El ogro de las Highlands Capítulo 11
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Capítulo 11

Había sido una tarde preciosa, llena de besos, confidencias que a veces se decían solo con una mirada y abrazos que no dejaban de repetirse. Parecía que nos conocíamos desde hacía mucho más tiempo del que realmente llevábamos haciéndolo.

Estábamos en la cocina preparando la cena entre risas, provocadas por las bromas que no dejábamos de hacernos.

—Espero que Isla no lo esté pasando mal. Me da muchísima rabia pensar en la carita que se le quedó cuando su padre le dijo que se iban a Glasgow.

—Maldito Glen. No quiero hablar más de lo que debo, pero ese hombre las va a pagar todas. Quiero que te quedes tranquila porque, por desgracia para él, en todo lo que tiene que ver con su vida estoy yo de por medio.

—Fiona siempre me dijo que él se quedó atrapado en la tristeza desde que murió su mujer.

—Me río de eso que intentó venderte. Es más, esas cosas que te cuenta su hija sobre las llamaditas con una mujer tienen bastante más de cierto que lo que esa bruja te contó por su boca.

—Tú eres el que sabe mucho más que yo. El caso es que menuda decepción me he llevado con esa casa.

—Están solos, completamente solos. Son un rebaño de personas ingratas con mucha gente. Pero ahora tú y yo vamos a disfrutar de estos deliciosos canelones de pollo, que van a ser lo mejor que hayas probado en tu vida.

—Como la sopa de pescado y marisco —le recordé con una sonrisa que solo él conseguía provocarme.

—Efectivamente. Además, te voy a dar un adelanto: mañana disfrutarás del mejor desayuno que jamás te hayan puesto por delante.

—Y no sé por qué, pero no lo dudo.

—Porque estás viendo que este señor de aquí —se señaló a sí mismo antes de darme un beso en los labios— te está cuidando como la princesa que eres.

—Yo no soy ninguna princesa. Con ser persona ya me doy por satisfecha —respondí entre risas.

—Eres mi princesa —insistió antes de volver a besarme y meter los canelones en el horno.

Sirvió dos copas de vino, aunque yo ya estaba algo achispada. Pero ¿qué me impedía seguir disfrutando? No tenía que regresar a la casa y estaba pasando uno de esos días que conseguían llenarte el alma.

Liam no dejaba de atraerme hacia su cuerpo, colocando las manos sobre mis nalgas mientras me llenaba de besos.

—Es que no puedo dejar de besarte. Eres un caramelo.

Me reía con sus comentarios y con cada una de las cosas que me decía, pero conseguía hacerme sentir tan especial y tan bien que muchas veces ni siquiera sabía qué responder. Solo podía dejarme derretir entre sus brazos.

Cenamos en el salón, sentados en el sofá frente a la chimenea, porque la mesa auxiliar que tenía delante podía elevarse hasta quedar a una altura perfecta para comer cómodamente.

—Dios, qué buenos están.

—Tú también has puesto tu granito de arena.

—Solo he cortado la verdura y el pollo mientras tú hacías la bechamel.

—En el corte está la perfección la mayoría de las veces.

—Eso no te lo compro. La mano la has tenido tú con las especias y todos esos toques tuyos.

—Entonces, ¿te reafirmas en que soy un buen cocinero?

—Totalmente. Mejor que la bruja, y eso que la cocina tampoco se le da nada mal, pero tú la superas con creces.

—Mañana para el almuerzo haremos una buena pieza de carne con una salsa de queso que te va a encantar.

—Así que todavía me quedan aquí el desayuno y el almuerzo…

—Y la merienda y la cena, porque hasta que no hagas el día completo no pienso llevarte de vuelta. —Estiró el cuello para besarme en la mejilla—. ¿Dónde vas a estar mejor que aquí?

—También es verdad —respondí sonriendo, feliz de saber que quería aprovechar todo el tiempo posible conmigo.

Los canelones de pollo estaban realmente buenos y jamás los había probado preparados de aquella manera. Sobre la bechamel y el queso había colocado unos pimientos asados que intensificaban todavía más el sabor.

—Tenemos dos opciones de postre…

—Yo no puedo ni moverme. No me entra absolutamente nada más.

—Hay un truco para eso. Te levantas, das cien saltos y consigues mover la comida para crear espacio en tu interior.

—Ni loca —respondí entre carcajadas.

—Es una crema helada de limón artesana.

—Suena muy bien, pero podría quedarse para el postre de mañana.

—Vale, pero no pienso dejarte marchar sin que la pruebes.

—Trato hecho —dije mientras estiraba la mano.

La agarró y tiró de mí hacia él para darme otro beso. Siempre encontraba cualquier gesto o momento para aprovecharlo y besarme.

Nos pusimos de acuerdo para ir duchándonos y ponernos los pijamas. Después elegiríamos alguna película de la plataforma para verla juntos.

Primero me duché yo y después lo hizo él. Antes había bromeado con la posibilidad de que entráramos juntos, consiguiendo que me pusiera de lo más nerviosa.

Liam me estaba gustando muchísimo más de lo que jamás habría imaginado.

Lo más fascinante era que lo había conseguido en tan poco tiempo que todavía me sorprendía.

¿Desde cuándo me dejaba caer de aquella manera por un hombre, con lo prudente que siempre había sido en ese sentido?

No lo sabía, pero estaba viviendo algo precioso y no quería pensar en la posibilidad de que pudiera acabarse.

Porque siempre aparecía ese miedo. El miedo a que, de repente, dejara de querer verme o de hacer planes conmigo. Sin embargo, prefería apartarlo de mi cabeza para no permitir que estropeara aquel momento tan dulce que estaba viviendo.

Nos decantamos por una película de acción y suspense a la que, desde el primer momento, apenas prestamos atención. Los besos, la complicidad y el deseo se apoderaban demasiado de nosotros como para estar pendientes de algo que, en ese instante, parecía sobrar.

Liam sabía cómo encender la mecha de una forma que incluso parecía inocente, aunque el resultado era que ya me tenía deseando cualquier cosa que viniera de él.

Sus manos se deslizaron por debajo de la camiseta del pijama hasta alcanzar mi pecho, que acarició mientras no solo me devoraba a besos, sino también con la mirada.

Terminamos desnudos bajo la manta del sofá, entre caricias y besos que recorrían nuestros cuerpos.

Sus labios y sus manos fueron tan generosos que consiguió llevarme poco a poco hasta una tensión casi insoportable. Me hizo sufrir antes de alcanzar un orgasmo que terminó coronando aquel momento de placer.

Después comenzó a penetrarme con cuidado, buscando la manera de devolverme a ese mismo punto de goce que había experimentado unos instantes antes. Se movía con delicadeza, de forma acompasada y procurando aumentar poco a poco la intensidad.

Liam parecía de otro planeta y, además, tenía un cuerpo fibroso y vertiginoso, de esos capaces de hacerte perder la cordura.

Lo más bonito llegó cuando alcanzó el clímax y permaneció unos instantes dentro de mí mientras sonreía y me llenaba la cara de besos. Había un brillo especial en sus ojos del que, de alguna manera, me sentía culpable.

Felizmente culpable.

Después volvimos a ducharnos juntos entre risas, besos y abrazos que conseguían hacerme olvidar todos los problemas de mi vida.

Las inseguridades parecían quedarse atrás, los miedos se transformaban en una sensación de protección y las injusticias que había vivido durante aquellos días quedaban apartadas, al menos por el momento, mientras disfrutaba de algo tan bonito.

Esta vez nos fuimos directamente a su cama, donde volvimos a abrazarnos de mil maneras y los besos continuaron como si ninguno de los dos fuera capaz de separarse del otro.

Lo único que podía pensar era que ojalá todos mis días pudieran terminar de aquella forma: junto a él, abrazada y sin miedo a nada de lo que ocurriera en el mundo.

Sus brazos se habían convertido en mi lugar favorito.