Capítulo 8 #6
La Madre no respondió. Aspiró el aire gélido, buscando el olor del "otro", la traza de resina de Apaneca que sabía que impregnaba la zona. Sus dedos se crisparon sobre la seda de su abrigo.
—Quedense aquí —ordenó con una voz que sonó como el crujido de un glaciar—. Aseguren el perímetro. Si algo se mueve en esta calle, que no llegue vivo al portal.
Hizo una señal al más veterano para que fuera el único en seguirla. El resto de la estirpe se desplegó en formación de abanico, cubriendo los ángulos muertos de la acera y las esquinas oscuras. Eran estatuas de acero esperando una presa.
La Madre empujó la puerta. El chirrido de las bisagras fue el único sonido que rasgó la noche, un lamento metálico que anunció su entrada en las entrañas de la torre.
La luz de Len agonizaba. El proceso de vaciado entraba en su fase crítica.
La respuesta física era devastadora. Mientras su tronco permanecía erguido y congelado, anclado a la silla de basalto por una rigidez cadavérica, sus dedos habían entrado en un frenesí de espasmos.
Ya no eran simples vibraciones; eran sacudidas eléctricas, el último lenguaje de un sistema nervioso que se resistía a ser reescrito por la arquitectura de los Tumal.
La metamorfosis ocular era casi completa.
Sus ojos, antes ventanas a la calidez de Apaneca, absorbían ahora toda la luz circundante, devorándola como agujeros negros.
El iris se había disuelto en un azabache profundo y aceitoso.
Solo un pequeño pigmento blanco, un átomo de luz moribunda, agonizaba todavía en el centro de su pupila, resistiendo el avance de la mancha gélida.
Len contemplaba su propia extinción en el espejo cenital.
El reflejo que le devolvía la mirada ya no era el de un niño, sino el de un recipiente en proceso de sellado.
Cada respiración borraba un recuerdo, una caricia, un nombre.
El espejo no solo reflejaba su imagen; estaba succionando su identidad, preparándolo para ser el heredero de un odio sin reflejos.
El tiempo se agotaba. El vacío estaba a punto de completarse.
Me arrodillé y me quité los guantes, exponiendo la piel al frío cortante para recuperar la sensibilidad. Mis dedos, entumecidos pero firmes, extrajeron el taladro manual de la bolsa.
Cuashpo se apostó a mi lado; su urgencia animal era un motor que me empujaba. Sobre nosotros, Pitu sobrevolaba en círculos cerrados, parpadeando de manera frenética. Su agitación era el único sensor que me advertía de los segundos que se filtraban entre mis dedos.
Pero al intentar encajar la broca, mis manos me traicionaron.
El frío de Bilbao no solo había entumecido mi piel; había convertido mis dedos en garfios de piedra, incapaces de ejercer la presión necesaria para asegurar el metal.
La broca resbaló una y otra vez, tintineando contra el suelo como un eco de mi propia impotencia.
Sentí el pánico subir por mi garganta. El tiempo de Len se agotaba y mis manos, que había domado la tierra de Apaneca, se negaban a obedecer.
—Pitu... —supliqué en un susurro quebrado.
Junté las manos formando un cuenco, creando un nido de carne temblorosa.
La luciérnaga de fuego comprendió de inmediato.
Se zambulló en el hueco de mis palmas y estalló en un brillo violeta de una intensidad cegadora.
No fue un calor suave; fue una descarga de energía pura, un pulso volcánico que penetró hasta mis huesos.
Sentí cómo la sangre volvía a circular con un latigazo de dolor bendito.
Mis articulaciones se desbloquearon y el calor de Pitu me devolvió el mando de mi propio cuerpo.
Con los dedos aún humeantes por el esfuerzo de la luz, tomé la broca y la ajusté con un giro seco y definitivo. El taladro estaba listo.
Apoyé la punta en el epicentro exacto que Barri me había señalado.
El contacto con el basalto produjo un chirrido agudo que resonó en mis huesos.
Debía perforar quince centímetros. Ni un milímetro más.
Si la broca excedía esa profundidad, estallaría el espejo de la cámara interna y los fragmentos caerían como dagas sobre el cuerpo de Len, ejecutándolo antes de que pudiera tocarlo.
El sudor frío recorría mi espalda bajo el abrigo. La broca devoraba la piedra con lentitud: cinco, ocho, doce... Controlaba la presión con la memoria de mis músculos. Mis ojos estaban clavados en la marca de seguridad del acero. Catorce. Catorce y medio.
Me detuve en seco. Quince centímetros exactos.
El canal de acceso estaba abierto. A través del minúsculo orificio, un rastro de vapor gélido escapó del núcleo, trayendo consigo el aroma metálico y rancio del líquido negro.
Estaba justo encima de él. Podía sentir el frío de su extinción emanando por el agujero.
Miré a Pitu. El tiempo de la infiltración había terminado; empezaba el tiempo de la luz.
Retiré el taladro con un movimiento seco, liberando la presión. Acerqué el ojo al minúsculo canal de acceso y, a través de la perforación de quince centímetros, vi el horror a flor de piel.
Abajo, en la penumbra del núcleo, Len estaba desapareciendo. Sus ojos eran ya dos cuencas de obsidiana, pozos ciegos que devoraban la luz de la estancia. Quedaba treinta segundos para la medianoche. El cronómetro de la estirpe llegaba a su fin y cargada con la sentencia de olvido.
En ese instante de desesperación absoluta, Pitu, posada en mi hombro, estalló.
Se encendió en un ámbar intenso, una radiación de calor que desafiaba el frío gélido de la torre.
Fue un pulso de luz pura que se filtró por el orificio del taladro, proyectándose como un faro directamente sobre el rostro de mi hijo.
Len parpadeó. Fue un movimiento ínfimo, un espasmo de humanidad rescatado del abismo.
—Vamos, hijo... —susurré contra la piedra, y mi voz se mezcló con el vapor del núcleo—. No te vayas.
Sus pupilas, antes negras, se iluminaron con un destello de resistencia. Pitu se lanzó hacia el cielo, transformándose en una estela de fuego sobre Bilbao. Y entonces, el mundo ardió.
Como si el vuelo hubiera cortado la mecha del universo, la plaza eliptikoa, Miribilla, Begoña y Artxanda descargaron su arsenal simultáneamente.
No fue un bombardeo, fue una exhalación de la "Trinidad de Hierro".
Los cohetes de vara lanzados por Barri, Iñaki, Begoña y Txiki iluminaron la ciudad como soles de guerra, tiñendo la nieve de un naranja violento y furioso.
La detonación coordinada hizo vibrar los cimientos de la Torre de Obsidiana. El cristal de la fachada crujió bajo la presión sónica. El suelo bajo mis botas tembló, rompiendo la "Estrategia Gélida" de los Tumal con el impacto de una verdad que quemaba.
—¡AHORA! —rugieron las voces de la resistencia al unísono desde cada rincón de Bilbao.
La vibración de la artillería sacudió la torre hasta sus raíces.
Aproveché el armónico de la explosión y descargué el mazo de hierro contra el cristal del tragaluz.
El vidrio de obsidiana, diseñado para resistir la presión pero no el impacto directo del hierro, estalló en una lluvia de diamantes negros. Me lancé al vacío.
Caí como un bloque de plomo, cortando la distancia entre el techo y la silla de basalto. Aterrice rodando y envolvía a mi hijo con mis brazos.
El silencio del núcleo se rompió con un aliento entrecortado. Miré a Len. El negro de sus ojos retrocedía, dejando paso a un iris que recuperaba el color de la tierra húmeda.
—¿Papá? —susurró. Su voz era un hilo frágil, apenas un eco de humanidad. —Hijo —respondí, apretándolo contra mi pecho.
Nos fundimos en un abrazo de hierro, un ancla de carne y hueso mientras el santuario se caía a pedazos a nuestro alrededor.
El techo, herido por los cohetes, empezó a soltar lascas de piedra y cristal.
Cuashpo aterrizó pesadamente tras de mí, lanzando un rugido que hizo vibrar las paredes de basalto. Entonces, la puerta se abrió de golpe.
La Madre apareció entre el humo y el polvo, su figura recortada por el resplandor naranja de los incendios exteriores. Sus facciones, antes perfectas, estaban desencajadas por una furia que trascendía lo humano. Len se encogió, aferrándose al pelaje de Cuashpo, buscando el calor del animal.
Mi mirada se cruzó con la de ella. No hubo palabras, solo el reconocimiento gélido de dos depredadores en conflicto. El tiempo se detuvo entre nosotros; yo era el fuego de Apaneca, ella era el vacío de los Tumal.
—¡Fuego! —bramó la Madre, extendiendo su brazo hacia nosotros con un gesto de ejecución.
El ballestero de su guardia asomo tras ella, nivelando su arma cargada de líquido negro. Pero antes de que pudieran liberar los pernos, Pitu brilló con una intensidad cegadora, un sol en miniatura que quemó la retina del tirador en el momento crucial.
La cuerda de la ballesta zumbo. El proyectil salió disparado, pero la ceguera blanca y la vibración de la torre los desviaron. Fallaron. El perno de obsidiana se clavó inútilmente en la silla de basalto, a escasos centímetros de nosotros.
—Hoy no —mascullé, levantando a Len con un solo brazo.
Saltamos por la brecha abierta, abandonando el aire viciado del núcleo para entregarnos a la gravedad. El vacío de la noche bilbaína nos recibió con un latigazo de frío, pero el peso de Len contra mi pecho era el único lastre que me importaba.
Nos deslizamos por las cuerdas de cáñamo con una velocidad suicida.
El roce del material quemaba mis palmas, pero el descenso era una coreografía de supervivencia.
Abajo, en la penumbra, el caballo aguardaba inquieto, con los belfos soltando vapor y los cascos golpeando el asfalto cubierto de nieve.
En lo alto de la torre, las siluetas de la guardia pretoriana se asomaron al borde roto. Sus ballestas brillaron bajo la luz de los incendios, apuntando directamente a nuestras espaldas desprotegidas.
—¡Destruyanlos! —el grito de la Madre desgarró la noche, una orden cargada de una desesperación que ya olía a derrota.