Capítulo 5
Había llegado el momento y estaba realmente nerviosa.
La tarde anterior la había pasado viendo películas de Disney con la pequeña y aquella mañana la había llevado al parque y habíamos estado de compras. Además, le había prometido que al día siguiente jugaríamos juntas durante todo el día.
Isla ya estaba duchada y en esos momentos cenaba con su padre.
Sabía que aquella noche iba a salir, aunque no le había contado que había quedado con Liam.
De hecho, tampoco se lo había dicho a nadie de la casa.
Únicamente había comentado a Fiona que cenaría fuera y que no sabía a qué hora regresaría.
Ella sonrió y me deseó que lo pasara muy bien, alegando que estaba en edad de disfrutar de ese tipo de planes.
Me decanté por unos vaqueros que me sentaban muy bien y los combiné con unas botas marrones de tacón y una cazadora de ante del mismo tono, con los puños y el cuello de punto.
Era una monería que me había comprado el año anterior y que todavía no había tenido ocasión de estrenar.
Debajo llevaba una camiseta de punto beige , a juego con el bolso, que terminaba de completar el conjunto.
Dejé mi media melena suelta y me maquillé de manera sutil. Estaba encantada con el resultado y no paraba de mirarme desde todos los ángulos posibles en el espejo de cuerpo entero que tenía en el dormitorio.
Había llegado la hora de marcharme.
Bajé las escaleras y, nada más escucharme, Isla salió correteando por el pasillo para despedirse de mí.
—Mañana nos espera un gran día —le dije mientras la cogía en brazos y la achuchaba con fuerza.
—Te quiero, Kenna —respondió, consiguiendo que se me derritiera el corazón—. Estás muy guapa.
—Tú sí que eres guapa. Y yo te quiero con todo mi ser, preciosa mía.
Salí de la casa andando porque había quedado con Liam al principio de la calle. Nada más cruzar la verja, lo vi a lo lejos esperándome junto a su coche.
No sabía muy bien por qué, pero me temblaban ligeramente las piernas. Me sentía como una niña pequeña a punto de recibir un regalo y, en cierto modo, era exactamente así. Liam no podía imaginar lo feliz que me había hecho al proponerme aquel plan.
—Buenas noches, preciosa mujer —me saludó mientras me daba un beso en la mejilla y abría la puerta del copiloto para que subiera.
—Buenas noches, Liam —respondí sonriendo antes de acomodarme en el asiento.
—Estás demasiado guapa —murmuró mientras se abrochaba el cinturón.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal —contesté al tiempo que notaba cómo me subía el calor a las mejillas.
—Vamos a dejar el coche en mi calle y desde allí iremos andando. El restaurante está cerca.
—Vale.
Liam vivía al otro lado de la ciudad. Se podía llegar perfectamente andando por la avenida y el trayecto no llevaba más de veinte minutos.
Aparcó delante de su casa y entramos un momento porque quería enseñármela.
Era preciosa, estaba reformada y tenía muchísimo encanto.
Se encontraba prácticamente al comienzo de la otra parte de la avenida y contaba con tres dormitorios, aunque uno de ellos lo había convertido en despacho, además de salón, cocina y dos baños: uno en el pasillo y otro dentro de su dormitorio.
Todo estaba muy limpio y organizado, con una decoración sencilla y nada recargada. La casa me causó muy buena impresión.
Después nos dirigimos al restaurante, situado en una zona algo más apartada, prácticamente en las afueras, aunque a menos de cinco minutos andando desde su casa.
El interior era precioso, revestido en madera y presidido por una chimenea enorme en la parte del fondo. Nos acomodaron en una mesa bastante cercana a ella y, nada más sentarme, me quité la cazadora y la dejé sobre el respaldo de la silla junto con el bolso. Liam hizo lo mismo con la suya.
—¿Vino? —preguntó mientras miraba la carta.
—O se fue —bromeé torpemente.
Se echó a reír y yo también terminé haciéndolo.
—Vale, sí, vino. Hace muchísimo que no bebo, así que espero no ponerme tonta —añadí poniendo los ojos en blanco.
—Y, si te pones, ¿cuál es el problema? Mañana no trabajas —respondió con uno de sus guiños.
—Ya, ya, pero tampoco estaría bien llegar arrastrándome por las escaleras. —Apreté los dientes mientras intentaba contener la risa.
—No te dejaría llegar en ese estado. Te cuidaría en mi casa.
Solté una carcajada nerviosa y negué con la cabeza. Liam sostenía la carta entre las manos, aunque apenas la miraba porque mantenía los ojos puestos en mí y aquella sonrisita que parecía acompañarlo siempre.
Pidió una botella de vino tinto y nos decantamos por una carne a la brasa con verduras como plato principal. Para compartir de entrante, elegimos Cullen skink , una sopa espesa tradicional originaria del pueblo pesquero de Cullen.
Nos sirvieron la primera copa y brindamos. Liam alzó la suya con una sonrisa y puntualizó que aquel brindis era por una noche perfecta.
—Así que de Edimburgo a las Highlands.
—Eso mismo. De la gran ciudad a esta pequeña ciudad —respondí con una sonrisa.
—¿Y te gustó el cambio?
—Bueno, digamos que la zona me gusta, pero me vine un poco por obligación.
—¿Por obligación? —Arqueó una ceja.
—Mi padre era viudo y yo vivía con él. Falleció de manera inesperada hace unos meses y mi hermano, que vivía con su mujer, me sugirió, por decirlo de algún modo, que vendiéramos la casa familiar.
»Hasta ese momento yo no había trabajado porque me había dedicado a cuidar de mi padre. A raíz de un accidente, quedó en silla de ruedas y necesitaba ayuda, así que, cuando vendimos la casa, la opción más rápida que encontré fue aceptar el trabajo como interna aquí, en las Highlands.
—Entiendo. ¿Y tu hermano ni siquiera valoró la posibilidad de dejarte vivir allí hasta que tuvieras tu vida un poco más encaminada?
—No —murmuré mientras negaba con la cabeza.
—Muchas veces los golpes más grandes vienen precisamente de la familia, de esas personas que se supone que deberían protegernos más que nadie.
—Sí. Es lamentable lo que puede llegar a hacerse por dinero.
—Las herencias destapan la verdadera personalidad de mucha gente.
—Desde luego. Y es una lección que aprendes de verdad cuando te toca vivirla en primera persona.
—De todas formas, la vida es muy sabia y muchas veces las cosas pasan por algún motivo. Quizá el destino tuviera preparado algo mejor para ti aquí, en las Tierras Altas —dijo sonriendo antes de hacerme otro guiño.
—Bueno, para empezar, estoy encantada con Isla. Esa niña me ha robado el corazón.
—Espero que no sea la única. —Carraspeó.
No pude evitar echarme a reír.
—A ti te van las indirectas.
—¿Indirectas? ¿Quieres que te lo diga más claro?
—No, no. Chinchín —respondí rápidamente mientras cogía la copa y la chocaba contra la suya.
—Me encantas —dijo entre risas al ver mi reacción.
Nos trajeron una pequeña ración de sopa, algo que agradecí porque después nos esperaba un plato principal bastante contundente.
—¿Y cuáles son tus planes a largo plazo? —preguntó después de probar la primera cucharada.
—Por ahora quiero aprovechar este año para ahorrar un poco más y pensar con calma qué hacer con mi vida. Pero bueno, llevamos un buen rato hablando de mí. ¿Qué me cuentas de la tuya? —pregunté aprovechando que el vino que ya había bebido empezaba a soltarme un poco.
—Mi vida es algo caótica, aunque no lo parezca. Me dedico a gestionar la exportación del whisky de mi destilería y, además, estoy luchando con un tema personal que me complicó bastante la vida.
—Bravo por lo de la destilería, pero siento lo otro. Espero que sea algo que tenga solución.
—Por las buenas o por las malas, la tendrá. Eso te lo aseguro.
Soltó el aire y enseguida me di cuenta de que aquello era algo que le afectaba mucho más de lo que quería demostrar.
—Pero, como te dije… —Alzó la copa—. Por una noche perfecta.
—Claro. Hay momentos en los que viene bien desconectar un poco la mente.
—Sí, y hay que aprovecharlos.
La carne estaba riquísima y, aunque la sopa me había dejado un poco saciada, terminé comiéndomela con muchísimo gusto.
Charlar con Liam resultaba muy divertido porque tenía ocurrencias que parecía que solo podían salir de su cabeza. Durante la cena me propuso que, al terminar, fuéramos a tomar algo a un pub cercano y acepté encantada.
—¿Postre?
—No, no. Yo no puedo más, pero, si tú quieres, pídete algo. Prefiero terminarme esta última copa de vino —respondí mirando la tercera que tenía delante.
—Entonces disfrutémosla. Yo también estoy completamente saciado. Lo decía por si a ti te apetecía.
Salimos del restaurante y nos dirigimos directamente al pub .
Liam me ofreció el brazo para que me agarrara a él y no dudé ni un segundo en hacerlo.
Me sentía cómoda y estaba pasándolo genial, aunque no podía evitar darle alguna vuelta a aquello que había mencionado sobre el problema personal que tanto lo fastidiaba.
Cada vez se formaban más incógnitas a mi alrededor relacionadas con las personas que, de una manera u otra, comenzaban a formar parte de mi vida.
Cuando entramos en el pub , Liam saludó con un abrazo a uno de los camareros, dejando claro que se conocían bastante bien. Me lo presentó enseguida. Se llamaba Eric, era muy simpático y poco después nos sirvió dos copas de whisky de la propia destilería de Liam.
Sonaba música celta y había muchísimo ambiente, algo bastante normal teniendo en cuenta que era sábado por la noche.
—Pues sí que entra bien tu whisky .
—¿Lo ves? Si es que todo lo que tengo es de calidad. —Carraspeó cerca de mi oído.
—Así me gusta, con el ego bien arriba. —Me reí mientras negaba con la cabeza.
—Te gusta mi whisky , mi ego… ¿Algo más que deba saber?
—Tu casa, tu manera de vestir… —Fui enumerando con los dedos—. Tu simpatía.
—¿Algo más?
—¿Te parece poco? —pregunté entre risas.
—No sé, me ha faltado que dijeras que te parezco guapo, por ejemplo —respondió encogiéndose de hombros.
—No. Eso no te lo voy a decir. —Me reí.
—¿Te parezco feo?
—No he dicho eso. Solo he dicho que no pienso decirte que eres guapo.
—Entonces, ¿no lo soy?
—Quiero decir que no voy a pronunciarme sobre tu físico.
—Eso es porque no te gusto.
—¡Liam! —protesté entre risas.
—Al final voy a tener que pensar que tu jefe te hizo firmar una cláusula en la que decía que no podías coquetear con su amigo —comentó arqueando una ceja.
—No la habría firmado. Una cosa es que trabaje para él y otra muy distinta que pueda decidir sobre mi vida personal.
—Me encanta que seas así de rebelde.
—No es rebeldía, es respetarme a mí misma como persona. ¿Por qué iba a prohibirme hacer lo que quisiera con mi vida?
Solté una risa. Aquel hombre tenía unas cosas que no sabía por dónde coger.
—No sé. Igual no le hace demasiada gracia que te veas conmigo.
Lo miré con más atención.
—Estás poniendo una cara que parece que quieres decirme algo.
—No. Simplemente te pregunto —respondió arqueando esa ceja suya que parecía hablar por sí sola.
—¿Te gusta ponerme nerviosa?
—Me gusta sacar esos colores que te aparecen en las mejillas.
—Me salen normalmente —mentí.
Como si mi propio cuerpo quisiera dejarme en evidencia, volví a sentir calor en las mejillas y él sonrió al darse cuenta, sin creerse una sola palabra de lo que acababa de decir.
Hacía mucho tiempo que no tenía tanta complicidad con un hombre. Había tenido algún que otro rollo en Edimburgo, por supuesto, pero del último ya habían pasado más de dos años. A veces hasta me reía de mí misma porque parecía que estuviera cumpliendo algún tipo de penitencia.
Tampoco había tenido nunca una relación demasiado larga. La que más me duró fueron seis meses y, en parte, porque apenas nos veíamos tres veces al mes.
Liam me estaba tirando los trastos y se notaba a kilómetros.
No hacía falta ser demasiado lista para darse cuenta de que detrás de sus palabras y de aquellas miradas había una provocación constante.
Y me gustaba. No sabía hasta dónde podía llevarnos aquello, pero conseguía hacerme sentir bien y entre los dos se estaba creando una complicidad que iba creciendo a medida que avanzaba la noche.
Incluso se atrevió a rodearme la cintura con un brazo y hacerme mover al ritmo de una de las canciones que sonaban. Yo no podía parar de reírme, con una timidez que normalmente no formaba parte de mí, pero que Liam parecía empeñado en provocarme.
Cuando quisimos darnos cuenta, eran ya las dos de la madrugada. Habíamos pasado horas entre copas, risas y un tonteo constante que no llegó más lejos porque fui yo quien mantuvo cierta distancia. Por mucho que me atrajera aquel juego, todavía me parecía demasiado pronto para lanzarme a sus brazos.
Caminamos juntos hasta la casa del señor Glen y nos despedimos en la puerta. Antes de marcharse, Liam me hizo prometerle que el sábado siguiente iría a cenar a su casa para que pudiera sorprenderme con el que, según él, era su plato estrella.
Acepté sin dudarlo.
Me encantaba la idea de tener un nuevo plan con él.