Capítulo 9
La mañana del sábado se me estaba haciendo eterna, como si tuviera que acompañar a una tortuga a recorrer dos kilómetros y no termináramos nunca de avanzar.
A primera hora me tomé el café en el porche delantero para evitar coincidir con Fiona. A esas alturas, las dos éramos plenamente conscientes de que nos habíamos convertido en una molestia la una para la otra.
A la una de la tarde di por finalizada mi jornada laboral y ni siquiera comí. Había hablado con Liam temprano y sabía que a esa hora me estaría esperando en la puerta de la casa.
Ni siquiera me despedí de Fiona. Sabía de sobra que me iba con Liam y cualquier comentario por su parte podía terminar provocando otra discusión. Y yo, cuando se trataba de mi vida, no pensaba callarme para evitarle un disgusto a nadie.
Llovía a cántaros y crucé el jardín corriendo hasta llegar al exterior de la finca, donde Liam me esperaba con un paraguas y la puerta del copiloto abierta para que subiera al coche.
Me dio un beso en la mejilla y cogió mi bolsa con la ropa para dejarla en el asiento de atrás.
—Ya estás liberada hasta mañana.
—Sí —respondí sonriendo.
—Así que mi amigo se ha ido a Glasgow y no vuelve hasta mañana por la tarde…
—Sí. A la pequeña la pilló totalmente de improviso.
—Bueno, así es él. Cuando algo no le conviene, pone tierra de por medio. Y saber que hoy te venías conmigo parece que le ha molestado bastante más de lo que imaginaba, y eso que lo tengo más que estudiado.
—Pero, Liam, se supone que es tu amigo. Al menos, así me lo vendiste.
—¿Yo? En ningún momento. Te recuerdo que fue Isla quien te dijo que yo era muy amigo de su padre.
—Pero el día que nos acompañaste estuviste con él en el porche como si nada.
—He estado allí cientos de veces. Tenemos algunos asuntos pendientes que solucionar.
—Entonces, ¿no lo consideras tu amigo?
—No. Ni de lejos. Es más, podría decir que es mi peor enemigo.
Lo miré completamente desconcertada.
—Se me escapan demasiadas cosas.
—Y tampoco tienes por qué estar implicada en todas ellas. Lo único que necesitas saber por ahora es que ni Fiona ni él son personas en las que debas confiar.
—¿Y no vas a contarme nada más? —pregunté apretando los dientes.
—Tenemos todo el día de hoy y buena parte de mañana para que intentes sacarme toda la información que quieras. Otra cosa es que lo consigas —respondió con una sonrisa.
—Obviamente, me vas a contar hasta donde quieras o puedas. Tampoco me conoces desde hace tanto como para confiar plenamente en mí.
—Tienes razón. Igual eres una infiltrada de ellos —bromeó mientras terminaba de aparcar el coche a pocos metros de su casa.
—No lo soy —respondí riendo.
—Bueno, bueno. Eso tendré que descubrirlo yo.
Me hizo un guiño que consiguió arrancarme una carcajada.
—A ver si al final voy a tener que descubrir yo si los que vais de santos sois en realidad el mismísimo demonio —bromeé.
—Buena insinuación. Entonces tendremos que jugar al gato y al ratón.
Nos cobijamos bajo su paraguas hasta llegar a la casa y, nada más entrar, me envolvió un olor delicioso a comida.
—Esto huele que alimenta.
—Ya te dije que tengo muy buena mano en la cocina. Solo me falta conocer tu puntuación.
—Mi puntuación va a ser un diez sobre diez porque estoy muerta de hambre.
—Entonces parto con ventaja.
—Totalmente. Ya puedes sentirte afortunado.
—Me siento más que afortunado. He conseguido que vengas a pasar el fin de semana conmigo.
Metió la mano por detrás de mi cabeza y me revolvió el pelo.
—Si me despeinas, me pagas la peluquería.
—Si te vienes todos los fines de semana, te pago cada sábado la peluquería y hasta que te hagan las uñas —dijo antes de darme un beso en la mejilla.
—Estás consiguiendo que tome nota.
—Puedes añadir lo que quieras —respondió mientras abría una botella de vino tinto—. Soy muy fácil de convencer.
—Vas a tener suerte porque no soy ninguna abusona.
De lo contrario, ibas a tener que pagarme todos los sábados la peluquería, las uñas, algún tratamiento facial y algo de ropa —bromeé mientras cogía la copa que me había servido—.
Y ahora, ¿me vas a contar qué has hecho de comer? Me llega olorcito a pescado.
—Una sopa de pescado y marisco que está de muerte. Y anoto lo del tratamiento y la ropa; por mí no hay ningún problema.
—Te vas a librar porque no necesito ir a la peluquería cada semana, ni mucho menos me arreglo las uñas en un salón cuando ya me las hago yo. No soy nada caprichosa —respondí sonriendo mientras ponía ojitos.
—La mujer perfecta. Eres la mujer perfecta.
Chocamos las copas antes de dar un trago.
Liam destapó la olla baja y se me hizo la boca agua al instante.
—Guau. Tiene una pinta increíble.
—Siéntese, señorita, que voy a servirle.
Apartó la silla para que pudiera sentarme a la mesa de la cocina, que ya tenía preparada con muchísimo cuidado. Había colocado un precioso mantel color crudo bordado con pequeñas florecitas del mismo tono, los cubiertos, una panera de madera con el pan cortado y nuestras copas.
Sacó unos platos hondos blancos, totalmente de diseño. Tenía todo cuidado hasta el más mínimo detalle.
Me colocó delante el plato, que había servido con muchísimo mimo, y esperé a que se sirviera el suyo antes de probarlo.
—Un diez sobre diez. Te prometo que es de las mejores sopas que he comido. Creo que eso de que tienes muy buena mano no era ninguna exageración.
—Te lo dije. Si algo me caracteriza es que no soy un embustero.
—Eso tiene mucho valor. Odio a las personas que mienten simplemente por quedar bien, aunque, en realidad, odio las mentiras en cualquiera de sus formas.
—Yo tampoco las soporto. Otra cosa es que alguien prefiera no contarme algo, que está en todo su derecho. Eso siempre será mejor que mentir.
—Totalmente.
Me quedé unos segundos removiendo la sopa con la cuchara antes de sacar el tema que llevaba ocupando mi cabeza desde el día anterior.
—Y, por cierto, ¿qué piensas de lo que me contó Isla sobre que quieren mandarla interna a Glasgow?
La expresión de Liam cambió ligeramente.
—Sinceramente, viniendo de Glen no me extrañaría. Lo que sí me sorprendería es que tuviera valor de hacerlo sabiendo los problemas que podría acarrearle.
—¿Qué clase de problemas?
—Me encantaría poder contarte toda la historia. De verdad, no sé por qué, pero me transmites mucha confianza. Aun así, hay cosas que deben saberse en el momento adecuado y ahora mismo no puedo explicártelo todo.
—Lo entiendo.
—Lo que sí puedo decirte es que Glen y yo no tenemos la amistad que quizá aparentamos porque yo vaya a su casa o me siente con él a tomar un whisky .
»Entre nosotros hay algo que va mucho más allá de una simple enemistad. Tenemos un conflicto que, por ahora, estamos intentando resolver fuera de los tribunales.
—¿Un conflicto legal?
—Entre otras cosas. Para que te hagas una idea, Glen es probablemente la persona en la que menos confío de todo mi entorno.
—Pero me dijiste que no permitirías que Isla terminara interna en Glasgow.
—Y pienso cumplirlo. No tengas la menor duda.
—¿Pero realmente tienes capacidad para evitarlo?
—Tengo razones suficientes para conseguir que se lo piense muy bien antes de tomar una decisión así. Glen sabe que no puede dar ciertos pasos sin arriesgarse a que todo se le vuelva en contra.
»Lo nuestro no es una pelea absurda entre dos personas que se llevan mal, Kenna. Es algo mucho más serio y, tarde o temprano, acabará explotando.
—¿Debería preocuparme?
—Para nada. Lo único que te pido es que cuides de ella. Es la única inocente en todo esto. Si no fuera por la niña, te diría que salieras de esa casa cuanto antes, pero ahora mismo eres uno de sus mayores apoyos y sé perfectamente el cariño que le tienes.
—La quiero muchísimo.
—Yo también la quiero. Mucho más de lo que imaginas.
Aquella respuesta consiguió que lo mirara con más atención.
—¿Por qué dices eso?
Liam bajó la vista un instante antes de continuar.
—Porque en esa familia hubo personas que la quisieron de verdad y que habrían hecho cualquier cosa por ella. Pero él se encargó de destruir demasiadas cosas por el camino.
—¿Te refieres a Glen?
—¿A quién si no?
—Ya…
—Tiempo al tiempo. Ese hombre es el mismísimo demonio, de ahí que esté solo y nunca se le vea rodeado más que de su hombre de confianza —se refería a Callum—, de Lachlan, que trabaja para él porque también es su perro faldero, y, cómo no, de Fiona, la bruja que mueve casi todo desde la sombra.
—Entonces, ¿por qué me contrataron a mí? Quiero decir, si llevan todo con tanto secretismo, ¿por qué buscar a alguien de fuera?
—Porque Fiona no tiene paciencia con Isla y tampoco existe entre ellas el cariño que intenta aparentar. Necesitaban a alguien que se encargara de la niña y, de paso, ayudara con el resto de la casa para que la bruja no tuviera que asumirlo todo.
—Te prometo que al principio pensé que allí había una especie de familia alrededor de Glen y su hija.
Incluso con Fiona me he llevado un chasco enorme.
Vale que siempre me pareció quisquillosa y que se pasaba media vida resoplando, pero jamás pensé que fuera una mala persona hasta que empezó a mostrarme su verdadera cara.
Liam sostuvo mi mirada durante unos segundos antes de responder.
—No son buenas personas, Kenna. Son egoístas y capaces de hacer mucho daño cuando creen que con ello van a salir beneficiados. Pero todo acaba teniendo consecuencias y, tarde o temprano, tendrán que enfrentarse a las suyas.