Capítulo 8 #2
Al traspasar el umbral, el silencio absoluto de la Basílica la envolvió con la densidad de un sudario.
Enormes lienzos de figuras antiguas la vigilaban desde las alturas con ojos de óleo envejecido.
Largas e interminables hileras de bancos de madera noble, gastados por décadas de ruegos, se extendían en paralelo como un ejército en reposo.
Begoña recorrió el pasillo central con la gravedad de un latido cardíaco hasta alcanzar el altar mayor; una explosión de oro y santos que debatían en absoluto silencio el destino final de la villa.
Sin experimentar vacilación alguna, extrajo una llave pequeña de aleación metálica del interior de su abrigo.
Abrió la compuerta de seguridad oculta hacia el acceso del campanario.
Subió escalón tras escalón por una espiral de piedra asfixiante que olía a incienso viejo y polvo acumulado por siglos de historia.
Al alcanzar la cúspide estructural, el punto más elevado de la iglesia que llevaba su propio nombre, Begoña tomó asiento de cara al vacío.
Desde aquella altura, la villa de Bilbao se dibujaba como un mapa complejo de nervios y corrientes bajo el dominio arquitectónico de la Torre de Obsidiana.
Aguardaba la señal lumínica. Era la vigilante legítima de la Verdad Cálida apostada de forma estratégica en el campanario de la fe, con el elemento de ocote listo para la ignición.
—Eman egurre —susurró para sí misma en la penumbra, mientras sus dedos buscaban el contacto físico del ocote bajo la protección de la lana—. Que el cielo nos pille confesados.
Artxanda
Txiki clausuró su puesto de castañas con la parsimonia analítica de quien cierra un ciclo operativo de siglos.
Las últimas brasas, que habían combatido el gradiente térmico del aire gélido de Bilbao, chisporrotearon una última vez antes de que la gruesa tapa de metal sofocara de raíz la combustión.
Para los transeúntes ordinarios, representaba únicamente a un viejo vendedor retirándose de la jornada; para el sistema de la resistencia, constituía la activación formal del flanco norte.
Con el aroma a madera quemada impregnado en las fibras de su abrigo, Txiki inició su caminar.
Sus pasos de setenta años poseían la cadencia de rendimiento y la seguridad cronométrica de un engranaje militar.
Al alcanzar la orilla, bloqueó la marcha.
El agua de la ría, oscura y con una densidad similar al aceite industrial, incrementaba su nivel de llenado.
La marea empujaba en vertical hacia la zona de Santurtzi con una fuerza invisible.
Para Txiki, ese desplazamiento no resultaba azaroso; constituía el pulso de la ría preparándose para el impacto del asalto.
Siguió el cauce hasta la estructura de ingeniería del puente del ayuntamiento.
Caminó con una tranquilidad sobrenatural por las calzadas totalmente desiertas en la víspera de la Nochebuena.
A través de los cristales refractarios de las viviendas, vislumbraba el calor familiar de las cenas y el eco amortiguado de las risas.
Eran burbujas aisladas de esa Verdad Cálida que él, desde la sombra perimetral, había jurado proteger.
Cruzó la ría y se adentró en el sector del caserío de Trauko.
Allí, en el punto exacto donde los adoquines de granito se rendían ante la pendiente.
La taberna de Eneko agonizaba bajo una iluminación mortecina. El propietario, cómplice táctico en mil batallas de barra, ejecutaba en ese instante el cierre del establecimiento.
—¡Espera un segundo, Eneko! —Txiki frenó el descenso de la estructura metálica aplicando la palma de la mano con firmeza.
Eneko lo observó con el cansancio de quien ha servido a lo largo de su vida más txakolis que palabras de cortesía.
—¡Aupa, Txiki! Me pillas por los pelos, tronko. Me piro de inmediato por piernas, que la familia me aguarda para la manduca y si registro el menor retraso la parienta me pone de vuelta y media.
—Venga, mutiko, no muestres un perfil rácano. Sírveme un último txakoli, que en el exterior hace un frío térmico que corta el hipo —insistió Txiki, apoyando el codo sobre la madera desgastada por la fricción del tiempo.
Eneko ejecutó un suspiro de resignación y completó el servicio en el vaso.
—Hala, ahí lo tienes. Pero dime con franqueza, ¿a dónde te diriges con estas trazas a estas horas de la noche, pajarillo?
Txiki sostuvo el vaso de vidrio. El color granate del líquido brilló bajo el filamento de la bombilla. Su respuesta constituyó un ejercicio de contrainteligencia pura:
—Tengo que ejecutar una búsqueda de castañas en la cota alta del monte. De las de calidad óptima. Las familias rondarán los sectores de Bilbao mañana y resulta imperativo estar preparado. Luego todo se reduce a prisas y txirintas.
Eneko frunció el ceño mientras limpiaba un vaso con un trapo viejo y desgastado.
—¿Y no vas a celebrar la festividad con nadie, txirene? ¿Únicamente en paralelo con los árboles del bosque?
Txiki ejecutó un sorbo lento, analizando el flujo. El sabor del txakoli supuso una pequeña victoria en su garganta.
—¡Por supuesto que celebraré la noche, alcornoque! Pero las prioridades van primero. Es necesario trabajar el terreno para que otros disfruten. Ya se abrirá el tiempo para los poteos.
Asentó el vaso vacío sobre la madera de la barra aplicando un golpe seco. Una sentencia formal. Se ajustó el cuello del abrigo, ocultando de inmediato su mirada de acero tras la máscara anatómica del viejo trabajador.
—Eskerrik asko, Eneko.
—¡Y avanza con extremo cuidado, que a tu avanzada edad ya no estás para registrar trotes por el monte! —gritó Eneko a su espalda mientras bajaba de golpe la persiana metálica.
Txiki no emitió respuesta alguna. Se dio la vuelta en el eje y continuó su trayectoria fija para montar su yegua.
Sus botas de cuero golpeaban el suelo con un ritmo que el tabernero jamás habría sido capaz de reconocer: ya no se trataba del paso pesado de un viejo castañero, sino de la marcha decidida de un activo de la resistencia hacia su posición de tiro en las alturas de Artxanda.
Txiki montó el animal. Inició el ascenso por la ladera, desafiando la gravedad del terreno con la misma terquedad con la que plantaba cara a sus setenta años de edad.
A medida que el binomio ganaba altitud vertical, la villa de Bilbao se encogía en el fondo del valle. Txiki contempló la extensión de la urbe. Abajo, las luces del alumbrado parpadeaban como brasas moribundas en un cenicero de asfalto y escoria.
Desde aquella perspectiva elevada, la villa revelaba con nitidez su auténtica anatomía: una red compleja de arterias y puntos ciegos donde el enemigo se creía a salvo de todo peligro.
Divisó el destello lineal de la ría y, finalmente, el colmillo de cristal refractario: la Torre de Obsidiana.
No se asemejaba a un edificio convencional; operaba como un parásito clavado de forma violenta en el corazón de la villa, una excrecencia arquitectónica de la estirpe de Añareta que absorbía la luz ambiental para alimentar su propio frío.
Txiki no experimentaba el menor vestigio de vértigo.
El ascenso vertical constituía su propio proceso de purificación.
Con cada metro de altitud conquistado, el viejo castañero moría de forma sistemática y el camarada de la Trinidad de Hierro asumía el control absoluto.
Sus ojos, afilados por la determinación y la memoria histórica, escudriñaban los puntos ciegos de la urbe industrial.
Begoña ya ocupaba su atalaya en la Basílica; Iñaki, en el sector de Miribilla, preparaba los focos de fuego técnico.
Txiki contempló la villa desde el punto geográfico más elevado de Artxanda.
El viento del norte le azotó el rostro con violencia, cargado con el olor a hierro viejo de las fundiciones.
Permaneció totalmente inmóvil, convertido en una sombra encorvada frente al abismo luminoso del valle.
Era el centinela legítimo en la cima del mundo, aguardando el instante exacto en que el cielo emitiera la señal lumínica.
Patrulló el monte con la eficacia analítica de un lobo viejo marcando los límites de su territorio. Estaba solo. Únicamente el viento gélido aullando entre las estructuras de los hierros y una nieve fina, seca y cristalina, que empezaba a cuajar sobre la superficie de su txapela.
Se detuvo en seco frente al vacío. Consultó con precisión el cuadrante de su reloj: las 23:15 horas. El tiempo ya no corría; se filtraba en el organismo como el frío ambiental, alcanzando de forma inminente el punto de congelación.
—Ya estamos todos posicionados en el tablero —masculló para sí mismo. Su aliento exhalado fue una densa nube de vapor que la nieve disolvió al instante.
Se instaló en un rincón protegido de las rachas, apoyando la espalda contra la estructura de hormigón. Cerró los ojos, concentrando sus sentidos. Esperó el primer estallido, el primer crujido de la Arquitectura Gélida que estaba a punto de saltar por los aires en mitad de la noche.
—Eman egurre —susurró para sus adentros con firmeza de trinchera—. Que arda el cielo esta noche.
Miribilla