El ogro de las Highlands Capítulo 4
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Capítulo 4

Siempre había escuchado decir que cada casa guardaba su propia historia, y cada vez tenía más claro que aquella escondía la suya entre un misterio que me resultaba imposible de descifrar.

Entrábamos en un frío comienzo de noviembre y ya llevaba tres meses viviendo en aquel lugar. Cada día me sentía más unida a Isla, que se había convertido en una de las personas más importantes de mi vida.

Todas las mañanas la llevaba al colegio en el coche destinado al personal, que permanecía aparcado en una zona del jardín, y también me encargaba de recogerla aquellos días en los que a su padre le resultaba imposible hacerlo por motivos laborales.

¿En qué trabajaba Glen? Pues no tenía ni idea.

Sabía que gestionaba una empresa, aunque desconocía por completo a qué se dedicaba.

Por mi parte, jamás iba a preguntárselo directamente, ni siquiera a Fiona.

Con ella me conformaba con la información que quisiera contarme cuando salía algún tema relacionado con la familia.

Aquella mañana, Isla se tomaba su leche mientras yo preparaba la fiambrera que se llevaría al colegio para el desayuno. Como de costumbre, también me encargaría de llevarla.

—Kenna, por fin es viernes y este fin de semana podemos hacer una tarde de pelis y palomitas.

—Claro, cariño. Y, si además tenemos la suerte de que haga buen tiempo, podemos ir un rato al parque.

—Sí, el fin de semana pasado tuvimos esa suerte —respondió sonriendo al recordarlo.

—De todas formas, si no llueve, iremos por la mañana a la ciudad. Quiero hacer algunas compras.

Su padre había decidido darme libres los sábados por la mañana porque, según él, me estaba volcando demasiado en su hija. Lo curioso era que muchas veces acababa utilizando ese tiempo precisamente para estar con ella.

—Yo también quiero comprarme alguna cosita. Tengo dinero en mi hucha —comentó con una sonrisa.

—¿Y qué te quieres comprar, preciosa?

—No sé… Alguna cosita. Una libreta, unos lápices bonitos o un cuento.

—Pues mañana vamos a la papelería y yo te regalo lo que quieras.

—Pero yo tengo dinerito —insistió mientras sonreía.

—Tú sigue guardándolo para hacerte rica —le dije entre risas, provocando que ella también se echara a reír.

De camino al colegio, situado al otro lado de la ciudad, fuimos cantando una canción que le encantaba de una joven cantante escocesa que estaba teniendo bastante éxito entre los niños.

—Luego nos vemos, cariño —le dije mientras la abrazaba antes de que entrara.

—Recuerda lo de las palomitas.

—Sí, cariño. Habrá palomitas y pelis.

Después me dirigí al obrador para recoger el pan de leña que me había encargado Fiona. Ya que estaba allí, aprovecharía para comprar también algunos pasteles para la merienda.

Me encontraba eligiendo con la dependienta el surtido cuando escuché una voz que reconocí de inmediato.

—Buenos días, Kenna.

—Hola, Liam —respondí sonriendo al verlo colocarse a mi lado.

—Así que estás haciendo recados.

—Bueno, solo me habían encargado el pan, pero me pareció buena idea llevar también unos dulces para la merienda.

—Pago yo —le dijo directamente a la chica.

—No, no, por favor.

—Silencio. —Se llevó un dedo a los labios—. Será nuestro secreto. Tú haz como si los hubieras comprado.

—No, Liam. —Me reí por los gestos que hacía.

—Entonces te permito que me invites a un café y así lo compensas.

—Sigo saliendo ganando.

—No. Gano yo —respondió haciéndome un guiño.

Entendí perfectamente a qué se refería sin necesidad de que se explicase más. Me hizo gracia y hasta sentí un pequeño cosquilleo en el estómago. No porque sintiera nada por él, pero sí porque resultaba agradable notar su interés hacia mí.

Liam compró su pan y nos dirigimos a la cafetería que había justo al lado, donde pedimos dos cafés y unas tostadas con mantequilla y mermelada.

—Así que vienes de dejar a la reina de la casa en el colegio.

—Sí —respondí sonriendo—. Está feliz porque es viernes y dice que quiere hacer un montón de cosas conmigo durante el fin de semana.

—Yo también estaría feliz. —Carraspeó, consiguiendo que se me escapara una carcajada.

—¿Y tú no trabajas hoy?

—Sí, pero soy como Glen. También puedo gestionar gran parte del trabajo desde casa.

—Qué bien —respondí, aunque no me atreví a preguntarle a qué se dedicaba exactamente.

—Y, si no es mucho atrevimiento…

—Dime —lo animé cuando hizo aquella pausa.

—¿Qué te parecería que mañana te invitara a cenar en un restaurante de la zona que estoy bastante seguro de que no conoces?

Su propuesta me sorprendió un poco, aunque, al mismo tiempo, me hizo ilusión tener a alguien con quien hacer un plan diferente.

—Seguro que no lo conozco, porque apenas he ido a un restaurante de hamburguesas con la pequeña y poco más —respondí con una sonrisa algo nerviosa—. Si estás seguro de querer aguantarme, por mí perfecto.

—Y en brazos, si hiciera falta —contestó con uno de sus guiños, consiguiendo que me sonrojara por completo.

—Bueno, tampoco hace falta tanto sacrificio. Estoy segura de que el restaurante tendrá sillas. Eso sí, acepto siempre y cuando me dejes pagar la mitad.

—Eso lo discutimos allí. ¿Qué te parece?

—Una estrategia por tu parte.

—Mi madre siempre ha dicho que soy un buen estratega.

—Pues ya te digo yo que tiene toda la bendita razón.

—Le caerías bien. —Carraspeó—. Eso de que me lleven la contraria y encima le den la razón…

—Por algo será. Seguro que te lo has buscado tú solito.

—Le caerías genial —confirmó con tanta seguridad que consiguió hacerme reír otra vez.

Quedamos en vernos al día siguiente, a las seis de la tarde, al principio de la calle donde estaba situada la casa. Después me acompañó hasta el coche y nos despedimos hasta entonces.

No me había entretenido demasiado, pero Fiona tampoco me pidió explicaciones cuando regresé. No solía meterse en nada y menos aún conmigo, porque sabía que, aunque tuviera el fin de semana libre, siempre acababa volcándome en la casa y, sobre todo, en Isla.

—Así que pretendes engordarnos con estos pasteles tan deliciosos —comentó mientras observaba el contenido de la caja antes de guardarla en el frigorífico.

—Sí, y además Isla se pondrá muy contenta.

—Ella la que más. Le gusta demasiado el dulce.

—Ya está planeando la sesión de pelis y palomitas para el fin de semana —respondí sonriendo—. No he comprado porque sabía que todavía quedaban algunas bolsas en la despensa.

—Eso nunca puede faltar. Por cierto, se me olvidó pedirte que compraras harina. No sé cómo se me ha podido pasar porque siempre procuro tener de sobra en la despensa, pero esta vez calculé mal la compra del mes.

—Voy un momento. Todavía no me he cambiado.

—¿No te importa?

—Claro que no —respondí con una sonrisa—. ¿Hace falta alguna cosa más?

—Déjame mirar la verdura.

Se acercó a la cesta y repasó lo que quedaba.

—Sí. Trae también cinco kilos de las patatas que solemos comprar en la frutería de Duncan y un manojo de zanahorias. Nos vendrán bien.

—Listo. Si recuerdas cualquier otra cosa, mándame un mensaje.

—Está bien.

Fui en coche para no regresar cargada y porque aquella frutería quedaba algo más apartada, en la parte exterior de la ciudad.

Duncan, el frutero, me dio a probar unos dátiles de importación que le habían llegado esa misma mañana. Estaban riquísimos, así que le pedí una cajita pensando en comerlos con nueces o en alguno de los platos de Fiona, que seguro que sabría sacarles buen partido.

Justo al lado compré la harina y, antes de regresar, pasé por una tienda de golosinas para comprarle a Isla una bolsita variada. Sabía que se pondría de lo más contenta.

—Estos dátiles parecen caramelos —comentó Fiona después de meterse uno en la boca.

—Sí, por eso mismo los cogí en cuanto Duncan me dio uno a probar.

—Pues mira, tengo una buena pieza de ternera. Puedo trocearla y preparar una parte con los dátiles.

—Sabía que les sacarías buen provecho —respondí sonriendo.

—Glen acaba de salir a hacer unas gestiones y después recogerá a su hija.

—Perfecto. Voy a cambiarme y a hacer las habitaciones. En un rato bajo para ayudarte.

—Tranquila, lo tengo todo controlado —me dijo mientras me acariciaba la espalda.

Subí a mi habitación y, después de ponerme el uniforme, me recogí el pelo en una coleta. Mientras lo hacía, sonreí al recordar la cita que tenía al día siguiente con Liam.

Me parecía un plan perfecto. Mi vida durante aquellos meses no había ido mucho más allá de la casa y de las salidas con Isla, con quien me divertía muchísimo, pero también empezaba a apetecerme recuperar un poco de vida social y hacer algo que fuera solo para mí.