Capítulo 7 #4
—Tranquilo, hijo —susurré para mis adentros, activando toda la potencia de mi voluntad —. Aquí tengo la llave del origen. Ya estoy cerca del objetivo.
Sobre su cavidad craneal se cernía un espejo negro y refractario, elaborado minuciosamente con el líquido denso traído desde las profundidades del lago Narciso.
Len sentía un fluido gélido recorriendo de forma constante la superficie de su antebrazo; una sustancia exógena y sintética que no buscaba comprometer su torrente sanguíneo, sino colonizar por completo su memoria.
En su mente bajo estimulación inhibitoria, la soledad se expandía como un desierto blanco y aséptico.
Cada vez que intentaba invocar de forma voluntaria el olor de los cafetales o el eco remoto de la voz paterna, la superficie del espejo desfiguraba su fisonomía y sus rasgos con una calculada perversidad.
Sus recuerdos de Apaneca se volvían borrosos a un ritmo alarmante, perdiendo nitidez como fotografías expuestas y quemadas bajo el impacto directo del sol.
—Tu padre es humo —susurraba la frecuencia de voz de su madre desde la penumbra de la estancia—.
Una simple sombra sin estructura que te abandonó en el olvido.
Len, vos sos la continuación legítima de mi gloria.
Siente el vacío absoluto en tu sistema; eso es exactamente lo que te hace fuerte frente al mundo.
Len cerró los párpados de golpe, ya no era capaz de decodificar los colores de la infancia.
En su memoria solo imperaba el brillo refractario y cegador de la Máscara de Oro.
El proceso había alcanzado la fase final del isomorfismo cognitivo: ese instante crítico en que la víctima cesa toda resistencia contra el parásito y comienza, de forma voluntaria, a adorar la anatomía del huésped.
Nochebuena de 1905
Artziniega, País Vasco
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral de un extremo a otro. Pude sentirlo en mis venas. Fui capaz de oler el veneno a través de la distancia; esa sustancia gélida de los Tumal colonizando el último rincón de la memoria de mi hijo.
—No te vas a convertir en ellos, Len —susurré con firmeza hacia mi propio reflejo en el espejo de la pared—. No mientras sea capaz de respirar.
Me aparté de la luz fría del vidrio. Saqué una hoja de papel amarillenta y una pluma de taller.
El silencio ambiental en la estancia era denso, cortado únicamente por el siseo hostil del viento del norte.
Me senté en el banco de madera. Con el pulso y la mano totalmente firmes, y el corazón latiendo con la urgencia rítmica de una herencia antigua, empecé a escribir.
Cada palabra trazada sobre el plano era un ancla contra el olvido.
Len: Nochebuena de 1905. 02:15 horas.
Hoy es Nochebuena. Hace catorce años, la primera festividad de este tipo supuso puro dolor y fractura.
Vos no poseés el registro en tu memoria; es mejor así.
Los guardianes de los Tumal te contarán infamias estructuradas para vaciarte, pero la verdad legítima la tengo yo.
Hoy el destino decidirán si soy capaz de entregarte este legado en mano.
Nos jugamos la vida entera en el asalto.
Si este abrazo físico no llega a materializarse, graba esto: mi amor por vos es incondicional.
He luchado cada segundo y cada latido desde el instante de tu secuestro para traerte de vuelta a la luz.
He soportado soledades de hierro y arrastro cicatrices que jamás se borrarán de mi piel.
Ser tu padre es lo único que ha dotado de un sentido real a este combate.
La vida plena consiste exactamente en esto: pelear hasta el final por los tuyos y compartir la mesa limpia con la familia.
Si esta se convierte en mi última batalla en la ría, me iré del mundo con los dientes apretados y los puños sólidos.
Búscame en el origen de tu memoria cuando arrecie el temporal de la Estirpe; allí estaré siempre. No dejes nunca de luchar por lo que es justo.
Hasta la victoria final, hijo. Con amor, papá.
Guardé la pluma de tinta. Esperé en silencio a que el trazo se secara como quien aguarda pacientemente a que una herida cierre por completo.
No constituía una carta de despedida claudicante; representaba un seguro de vida para su identidad.
Doblé el papel y me puse en pie. Abajo, en la planta baja, el silencio sepulcral solo era roto de forma intermitente por el crujido de las vigas bajo el peso y la masa corporal de Ur.
Subí los escalones hacia el ático del caserío.
Era un espacio angosto de vigas de roble centenario que casi tocaban el suelo de la estructura.
El aire allí arriba pesaba a polvo acumulado y a metal frío.
Bajo el haz plomizo de la luna que se filtraba por el tragaluz, descansaba un cofre macizo de piedra oscura.
Me arrodillé sobre la madera. Las bisagras de hierro chirriaron con la frecuencia de un lamento.
En el interior, ordenados con un rigor absoluto, descansaban los pergaminos de Barri: mapas de sangre, diagramas de la arquitectura de la torre de los Tumal y crónicas detalladas en la Isla de Añareta sobre el origen del líquido negro.
Era la anatomía diseccionada del enemigo.
Deslicé mi carta manuscrita entre los legajos de papel. El documento amarillento chocaba de forma violenta con la frialdad de los planos de Barri. Aquello representaba la unión perfecta entre la monstruosidad de la guerra y el testamento de un padre.
—Si el hielo de la torre logra borrarte —susurré al tiempo que bajaba la pesada tapa de piedra—, aquí tienes la brújula del origen.
Cerré el pestillo de hierro forjado. Sentí una paz gélida invadir mi sistema nervioso. La verdad estaba a salvo del enemigo. Si mi propia voz se apagaba para siempre en las aguas negras de la ría de Bilbao, mis palabras ya se encontraban sembradas con éxito en el vientre de roca de Artziniega.
La víspera de la Nochebuena irrumpió en el valle con un silencio de cristal refractario.
No era tiempo de banquetes civiles, sino de asedio estratégico.
Mis hermanos de armas dormían con el sueño ligero y alerta de los centinelas de trinchera.
Yo, por mi parte, requería de forma imperativa el permiso de la tierra.
Salí al exterior. El frío de diciembre golpeó mi piel como una advertencia orgánica.
Caminé con paso firme entre robles desnudos en dirección a la Cascada de la Teja.
El rugido del agua cayendo al vacío operaba como una voz blanca en mitad de la penumbra; una columna de densidad similar al mercurio rompiendo de forma violenta contra la base de piedra.
Me aproximé a una roca plana, lavada minuciosamente por milenios de corriente continua.
Extendí la manta heredada de Guela. Sobre aquel tejido ancestral de Apaneca coloqué las quince estrellas de plata y los dos guerreros tallados en madera de cedro que traía protegidos contra el pecho.
El aroma resinoso del bosque tropical se mezcló en el aire con el musgo húmedo de Artziniega.
—Ancestros —susurré hacia la corriente. Mi aliento exhalado fue una nube de sacrificio —. Que mi mano no experimente temblor alguno cuando el cristal de la estirpe intente cortarme. Guarden la luz de mi hijo hasta que logre llegar al objetivo.
Me desnudé con movimientos lentos. El aire helado mordió la barrera de la piel, pero mi mente permanecía gélida, inalterable. Entré en la poza.
El impacto del agua supuso un estallido de agujas de hielo.
El corazón detuvo su ciclo un segundo exacto antes de que el calor de la rabia estallara en mi pecho.
Me sumergí por completo bajo la caída de agua.
El peso de la cascada golpeó mi cabeza, lavando de raíz el rastro del exilio transatlántico y el olor a derrota impuesto.
Salí del agua endurecido, con las fibras musculares templadas como el acero que Ur forjaba en su fragua. Ya no operaba como un hombre común; era un arma lista para el impacto.
Tras el baño, con la determinación forjada en el hielo, me acerqué a un montículo de musgo cercano. Ur había fabricado una balsa minimalista con corteza de abeto, ligera y afilada como la hoja de un cuchillo de asalto.
Coloqué a los dos guerreros de madera en la pequeña nave. Representaban mis ojos y mi alma adelantándose al encuentro.
—Lleven la verdad —sentencié hacia la neblina.
Solté la balsa en la corriente activa. Se tambaleó un breve instante antes de que el caudal la reclamara por completo.
Los guerreros de cedro, erguidos sobre la estructura, iniciaron el viaje.
Me quedé inmóvil observando cómo la madera serpenteaba entre las rocas y se hundía en la bruma, fluyendo de forma inexorable hacia la ría de Bilbao.
Constituían la avanzada legítima. Mientras yo regresaba al caserío a por el hierro y a por mis hermanos, mis guardianes ya navegaban hacia el objetivo. El agua que me purificaba era la misma sustancia que en unas horas golpearía los cimientos de la torre de los Tumal.
Regresé de la cascada con el cuerpo totalmente templado por el hielo. Al aproximarme al caserío, el golpe metálico de las herramientas y el resoplido de los caballos cortaban el aire del invierno. Ur y Barri ultimaban los detalles logísticos con una sincronía de relojeros.
Junto a ellos se encontraba Iñaki. Un viejo de ochenta años, con la piel curtida por la intemperie y manos densas como raíces de roble.
Cargaba pesados rollos de varas sobre el lomo de un caballo con una potencia impropia para su edad.
Esas varas formaban parte del camuflaje y de la estrategia de distracción visual.
Iñaki no entraría en el perímetro de la torre, pero su puesto en la altura de Miribilla resultaba vital. Desde esa atalaya de piedra se transformaría en nuestro faro sobre el hollín industrial de Bilbao.
—El hierro está listo —dijo Ur, entregándome el equipo de protección. Su mirada fija constituía un juramento de sangre.