El Odio Inoculado Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Un escalofrío me recorrió la piel. Ur me ayudó a encajar el chaleco.

El peso, inicialmente sorprendente por su densidad, se ajustó a mi anatomía como una segunda piel.

Era denso, pero increíblemente flexible; cada placa de aleación estaba diseñada para moverse en paralelo con el músculo sin restringir en absoluto el rango del aliento.

Sentí la frialdad del acero contra la carne, una promesa silenciosa de que ninguna flecha de la Estirpe atravesaría ese escudo de resistencia.

Luego vinieron las protecciones rígidas de los antebrazos.

Ur las abróchó con tiras de cuero recio, y el metal cubrió la extensión desde el codo hasta la articulación de la muñeca.

Al cerrar los puños, la armadura se desplazó en perfecta armonía conmigo, como una extensión natural de mis propios huesos.

Finalmente, el casco. Barri me lo entregó ejecutando una reverencia casi ritual.

Su peso poseía la gravedad de una corona de espinas.

Se ajustó de forma exacta a mi cabeza, cubriendo la cavidad craneal y parte de las facciones, pero dejando las órbitas oculares libres, sin marco restrictivo, para garantizar una visión periférica total.

El mundo exterior se concentró en la estrecha abertura; cada detalle quedó amplificado y cada sombra se volvió más profunda.

Barri ajustó con firmeza las cinchas de su montura, oteando el valle circundante.

—Iñaki ya conoce su posición exacta. Miribilla emitirá la señal lumínica.

El viejo me miró fijamente a los ojos y asintió con una gravedad monacal. En su silencio residía la fuerza histórica de los que habían combatido contra la estirpe de Añareta mucho antes que nosotros. No suponía un adiós civil; era una entrega estricta de estafeta de combate.

—Goazen —sentenció Barri—. Es la hora exacta.

Los cuatro jinetes iniciamos la marcha de aproximación.

Los cascos de las monturas golpeaban la tierra con el latido rítmico de la montaña.

Dejamos atrás la seguridad de Artziniega, descendiendo por las laderas en una formación cerrada de asalto.

Al frente, la villa de Bilbao se dibujaba bajo el gris plomo de la Nochebuena, ignorante por completo de que la justicia, armada con la verdad indómita de Apaneca, cruzaba en ese instante sus puertas.

Antes de ejecutar el último descenso, Iñaki espoleó su montura y rompió la fila de marcha.

Su mano pesada se posó sobre mi hombro con la firmeza de un ancla industrial.

Sus arrugas, profundas como surcos de labranza, contenían la historia viva de esta tierra.

No existía la menor duda en su mirada, solo una serenidad gélida y analítica.

—Tengo que decirte algo antes de que el fuego de las armas hable —dijo Iñaki, y su frecuencia de voz vibró con nitidez por encima del paso sordo de los caballos—.

Yo no conocí a mi padre. Lo devoró por completo la sombra de las guerras carlistas.

Siempre me hablaron en el caserío de su valor, de cómo luchó de frente por un país libre.

Durante años, esas solo fueron palabras ajenas a mi realidad.

Apretó mi hombro con una fuerza física que desafiaba su edad, obligándome a sostenerle la mirada mientras el viento del norte nos golpeaba el rostro.

—Ahora veo tu realidad presente —continuó el viejo, señalando con el índice las luces distantes de la torre—.

Veo este mundo moderno y siento que la sombra del poder regresa con otro nombre.

Los Tumal son ese mismo mal histórico. Es vital que cada uno de nosotros luche exactamente donde le corresponde, sin dar un solo paso atrás.

No hacerlo, Jinete, sería traicionar por completo a los nuestros y a los que murieron en el pasado para que nosotros estuviéramos hoy aquí de pie.

—Eman egurre, Jinete —sentenció el viejo, soltándome de golpe—. No dejes bajo ninguna circunstancia que el líquido negro gane la partida.

Las palabras de Iñaki se incrustaron en mi conciencia de forma visceral.

El aire de la montaña se volvió pesado, cargado de siglos de resistencia.

Miré a Ur y a Barri; luego fijé la vista en el viejo.

La revelación me golpeó como un impacto: Chamba en Apaneca e Iñaki en Artziniega, dos hombres que no conocieron a sus padres por culpa del mal, unidos ahora en el rastro de un Padre que lo arriesgaba todo para buscar a su hijo.

Las historias engranaban sobre mi cuerpo con la densidad del plomo.

Relatos de mundos lejanos y de épocas oscuras donde el poder centralizado lo devoraba todo.

Esa sombra cíclica que se había llevado a sus respectivos padres era la misma fuerza que ahora intentaba succionar el alma y la identidad de Len.

Iñaki espoleó su montura hasta quedar alineado a mi altura en el camino. El vapor condensado de los animales creaba una neblina densa que nos aislaba transitoriamente del mundo exterior.

—¿Estás listo? —preguntó. No constituía una duda ordinaria; era un diagnóstico de rendimiento.

—Estoy listo —respondí con firmeza.

—¿Tienes miedo?

Miré de frente hacia el abismo de luces de Bilbao, donde la torre de la Estirpe se erguía como un monumento industrial al olvido.

—Convivo con él, Iñaki. Ha sido mi sombra constante desde hace setecientos veintisiete días.

—Entonces nada en este mundo nos vencerá —sentenció con una sonrisa que se asemejaba más a una cicatriz de trinchera que a un gesto común—. El miedo reconocido y canalizado es el escudo más fuerte.

Iñaki alzó su mano curtida hacia la extensión del valle. El tiempo del simulacro había terminado por completo; la verdad histórica reclamaba su lugar legítimo en la noche.

—¡Aurrera! —rugió con potencia de artillería—. ¡Aupa jinetes!

El grito resonó en la ladera de la montaña como un trueno de artillería pesada.

Nos separamos de inmediato. Iñaki viró en vertical hacia la gigantesca cantera de piedra de Miribilla; Ur se perdió entre los robles buscando la corriente estratégica de la ría.

Barri y yo nos lanzamos a tumba abierta en el descenso final hacia el portal sesenta y tres.

El engranaje perfecto de los ausentes estaba en marcha.

Ni el líquido negro del lago Narciso ni la arquitectura blindada de los Tumal detendrían la embestida de quienes luchan para que la historia no se repita.