Capítulo 8 #4
—Escucha bien —dijo con voz de mando—. No te quiero lleno de odio; el odio te vuelve un blanco fácil. Entiende esto: a esos bastardos no les importa Len. Lo están vaciando mientras cenan. Celebran sobre su memoria.
Me sostuvo la mirada. Su puño seguía presionando mi esternón, marcando el ritmo de mi respiración.
—A veces la piedad te puede matar —advirtió—. Si dudas dentro de esa torre, nos entierras a todos. No hay duda: ahí dentro solo hay objetivos, no personas.
Me indicó con un gesto seco que observara el interior a través de la rejilla de ventilación.
Desde la seguridad del cristal, el mundo parece detenido, pero lo que ocurre al otro lado es una disección.
La estancia está dominada por el mármol y la obsidiana, un escenario diseñado para la desorientación.
El aislamiento es absoluto; el silencio genera esa presión en los oídos que precede a lo inevitable.
Los invitados se mueven con precisión, con sus trajes de seda y rostros ocultos tras las Máscaras de Oro.
Bajo la luz cenicienta, el metal brilla con una frialdad que absorbe el calor.
No hay alegría en este banquete, sino una jerarquía de depredadores.
Sostienen copas de cristal fino con un líquido negro y denso que se agita como el mercurio.
No beben para celebrar, sino para anestesiar los restos de su conciencia.
En el centro, la madre. Su postura era rígida, los ojos fijos en la nada.
Al lado una mujer, de cabello largo. Cuando observé sus manos, el tiempo se colapsó.
El reconocimiento me golpeó como un mazazo: eran esas uñas, las mismas que recordaba bajo el estruendo de la cascada de Don Juan, cerca de Apaneca.
Eran las garras que habían intentado ahogarme en el agua bendita de mi tierra.
Era La Tejedora, el espectro de mi pasado operando en el corazón de los Tumal.
La madre se acercó al centro. Sus labios se movieron y, aunque el cristal impedía el sonido, la intención era clara: el círculo de máscaras se cerraba sobre ella. Fue el momento de la entrega: un regalo envuelto en seda roja que escondía un espejo fracturado.
Cuando ella se mira en los fragmentos, ocurre la implosión.
La calidez desaparece, sustituida por una vacuidad vítrea, una hiperlucidez gélida.
Es la mirada de quien ya solo ve a su hijo como un activo, una pieza en el tablero.
El brindis final es un movimiento unísono, un pacto de silencio y poder.
—Mira —susurró Barri a mi lado, su voz era un filo de navaja—. Ya no es una madre. Es un engranaje de la estirpe.
Sentí el frío del hierro de mi arma contra la palma. El lujo de los Tumal era un insulto a la memoria de Len.
—Maldi… —mascullé—. Que brinden ahora, porque el cristal de esas copas va a saltar por los aires.
—Len nos espera —dijo Barri, ajustándose su cinturon. —Len nos espera —repetí. Mi pulso se estabilizó en una frecuencia de combate. —Estrategia gélida. —Corazón de hierro.
Cuashpo, mi compañera de cuatro patas, aguardaba en la penumbra del callejón. Al verme, mostró los colmillos; detectaba mi intención de ataque. Le hice una señal de silencio y ella respondió con una vibración de garganta, un aviso de caza. Estábamos listos.
Nos desplazamos. Bajo la arquitectura señorial de la plaza, el equipo se disgregó con precisión.
Barri se posicionó en la retaguardia para cubrir los ángulos de salida sobre la plaza eliptikoa, vigilando las sombras de los edificios de piedra.
A partir de aquí, mi única cobertura serían Cuashpo y Pitu.
—Si no hay luz en treinta minutos —le dije a Barri—, huye. Dirígete al punto de extracción con Ur.
Barri no respondió. Solo asintió con la rigidez de un centinela de Artziniega. Me interné en la zona de sombras de la Torre de Obsidiana. El asalto final había comenzado.
De pronto, un silbido agudo rasgó el aire. No era el viento. Era Pitu. La señal inequivoca de que los guardias del portal sesenta y tres habían abandonado su posición para acudir al banquete de las Máscaras de Oro.
—Es la hora —mascullé para Cuashpo.
Punto de extracción
Ur consultó su reloj de bolsillo. 23:30. El cronómetro entraba en su fase crítica. Realizó una inspección, rápida y letal. Justo cuando encajaba el último remo en su posición, el eco de unas risas rompió el silencio del río.
Tres jóvenes, con el paso errático del alcohol y la arrogancia de quien se cree dueño de la noche bilbaína, caminaban hacia su posición. Ur no dudó. Se fundió con la oscuridad, convirtiéndose en una sombra de hierro tras un pilar de hormigón. Los jóvenes se detuvieron frente a la nave.
—Joder, mira esto —dijo uno, señalando la embarcación con una botella—. Es Nochebuena, esto es un regalo. Nos toca un paseo por la ría.
Cuando el más adelantado estiró la mano para tocar la borda, Ur emergió como un espectro.
—Ni lo piensen —su voz fue un latigazo seco. —¡Kagüen! —exclamaron, retrocediendo por el susto—. Qué susto nos has dado, tío. —Largo de aquí —ordenó Ur. No se movió un milímetro.
—Oye, ¿es tuya? No te pongas así —dijo el líder, envalentonado—. Un paseíto no estaría mal. —He dicho que se larguen. Ahora.
El líder escudriñó la nave y soltó una carcajada. —Esto es para cuatro tripulantes. Tú solo no puedes con ella. Danos una vuelta, guía. —No me toquéis los cojones. Largo.
La tensión se volvió agresividad. Los jóvenes, superiores en número, agarraron los remos y rodearon a Ur.
—Última vez —masculló Ur, flexionando las rodillas—. No me toquéis los cojones.
Los tres apretaron los remos como hachas. Ur los miró con una frialdad gélida. —¿Habéis escuchado la historia de tres jóvenes agredidos brutalmente junto a este puente?
—Pues no —se mofó el líder. —Normal —replicó Ur—. Esa historia se contará mañana en todo Bilbao sobre vosotros.
Los puñetazos de Ur estallaron con la cadencia de un pistón hidráulico, directos a puntos nerviosos.
Los jóvenes blandieron los remos en arcos desesperados.
Uno impactó en el hombro de Ur con un crujido sordo, pero él ni parpadeó; su cuerpo, templado en el Cantábrico, procesó el dolor como simple información.
En segundos, el caos se ordenó. Neutralizó al primero con un golpe a la carótida y al segundo con una barrida de pierna contra el pavimento húmedo.
El líder retrocedía, jadeando bajo la luz mortecina.
Lanzó una estocada ciega, pero Ur pivotó, atrapó el remo y lo despojó con un giro de muñeca brutal.
Antes de que el chico reaccionara, Ur le aplicó una llave de estrangulación.
—Joder, les dije que se largaran —masulló al oído del joven, cuyo mundo se apagaba.
Sin perder un segundo, Ur arrastró los cuerpos hacia un descampado tras unos contenedores. Con bridas industriales los amarró firmemente a un poste de alta tensión.
—No se moverán hasta mañana —sentenció.
Regresó a la nave con la respiración estable. Limpió la sangre de su nudillo y colocó los remos en su sitio. Se sentó en la popa, fundiéndose con las sombras. Observo su reloj, 23:45. El silencio de la ría era absoluto, un vacío que solo esperaba la señal de fuego.
Torre de obsidiana
Me moví como una mancha de aceite hasta alcanzar el puesto de castañas de Txiki.
El lugar, un refugio de calor durante el día, ahora parecía un hueso calcinado bajo la luz de las farolas.
Salté de la montura antes de que el animal se detuviera, tocando el suelo con la ligereza de quien sabe que el ruido es la muerte.
Cuashpo no necesitó órdenes. Se hundió en la penumbra, rastreando el rastro de la estirpe en cada ráfaga de viento. Sobre mi cabeza, el siseo del aire cortado por las alas de Pitu marcaba mi ojo en el cielo, un vigilante que patrullaba el vacío de la plaza.
Arranqué el bolso del lomo del caballo con un tirón violento.
Crucé las cuerdas de cáñamo sobre mi pecho, apretándolas hasta que el aire me costó, asegurando que nada bailara, que nada hiciera eco contra el metal.
Golpeé la base de la funda de mi cuchillo con la palma: un clic seco.
El acero estaba en su sitio. Comprobé la carga con la memoria de los dedos, con la frialdad de quien calibra una máquina.
El reloj marcó las 23:45. El tiempo ya no corría; me perseguía.
La calle era un cementerio de adoquines y piedra.
Unas siluetas lejanas cruzaban la acera, sombras ajenas a la furia que estaba a punto de desatarse.
La nieve caía con la fuerza de un castigo, blanqueando el mundo, pero mi mente solo procesaba el negro de la obsidiana.
—Vamos—mascullé.
Me dirigí hacia la base de la estructura. La "Verdad Cálida" estaba a punto de chocar contra el muro de hielo de los Tumal.
Incliné el cuerpo, clavando la mirada en la base de la Torre de Obsidiana. No había protocolos, solo el rugido en las entrañas y un objetivo que desangrar. Me lancé hacia el muro, fundiéndome con la tormenta.
Mantuve a Cuashpo cerca. Forcé un paso relajado para disfrazar la incursión como un paseo bajo la nieve. Pitu se encogió tras el cuello de mi abrigo, una extensión de mi propia sombra. Me calé el gorro hasta las cejas; el frío ya mordía con saña.
Doblamos hasta el flanco ciego, a espaldas de la mole de obsidiana.
El edificio era una lanza negra apuñalando el cielo de Bilbao.
Sin perder un segundo, liberé la ballesta de poleas.
Apunté al borde superior, donde Barri me había indicado.
El disparo fue un siseo casi inaudible; el perno de acero voló con trayectoria precisa y se clavó en la piedra con la firmeza de un colmillo.
—Arriba —ordené.
Cuashpo trepó por mi espalda y se acomodó sobre mis hombros.
Agarré la cuerda de cáñamo reforzado, sintiendo la rugosidad contra el cuero de los guantes.
Inicié el ascenso. Cada tramo era una batalla contra la gravedad y el viento racheado.
Apoyaba las botas en el cristal gélido, tirando con los brazos, sintiendo cómo los músculos protestaban bajo la carga.
Abajo, la villa se volvía una maqueta blanca y distante.