.

Aquello de que debía de haber salido a su madre volvió a dejarme desconcertada. ¿Acaso no la conocía? Cada vez tenía la sensación de que todo se estaba convirtiendo en un misterio mucho más grande.

—¿Quieres un refresco? —le ofreció Liam.

—Un refresco y trescientas libras para comprarme un montón de cosas que me hacen falta de cara al invierno.

—Te vas a conformar con cien.

—No, papá, no. De eso nada, que la semana pasada me diste treinta libras y una palmadita en la espalda. No puedes jugar así con mis sentimientos.

—La semana anterior te di cien.

—Y me las gasté en los desayunos del instituto.

—Sí, claro, a ver si desayunas oro. Además, no seas mentirosa, que los desayunos te los paga la abuela.

—Eso no es problema tuyo. Y, si me los paga, es porque sabe que mi padre no responde por mí como debería.

—¿Ah, no? —preguntó Liam entre risas.

—No te rías, papá, que a mí tienes que mantenerme en condiciones porque yo no pedí venir al mundo.

—En vez de un vestidor, tienes una tienda de ropa en casa de la abuela. No te quejes, que el noventa por ciento de la gente de tu edad se conformaría con un diez por ciento de lo que tú tienes.

—Siempre con los porcentajes. No, papá, hoy me das trescientas libras o le digo a la abuela que te estás gastando el dinero en dos personas que no son tus hijas.

—Ya nos ha metido a las dos —comentó Isla mirándome entre risas.

—Hombre, si no me da el dinero, será porque alguien se lo está gastando —insistió Erika.

—Voy a buscar el analgésico —solté mientras intentaba contener la risa.

La carcajada que les entró a Isla y a Liam fue apoteósica. Erika, en cambio, me miró sin entender absolutamente nada, con los brazos cruzados y una expresión de lo más seria.

Si algo había deducido en aquellos primeros minutos era que la hija de Liam era todo un personaje.