El ogro de las Highlands
© inepub.com
Capítulo 1
Observaba desde la ventana a la pequeña Isla, que jugueteaba en el columpio de madera que le habían hecho en el jardín. Se reía ella sola mientras se balanceaba y cantaba una canción que había aprendido durante sus primeros días de clase.
Bendita inocencia, esa que se veía reflejada en cada uno de sus gestos.
A sus seis años había comenzado el segundo curso de educación primaria obligatoria en Escocia y estaba de lo más contenta. Llevaba una semana asistiendo a clase y cada día regresaba a casa contando un montón de anécdotas.
Si de algo estaba segura era de que, para ella, me había convertido en esa persona con la que podía soltar todas sus inquietudes y emociones.
Estaba terminando de recoger su habitación, la última que me faltaba antes de dirigirme a la cocina para ayudar a Fiona, que llevaba muchos años trabajando como interna en la casa.
En mi caso, me había incorporado tan solo un mes atrás. Decir que adaptarme había sido fácil sería lo correcto, aunque una parte de mí se quedó truncada cuando tuve que tomar la decisión de dejar mi vida en Edimburgo y venirme a las Highlands.
A mis veinticinco años me vi envuelta en una situación que jamás habría esperado. Duncan, mi padre, falleció de manera inesperada y mi hermano Fergus, que vivía de manera independiente con su mujer, me pidió que vendiésemos la casa familiar para repartirnos la herencia.
Ni siquiera pensó en darme algo de tiempo hasta que consiguiera establecerme en otro lugar. Jamás imaginé que su egoísmo pudiera llevarlo a actuar de aquella manera.
Con todo el dolor de mi alma accedí a la venta para evitar un conflicto familiar. Era lo que menos deseaba en aquel momento, sobre todo porque ya me sentía bastante sola y sin ningún tipo de apoyo.
Hasta entonces me había dedicado a cuidar de mi padre. De salud estaba bien, pero, debido a un accidente de tráfico que sufrió cuando yo tenía dieciocho años, terminó en una silla de ruedas y necesitaba ayuda para muchas cosas.
Eso era precisamente lo que más me dolía. Mientras yo no había tenido la oportunidad de trabajar ni de estudiar para poder cuidarlo, en parte por petición de mi propio hermano, ahora Fergus me trataba de aquella manera y parecía haber olvidado todo lo que yo había sacrificado durante esos años.
Mientras vivía con mi padre, estaba bien porque él me mantenía con su buena pensión y jamás me prohibió salir con mis amigas ni hacer mi vida dentro de lo posible. Estaba cómoda, sí, pero siempre había añorado poder trabajar, valerme por mí misma y construir mi propio futuro.
Con su partida me vi en la obligación de buscar un trabajo como interna hasta poder conseguir una vivienda y un empleo que me permitieran independizarme.
Me inscribí en una empresa de colocación en Edimburgo y, poco después, me propusieron la posibilidad de venirme a las Highlands para trabajar para el señor Glen y quedarme una temporada como interna. Viendo que era la opción más rápida y factible, acepté.
En principio tenía un contrato de un año, tiempo suficiente para pensar con calma y planificar mi futuro, además de reunir algo de dinero que pudiera sumar a los ahorros procedentes de mi parte de la herencia y que me aliviaría bastante de cara a empezar de nuevo.
Glen era viudo a sus treinta y seis años.
La madre de Isla había muerto a causa de una dura enfermedad cuando la pequeña apenas tenía un año.
Aquello dejó al señor Glen sumido en una situación bastante dolorosa y todavía podía percibirse en su carácter reservado, distante y un tanto frío, aunque siempre se dirigía a los demás con una media sonrisa que nunca le faltaba.
Según me había contado Fiona, jamás había superado la muerte de su mujer, algo más que comprensible.
La casa era grande y contaba con un jardín delantero y otro trasero que se comunicaban por ambos lados de la vivienda, de manera que esta quedaba situada justo en medio.
Se trataba de una construcción histórica de piedra local, antigua, pero perfectamente conservada.
Daba la sensación de ser una especie de castillo sin llegar realmente a serlo y estaba situada en las afueras de la ciudad, aunque se podía llegar hasta la avenida principal en apenas tres minutos andando.
En aquel lugar parecía que todo se hubiera quedado detenido en el tiempo, porque se respiraba un ambiente muy tradicional. El señor Glen vestía elegante incluso para estar en casa; el servicio utilizábamos uniforme y todo seguía una estructura demasiado marcada para lo que yo estaba acostumbrada.
Trabajábamos cuatro personas. Fiona se encargaba de la cocina y de limpiar los baños; Callum era la mano derecha de Glen; Lachlan llevaba el mantenimiento de los jardines y de los exteriores; y yo me ocupaba de limpiar las habitaciones, el salón y el despacho del señor Glen, además de ayudar en la cocina.
Las únicas que trabajábamos como internas éramos Fiona y yo.
Limpiaba el suelo y quitaba el polvo dos veces por semana.
Esos dos días no ayudaba a Fiona en la cocina porque aquellas tareas me llevaban bastante más tiempo, pero, por norma general, procuraba mantenerlo todo recogido y organizado.
Gracias a eso, el trabajo no se convertía en una gran paliza, ya que tenía mis labores bastante bien estructuradas.
En la casa se cenaba a las seis de la tarde y, después, podía salir a la ciudad si necesitaba comprar algo o simplemente quería despejarme durante un rato. Los sábados ocurría algo parecido: después del almuerzo quedaba libre hasta el lunes y podía entrar y salir sin necesidad de dar explicaciones.
En más de una ocasión aprovechaba el fin de semana para llevarme a Isla a la ciudad y comer juntas después de jugar en un parque al que le encantaba ir. Tenía muchísima complicidad conmigo y, prácticamente desde el primer minuto, me había dicho que me había convertido en su amiga favorita.
Para mí también suponía un gran apoyo a pesar de su corta edad, porque conseguía mantenerme distraída y me sacaba una sonrisa tras otra. Entre nosotras se había creado un vínculo muy bonito en apenas unas semanas.
Precisamente aquel día, después de almorzar, había quedado en ir con ella a la ciudad para merendar en nuestro sitio favorito, donde nos comeríamos unos crepes con Nutella y unas almendras picadas por encima.
Bajé a la cocina y me encontré a Fiona resoplando. Era algo bastante habitual en ella porque, en algunas ocasiones, daba la impresión de que vivía enfadada con el mundo. No era una mala mujer, ni mucho menos, pero había que tener bastante paciencia cuando entraba en aquel estado.
—¿Todo bien? —pregunté al entrar.
—Todo bien feo.
—¿Qué te pasa?
—Mi hermano, que ahora resulta que, diez años después de la muerte de nuestra madre, quiere hacer una especie de memorial por el aniversario en el que estemos toda la familia.
—Vaya.
—¿Se puede tener peor cabeza? Ni siquiera fue una sola vez a llevarle flores y vive ausente, como si los demás fuésemos unos apestados. ¿A qué viene ahora querer hacer esto?
»Bueno, en realidad sí lo sé. Solo quiere protagonismo y quedar como el hijo que todavía está viviendo un duelo que nunca tuvo de verdad.
Puso los ojos en blanco y cogió aire antes de soltarlo lentamente.
—Intenta que no te afecte.
—No pienso ir. No voy a entrar en un juego del que nunca me hizo partícipe. Es que no sabes lo que es tener un hermano así.
—Te recuerdo que el mío tampoco miró por mí y prácticamente me echó de la casa de mi padre, al que cuidé durante años sacrificando mi futuro y una buena parte de mi vida.
—Tienes razón. Estaba tan inmersa en mi propio problema que se me había olvidado que tenemos algo en común: las dos contamos con un hermano bastante egoísta.
—Huele muy bien —comenté, intentando cambiar de tema.
—Es el cocido preferido de Isla. Lleva varios días pidiéndomelo. Y, hablando de ella…
—¡Hola, mis amigas! —exclamó la pequeña al entrar en la cocina con una enorme sonrisa.
—Hola, preciosa —le contesté mientras le acariciaba el cabello.
—El almuerzo está casi listo. En un ratito estás comiendo —le explicó Fiona.
—Y luego me voy con Kenna —anunció señalándome— a comer crepes y a jugar en el parque.
—Tienes demasiada suerte, reina —le dijo Fiona.
—Sí —respondió mientras me miraba, y yo le devolví la sonrisa—. Voy a buscar a mi padre, que seguro que se ha quedado dormido en su despacho.
La pequeña soltó una risita antes de salir correteando por el pasillo en busca de su padre.
—Glen parece que juega al escondite —comentó Fiona con ironía mientras apagaba el fuego.
Me dirigí al salón comedor para preparar la mesa donde comían la niña y su padre. Nosotras lo hacíamos en la cocina una vez que dejábamos todo listo para ellos.
—Kenna, mi padre me ha dado un billete para ti para que paguemos las chuches y la merienda —dijo Isla cuando regresó, estirando la mano hacia mí.
—No hacía falta, cariño. Ya sabes que yo te compro lo que quieras —respondí con una sonrisa.
—Cógelo, por favor —intervino Glen al aparecer por el salón.
—Bueno, está bien, pero de verdad que no hacía falta —repetí mientras aceptaba el dinero.
—Sí, Kenna. Una vez pagas tú y otra mi papá —dijo Isla, llevándose una mano a la boca para contener la sonrisita.
Glen sonrió levemente de lado y se dirigió hacia la mesa que estaba terminando de preparar para que comieran. La pequeña tomó asiento junto a él y no dejó de mirarme ni un segundo, todavía con aquella dulce sonrisa en los labios.
Se le hizo la boca agua en cuanto le puse el plato delante.
—Comes y nos vamos, Kenna —dijo impaciente.
—Vale —respondí sonriendo antes de retirarme para dejarlos almorzar tranquilos.
Cuando regresé a la cocina, la mesa ya estaba puesta. Fiona se había encargado de prepararla mientras yo atendía el comedor.
El cocido estaba riquísimo, aunque no podía esperar otra cosa de ella, porque tenía una mano en la cocina que era una auténtica maravilla.
—Para mañana haré haggis bon bons y les prepararé una salsa de whisky —comentó mientras comíamos.
Se refería a unas bolitas de haggis fritas, con una costra muy crujiente por fuera y un interior tierno.
—Las acompañaremos con una sopa de pescado.
—Perfecto, me parece un gran menú —respondí con una sonrisa.
A pesar de que tenía los domingos libres, si no salía a ningún sitio solía comer con ella. Incluso Isla, muchas veces, se venía a almorzar con nosotras a la cocina y se quedaba allí hablando hasta que terminábamos.
Cuando escuché que se levantaban del comedor, fui a recoger la mesa mientras Isla me seguía de un lado a otro, impaciente porque nos marcháramos. Antes tenía que cambiarme de ropa, aunque apenas tardaría un par de minutos.