El ogro de las Highlands Capítulo 7
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Capítulo 7

Ayudaba a la pequeña a abrocharse el cinturón antes de salir en dirección al colegio. Aquella mañana íbamos bastante justas de tiempo.

—Kenna, ¿vas a venir a recogerme? —me preguntó cuando ya estábamos de camino.

—No lo sé, cariño. Todo dependerá de tu papá, pero, si viene él, también te hará ilusión —respondí mientras la miraba por el espejo retrovisor.

—Prefiero que vengas tú —murmuró con una tristeza que me dejó algo descolocada.

—Luego hablamos, ¿sí?

—Prefiero callarme algunas cosas. Ojalá vengas a por mí —dijo mientras cruzaba los dedos y levantaba las manos para que pudiera verla.

Cuando llegamos, la ayudé a bajar del coche y la abracé antes de que entrara.

—No te preocupes por nada. Estoy a tu lado siempre que necesites hablar y sabes que puedo guardar todos tus secretos.

—Pues que sepas que Fiona me cae mal —confesó mientras hacía una pequeña mueca de disgusto.

—Ya hablaremos, tesoro. Te quiero con todo mi corazón.

—Yo también te quiero de aquí al cielo, Kenna.

—Ahora entra y disfruta de tus clases.

Me dejó bastante impactada, tanto por preferir que fuera yo quien la recogiera como por aquella confesión sobre Fiona.

Desde el principio había tenido la sensación de que en aquella casa había demasiados secretos, pero no imaginé que llegarían al punto de que Isla empezara a dejarme caer cosas que, por lo visto, llevaba tiempo guardándose.

¿Qué cojones pasaba entre aquellas cuatro paredes?

Lo ocurrido el día anterior con Fiona ya me había dejado de un humor de perros y, después de lo que acababa de contarme la pequeña, mi cabeza no hacía más que dar vueltas.

Tenía muchas ganas de que Isla se sintiera preparada para explicarme por qué prefería que fuera yo y no su padre quien la recogiera, además de aclararme qué le ocurría exactamente con Fiona.

Aquello último me sorprendía especialmente porque, aunque nunca había percibido entre ellas la misma complicidad que tenía conmigo, tampoco había visto nada extraño.

Se suponía que Fiona llevaba en la casa desde que Isla nació y, por tanto, debería existir entre ambas un vínculo mucho más especial.

Se suponía.

Regresé a la casa y fui directa a desayunar antes de ponerme con las habitaciones.

Fiona no estaba porque había salido muy temprano para hacer unas gestiones y encargarse de la compra grande con Lachlan, que llevaba el mantenimiento interior y exterior de la casa y trabajaba únicamente por las mañanas, de lunes a viernes.

Glen también había salido temprano con Callum para resolver unos asuntos y desayunaría fuera, así que no vi a ninguno de los dos, algo que tampoco me importó demasiado. Seguía enfadada con el mundo desde el día anterior y las palabras de Isla no habían contribuido precisamente a mejorarme el humor.

Después de comer unos huevos revueltos, tomarme un café y fumarme un cigarrillo, me puse con las habitaciones y aproveché para limpiar el polvo. Era uno de esos días en los que tocaba pasar el trapo por todos los muebles y superficies.

Isla comía en el colegio y salía a las tres de la tarde. Todavía no sabía si iría a recogerla su padre o tendría que hacerlo yo.

Bajé a comer alrededor de la una, cuando terminé con todo. Fiona acababa de regresar y entre las dos preparamos la mesa para nosotras, ya que había dejado la comida hecha desde el día anterior.

Mientras colocábamos las cosas, me comentó que Glen comería fuera y que después iría a buscar a su hija. Me hablaba con sequedad y yo me limité a devolverle exactamente el mismo tono. Si ella no tenía una sonrisa para mí, yo tampoco iba a esforzarme en regalarle una.

Estaba comiendo, concentrada en mis pensamientos, cuando volvió a sacar el tema.

—No sé si tienes pensado volver a ver a Liam, pero yo te aconsejaría que te replantearas hacerlo.

—¿Te he pedido algún consejo? —pregunté sin titubear.

—Al señor Glen no le gustará que se mezclen ciertas cosas.

—Aquí no se está mezclando nada. Yo cumplo con mi trabajo y lo que hago con mi vida personal no perjudica a nadie —respondí mirándola fijamente para que no quedara ninguna duda.

—Podrías buscarte el despido.

—¿En serio? Fabuloso. Pues que lo haga. Eso no me obligará a regresar a Edimburgo ni tampoco hará que me aleje de Liam.

—No juegues con fuego, Kenna.

—No me hables en ese tono, ¿te enteras?

—No tienes derecho a indemnización por despido por llevar menos de dos años, así que yo que tú, no me la jugaría.

—Tengo dinero suficiente para estar unos años sin trabajar si hiciera falta, así que imagina si tendría tiempo para buscar otro empleo. No me toques las narices, Fiona. No soy la sumisa del señor Glen ni tampoco la tuya, ¿entendido?

Me levanté de la mesa dejando el plato a medias.

—Liam no es un hombre de fiar —soltó antes de que saliera de la cocina.

Me giré hacia ella.

—Dame una razón que demuestre lo que estás diciendo o no vuelvas a hablarme de él de esa manera.

Fiona me dedicó una mirada cargada de desprecio y yo se la devolví antes de marcharme a mi habitación. Resoplé al sentarme en el borde de la cama y cogí el móvil con intención de escribir a Liam. Sin embargo, al desbloquear la pantalla, descubrí que ya tenía un mensaje suyo.

Liam: Feliz lunes, mujer bonita. Como te dije, Fiona ya puso al día a Glen. Me sorprendió con una visita para pedirme que me alejara de ti, pero tranquila, lo mandé a paseo, como llevo haciendo desde hace mucho tiempo.

Kenna: Pero se supone que es tu amigo.

Liam: Se supone. Tú lo has dicho. Por cierto, le comenté que no solo cenaría contigo el sábado, sino que además te quedarías a dormir en mi casa, ya que así lo tendríamos más fácil para organizarnos.

Se me escapó una risita al leerlo, aunque toda aquella situación empezaba a inquietarme bastante. Cada vez era más consciente de que había demasiadas cosas que desconocía.

Kenna: ¿Y qué te hace estar tan seguro de que voy a aceptar quedarme en tu casa?

Liam: Porque sé que lo estás deseando tanto como yo. Además, estoy completamente seguro de que te has sonrojado al leerme y se te ha escapado una de esas risitas tuyas.

Parecía conocerme demasiado bien porque, sí, las mejillas se me habían encendido en cuanto terminé de leer el mensaje.

Kenna: Tengo ganas de verte, sí.

Liam: Cinco días. Solo quedan cinco días y pienso contar hasta las horas. Te recogeré cuando termines tu jornada después de comer. ¿A las dos?

En realidad, como siempre me quedaba con Isla los sábados, hacía tiempo que aquellos días habían dejado de sentirse como jornadas libres. Sin embargo, como esa vez iba a salir, decidí tomármelo como un día de trabajo normal.

Kenna: Perfecto. Pero el domingo regresaré temprano porque quiero pasarlo con la pequeña.

Liam: Acepto la propuesta.

Kenna: ¿Crees que Glen me dirá algo?

Liam: Tranquila. No creo que se atreva. Ya le he dejado bastante claro que, si se le ocurre decirte lo más mínimo, tendrá que vérselas conmigo.

Kenna: Este fin de semana vas a tener que ponerme un poco al día. Te juro que me siento completamente perdida.

Liam: Tenemos mucho de lo que hablar, sí, pero también mucho de lo que disfrutar. Te has convertido en mi ilusión favorita.

Kenna: Me has vuelto a sacar los colores.

Liam: Lo daba por hecho.

Eran alrededor de las tres y media cuando Isla llegó corriendo en mi busca y se lanzó directamente a mis brazos.

—Te he echado de menos —le dije mientras la abrazaba.

—Y yo a ti. Sabía que vendría mi padre a buscarme.

—¿Qué te pasa, preciosa?

—Estoy cansada de ellos.

—¿Quiénes son ellos?

—Mi padre y la mujer con la que discute por teléfono.

—¿Has vuelto a escuchar algo?

—Sí. Le decía que no podía traerla porque lo perdería todo y que la niña, o sea, yo, no podía enterarse de nada porque lo contaría. No se fía de mí, de su propia hija. Lo dejó bien claro, Kenna.

Su expresión reflejaba una frustración que me encogió por dentro. Isla entendía mucho más de lo que cualquier adulto parecía creer y aquellas conversaciones empezaban a afectarle.

—Cariño, quizá hablaban de algo que no entiendes del todo y no tiene tanta importancia como parece.

—Fiona le dijo a mi padre, en su despacho, que debía tener cuidado contigo. Lo escuché detrás de la puerta. Es mala, Kenna. Esa mujer es muy mala.

—Tranquila, cariño. No quiero que te preocupes por estas cosas. Tú y yo juntas somos unas superheroínas.

—Mi padre está raro y se cree que yo no me doy cuenta.

—Lo único que quiero es que tú no lo pases mal, ¿entendido?

—¿Merendamos juntas?

—Por supuesto. Ni lo dudes.

La abracé de nuevo y después la cogí de la mano para bajar juntas a la cocina.

Cuando entramos, Fiona no estaba, algo que agradecí profundamente por el bien de mi salud mental. Le preparé a Isla un vaso de leche con galletas para que pudiera hacerlas migas dentro, tal y como a ella le gustaba.

Me dolía saber que una niña de seis años estuviera cargando con preocupaciones provocadas por conversaciones de adultos que nunca debería haber escuchado.

Sin embargo, sus palabras también empezaban a preocuparme a mí, porque cada vez estaba más convencida de que Glen escondía algo y, por lo que empezaba a intuir, no parecía precisamente algo pequeño.