Capítulo 16
No podía ni hablar por el nudo que tenía en la garganta al ver a mi niña llorando mientras mojaba las galletas en la leche. ¿Qué cojones estaba haciendo su padre para amedrentarla de aquella manera? ¿Acaso ese hombre tenía corazón?
—Perdona, Kenna. Yo no quería tratarte mal.
—Cariño, lo sé y no tengo nada que perdonarte. Solo quiero que sepas que, cuando estemos fuera de casa, puedes contarme todo lo que quieras sin miedo a que nadie se entere.
—Fiona tampoco quiere que te hable.
—Lo sé, pero ¿sabes qué? Yo tengo tu amor y ella no.
—No me dejes nunca, Kenna. No me dejes.
—Por supuesto que no voy a hacerlo, mi vida.
—Liam me quería mandar a mi casa —comentó mientras lo miraba, consiguiendo que él soltara una risita y comenzara a negar con la cabeza.
—Es que me lo pusiste muy difícil y yo también quiero mucho a Kenna —le respondió con voz infantil.
—¿Y a mí?
—Mucho más, pero, como sois mis dos ojitos derechos, no puedo permitir que os hagáis feos la una a la otra. Siempre me pondré del lado de lo que sea justo.
—¿Cómo lo pasaste con tu primo? —le pregunté para cambiar de tema.
—No estuvimos en casa de los titos. Fuimos a la casa que tiene allí Callum y estuve todo el tiempo atendida por Rose, la chica que cuida la casa.
Liam hizo un gesto para contenerse y evitar soltar algún disparate al escucharla.
—¿Callum también estaba presente cuando tu padre te hizo todas esas advertencias?
—Sí, a veces estaba, pero él no decía nada. Solo escuchaba.
—¿Fue con vosotros o en su propio coche?
—Con nosotros. Y por el camino fue cuando más me advirtió mi padre. Se puso muy pesado con que, si decía algo, me mandaría interna y no me sacaría de allí ni el mismísimo diablo.
—Lo que no sabe es que el mismísimo diablo se llama Liam y está de tu parte —intervino él.
—Pero tú eres su amigo. Por eso yo no quería decir nada, por si se lo contabas.
—Soy tu amigo. Con él solo tengo unos asuntos económicos que solucionar, pero jamás le contaría nada de lo que me digas. Aquí, en esta casa, estás protegida, Isla. Nunca lo olvides.
—Fiona es muy mala. Cuando me ayudaba a vestirme para ir al colegio, me decía que, si me veía aunque solo fuera mirar a Kenna, me castigaría un mes sin dibujitos y sin jugar.
—Cualquier día voy a cogerla de los pelos y arrastrarla por todo el jardín —solté, sintiendo una impotencia enorme.
La pequeña se rio a pesar de las lágrimas que todavía le caían por las mejillas, aunque yo seguía sin entender cómo podían jugar de aquella manera con una cría. Y mucho menos su propio padre. ¿Cómo podía hacerle algo así a su hija y quedarse tan tranquilo? ¿No tenía conciencia ni corazón?
Después de la merienda llevé a Isla a ducharse y la ayudé a ponerse el pijama. Luego me duché yo, mientras ella se quedaba en el sofá viendo unos dibujos animados junto a Liam, que estaba con el portátil haciendo algunas gestiones de su empresa.
—Ya estoy lista —anuncié con una sonrisa al regresar al salón.
La pequeña estiró los brazos desde el sofá para que le diera un abrazo, así que me senté junto a ella y la estreché contra mí con todo mi cariño. La amaba demasiado y, después de lo ocurrido durante aquella semana, necesitaba tanto aquellos abrazos como ella.
—Me gusta tu pijama, Kenna.
—Y a mí el tuyo.
—Pero yo sí puedo ponerme el tuyo y tú el mío no —comentó con una pequeña sonrisilla que consiguió alegrarme un poquito el alma.
—Bueno, voy a ducharme y, cuando salga, pido las pizzas —anunció Liam mientras se levantaba.
—¿No las iba a pedir Kenna? —preguntó la pequeña con una sonrisa traviesa, como si acabara de darse cuenta de que todo había sido una estrategia.
—Sí, pero, como habéis hecho las paces, voy a pagar yo para celebrarlo.
—¿Me ha mentido? —me preguntó cuando Liam entró en el baño, refiriéndose a lo de las pizzas .
—Una mentira piadosa para conseguir que me hablaras —respondí apretando los dientes para contener la risa.
—Yo nunca voy a dejar de hablarte y, si lo hago, es porque tengo miedo.
—Nunca tengas miedo, mi vida. En casa, actúa como necesites, que yo sabré lo que está pasando, pero, cuando estemos fuera de allí, puedes hablar con toda tranquilidad. Tanto Liam como yo vamos a protegerte siempre.
—Ojalá me hiciera mayor y pudiera marcharme de allí.
—Mi vida, dale tiempo al tiempo y verás cómo todo se va a solucionar.
—Pero es que soy pequeña y todavía voy a tener que aguantar muchas cosas feas. Y tú te irás en verano.
—Ya veremos dónde me voy, porque lo mismo hasta me hago vecina tuya —bromeé mientras le hacía cosquillas.
Liam salió de la ducha con un pantalón de pijama a rayas y una camiseta blanca básica. Estaba guapísimo y, desde luego, todo lo que se ponía le quedaba genial.
Pidió las pizzas y, mientras esperábamos a que llegaran, recibió una llamada de Glen. Este le preguntó por la niña y Liam le comentó que acababa de encargar la cena. Después le pasó el teléfono a Isla.
—Sí, papi, vamos a comer pizzas . Estoy viendo dibujitos y coloreando solita porque no me apetece hablar con nadie, pero me estoy portando bien y haciendo caso a Liam. Ya no volveré a pelearme con mi primo, aunque la culpa fue suya.
Se notaba que estaba hablando exactamente como su padre quería escucharla, procurando que no sospechara que nos había contado nada ni que había metido la pata.
Cuando colgó, negó con la cabeza y nos miró.
—Creo que lo he hecho bien.
—Lo has hecho genial, tesoro —le aseguré mientras la abrazaba.
—Ha llamado para espiar.
—Eso ya lo sabemos, pequeña —le respondió Liam—. Lo que no sabe es que aquí somos el clan de los clanes.
Le hizo un guiño y ella soltó una risita, mucho más relajada después de comprobar que su padre no había sospechado nada.
Las pizzas no tardaron en llegar y las colocamos sobre la mesa extensible que había frente al sofá para poder comer cómodamente, con la chimenea de fondo.
—Entonces, ¿podemos comer de las tres pizzas porque somos amigos? —preguntó la pequeña mientras las observaba con los ojos bien abiertos y se le hacía la boca agua.
—Pues claro, cariño. Son para compartir —le respondí entre risas.
Nos servimos unos refrescos sin azúcar y a Isla le pusimos su zumo favorito de manzana verde.
La cara de felicidad que tenía en aquellos momentos era precisamente la que yo quería verle siempre.
Por fin estaba relajada, sin aquella presión constante y sabiendo que nosotros no éramos sus enemigos, sino todo lo contrario, que nos tenía de su parte y podía confiar plenamente en ambos.
Se comió una porción de cada una de las tres pizzas y después se estiró en el sofá, completamente llena, mientras aseguraba que no podía ni moverse. Conociéndola, estaba segura de que no tardaría demasiado en quedarse dormida.
Y no me equivoqué, porque no habían pasado ni cinco minutos cuando ya estaba plácidamente dormida, desconectada de una vida que, en cierto modo, no la estaba tratando demasiado bien a pesar de su corta edad.
Liam fue a destapar la cama de la otra habitación y después regresó al salón para cogerla en brazos. La acompañé para acostarla y, una vez que estuvo acomodada, la dejé bien tapadita y abrazada a su peluche favorito, ese que siempre llevaba consigo cuando salía de casa.
Regresamos al salón y recogimos la mesa. Guardamos las porciones de pizza que habían sobrado en un recipiente dentro del frigorífico para poder recalentarlas en el horno en otro momento.
Liam sirvió dos copas de whisky de su destilería con cola sin azúcar y nos sentamos juntos en el sofá.
Los dos estábamos deseando volver a disfrutar de aquellos besos furtivos y abrazos que tanto necesitábamos y que se habían convertido en una parte fundamental de todo lo bonito que estaba naciendo entre nosotros.
Me pidió que estuviera tranquila porque, después de las conversaciones que había mantenido con Glen, estaba seguro de que este bajaría la intensidad de sus actuaciones. De todas formas, aquella misma semana volvería a reunirse con él y pensaba ponerle todavía más los pies en la tierra.
Según me contó, desde que yo había aparecido en su vida, sentía la necesidad de acelerar las cosas para cerrar de una vez aquella etapa.
Incluso estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en algunas cuestiones que antes ni siquiera había barajado como posibilidad, aunque eso no significaba que fuera a salir perdiendo.
Lo entendía a medias porque seguía sin explicarme qué era exactamente lo que los unía y por qué estaban enfrentados, pero tenía claro que se trataba de asuntos económicos que, de algún modo, Glen no había gestionado correctamente. Al menos, eso era lo que yo pensaba.
Esperaba que algún día pudiera entenderlo todo, aunque, por el momento, me bastaba con saber que Liam estaba luchando por recuperar lo que le pertenecía y que, de alguna manera, también estaba protegiendo a la pequeña.