El ogro de las Highlands Capítulo 10
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Capítulo 10

Dicen que hay personas que al principio pasan casi desapercibidas, pero que, cuando menos te lo esperas, consiguen provocar un auténtico remolino de sentimientos.

Eso era precisamente lo que me estaba ocurriendo con Liam, con cada una de sus miradas, sus sonrisas y esos silencios cargados de complicidad que, sin ninguna duda, sabía interpretar.

No sabía por qué razón, pero Liam me transmitía confianza, verdad, serenidad y lucha. Era como si detrás de todo aquello que todavía no me había contado existiera algo por lo que estaba intentando hacer justicia. Al menos, esa era la sensación que me daba.

Liam había expresado algo que yo llevaba pensando bastante desde que Isla empezó a confesarme ciertas cosas: la pequeña no se merecía un padre como Glen. Ella era la gran damnificada de todo aquello, la verdadera víctima.

Estábamos precisamente tomando un café durante la sobremesa cuando sonó mi teléfono y me quedé helada al ver quién llamaba. Era mi hermano, ese que no se había acordado de mí durante todo aquel tiempo y al que yo misma había escrito un par de veces para saber cómo estaba.

—Hola, Fergus. ¿Todo bien?

—Hola, hermana. Necesito un favor urgente —respondió con un tono de absoluta desesperación.

—¿Qué pasa?

—Es Anne —se refería a su mujer—. Ha cogido un virus y está ingresada en el hospital. Por lo visto, tendrá que quedarse allí un mínimo de dos semanas y, por mi trabajo, no podré estar con ella las veinticuatro horas. Necesito que vengas a echarme una mano y nos turnemos en el hospital.

—Fergus, ¿eres consciente de lo que me estás pidiendo? Estoy trabajando y no puedo marcharme a Edimburgo.

—Te estoy pidiendo el favor yo, tu hermano. ¿Es más importante el trabajo que mi situación?

—¿Y por qué no dejas tú el tuyo y te quedas las veinticuatro horas con ella?

—Tengo una familia, estoy casado y pago una hipoteca. No puedo hacerlo.

—Eres un egoísta. Solo miras por ti. No, no voy a dejar mi trabajo. Ya perdí parte de mi vida cuidando de papá para que luego me lo pagaras echándome de la casa familiar.

»Siento que Anne esté hospitalizada, de verdad, pero ahora el problema es tuyo, igual que fue mío tener que buscarme la vida cuando me pusiste de patitas en la calle.

—Como no vengas inmediatamente, estarás muerta para mí desde este mismo momento.

—Pues mándame una corona de flores si quieres, porque esta vez no voy a hacerte caso. Ya lo hice cuando me pediste que cuidara de papá y después me lo pagaste de esa manera. No me arrepiento de haberlo cuidado porque él sí se lo merecía.

»Lo siento, Fergus, pero ya me has demostrado qué clase de hermano eres y no te mereces que vuelva a joder mi vida por ti. Si alguien tiene que dejar su trabajo, eres tú. Esta vez es tu problema, no el mío.

Colgué la llamada y miré a Liam, que comenzó a aplaudirme con toda la tranquilidad del mundo.

—Bravo. Me encanta que lo hayas puesto en su sitio y que no te hayas dejado ningunear por él.

—Por primera vez me pongo por delante de todos.

—Y así debe ser. Muchas veces queremos agradar, ayudar y hacer el bien por los demás, pero, cuando nos toca a nosotros, rara vez nos pagan con la misma moneda. ¿En qué momento se perdieron los valores de la humanidad?

—Ni idea, pero el mundo va de mal en peor y yo, por lo visto, tengo un aura increíble para absorber todo lo feo que gira a mi alrededor.

—De eso nada. Mírame a mí, estoy a tu lado y soy muy bonito —respondió, provocándome una carcajada.

—Bueno, a ver por dónde me sales.

—Por ningún lado. Soy leal. Puedes quedarte en mi vida y descubrirlo. Eso sí, cuando alguien me falla, me retiro para siempre.

—Eso voy a aprender a hacer yo a partir de hoy, aprovechando que, en cierto modo y de una forma bastante educada, acabo de mandar a mi hermano a la mierda.

»De verdad que hay que tener muy poco corazón para, después de lo que me hizo, tener tan pocos escrúpulos como para llamarme y pedirme que cuide de su mujer.

»Y lo más fuerte es que ella tiene hermanas y más familia en Edimburgo. Vamos, que también podrían hacerse cargo de ella, pero no. A mi hermano no se le ocurre otra cosa que intentar volver a joderme a mí.

—Creo que voy a tener que servir dos copas de mi destilería para levantarte los ánimos.

—Ya estás tardando —lo animé entre risas.

Se levantó sonriente, retiró las tazas del café y sirvió dos copas con hielo. Con Liam me sentía cómoda y protegida, como si su sola presencia me proporcionara la paz que tanto necesitaba en mi vida.

Me estaba gustando mucho más de lo normal, hasta el punto de sorprenderme a mí misma por la rapidez con la que empezaban a aparecer tantos sentimientos, unos detrás de otros, en los momentos más inesperados.

Me levanté de la silla de un salto al escuchar la intensidad con la que había empezado a llover. Me encantaba observar el agua caer, sobre todo cuando estaba resguardada.

—Han dado tormentas para todo el fin de semana.

Me lo susurró al oído mientras se colocaba detrás de mí y pasaba un brazo por delante para entregarme la copa.

—Gracias —respondí sonriendo sin dejar de mirar hacia la calle, aunque noté cómo mis mejillas volvían a ponerse rojas.

Sin esperarlo, me abrazó por detrás y me besó precisamente en aquella mejilla que sentía arder.

Sonreí sin poder evitarlo. Era una sensación tan bonita y llena de deseo que no me habría importado que lo repitiera una y mil veces.

—¿Te gustan los días de lluvia?

—Sí —respondí—. Siempre que esté resguardada y no tenga cosas que hacer en la calle.

—Eres lista, sí, señor —comentó, provocándome una risita.

—¿Y a ti?

—A mí me encanta pasarlos frente a la chimenea, sentado y relajado mientras veo caer el agua por la ventana. Y más todavía si es con alguien como tú. ¿Nos vamos al sofá? —preguntó mientras me acariciaba el pelo.

—Vamos.

La chimenea me recordó a aquellos días de mucho frío y lluvia en los que me sentaba con mi padre para tomar un café y degustar los dulces que compraba en una pastelería que a él le encantaba.

Aquellos recuerdos me removieron por dentro y me hicieron darme cuenta de cuánto necesitaba uno de sus abrazos. Siempre habíamos tenido muchísima complicidad.

Nos sentamos juntos en el sofá y Liam colocó una manta sobre nuestras piernas. Dejamos las copas en la mesa que teníamos justo delante y yo me quedé mirando hacia la chimenea con una sonrisa que no conseguía borrar de mi cara.

Estar junto a Liam de aquella manera me hacía sentir muy a gusto y, al mismo tiempo, especial.

—¿Sabes que puedes pedir un deseo mirando hacia el fuego?

—¿Qué dices? —pregunté riendo, convencida de que estaba bromeando.

—Venga, pide uno en voz alta —dijo mientras apretaba con cariño mi rodilla.

—Sí, claro. Y encima tiene que ser en voz alta. Creo que me estás vacilando y solo quieres engañarme para escuchar mi deseo.

—Acabas de reconocer que tienes uno —respondió mirándome de lado con aquella media sonrisa tan bonita como él.

—Todos tenemos algún deseo.

—Si quieres, lo pido yo primero —me retó.

—Vamos, valiente —lo animé.

—No vale reírse.

—Vale, me pongo seria —respondí apretando los labios para contener cualquier risita.

—Te estás aguantando.

—Vale, vale. —Intenté relajar la expresión, aunque me resultaba imposible.

—Pido que este momento se convierta en una eternidad y que juntos empecemos algo parecido a un camino del que nunca nos soltemos de la mano.

—Eso suena muy serio.

—Soy un hombre muy tradicional. —Carraspeó mientras me miraba de medio lado.

—Ojalá se te cumpla —respondí, con una sonrisa que no pude contener.

—Entonces acabas de confirmar que pides el mismo deseo.

—Bueno, yo…

—Lo has confirmado —dijo riéndose bajito mientras me miraba con un brillo especial en los ojos.

—Sí, puede que el deseo sea el mismo.

—¿Puede?

—También lo deseo. —Terminé por confirmar mientras notaba cómo mis mejillas se ponían rojas como un tomate.

No lo pensó ni un solo instante.

Se acercó despacio, con la mirada fija en mis labios. Yo apenas respiraba mientras la distancia entre los dos desaparecía poco a poco, hasta que sentí su boca sobre la mía.

Me besó con suavidad, repitiendo un beso tras otro mientras acariciaba mi mejilla con el pulgar y me miraba con una sonrisa que reaparecía entre uno y otro.

Un cosquilleo me recorrió todo el estómago y consiguió ponerme los sentimientos a flor de piel. ¿Desde cuándo había deseado tanto un beso de aquella manera?

—Eres lo mejor que podía aparecer en mi vida en estos momentos, Kenna.

—Ese sentimiento es mutuo, igual que el deseo que has pedido —murmuré en voz baja.