Capítulo 8 #5
Estaba a pocos metros de la cima cuando el cuerpo de Cuashpo se volvió puro nervio. Su olfato detectó el rastro del "líquido negro" o el sudor de un centinela. Gruñó sutilmente, una vibración sutil contra mi oído.
Me detuve en seco. Me quedé suspendido en el vacío, pegado al cristal como un insecto, con el corazón martilleando contra las costillas. Pitu, desde mi hombro, parpadeó en señal de alerta.
—Cuidado —mascullé para mis adentros.
Kya se deslizaba con cautela para dejar por detrás la celebración de las máscaras de oro, buscando el punto de extracción.
Su cuerpo era un sistema entumecido, pero la brújula de Barri quemaba en su mente.
A pocos metros de la salida, dos sombras de acero le cortaron el paso.
Eran ellos. Los arquitectos del vacío. Sus rostros, carentes de piedad, lo interceptaron con sincronía.
—¿A dónde te diriges? —increpó el primero con autoridad gélida. —Voy con unos colegas... —balbuceó Kya, intentando sostener la máscara.
No hubo más preguntas. Uno lo sujetó por el cabello mientras el otro presionaba una hoja de acero contra su yugular. El metal desgarró la piel.
—Mientes, miserable —siseó el agresor, hundiendo la punta un milímetro más—. ¿A dónde vas cuando faltan diez minutos para que el nuevo miembro sea inoculado?
—Solo... a dar un paseo —insistió Kya. Sus pupilas eran dos pozos de pánico absoluto.
—¿Quiénes son tus colegas? —El cuchillo profundizó, dibujando una línea de sangre que descendía hacia la seda del abrigo.
—¡Basta! —gritó Kya, quebrándose bajo el dolor—. Es un tipo... No sé su nombre. Me pidió ir al puente de San Anton, el que está al lado de la iglesia. Allí espera una nave para cuatro remeros. Yo soy el cuarto. Sacarán a Len por la ría hacia Etxebarri. Quieren usar la montaña para desaparecer.
El silencio fue el preludio de la tormenta. La Madre de la estirpe se levantó con elegancia letal. Sus ojos, dos esferas de basalto, destellaron odio purificado.
—Malditos —decretó—. ¡Intercepten el puente! ¡Cazarlos antes de que toquen el agua!
La orden actuó como un interruptor. El banquete se disolvió. Los Tumal se dirigieron a un almacén de castigo oculto. Abrieron las puertas pesadas, revelando un arsenal de pesadilla: arcos de poleas, lanzas de obsidiana y proyectiles bañados en "líquido negro".
—¡Movimiento! —bramó el líder repartiendo el armamento con eficiencia.
El primer grupo arrastró a Kya como cebo marcado hacia San Antón.
Su misión: neutralizar la nave de Ur. El segundo grupo, el más numeroso, se disgregó hacia el sector norte.
Se apostaron en cuatro puntos estratégicos desde el portal sesenta y tres hasta el Casco Viejo. Fuego libre. Sentenció la madre.
Finalmente, los guardianes de la Madre cerraron filas a su alrededor. Blindarían el núcleo de la torre. Nada debía interrumpir los últimos diez minutos de la inoculación de Len. La guerra por su alma estaba en la calle.
En el núcleo de la Torre de Obsidiana, Len era una estatua de carne sobre la silla de basalto. Sobre él, el espejo reclamaba su alma.
El líquido negro se acumulaba en su yugular a un ritmo constante, implacable.
Los últimos diez minutos —la dosis de aniquilación— estaban a punto de colapsar su yugular.
El proceso era una extracción existencial: el fluido congelaba su flujo vital, transformando el calor de Apaneca en el frío mineral de los Tumal.
Cada segundo, una neurona moría; en cada respiración, mi rostro desaparecía de su memoria y el aroma del cafetalón se desvanecían en una neblina de olvido.
La reacción biológica comenzó en las extremidades.
Sus dedos empezaron a vibrar, una pulsación eléctrica que se extendió como un incendio frío.
El resto del cuerpo permanecía gélido, anclado al basalto por el peso del letargo, mientras sus manos se sacudían en un último espasmo de rebeldía nerviosa.
Sus venas empezaron a ennegrecerse, dibujando mapas de oscuridad bajo la piel pálida. Su corazón, atrapado en una jaula de hielo, experimentaba espasmos violentos, luchando por bombear un torrente que ya no era sangre, sino veneno viscoso.
Len mantenía la mirada clavada en el espejo cenital, obligado a observar su propia extinción. El brillo de sus ojos moría en cada pulsación. La luz se retiraba de sus pupilas, dejando paso a dos pozos de vacío que reflejaban la nada. El recipiente estaba casi lleno; Len, casi vacío.
Suspendido en el vacío, el aviso de Cuashpo me puso en alerta.
Ya no era un escalador; era un proyectil.
Agarré la cuerda de cáñamo con una firmeza que entumeció mis antebrazos y empecé a pivotar.
Corrí sobre el cristal de la fachada, ganando una inercia lateral que desafiaba la gravedad.
Al cuarto balanceo, cuando el arco de tensión fue máximo, me impulsé hacia el borde de la azotea.
Durante el segundo de suspensión, el tiempo se dilató. Mi vista se clavó en la estructura central, el santuario donde Len estaba siendo vaciado. En ese instante de caída libre, los vi: dos perros de presa, masas de músculo y odio entrenadas por la estirpe, listos para interceptarnos.
Antes de tocar el piso, las bestias saltaron. Cuashpo se desprendió de mis hombros en pleno vuelo, transformándose en un torbellino de garras.
La lucha fue una explosión de pelaje y sangre sobre la nieve.
Cuashpo, impulsada por el fuego de Apaneca, buscó la movilidad.
Esquivó una dentellada y se aferró con fuerza hidráulica a la pata trasera del primer atacante.
Sus mandíbulas se cerraron como una trampa de acero, triturando hueso y tendón.
El animal rugió, perdiendo la ventaja mientras intentaba, en vano, alcanzar el cuerpo de mi aliada.
Aterricé rodando y liberé el anclaje. Mientras Cuashpo fijaba a la primera amenaza, el segundo perro saltó hacia mi cuello. Pitu descendió en picado, distrayéndolo con sus alas, dándome los segundos necesarios para nivelar el cuerpo.
El perro no me dio tregua. Interpuse mi brazo izquierdo como un escudo; las mandíbulas se cerraron sobre la tela gruesa de mi abrigo.
El impacto me hizo retroceder, pero protegí el rostro.
Con el brazo atrapado bajo la presión de sus dientes, mi mano derecha buscó el cuchillo.
Fue un forcejeo de vida o muerte bajo el aliento fétido de la bestia.
Liberé el acero. Con un movimiento ascendente, hundí la hoja con la fuerza de mi hombro, atravesando la yugular del animal. Sentí el calor de la sangre sobre mis brazos mientras su vida se escapaba en un gemido sordo. Aparté el peso muerto de un empujón.
No hubo pausa. Me deslicé sobre la nieve, teñida de un carmesí violento, y con un corte limpio y profesional, atravesé la yugular del segundo atacante, liberando a mi cuashpo.
Me puse en pie. Limpié la hoja en el pelaje del animal y guardé el arma.
Cuashpo se sacudió la nieve, volviendo a la alerta.
—Buen trabajo —susurré. Mis pulmones quemaban—. Ahora, por Len.
Frente a nosotros se alzaba el núcleo: tres metros de basalto y cristal negro que sobresalían como una aguja infectada. Era la cámara del vacío.
—Pitu, arriba.
Se elevó en espiral, barriendo la cima. Su vuelo era vigilancia pura. Tras dos vueltas, emitió un chasquido: perímetro limpio.
Empecé a trepar. El basalto era gélido y pulido; mis dedos apenas encontraban agarre en las juntas milimétricas. Cuashpo subía a mi lado, tensa. El viento siseaba entre las aristas.
Llegamos a la cumbre. Consulté el reloj: 23:54.
seis minutos.
El despliegue de los Tumal era una coreografía de sombras letales. Se dispersaron por los alrededores de la plaza elíptica con la eficiencia de una jauría, encajando flechas en sus arcos de poleas. Pero el ojo de Barri detectó la anomalía antes del primer disparo.
Desde la retaguardia, Barri barrió las cornisas. En un tejado contiguo, tres sombras se recortaron contra el cielo. Se apostaron en formación de tiro sobre el eje de escape. Barri no perdió el tiempo; se desplazó fundiéndose con los portales hasta alcanzar el acceso al edificio de los tiradores.
Sus dedos, rápidos y precisos, colocaron cuatro cohetes de vara sobre un contenedor. No era una carga letal, sino un distractor de alta intensidad diseñado para colapsar los sentidos. Segundos después, ya estaba de regreso tras su pilar de granito. Su respiración era rítmica, inalterada.
—Venid a por mí —masculló.
A escasos metros del puente San Antón, la atmósfera se volvió irrespirable. La nieve amortiguaba el sonido de las botas. El líder del grupo, de mandíbula cuadrada y ojos vacíos como cuencas de obsidiana, frenó en seco y estrujó el brazo de Kya.
—¿Dónde exactamente? —siseó. El brillo de la ballesta a su espalda reflejaba la luz mortecina.
Kya, quebrado, señaló hacia la zona de sombras bajo el arco del puente. —Allí... En el punto ciego del muelle inferior. Bajo el tercer pilar.
El líder no necesitó más. Ordenó una maniobra de flanqueo lateral. Se deslizaron por las escaleras de servicio, en fila india, pegados a la piedra húmeda para evitar las farolas. Utilizaron los restos de los viejos muelles como cobertura, envolviendo la posición de la nave en una tenaza de hierro.
—Silencio absoluto —ordenó el Tumal, armando el mecanismo de su ballesta.
La Madre y su guardia pretoriana avanzaron con una celeridad inhumana. No corrían; se deslizaban como una mancha de aceite negro. Sus ojos, habitualmente dos esferas de piedra inexpresiva, destellaban con una rabia contenida, una vibración de odio que enfriaba el aire a su paso.
Al llegar frente al portal, la comitiva se detuvo en seco.
La Madre verificó la entrada con mirada endemoniada.
La puerta de roble y cristal estaba intacta.
No había marcas de palanca, ni vidrios rotos, ni rastro de las botas del Jinete.
El silencio era absoluto, una calma tan perfecta que resultaba obscena, un insulto para su instinto de depredadora.
—Algo no encaja —masulló el líder de su guardia, apretando el mango de su ballesta.