Capítulo 8 #7
Antes de que el primer perno pudiera partir el aire, el eco de un disparo de precisión retumbó desde los portales.
Barri. Desde su posición de cobertura, neutralizó a los tiradores con la frialdad de un cirujano.
Los cuerpos de los Tumal cayeron al vacío como muñecos de trapo antes de que pudieran apretar sus gatillos.
—Agur, cabrones — Rugio Barri mientras corria.
Entonces, las entrañas de la Torre de Obsidiana rugieron.
Barri detonó las cargas en los pisos inferiores.
Una serie de explosiones sordas hicieron que la base de la mole de basalto se estremeciera.
El portal sesenta y tres se convirtió en una fragua de escombros y fuego, colapsando las vías de salida de la estirpe y enterrandolos bajo toneladas de piedra.
Tocamos suelo justo cuando la onda expansiva barría la calle. Subí a Len a la montura en un solo movimiento y salté tras él, agarrando las riendas con una mano mientras con la otra sujetaba a mi hijo. Cuashpo corría a nuestro flanco, convertida en una sombra veloz que abría camino entre la nieve.
—¡Sujétate fuerte, hijo! —le grité. —No te suelto, papá —respondió él, y por primera vez en setecientos veintisiete dias, sentí que su corazón latía al ritmo de la vida y no del reloj de los Tumal.
Detrás de nosotros, la torre gemía, herida de muerte. Ur ya estaba listo para reclamar la ría.
Cabalgamos al límite, rodeando la Catedral.
Los cascos del caballo arrancaban chispas al empedrado, un ritmo frenético que competía con el estallido de los cristales de la torre a nuestras espaldas.
El calor del incendio era tan intenso que la obsidiana derretida de la fachada empezaba a fluir como lava negra, reflejando el rostro de la Madre, una máscara de odio puro que se desvanecía entre el humo.
—¡Sígueme! —gritó Barri, espoleando su montura.
Su silueta se recortaba contra el resplandor naranja de una ciudad que había decidido despertar.
Cabalgamos frenéticamente, sorteando escombros y sombras.
Sobre nuestras cabezas, quince gaviotas —los mensajeros de Ur— aparecieron de la nada, sobrevolándonos en formación de cuña, marcando la ruta segura hacia el agua.
—¡No mires atrás! —bramó Barri cuando sintió el silbido del aire rasgándose.
Una lluvia de flechas descendía desde los tejados, proyectiles de los Tumal que buscaban detener nuestra huida. Bilbao retumbaba; cada detonación en la base de la torre era un latido de justicia que hacía temblar la catedral.
Las gaviotas desplegaron sus alas, descendiendo en picado, creando una cortina de plumaje y graznidos que nos servía de escudo.
El olor a pino de Apaneca y a hierro de Artziniega inundaba mis pulmones.
Estábamos cerca. –¡Aguanta fuerte! —le grité a mi hijo, pegándolo más a mi cuerpo mientras enfilábamos el último tramo hacia la libertad.
Faltaban 300 metros para el punto de extracción. El aire en la ribera de la ría era una mezcla de salitre, pólvora y el aliento helado del invierno.
Barri, sin frenar el galope, soltó un silbido de potencia ensordecedora, un código que cortó el estruendo de los incendios.
Fue la orden final. En lo alto, Pitu, convertida en una antorcha de luz ámbar, guiaba nuestro camino, marcando con su estela el punto exacto donde la piedra se encontraba con el agua.
Bajo el arco del puente, Ur esperaba. Con la calma de quien ha nacido entre mareas, metió una mano en el agua gélida de la ría.
Buscaba sentir el pulso de la corriente, conectando su instinto con el flujo del Nervión para calcular el instante exacto del desatraque.
Al sentir la vibración de nuestras monturas, sus dedos se cerraron en un puño sumergido.
—Aquí vienen —masculló Ur, liberando el primer remo.
Desde los tejados, una última salva de flechas de obsidiana rasgó la oscuridad.
Pero las quince gaviotas, en un sacrificio coordinado, se lanzaron en una trayectoria de interceptación suicida.
Sus alas batieron contra el aire, golpeando los proyectiles en pleno vuelo y desviándolos hacia las aguas oscuras.
Una lluvia de plumas y madera astillada cayó sobre nosotros mientras el caballo saltaba el último parapeto de piedra.
Ur escucho pasos. No son los nuestros. El gigante de Artziniega no se inmuto.
A 100 metros del borde, el caos se vuelve traicionero. Barri, en un movimiento que detiene mi corazón, gira sobre su montura y me apunta directamente con su arma. Me aferro a la montura, protegiendo el cuerpo de Len con el mío, esperando la traición... pero Barri dispara.
La flecha sobrevuela mi sien con un siseo gélido, rozando mi oreja para impactar en un barril de combustible que Barri había apostado en el acceso al muelle.
El estallido es colosal. Los explosivos detonan en cadena, derribando una cornisa de piedra que crea un muro de escombros infranqueable entre nosotros y los perseguidores. El fuego ilumina la ría con un resplandor sangriento.
—¡Adelántame! —grita Barri, espoleando su caballo para abrirnos paso entre las llamas.
En un segundo de suspensión, estamos a su lado, tan cerca que puedo ver el sudor mezclado con la pólvora en su rostro curtido. Len lo observa desde mi regazo con una mezcla de asombro y reconocimiento; ve en Barri no a un mercenario, sino al guardián que lo mantuvo con vida en el vacío.
Barri lanza una sonrisa de acero, una mueca de triunfo salvaje.
—¿Cómo va mi cuarto remero? —le grita a Len por encima del estruendo.
Len, recuperando el fuego en su sangre, aprieta la mandíbula con una determinación que no es la de un niño, sino la de un superviviente de Apaneca.
15 metros. El muelle termina. El vacío de la ría nos espera.
—¡Ya vas, chico! —brama Ur desde la nave.
Los "guerreros de madera" — tocan por fin la mano de Ur. El gigante los recibe con un gruñido de satisfacción y se aferra al otro remo, anclando la nave contra la corriente con la fuerza de un titán.
Un metro. Es la distancia hacia la libertad.
—¡SALTA, HIJO! —le grito con toda la potencia de mis pulmones, impulsándolo con mis brazos.
Nos lanzamos al vacío. Nuestros cuerpos trazan un arco desesperado sobre las aguas gélidas de la ría, una trayectoria de carne y voluntad que desafía la gravedad de los Tumal.
El tiempo se detiene en ese instante de suspensión.
El antiguo puente de hierro sobre el río Cadagua, ese testigo mudo de siglos de batallas y secretos, contempla nuestro vuelo como el último acto de una guerra invisible.
El impacto contra la madera de la embarcación es seco y brutal. Ur nos atrapa, amortiguando la caída con su pecho de granito. El agua de la ría salpica nuestras caras, rompiendo el hechizo del vacío.
Miré a Len. Estaba empapado, con el abrigo cubierto de escarcha y sangre ajena, pero vivo.
El brillo en sus ojos era ahora puro, un fuego que ninguna dosis de obsidiana podría volver a apagar. La "Verdad Cálida" había ganado.
—Lo tenemos —sentenció Ur, hundiendo los remos en el agua con una potencia que hizo que la nave cortara la niebla como un cuchillo—. Estamos de camino al cafetalon.
A popa, la Torre de Obsidiana se hundía en sus propios cimientos, una pira de basalto que iluminaba nuestro rastro hacia el mar abierto.
Los cuatro remeraron con la fuerza del alma en dirección al puerto de Santurtzi.