Capítulo 15
La semana había sido un auténtico desastre.
Isla seguía comportándose como si no me conociera; Fiona ya ni siquiera me ponía la comida, aunque tampoco me hacía falta porque me la preparaba yo misma y comía cuando ella no estaba en la cocina, y Glen se mostraba de lo más simpático y agradecido porque fuera a cuidar de la pequeña durante el fin de semana en casa de Liam. Todo aquello era una auténtica locura.
Glen se marchó bien temprano hacia Edimburgo y yo me dediqué a dejar listas las tareas que me correspondían en la casa y a preparar la bolsa de Isla, a quien recogeríamos a la salida del colegio. Cuando terminé, me preparé unos huevos revueltos con setas y me senté a comer tranquilamente.
Al verme salir con la maleta de la pequeña, Fiona me dedicó aquella mirada de desprecio que no había desaparecido en toda la semana y me repasó de arriba abajo.
Yo le devolví la mirada, esbocé una sonrisa de lo más falsa y salí por la puerta, feliz de no tener que volver a verle la cara hasta el domingo por la tarde.
Liam me esperaba con la puerta del coche abierta y, después de darme un beso en los labios, cogió las dos bolsas y las guardó en el maletero.
—Por fin te tengo para mí todo el fin de semana —dijo mientras arrancaba el coche.
—¡Qué ganas tenía de salir de esa casa! —exclamé, soltando todo el aire que parecía haber estado reteniendo en los pulmones.
—Pues ya estás fuera y ahora te toca dejarte mimar.
—Tengo miedo de la actitud de Isla.
—¿Miedo de una niña de seis años a la que adoras?
—Miedo a que no me hable y me trate durante todo el fin de semana con esa indiferencia.
—Deja que todo fluya, ¿vale?
—No me queda otra.
—Venga, levanta ese ánimo, que al menos ya estás a mi lado. ¿O es que no tenías ganas?
—Muchísimas —respondí con una sonrisa.
—Ah, bueno, entonces me quedo más tranquilo. —Carraspeó, consiguiendo que me riera.
Llegamos al colegio y aparcamos muy cerca de la entrada, aprovechando que había una explanada.
Nos dirigimos juntos hacia el patio, donde los niños comenzaban a salir, y, cuando Isla nos vio, sorprendentemente, echó a correr hacia Liam gritando su nombre con toda la felicidad del mundo.
Se lanzó a sus brazos y él la levantó del suelo para darle un abrazo.
—Y ahora dale uno a tu mejor amiga Kenna —la animó al ver que me ignoraba por completo, como si yo ni siquiera estuviera allí.
—¿Ya vamos para tu casa? —le preguntó la pequeña, pasando por alto su comentario.
Se me hizo un nudo en la garganta porque no entendía aquella indiferencia, sobre todo cuando siempre había confiado tanto en mí.
—Te repito que aquí está tu mejor amiga Kenna.
—En el comedor nos han dado unas croquetas de pescado que estaban riquísimas —continuó, ignorando de nuevo lo que Liam le decía.
—Pues Kenna y yo vamos a cenar luego unas pizzas riquísimas —comentó él, en lo que entendí que era una estrategia para conseguir que dejara de ignorarme.
—Yo también voy a comer pizza , Liam.
—No sé, tendrás que preguntarle a Kenna si te invita, porque es ella quien va a pedirlas y no sé si encargará una para ti si no se lo dices.
—Pues me la pides tú.
—No puedo, porque he aceptado la invitación de Kenna y debo cumplir con ella. Pero te repito que, si quieres pizza , tendrás que pedírsela tú —insistió mientras le abrochaba el cinturón en el asiento trasero.
—Me puedes dar de la tuya, Liam —le dijo cuando él tomó asiento y se dispuso a arrancar el coche.
—¿Y por qué voy a darte de la mía cuando tú puedes tener la tuya?
—Pues pídele una para mí.
—O se la pides tú o te quedas mirando, así que elige —contestó muy serio mientras la observaba por el espejo retrovisor.
Isla bajó la mirada y se hizo el silencio dentro del coche. Liam me dedicó un guiño que solo yo pude ver y que entendí perfectamente que iba dirigido a mí.
La situación empezaba a complicarse y me daba la impresión de que el lavado de cerebro que le habían hecho a la niña era bastante importante. Lo más sorprendente era que estuviera dirigido contra mí y no contra Liam, que era quien realmente mantenía aquella guerra con su padre.
Pasó el corto trayecto en silencio y, cuando llegamos a casa de Liam, se fue directamente al sofá.
—Liam, quiero merendar leche con galletas.
—Pues tendrás que decírselo a Kenna, porque le he prometido que hoy no tocaría nada de la cocina.
—Díselo tú.
—¿Qué pasa? ¿Que tú solo tienes boca para hablar conmigo? ¿O es que Kenna es un florero?
—Liam, quiero leche —insistió, poniendo una carita de tristeza con la que pretendía conseguir su objetivo.
—Kenna, ¿me preparas un café, amor? —me pidió él, siguiendo con su estrategia.
—Claro, ahora mismo, cariño —respondí sonriendo antes de dirigirme a la cafetera para preparar dos.
—Dile que me prepare a mí la leche con galletas.
—O se lo pides tú o te quedas sin comer de aquí al domingo, ¿entendido?
—Pues llamaré a mi padre y se lo diré.
—Adelante —respondió Liam mientras le entregaba el móvil—. Dile que te llevo de vuelta a casa, que lo mismo allí estarás mejor.
Isla escondió las manos detrás de la espalda y dejó que el teléfono cayera sobre su falda. Miraba a Liam con una expresión que dejaba bastante claro que no tenía ninguna intención de llamar a su padre ni de tocar el móvil.
—No me quiero ir, Liam. Quiero estar contigo.
—Pues te recuerdo que mi chica es Kenna y que, si la tratas con indiferencia, yo te trataré de la misma manera.
—A mí me conoces desde antes.
—Eso no te da derecho a comportarte de esa manera sin ningún sentido. ¿Qué te ha hecho ella para que hayas pasado de proclamar que era tu mejor amiga a ignorarla como si fuera una mierda?
—Déjalo, Liam, no insistas —intervine mientras le entregaba su café—. No quiero ser una molestia para ella. El domingo, cuando regresemos, recogeré mis cosas y me marcharé de la casa, porque allí ya no pinto nada.
La cara de Isla reflejó un asombro absoluto y se quedó mirándome fijamente.
—Ya te he dicho que aquí tienes tu casa y que ojalá te vinieras a vivir conmigo. A mí sí me haces falta —me recordó Liam.
—No se puede venir porque trabaja para mi padre.
—Hasta que ella quiera —respondió encogiéndose de hombros—. De todas formas, allí ya no está cómoda. Tiene que aguantar a Fiona, con quien apenas tiene trato, y ahora también a ti, que ya ni siquiera eres su amiga, así que me parece muy acertado que salga de esa casa lo antes posible.
—Me estás estresando, Liam.
—Siempre puedes llamar a tu padre y decirle que te llevo.
—Mi padre está en Edimburgo.
—Pero puedes quedarte con Fiona.
—No me voy a ir, Liam.
—Pues creo que aquí vas a morirte de hambre.
—Voy a prepararle la leche con galletas —intervine, incapaz de seguir viendo aquella situación.
—No, no vas a prepararle nada, Kenna. Aquí no va a tratarte como si fueras un mueble y salirse con la suya. Si quiere la merienda, tendrá que pedírtela, ¿entendido?
Me dolía muchísimo verla comportarse de aquella manera porque entendía que le habían dicho de todo para que actuara así y que, posiblemente, hasta tuviera miedo de incumplir las normas que le habían impuesto.
Isla permanecía en absoluto silencio, mirando a Liam sin dar su brazo a torcer y sin ser capaz de dirigirse a mí.
Me tomaba el café en la zona de la cocina, separada del salón por una barra que también hacía las veces de mesa, mientras fumaba un cigarrillo junto a la ventana con una tristeza enorme. Me partía el alma que no confiara en mí para contarme qué estaba pasando.
Liam se acercó y me abrazó por detrás ante la atenta mirada de la pequeña, que seguía sentada en el sofá observándonos desde el otro lado de la estancia.
—No te vengas abajo, estoy seguro de que terminará cantando —murmuró a mi oído—. Deberías mostrar un poco más de firmeza.
—Hablar en voz baja es de mala educación —intervino Isla.
—E ignorar a las personas y dejar de hablarles a las mejores amigas también lo es. Y no solo es mala educación, sino también una falta de respeto —le respondió Liam.
—¡Quiero merendar! —gritó mientras se cruzaba de brazos—. Y esta casa es tuya, no de ella, así que no tengo por qué pedírselo.
—Liam, llévala a su casa, que no la aguanto —solté para comprobar cuál sería su reacción.
—Vale —me contestó antes de dirigirse a la pequeña—. Venga, Isla, que nos vamos. No ha sido buena idea que Kenna quisiera traerte para pasar el fin de semana con nosotros. Ya sabes que yo nunca te pedí que vinieras.
—No me quiero ir.
—Pues aquí no vas a quedarte sin comer y sin hablarle a Kenna. Te estás comportando muy mal, así que, por favor, levántate, que nos vamos.
—No quiero regresar a esa casa con esa bruja —confesó con una tristeza que me encogió el corazón—. Mi papá me ha dicho que, si trato bien a Kenna, le hablo o juego con ella, me llevará ahora mismo interna a Glasgow y yo no quiero ir allí.
»Me ha pedido que solo te trate bien a ti y que sea muy cariñosa contigo. ¡Quiero estar con Kenna, pero no quiero ir a Glasgow!
Rompió a llorar y sentí que se me partía el alma al escucharla.
—Ahí tienes las respuestas —me dijo Liam.
—Nadie va a mandarte a Glasgow porque no vamos a permitirlo, cariño —le aseguré mientras me acercaba a ella.
En cuanto llegué a su lado, se derrumbó entre mis brazos y comenzó a llorar desconsoladamente.
—Fiona tampoco me deja hablar contigo y mi padre dice que, cuando estemos en casa, disimule sin hablar tampoco con Fiona delante de ti para que parezca que estoy enfadada con las dos.
—¿Te castigó por algún mal comportamiento con tu primo? —le pregunté sin dejar de abrazarla.
—No, eso se lo inventó para justificar que me ha prohibido estar bien contigo.
—No llores, cariño, que Liam y yo vamos a ayudarte en todo lo que necesites.
—Tu padre no puede mandarte a Glasgow porque, si lo hace, terminará donde no quiere acabar por nada del mundo —intervino Liam.
—¿Te preparo tu vasito de leche con galletas? —le pregunté mientras le acariciaba el pelo.
—Te quiero mucho, Kenna.
—Lo sé, mi vida.
No podía dejar de abrazarla y ella tampoco parecía dispuesta a separarse de mí.
—Pero no puedo hablarte delante de papá.
—No lo hagas, cariño. Vamos a solucionar todo esto, pero aquí puedes estar tranquila porque ninguno de nosotros va a contar nada.
—Vale —respondió mientras me apretaba con fuerza.
Intenté contener las lágrimas, pero me resultó imposible después de todo lo que acababa de confesarme.
—Vamos a merendar, pero antes tienes que decirme qué ingredientes quieres para tu pizza , así luego la pedimos junto con las nuestras.
—De pepperoni —contestó todavía entre lágrimas.