El ogro de las Highlands Capítulo 3
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Capítulo 3

Los truenos resonaban con fuerza por toda la casa mientras septiembre comenzaba de una forma bastante inestable en cuanto a lluvias. El día anterior ya se podía presagiar algo así, sobre todo después de que nos cayese aquella tormenta encima mientras merendábamos.

El plan del parque iba a tener que esperar para otro momento.

Eran apenas las siete de la mañana y mi cuerpo me pedía un café de forma urgente.

Me lavé la cara antes de cambiarme de ropa y elegí unos leggins, unas deportivas y una camiseta de manga larga.

Como aquel día no trabajaba, no tenía que ponerme el uniforme, aunque eso no significaba que no fuera a ayudar a Fiona en la cocina si lo necesitaba.

No me suponía ningún esfuerzo y, además, me gustaba echarle una mano.

Fiona era de las que trabajaban de lunes a domingo por decisión propia. Siempre decía que no tenía nada mejor que hacer, aunque, cuando le apetecía, se cogía tres o cuatro días libres y se marchaba a Glasgow para estar con su hermana.

Bajaba por las escaleras cuando me crucé con Glen en el pasillo.

—Buenos días, señor. ¿Le preparo un café y el desayuno?

—Buenos días. Sí, gracias —respondió acompañándolo de su habitual media sonrisa.

—¿Se lo tomará en el comedor?

—Prefiero hacerlo en el despacho, aprovechando que la niña sigue durmiendo.

—Vale, en un momento se lo llevo.

—Si puede ser, hoy prefiero unos huevos revueltos con tostadas.

—Claro —respondí con una sonrisa.

Incliné ligeramente la cabeza a modo de asentimiento y me dirigí hacia la cocina, donde preparé el café y los huevos revueltos.

Todavía podía percibir el perfume que desprendía el señor Glen y que era muy característico de él. Se le veía buena persona, además de prudente y bastante reservado. A pesar de mantener siempre cierta distancia, nunca perdía aquella media sonrisa ni la amabilidad con la que se dirigía a nosotras.

La conversación que Isla había escuchado el día anterior continuaba rondándome la cabeza.

Por lo que la pequeña me había contado, daba la impresión de que Glen se había enamorado de alguien y no lo estaba pasando demasiado bien.

Sin embargo, según Fiona, aquel hombre todavía arrastraba el dolor por la pérdida de su mujer, y eso era precisamente lo que me tenía algo confundida.

Aunque, pensándolo bien, cualquiera sabía qué había escuchado realmente Isla o en qué contexto se habían dicho aquellas palabras. Al final, era un asunto de Glen y de nadie más.

Coloqué todo sobre una bandeja y me dirigí a su despacho.

—¿Se puede? —pregunté mientras asomaba la cabeza por la puerta entreabierta.

—Claro, adelante.

Dejé el desayuno sobre la mesa del despacho, frente a él.

—Si necesita cualquier cosa o quiere otro café, hágamelo saber. Estaré en la cocina.

—Gracias. ¿Te ocuparás esta mañana de Isla?

—Sí, claro. Habíamos quedado en jugar porque ayer no pudo ir al parque y hoy tiene pinta de que tampoco podremos salir ni al jardín —respondí sonriendo.

—Te lo agradezco. Tengo que dejar preparada una documentación para entregarla mañana y me será imposible dedicarle demasiado tiempo.

—No se preocupe, me encargo yo. Además, quería hacer unos deberes y me pondré a su lado por si necesita ayuda.

—Gracias, Kenna. Ya sabes que, si algún día necesitas un rato libre aunque te toque trabajar, solo tienes que pedírmelo.

—No hay nada que compensar —respondí con una sonrisa—. Cuando se levante, desayunaré con ella en la cocina.

—Perfecto.

—Ahora sí, me retiro.

Volví a sonreír y él respondió con aquella media sonrisa tan suya.

Me preparé un café y salí al pequeño porche al que se accedía desde la cocina para tomármelo mientras fumaba un cigarrillo.

Era un vicio del que no conseguía desprenderme.

Fiona y el señor Glen también fumaban, aunque ninguno lo hacía dentro de la casa.

Él, de hecho, tenía desde su despacho un acceso directo al porche lateral.

—Buenos días, Kenna.

—Buenos días, Fiona.

Apareció con una taza del café que yo había dejado recién hecho y se sentó a mi lado.

—¿Qué tal?

—Bien. Ya he visto que le has llevado el desayuno a Glen.

—Sí —respondí sonriendo, porque unos días se refería a él como «el señor» y otros directamente por su nombre.

—La pequeña sigue durmiendo como un angelito. He pasado por su habitación antes.

—Esperaré a que se levante para desayunar con ella.

—Yo también. Anoche preparé masa para hacer churros. Los probó estas Navidades en un mercado de Inverness y, desde entonces, no deja de decir que le encantaría volver a comerlos. Como son típicos de España, busqué por internet cómo se hacían.

—Yo nunca los he probado.

—Están muy buenos. La masa se fríe y luego puedes echarles azúcar por encima o mojarlos en chocolate. Veremos qué tal me han salido —comentó sonriendo—. Esperaré impaciente vuestro veredicto.

—Yo puedo preparar el chocolate y así los probamos de las dos formas.

—Sí, esa era precisamente mi idea: poner ambas opciones.

Me quedé observando cómo caía la lluvia a cántaros. Me encantaba la sensación que producían aquellos días en los que parecía que el mundo se detenía para dar paso a un espectáculo propio de la naturaleza. En cierto modo, me relajaba.

Estaba claro que para la pequeña era una faena porque no podría ni salir a jugar al jardín, aunque también disfrutaba quedándose todo el día en pijama o viendo una película mientras comía palomitas. Pensándolo bien, aquello también podía convertirse en otro plan para más tarde.

—¿Qué tienes pensado para el almuerzo? Si quieres, podemos preparar algo mientras la niña sigue durmiendo y así lo dejamos adelantado.

—Voy a hacer la sopa de pescado que te comenté ayer y ya tengo preparados los haggis .

—Es verdad, se me había olvidado —respondí con una sonrisa—. Si quieres, voy cortando ahora la verdura mientras tú fríes los churros.

—Sí, pero antes nos tomamos otro café, que me da a mí que la niña todavía tiene para rato.

Puso los ojos en blanco y se levantó mientras cogía también mi taza.

—Voy a servirlos. Guárdame el sitio —bromeó.

Fiona rondaba los cincuenta años y era una de esas mujeres que parecían no necesitar demasiado del mundo exterior.

Vivía para trabajar y se encontraba perfectamente bien entre aquellas cuatro paredes, como ella misma decía.

Con ir de vez en cuando a Glasgow para visitar a su hermana tenía más que suficiente y, para ella, esos días eran casi unas vacaciones.

Era una mujer atractiva y siempre cuidaba bastante su aspecto. Le gustaba maquillarse de forma muy sutil y solía llevar un poco de rubor en las mejillas, las pestañas marcadas y los labios con un ligero brillo. Decía que la presencia lo era todo.

En cuanto al amor, apenas hablaba del tema y daba la impresión de que su vida no estaba enfocada a compartirla con ningún hombre.

Yo solo llevaba un mes en la casa y no me gustaba hacer preguntas personales.

Me limitaba a participar en aquellas conversaciones en las que ella misma sacaba asuntos relacionados con su vida, aunque siempre me quedaba la sensación de que existía una parte de Fiona que mantenía cerrada a cal y canto.

Había algo en ella que no terminaba de dejar ver y, al menos a mí, me despertaba cierta curiosidad.

—Buenos días. —Escuchamos la voz de la pequeña a nuestras espaldas.

—Hombre, la reina de las reinas —dijo Fiona.

—Buenos días, bombón —la saludé con una sonrisa.

—Te tengo una sorpresa —anunció Fiona mientras carraspeaba y la miraba.

—¿Qué es? —preguntó enseguida, nerviosa por saberlo.

—Hoy vamos a desayunar churros.

—¡Bien! —exclamó levantando las manos mientras su cara se transformaba en pura felicidad.

Se sentó a la mesa de la cocina y le puse delante un vaso de leche calentita. Mientras Fiona se ocupaba de freír los churros y yo calentaba el chocolate, aproveché para ir cortando la verdura de la sopa de pescado.

—Esto tiene muy buena pinta —dijo Isla cuando Fiona dejó sobre la mesa el plato de churros, un cuenco con azúcar y tres tazas de chocolate.

—Ahora con cuidado, que quema —le advirtió mientras preparaba un pequeño plato para llevarle unos cuantos a Glen.

En cuanto Fiona salió de la cocina, Isla se inclinó ligeramente hacia mí.

—Fiona está enamorada de mi padre —susurró, llevándose una mano a un lado de la boca.

—¿De dónde has sacado eso? —pregunté, negando con la cabeza, incrédula y nada convencida.

—Se pinta los labios solo los días que está papá. Cuando él se iba a Edimburgo y no volvía en dos días, ella no se los pintaba. Este verano papá estuvo cuatro días fuera —levantó cuatro dedos para reforzar su teoría— y Fiona no se maquilló.

Me eché a reír, aunque por dentro no podía evitar quedarme algo sorprendida de que una niña tan pequeña se fijara en ese tipo de detalles.

¿Sería verdad que Fiona dejaba de maquillarse cuando Glen no estaba? También podía tratarse simplemente de que, al quedarse en casa con menos gente alrededor, no sintiera la necesidad de arreglarse tanto. No tenía ni idea, pero Isla cada vez me sorprendía más con sus deducciones.

Por mi parte, siempre había tenido la impresión de que Fiona veía a Glen casi como a un hijo, aunque solo se llevasen catorce años.

Ella era mayor y jamás había visto entre ambos un gesto que me hiciera pensar en otra cosa.

De todas formas, la imaginación de los niños no tenía límites y la de Isla parecía especialmente activa.

Decidí cortar la conversación sin darle más importancia, sobre todo porque Fiona podía regresar a la cocina en cualquier momento.

—A tu padre se le han puesto los ojos como platos —comentó ella nada más entrar—. Creo que va a disfrutar de los churros incluso más que tú.

—A mí me gustan mucho con azúcar, pero también con chocolate —respondió la pequeña mientras mojaba uno en la taza—. Me estaba comentando Kenna que vamos a comer sopa de pescado. ¡Qué rica!

Sonreí, alucinada, porque yo no le había dicho absolutamente nada. Simplemente lo había deducido al ver el pescado sobre la tabla junto a toda la verdura cortada.

—Sí, te pasa como a tu padre. Os encantan las sopas y los cocidos.

—Todo. A mí me gusta todo —respondió mientras se acariciaba la barriguita.