Capítulo 2
La pequeña agarró mi mano y comenzamos a caminar hacia la avenida, a la que llegamos enseguida.
—¿Qué te pasa a ti? —le pregunté riendo al ver por sus gestos que se estaba guardando algo.
—Tengo un secreto así de grande como mi casa —contestó antes de echarse a reír.
—¿Ah, sí?
—¿Lo quieres saber?
—Si me lo cuentas, ya no será un secreto.
—Sí, porque será un secreto solo de nosotras dos.
Su risita parecía la de una mujer mayor metida en un cuerpo pequeñito. Me encantaba cuando buscaba mi complicidad, no solo con sus palabras, sino también con aquella mirada traviesa que ponía cuando estaba a punto de contarme algo.
—Venga, aunque no sé si estoy preparada para semejante secreto —solté el aire, metiéndome en el papel.
—Mi padre tiene una novia —soltó, acompañándolo de una carcajada.
—¿Sí? —Arqueé una ceja porque, por lo que yo sabía, aquel hombre salía bastante poco de casa más allá de los asuntos relacionados con su trabajo, que solían consistir en ir al banco o a la asesoría.
—Sí, porque dicen que los que se pelean se quieren y lo escuché hablando con una mujer. Le decía que ella no tenía sentimientos y que era muy cruel con él, porque nunca se ponía en su lugar y siempre miraba por sí misma, convirtiéndolo todo en puro egoísmo.
—Pero quizá se trate de algo relacionado con el trabajo o de una amistad. No tiene por qué ser una pareja.
—No, porque él le dijo que siempre se había aprovechado del amor que sentía por ella para conseguir lo que quería.
—Vaya… Eso sí que suena fuerte.
Por lo que me estaba contando, aquella conversación me sonaba más a una ruptura que a una relación actual. Quizá Glen hubiera estado con alguien durante ese tiempo y las cosas hubiesen terminado mal.
—Pues yo creo que es su novia. Ya son tres veces las que lo he escuchado hablar así con ella, aunque prefiero no conocerla porque tiene que ser una mujer muy estresante.
—Bueno, no creo que eso vaya a afectarnos a la hora de comernos los crepes —bromeé mientras la cogía en brazos y le hacía cosquillas.
Isla estalló en carcajadas.
Para tener solo seis años, era una niña muy inteligente. No solo hablaba con muchísima fluidez, sino que ya sabía leer porque su padre había sido muy constante con ella y había procurado inculcarle el gusto por la lectura desde bien pequeña. Al menos, eso era lo que me había contado Fiona.
—Hombre, la hija favorita del señor Glen —dijo un joven que parecía conocerla bastante bien, porque Isla sonrió nada más verlo y comenzó a saludarlo moviendo la mano.
—Soy su única hija, Liam —respondió ella, llamándolo por su nombre.
—Ah, es verdad. Se me olvidaba.
—Hola, yo soy Kenna —me presenté, tendiéndole la mano al ver que hablaba con la pequeña mientras me dedicaba una sonrisa.
—Sí, su padre me comentó que venía una chica nueva para incorporarse al servicio de la casa. Lo que se le pasó por alto fue decirme lo guapa que eras.
Carraspeé mientras notaba cómo me subía el calor a las mejillas. Isla nos observaba a los dos con una sonrisa divertida, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Gracias —contesté, algo ruborizada.
—Vamos a comer crepes con Nutella —anunció la pequeña.
—Tienes mucha suerte tú —le revolvió el pelo con cariño.
—Es mi mejor amiga —dijo señalándome.
—Eso ya es todo un privilegio. A mí también me encantaría ser su mejor amigo —bromeó arqueando una ceja y consiguiendo que las dos nos riésemos.
—¿Te vienes a comer un crepe con nosotras?
—¡Me acaba de tocar la lotería! —Abrió mucho los ojos—. Ni en mis mejores sueños habría imaginado que podría ir a comer crepes con dos mujeres tan guapas, aunque no sé si tu mejor amiga Kenna apoyará la idea.
—Claro, no hay ningún problema —respondí con un gesto de la mano para invitarlo a acompañarnos.
—Él es muy amigo de papá —me aclaró Isla—. Viene mucho a casa, pero desde que tú estás no había aparecido.
—He estado en Londres por motivos de trabajo, pero dentro de poco me tendrás de visita por allí otra vez.
—Vale —respondió ella, dando pequeños saltitos sin soltar mi mano—. Pero yo quiero que a mi crepe le pongan trocitos de almendra.
—Pues creo que voy a pedir el mío igual que el tuyo, porque tiene que ser el mejor —le respondió Liam con un tono infantil que hizo sonreír a la pequeña.
—Y ella también —añadió señalándome.
—Chica lista, tu mejor amiga.
—Luego iremos al parque, pero tú también puedes venir.
—Ese es un plan perfecto. Ya me veo montándome en los columpios —comentó, provocándonos otra ronda de risas.
—¿Tú te montarías en los columpios, Liam?
—No soy tan valiente como tú, pero si para ir con vosotras tengo que hacerlo, me arriesgaré —respondió en tono de broma, buscando claramente picarla.
—Kenna se montó conmigo el fin de semana pasado y hasta la empujé, ¿verdad?
—Sí —contesté sonriendo.
—Bueno, teniendo en cuenta que ella debe de pesar menos de sesenta kilos y que medirá un metro sesenta y dos más o menos, lo veo factible. Lo difícil será mover este metro ochenta y mis ochenta y cuatro kilos —dijo señalándose a sí mismo.
—Entre las dos podemos, ¿a que sí, Kenna? —preguntó Isla mientras tiraba suavemente de mi mano.
—Claro que sí. Somos dos mujeres fuertes —respondí mientras flexionaba el otro brazo para marcar músculo.
La pequeña me imitó al instante.
—Eso tendré que verlo con mis propios ojos.
Entramos en la pastelería justo cuando el cielo comenzó a cubrirse de gris y amenazaba con ponerse a llover en cualquier momento.
Algo me decía que nuestro plan de ir al parque iba a acabar yéndose al traste.
Liam comentó precisamente lo mismo y la pequeña hizo un gesto de resignación que nos arrancó una sonrisa.
—Si llueve y no podemos ir, mañana lo intentamos por la mañana —le sugerí.
—Vale. Promesa de mejores amigas. —Cerró el puño y lo acercó al mío.
—Promesa de mejores amigas —repetí mientras chocaba suavemente mi puño con el suyo.
—Pero tú tienes un columpio en casa —le recordó Liam.
—Pero no es lo mismo que ir al parque con mi amiga —respondió poniendo los ojos en blanco.
—También es verdad. —Concedió él con un ligero movimiento de cabeza.
Se acercó a nuestra mesa una camarera de lo más simpática y nos tomó nota de los crepes, un par de cafés y un batido de chocolate para la pequeña, a la que parecía conocer porque no dejaba de sonreírle.
Liam era guapísimo, de esos hombres que conseguían resultar elegantes y desenfadados al mismo tiempo.
Llevaba el pelo algo alborotado, con vetas rubias que combinaban a la perfección con sus ojos verdes, aunque, por encima de su físico, lo que más destacaba era su simpatía.
Se notaba enseguida que era atento, educado y muy divertido.
—Kenna es de Escocia —anunció Isla.
—Eso lo daba por hecho.
—Quería decir que no es de las Highlands —rectificó entre risas—. Es de Edimburgo.
—¿Y qué más me cuentas de ella? —preguntó Liam mientras me miraba de reojo.
—Es muy buena y siempre está pendiente de mí, ¿a que sí?
—Claro. Ya sabes que me encanta cuidarte —respondí antes de acercarme a su mejilla para darle un beso.
—A mí no me da besitos —protestó Liam, consiguiendo que nos riésemos.
—Porque no eres su mejor amigo. Pero quizá algún día seas un poquito amigo y te dé un besito de cariño como a mí.
—Ojalá —respondió mientras cruzaba los dedos y apretaba los dientes.
—Bueno, eso tendría que trabajárselo bastante —dije asintiendo con la cabeza.
—Me lo pone difícil. No soy tan adorable como tú. —Se encogió de hombros mientras se dirigía a la pequeña.
Nos trajeron los crepes e Isla se frotó las manos mientras se pasaba la lengua por los labios, deseosa de hincarle el diente al suyo.
Se lo corté lo mejor que pude para que pudiera comerlo con facilidad y, antes de que empezara, le coloqué una servilleta alrededor del cuello de la camiseta para intentar salvarla del chocolate.
—Esto está demasiado bueno —dijo poco después, con media cara ya manchada.
—Sí que lo está —respondí sonriendo mientras la observaba.
—Por vuestra culpa voy a engordar cinco kilos. Yo iba tan tranquilo camino de mi casa…
—Creo que es un poquito exagerado —le dije a Isla en referencia a él.
—Pero solo un poquito —contestó haciendo el gesto con los dedos.
No tardó demasiado en empezar a llover a cántaros. Era una de esas cosas tan propias de Escocia: en cuestión de minutos podía pasar de lucir el sol a empezar a llover y cubrirse todo de gris. Por algo se decía que allí podíamos vivir las cuatro estaciones del año en un solo día.
—Pues me temo que no habrá columpios —murmuró Isla mirando a través de los cristales mientras continuaba disfrutando de su crepe.
—No pasa nada, cariño. Mañana lo intentamos. De todas formas, hoy podemos jugar a algo en casa.
—Vale —respondió, de nuevo bastante más animada.
Después de pasar un buen rato en la pastelería, aprovechamos que el tiempo nos dio una pequeña tregua para regresar. Liam nos acompañó hasta la casa y, una vez allí, aprovechó para saludar a Glen, con quien acabó quedándose en el porche cubierto mientras tomaban un whisky .
Como Liam nos había invitado a la merienda, Isla anunció que se llevaría el billete que le había dado su padre para guardarlo en la hucha. Glen se limitó a sonreír y asintió con la cabeza.
Llevé a la pequeña a ducharse y después la ayudé a ponerse el pijama. Más tarde hice yo lo mismo mientras ella me esperaba sentada en la cama, entretenida leyendo un cuento.
Antes de bajar a cenar todavía teníamos un rato, así que íbamos a aprovecharlo para colorear juntas.