Capítulo 8
El asedio de Bilbao
Río Cadagua
Tras la purificación en la Cascada de la Teja, los dos guerreros de madera iniciaron su descenso.
El río Artziniega, operando como una arteria natural de cristal y sombra densa, los arrastró corriente abajo con fuerza constante.
Al pasar frente a los muros de piedra maciza y sus respectivos escudos nobiliarios, el caudal experimentó una sutil ralentización.
En el fondo traslúcido, las formaciones de piedra danzaban bajo el flujo hasta que un remolino lateral y centrífugo los hizo girar bruscamente en el eje.
Por un breve instante, los guerreros quedaron de espaldas a su destino, mirando en vertical hacia las montañas en un último adiós a las montañas de Artziniega.
El trino rítmico de las aves marcó la entrada de las figuras en el perímetro de Sodupe.
Allí, la vegetación ribereña se transformó en una maraña asfixiante: una red intrincada de raíces y placas de piedra que aceleraban la velocidad del caudal.
El río se convirtió en una guardia hostil de espinos y bordes de cantera afilados.
El cauce se estrechó de golpe en una garganta de apenas dos metros; una trampa de roca pura que intentaba atrapar la trayectoria de los intrusos.
Al aproximarse a la zona de La Quadra, la naturaleza virgen cedió definitivamente ante la era del desarrollo industrial.
Estructuras de mampostería se erguían a ambos lados como centinelas de ladrillo, escoria y hollín.
El rugido del agua del río Cadagua se mezclaba de forma caótica con el traqueteo metálico y la contaminación acústica de la fábrica papelera.
Las altas chimeneas escupían a la atmósfera un humo denso de combustión que se enredaba en las copas de los robles, y los edificios de piedra gris semejaban guardianes vigilando el paso sistemático de los vagones cargados de carbón mineral.
Tras dejar atrás la estructura de La Quadra, las figuras de cedro se internaron de lleno en Alonsotegi.
El río serpenteaba allí entre formaciones rocosas de una era geológica antigua; auténticos huesos de la tierra emergiendo con violencia del cauce.
Eran moles compactas de piedra grisácea, pulidas por milenios de fricción hídrica, que obligaban a las piezas flotantes a ejecutar giros para evitar el impacto y el naufragio inminente.
Superado con éxito el laberinto de piedra de Alonsotegi, los guerreros alcanzaron un tramo de aguas profundas y estables.
Por un momento, el tiempo cronometrado pareció detenerse.
Una bandada de patos silvestres se aproximó a las figuras de madera, escoltando su trayectoria.
Eran elementos que no pertenecían al orden artificial del metal de los Tumal, sino al ciclo de la naturaleza viva.
En la orilla opuesta, ajenos por completo a la guerra encubierta contra la estirpe de Añareta, un niño y su padre caminaban a paso lento por el sendero fluvial. El pequeño se detuvo en seco, bloqueando su marcha y señalando de forma lineal hacia el centro de la corriente activa.
—¡Mira, aita! —exclamó la frecuencia de voz del mutiko—. Dos pequeños guerreros en un barco de corteza.
El padre entrecerró los ojos bajo la luz mortecina e intermitente de las farolas públicas. Visualizó las siluetas de cedro, perfectamente equilibradas y firmes sobre el flujo, desafiando de forma innata la deriva.
—Sí, los veo perfectamente —respondió el hombre con una sonrisa cargada de melancolía familiar—. Quizás representen el regalo o el juego de algún niño que se escapó río arriba, en la montaña.
—Qué lástima, aita. Se van completamente solos en la oscuridad.
El hombre le puso una mano firme sobre el hombro y consultó con precisión el cuadrante de su reloj de bolsillo. El cristal del aparato reflejó de inmediato el gris plomo del cielo industrial.
—Vámonos ya. El cronómetro marca las 23:00 horas. Tenemos que celebrar de inmediato la Nochebuena. La familia espera nuestra llegada en la mesa.
Ambos se desvanecieron en la calidez lumínica de la civilización urbana.
Mientras tanto, los guerreros de madera prosiguieron su curso de forma impasible.
Habían dejado atrás de forma definitiva el mundo de los padres que todavía poseían el derecho de abrazar a sus hijos; ahora, la corriente del río Cadagua ganaba velocidad de arrastre y el olor químico a fuel de Santurtzi empezaba a filtrarse con densidad en la atmósfera del norte.
Txurdinaga
Begoña permanecía sentada en el centro del salón, envuelta de forma hermética en un abrigo de lana multicolor; una auténtica armadura de texturas polímeras contra el invierno húmedo de Bilbao.
Al calor de un calefactor que zumbaba con una monotonía acústica punzante, sus manos operaban con destreza sobre las agujas y pinzas de tejer.
Ejecutaba su labor. En aquel rincón aislado, el tiempo no se medía en segundos, sino en nudos estructurales; cada nueva lazada constituía una sentencia implacable de paciencia.
Desde el ventanal, la perspectiva jugaba a simular un ojo divino.
Su caserío dominaba la totalidad del valle a la misma altitud relativa que la cumbre del Pagasarri, erigiéndose como una atalaya de cristal sobre la villa.
Su mirada analítica, sin embargo, permanecía fija en los cuadrantes de un reloj antiguo cuyos engranajes internos crujían con la densidad de una estructura ósea.
Esperaba la señal exacta. El aire ambiental pesaba, denso, como si la propia atmósfera supiera que la inercia del sistema estaba a punto de romperse.
De pronto, las campanas de bronce de la iglesia retumbaron en el exterior. El eco de la frecuencia penetró en el salón con una vibración física e inequívoca: la misión conjunta daba inicio. El simulacro táctico había terminado.
Begoña dobló la labor textil con una parsimonia de carácter ritual.
Abrió un cajón de madera que custodiaba un arsenal de suavidad térmica diseñado para un camino de hierro, y se colocó el abrigo elegante.
Envolvió su cuello con una de sus propias creaciones de alta densidad, experimentando la Verdad Cálida antes de salir a enfrentar la Arquitectura Gélida de la Estirpe.
Cerró la puerta principal tras de sí. El descenso por la ladera constituía ya una trayectoria balística calculada hacia el corazón de la bestia industrial.
Al abrir el portalón exterior, el gradiente térmico del frío la golpeó en el rostro. Puri, su vecina de bloque, cruzaba el frente de la acera cargada con bolsas de papel que exhalaban el aroma característico al exceso de la Nochebuena.
—¡Begoña! Pero mira qué horas de la noche son estas... —exclamó la mujer, iniciando de inmediato un monólogo saturado sobre langostinos, precios y banquetes familiares.
Begoña la escuchaba fijamente, con una paciencia que se agotaba por segundos. Para aquella vecina, la Nochebuena representaba una cena; para ella, constituía el campo de batalla definitivo tras setecientos veintisiete días exactos de dolorosa ausencia.
—Mis hijos trabajan bajo régimen de guardia esta noche —interrumpió Begoña con tono seco—. Estaré en casa con Pepi.
Su blanca perrita de raza terrier era el único organismo vivo que conocía el secreto de sus silencios.
Puri comenzó a emitir compasión social en voz alta, hilando frases hechas sobre la soledad del invierno, pero Begoña consultó el cuadrante de su reloj con un movimiento corporal tajante.
El tiempo no admitía la menor cortesía urbana.
—Puri, no dispongo de tiempo —sentenció, cortando el flujo de palabras de su interlocutora con la limpieza de un cable de alta tensión seccionado—. Y tú hablas demasiado.
La mujer se quedó boquiabierta en mitad de la acera, reajustándose el peso de las bolsas.
—¡Ay, qué genio tan terrible! —gritó a su espalda con resentimiento—. ¡Pues hablo cuando me da la gana, incluso debajo del agua si hace falta!
Begoña no ejecutó el menor amago de giro. Continuó caminando con paso firme en dirección a la oscuridad de la calzada.
Las palabras residuales de Puri se hundieron en la neblina invernal como piedras arrojadas en un pozo ciego.
Begoña ya no pertenecía bajo ningún concepto al mundo ordinario de los banquetes.
Ajustó la bufanda de lana contra su garganta, y se internó en la penumbra urbana.
Cada paso la aproximaba al objetivo estratégico, allí donde el único sonido permitido sería el del hierro colisionando contra el cristal refractario.
La calle se abrió ante su avance como una garganta de asfalto y roca. Al alzar la vista de forma lineal, las manecillas del enorme reloj público cortaban el aire con la precisión física de una guillotina: las 23:15 horas. El tiempo ya no fluía de manera pasiva; golpeaba las sienes.
Inició el descenso final. A ambos lados de la calzada, los árboles despojados de hojas se alzaban como centinelas esqueléticos en formación de guardia.
Los bancos de madera, cubiertos de escarcha y completamente vacíos, amplificaban el eco seco y rítmico de sus botas.
Al girar la esquina del bloque, el paisaje mostraba una agonía controlada: ramas desnudas como nervios expuestos y pasto amarillo, vencido por una helada que semejaba el veneno mismo inoculado por la Estirpe.
Begoña avanzaba manteniendo una mentalidad gélida.
No existía el menor rastro de duda en sus articulaciones ni en su rango de movimiento, solo una trayectoria balística irreversible.
La plaza de la anteiglesia contempló su marcha deliberada; la marcha de una ejecutora que cruzaba los arcos de piedra como quien se adentra de lleno en las mandíbulas de un tiempo antiguo.
Se aproximó a la puerta principal; el párroco local, cómplice silencioso en esta guerra de sombras, la había dejado entreabierta con precisión. Un resquicio de oscuridad controlada.