Capítulo 8 #3
Iñaki se adentró en el sector de Miribilla, la frontera exacta del Bilbao industrial.
Allí donde la explotación minera de la cantera de San Luis devoraba de forma sistemática la estructura de la montaña.
Sin embargo, en la víspera de la Nochebuena, la contaminación acústica de los barrenistas permanecía totalmente oculta bajo una fina capa de sedimentación y polvo blanco.
Descendió en vertical hacia su trinchera empleando unos escalones de piedra desgastada, moviéndose con la pesadez de un titán que arrastra el peso de la corteza terrestre.
Sus rodillas, curtidas por décadas de trabajo rudo y sobrecargas, emitían un quejido sordo debido a la fricción intraarticular en cada peldaño.
Al alcanzar el último nivel de la excavación, allí donde la densidad de la sombra era más espesa, bloqueó su avance frente a una compuerta de seguridad oculta tras un panel de ventilación industrial.
Únicamente los activos de la Trinidad de Hierro poseían conocimiento de aquel resquicio en el terreno.
Con manos de textura rugosa que semejaban raíces de roble, extrajo el cargamento estratégico.
No existía el menor rastro de pólvora química en aquel arsenal de vanguardia.
Sacó, aplicando un respeto de carácter casi religioso, los cohetes de vara y los fardos de ocote resinoso que Chepe había trasladado a lomos de Werner empleando las rutas ciegas y las veredas clandestinas de Centroamérica.
El potencial térmico del fuego que ahora Iñaki sostenía físicamente en Bilbao había cruzado un océano completo para reclamar lo que era suyo.
Dispuso los artefactos pirotécnicos de forma estratégica en el espacio, siguiendo con precisión milimétrica el patrón de dispersión diseñado por Barri.
El ocote, saturado de una resina de alta densidad proveniente del pino salvadoreño, constituiría el combustible de una verdad que no admite extinción.
Cada vara de madera apuntaba hacia la atmósfera de Bizkaia como un dedo acusador.
—El fuego del volcán ya se encuentra en casa —masculló Iñaki en la penumbra. Su frecuencia de voz sonó con el crujido característico de la tierra seca fracturándose.
Desde su posición elevada en la cota de Miribilla, levantó la mirada.
Hacia el este, divisó el destello lejano de la Basílica de Begoña; hacia el flanco norte, la cumbre de Artxanda.
El triángulo perimetral de poder estaba completamente cerrado.
Iñaki concluyó la colocación sistemática del centenar de varas de cohete manteniendo la calma de un artesano de precisión.
Estaba listo. El faro de Miribilla no operaría únicamente como una señal lumínica ordinaria; iba a incendiar la noche del norte con el aroma del pino de Apaneca, anunciando a la estirpe de los Tumal que su Arquitectura Gélida sería devorada por un incendio nacido a miles de leguas de su control.
Consultó con rigor el cuadrante de su reloj de bolsillo: las 23:15 horas. El frío ambiental mordía la piel con intensidad, pero el ocote aguardaba impasible la llegada de la chispa.
—Eman egurre, viejo —susurró para sus adentros con firmeza de trinchera, palpando la textura rugosa del pedernal en el interior de su bolsillo—. Que arda por completo el cielo de Bilbao.
Plaza eliptikoa
Junto a Barri, nos dirigimos en dirección del portal sesenta y tres.
La estructura de la torre permanecía totalmente envuelta en una neblina densa de hollín industrial y escoria en suspensión.
Nos desplazamos con cautela. El tiempo cronometrado golpeaba las sienes con la fuerza de un impacto: restaban exactamente cuarenta y cinco minutos antes de que el hierro de la resistencia colisionara de forma irreversible contra el cristal refractario de la Estirpe.
Nos fundimos contra un muro de piedra, adoptando una posición estática.
—Ahí viene —susurró la voz de Barri.
Kya emergió de la bruma urbana. Se desplazaba como un espectro orgánico roto cruzando la línea del callejón.
Barri se despegó de la superficie de la pared actuando con la plasticidad de un depredador; yo asumí de inmediato la cobertura de la retaguardia, escudriñando los callejones del horizonte en busca de una emboscada.
—¿Qué datos has extraído? —soltó Barri de golpe, con una voz que poseía la vibración interna de una tempestad contenida.
—Todo... se encuentra listo —respondió Kya con un hilo de voz. Tenía las pupilas reducidas a la punta de un alfiler, manifestando la apariencia de una carcasa vacía; el resultado directo de la ingeniería sistemática de vaciado ejecutada por los Tumal.
—Y... ¿dónde se ubica Len? —ordenó Barri con tono seco.
—En el núcleo de la Torre de Obsidiana —replicó el, manteniendo la mirada fija en el vacío de la calzada, como si visualizara fantasmas de Apaneca reflejados en aquel espejo de líquido negro.
Kya liberó la información sin aplicar el menor filtro de seguridad, reconstruyendo el horror que se desarrollaba en el interior de la estructura. El aire se saturó de inmediato de penumbra.
—Se encuentra fijado en el centro —susurró con debilidad—.
Un habitáculo sellado de forma hermética, con paredes de mampostería constantemente bañadas por el flujo del lago Narciso.
El siseo rítmico del agua ha sido diseñado de forma específica para quebrar la frecuencia de onda del pensamiento autónomo.
Len permanecía inmovilizado en un punto fijo.
Había sido dispuesto sobre una silla de basalto negro texturizado, una contramedida física diseñada para anular por completo cualquier respuesta motora.
Sus extremidades inferiores estaban asentadas sobre tierra volcánica activa, asegurando una conexión a tierra absoluta.
Las palmas de las manos permanecían orientadas hacia el techo en una posición estática de carga energética; su columna vertebral se encontraba sometida a una tensión crítica y la cabeza, vencida por la fatiga, apuntaba de forma vertical hacia el cenit.
—Ejecutan de forma sistemática el reflejo forzado —continuó Kya, provocando que un escalofrío de combate recorriera mi piel—. Un espejo cenital de alta reflectividad le devuelve de forma continua su propia imagen degradada.
Su vena yugular palpitaba con una frecuencia constante debido a la presión, mientras el fluido líquido de color negro recorría la totalidad de sus vías venosas.
Pude asimilarlo mentalmente con total nitidez: el veneno viscoso de la Estirpe reptando por su torrente sanguíneo, reclamando el control de su corteza cerebral y borrando de forma sistemática cada una de mis huellas en su memoria.
—El fluido inundará por completo las cuencas oculares en un plazo de cuarenta y cinco minutos —sentenció Kya—.
Ojos negros. Identidad borrada de los registros.
El proceso de rellenado concluye de forma exacta a la medianoche.
A esa hora, la existencia de Len se extingue del sistema.
Lo que se levante de esa estructura de basalto será únicamente un recipiente vacío bajo el control de los Tumal.
Experimenté el sabor metálico de la rabia concentrándose en mi boca.
Mi propio hijo no constituía un ser humano para ellos; representaba un simple envase de almacenamiento.
Dirigí la mirada hacia Barri. Su rostro se había transformado en una máscara inexpresiva de piedra extraída de las canteras de Artziniega.
El silencio absoluto que sobrevino a la descripción de Kya operó como el muelle de torsión que disparó la acción.
La medianoche ya no representaba una cifra temporal pasiva; constituía un límite balístico irreversible.
Barri reaccionó mostrando una frialdad extrema; aferró a Kya por la estructura de los hombros, sacudiéndole con firmeza para romper el letargo de la sedación.
Requería que recuperara el pulso para la ejecución de la fase final.
—¡Oye! Fija tu atención en mí —le ordenó Barri, obligándole a clavar la vista directamente en sus pupilas—. Somos colegas. Te he mantenido fuera del radio de alcance de la sombra durante meses. No muestres el menor fallo en este instante.
Kya esbozó una contracción facial que pretendía simular una sonrisa.
Barri oteó el perímetro del callejón, donde las siluetas de los Tumal comenzaban a materializarse como manchas de aceite sobre la superficie de la nieve fina.
Se inclinó hacia el oido de Kya y siseó un código alfanumérico corto, seco.
Acto seguido, le marcó la frente aplicando la punta del dedo índice, un gesto de control que pareció resetear instantáneamente el sistema nervioso del infiltrado.
—Operas como el Cuarto Remero —sentenció Barri con gravedad—. Punto de extracción confirmado. No cometas el menor error.
Kya recuperó una rigidez corporal de carácter marcial.
Se dio la vuelta y se filtró hacia el interior del portal, desapareciendo de inmediato entre el lujo gélido y marmóreo de la entrada del portal.
Barri volteó hacia mi posición mostrando un rostro pétreo.
Su respiración exhalada constituía un vapor denso, similar al escape neumático de una locomotora de carbón.
—¿Qué ha significado ese protocolo privado? —pregunté de inmediato. El gesto secreto ejecutado entre ambos dejó en mi un rastro de profunda desconfianza: ¿constituía Kya un activo de apoyo real para la misión, o representaba el seguro de vida particular de Barri en caso de que cayera en combate?
—Resultará de utilidad en el despliegue —cortó Barri con una contundencia de puro acero—. El plan estratégico sigue su curso. Esperaremos a que el nido se encuentre completamente lleno antes de ejecutar el golpe definitivo.
Torre de obsidiana
El segundero avanzaba con la inevitabilidad de un percutor.
Al llegar al puesto de guardia, Barri se detuvo en seco. Los perros de presa habían desaparecido. El ventanal estaba extrañamente despejado, un vacío que olía a emboscada. Barri me frenó clavando su puño en mi pecho, bloqueándome contra el muro de piedra fría.