Capítulo 9
Artziniega, País Vasco
La puerta del ático sonó en dos ocasiones, un código familiar, seco y firme, que me devolvió a la realidad del presente… Mis dos nietos sollozaban.
—Irina, Unai, Papá... la cena está servida —se escuchó la voz de un padre a punto de celebrar la nochebuena… Era Len a través de la madera.
Irina y Unai permanecían inmóviles en mi regazo, como dos pajarillos buscando refugio antes de la tormenta.
El ático estaba envuelto en la bruma de una verdad cálida pero pesada, y por un instante, el tiempo pareció detenerse en aquel rincón de Álava.
Los tres corazones latían al unísono, marcando el compás de una historia que había tardado en ser contada.
El silencio, denso como el humo de la pipa, fue roto por la delicada voz entrecortada de Irina:
—Aitite… ¿quiere decir que nosotros también tenemos ese líquido negro dentro de nuestro corazón?
Sabía que esa pregunta, nacida del miedo a la herencia y al vacío, tendría que ser contestada tarde o temprano.
Con una ternura infinita, acaricié su rostro, recogiendo con el pulgar las lágrimas que brotaban de sus ojos limpios.
Deslicé un mechón de su cabello por detrás de sus pendientes y la obligué a sostener mi mirada.
—Mírame, Irina. Escúchame bien. ¿Recuerdas que el tío Barri siempre habla de los sapiens?
Ella asintió con la cabeza, movida por una urgencia desesperada de obtener una respuesta que la salvara de sí misma. Sus ojos buscaban en los míos una balsa en medio de aquel océano de sombras que era la estirpe de los Tumal.
—Escuchenme bien —continué, bajando la voz hasta que solo fue un susurro que competía con el silbido del viento en las tejas de Artziniega—. Todos, absolutamente todos, llevamos en la sangre la posibilidad de ser plenamente humanos... o de ser simplemente un eco del vacío.
El solo hecho de mencionar la palabra «Tumal» hacía que mi yugular palpitara con una violencia que traté de ocultar. Era un nombre que invocaba sombras.
—Ser un Tumal, o tener su marca, es algo que no podemos modificar por decreto —dije, mirando a Unai a los ojos—. Es parte de nuestra naturaleza desde que los primeros sapiens se dividieron en el Rift. Es una predisposición, un diseño que busca el parasitismo sobre el afecto.
Unai, cuya ansiedad parecía una cuerda tensada a punto de romperse, se inclinó hacia delante. Sus manos apretaban las rodillas con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¿Y cómo podemos saber a cuál de los dos linajes pertenecemos, Aitite? —preguntó, esperando que mi respuesta fuera el bálsamo que apagara el incendio de su incertidumbre.
Le sostuve la mirada durante un largo segundo, dejando que el silencio del ático subrayara la gravedad de lo que estaba por venir.
—Esa pregunta, Unai... esa pregunta se responderá esta noche, en la cena. Porque no se pertenece a un linaje solo por lo que dicta la sangre, sino por cómo se comparte el pan.
—Pero antes de que bajemos a celebrar la Nochebuena —dije, bajando la voz hasta que solo fue un susurro que competía con el silbido del viento —, deben saber algo que el tío Barri y yo hemos descubierto tras años de seguir el rastro de la sombra.
Me miraron con los ojos muy abiertos.
—Los Tumal no son una sola familia; están divididos en múltiples sectas y buscan sin descanso la inoculación de humanos, queriendo poseernos desde adentro.
Pero no estamos solos en esta guerra silenciosa.
A través de los siglos, muchas tribus han custodiado el brillo de la humanidad frente al vacío.
Ellos han creado el legado de los Jinetes de la verdad, una red de almas que luchan sin descanso contra la expansión del veneno Tumal.
Acaricié el rostro de Irina, recogiendo las lágrimas que brotaban de sus ojos.
—Sé que es difícil comprenderlo, pero en estos tiempos oscuros que ya nos abrazan, en este 1936 donde el mundo parece querer romperse de nuevo, les tocará a ustedes tomar el remo. Deberan navegar contra la corriente, tal como su padre. Porque la batalla por el alma humana no termina nunca.
Con una solemnidad casi sagrada, colocamos los pergaminos —aquellos que detallaban la anatomía de la sombra — dentro del cofre de piedra, sellando bajo llave los secretos de Añareta.
Bajamos las escaleras del ático dejando atrás el frío de la sillería y el polvo de los siglos para encontrarnos con la mesa dispuesta.
La celebración de la Nochebuena fue tal como mis ancestros siempre la habían deseado.
Parecía que todos estaban allí, sentados entre nosotros.
Las risas y las historias navegaban libres entre mordiscos de pan caliente y bebidas que reconfortaban el alma.
La pureza de un momento compartido. Se respiraba una verdad cálida, una fragancia de leña y hogar que el veneno de la estirpe nunca pudo extinguir. Se respiraba, familia.