Capítulo 4 #2
—¿Cultivarla? —interrumpió Begoña, arqueando las cejas con genuina extrañeza—. ¿Y qué tiene que ver el arado, el buey y la siembra con estas alimañas, Barri? Me hablas de labradores neolíticos cuando estamos tratando con monstruos que le sorben el brillo del alma a los niños.
Barri se inclinó hacia ella, con las pupilas encendidas por un descubrimiento que desafiaba cualquier lógica natural.
—Tiene todo que ver, Begoña. Absolutamente todo.
Mientras los seres humanos aprendíamos a labrar y cosechar el trigo para alimentar y proteger a la tribu, los Tumal aprendían a cultivarnos a nosotros.
Se instalaron sibilinamente en las primeras aldeas estables no para doblar el lomo ni trabajar el barro, sino para cosechar nuestra empatía, nuestro esfuerzo físico y nuestra fe.
No son una civilización paralela, Begoña…
son la maleza parásita que crece asfixiando el trigo desde que el mundo es mundo.
Deslizó el índice por un segmento de texto donde la tinta original parecía haberse coagulado, formando una costra negra y agrietada sobre el pergamino.
—Escucha bien, porque aquí es donde la historia de la humanidad se tuerce para siempre —advirtió con la voz ensombrecida por el mito—.
A partir de ese momento, los Tumal vislumbraron la oportunidad perfecta de poseer y, lo que es más grave, de ponerle nombre y linde a la tierra.
Utilizaron nuestro propio avance técnico para delimitar por la fuerza lo que antes era de todos.
Begoña lo contempló con una confusión ya libre de sospechas, entrelazando sus dedos manchados del polvo gris de la biblioteca.
—¿Pero qué tiene de malo que la tierra tenga un dueño y que la trabajemos, Barri?
—replicó ella con la arraigada sensatez de quien ha crecido viendo el orden sagrado de los caseríos de Bizkaia—.
De los campos sacamos el sustento, en ellos criamos el ganado y es ahí, sobre el suelo propio, donde hemos levantado nuestras casas de piedra y nuestras familias.
Ponerle nombre a lo que uno trabaja con las manos es lo que nos diferencia de las bestias, lo que nos hace humanos, ¿no es así?
Barri negó solemnemente con la cabeza, acercando el quinqué de queroseno al tosco diagrama del árbol que se estrangulaba a sí mismo en espirales.
—Para nosotros es sudor, arraigo y sustento, Begoña.
Pero para la Estirpe, la propiedad privada fue la primera cadena que nos forjaron.
Al ponerle nombre a la tierra, crearon la jerarquía; al instituir la jerarquía, inventaron el bando; y al dividirnos en bandos, encontraron la fórmula perfecta para enfrentarnos a unos contra otros mientras ellos observaban la matanza desde arriba, alimentándose del conflicto y de la sangre.
No cultivaban el trigo, Begoña… cultivaban la ambición humana para que nosotros hiciéramos el trabajo sucio de proteger lo que ellos, desde su vacío, ya consideraban de su propiedad.
Golpeó el manuscrito con el nudillo, haciendo que una densa nube de polvo centenario bailara como partículas de oro viejo bajo la luz mortecina del quinqué.
—Hay algo más, Begoña. Algo que explica por qué se ocultan con tanto celo tras una fachada de impecable respetabilidad —añadió Barri, ensombreciendo la mirada—.
Se dieron cuenta muy temprano de que nuestras creencias no eran solo un consuelo espiritual, sino un mecanismo perfecto para la dominación.
Se apoderaron de la fe institucionalizándola, convirtiéndola en una herramienta de control de masas, y ahora…
ahora quieren poseer los linajes… quieren las familias.
Begoña se puso de pie de un salto, haciendo que la pesada silla de roble chirriara con violencia contra el suelo de piedra. Sus ojos reflejaban una mezcla volcánica de indignación y espanto.
—¡¿Qué dices?! ¿Las familias? —exclamó ella, bajando el tono de inmediato al recordar el silencio de la biblioteca, pero con la voz cargada de un veneno puro—.
¡Eso es lo más sagrado que nos queda en la provincia!
La tierra nos da el pan de cada día y la fe nos sostiene el alma, pero la familia…
la familia es lo único que nos hace permanecer a través de las generaciones.
¿Me estás diciendo que esas alimañas de los Tumal pretenden profanar eso también?
—No solo pretenden profanarlo, Begoña; quieren sustituirlo por completo —respondió Barri con una calma gélida que resultaba más aterradora que cualquier grito de guerra—.
Por eso esta estirpe maldita ha pasado los últimos siglos perfeccionando el arte de la posesión invisible.
No buscan acumular dinero, ni siquiera ambicionan más astilleros o tierras en la Ría.
Quieren poseernos a nosotros desde las entrañas, desde adentro.
Barri la miró fijamente, y por un segundo, el frío del sótano pareció congelar el flujo del tiempo.
—Inoculan su vacío existencial en la prole para que el hijo ya no sea capaz de reconocer al padre. Quieren que nuestra memoria genética se borre para que solo quede su voluntad dominante. Sí, Begoña… quieren que seamos sus huéspedes biológicos.
Ella permaneció inmóvil, con la mandíbula apretada y la vista fija en la nada, mientras su mente procesaba con dificultad la magnitud de la aberración que Barri acababa de describir. Una resolución férrea comenzó a dibujarse en las líneas de su rostro curtido entre estanterías.
—Mira este último pergamino, Begoña —dijo Barri, y su tono de voz descendió a un susurro que pareció arrastrarse por el suelo húmedo del sótano—. Habla en detalle sobre «La Tejedora».
El hombre extendió sobre la mesa un folio cuya textura rugosa recordaba a la piel humana curtida.
—Ella operaba como una suerte de cazatalentos de la sombra que recorría los continentes con una misión atroz: detectaba la falla narcisista en las mujeres y la fortaleza moral inquebrantable en los hombres comunes para cruzarlos en un experimento parasitario premeditado.
Buscaba el recipiente perfecto y la semilla más fuerte para asegurar que el vacío de la Estirpe nunca se extinguiera en las siguientes generaciones.
Begoña se estremeció de forma visible al comprender el origen físico del documento.
—Este legajo en concreto fue rescatado de un naufragio del siglo XVIII en las aguas más peligrosas y violentas del planeta: el Paso de Drake.
Es justo allí, entre la furia desatada del océano, los vientos huracanados y el hielo de las latitudes polares, donde se oculta la isla de Añareta.
Un territorio proscrito que jamás figurará en ninguna carta náutica de la marina, una coordenada maldita de silencio absoluto.
—«La Tejedora»… qué horror absoluto —murmuró Begoña, contemplando sus propias manos abiertas bajo el quinqué como si temiera descubrir en sus yemas los hilos invisibles de aquella mujer.
Barri asintió en silencio, cerrando el manuscrito con una pesadumbre física que parecía pesar más que los cimientos de la propia sociedad «El Sitio».
—Ella nunca buscó amor, Begoña. Buscaba diseño biológico.
Buscaba engendrar el recipiente perfecto para que la Estirpe perpetuase su dominio.
Por eso, cuando los agentes de la autoridad civil subieron a registrar el torreón del portal sesenta y tres, regresaron con las manos vacías —explicó con una amargura ácida que le raspaba la garganta—.
No hallaron un solo moretón, ni una sola señal de violencia física en el cuerpo de Len.
Begoña lo contempló con las pupilas dilatadas, conteniendo el aire.
—¿Entonces? ¡¿Qué demonios le están haciendo a esa criatura?!
—Toda la carnicería la ejercen directamente sobre el alma —sentenció Barri—.
Inoculan el odio como si fuera un suero negro, capa tras capa, hasta que el niño deja de ser niño.
Borran sistemáticamente cada recuerdo de sus orígenes, toda huella de su linaje humano.
Pero lo más grave, Begoña, lo verdaderamente atroz…
es que buscan extirpar de su mente cualquier rastro de su padre.
Barri golpeó el papel amarillento con la yema del índice.
—Si el pequeño olvida quién le dio el nombre, se transforma en un pozo vacío. Y es ahí, en ese hueco del espíritu, donde ellos vierten su esencia ponzoñosa. No lo están castigando por rebeldía, Begoña; lo están vaciando por completo para que el parásito de Añareta reclame un nuevo trono de carne.
Begoña cerró los párpados con fuerza, intentando bloquear las sombras del sótano, y presionó el tejido de su jubón contra el pecho.
En ese instante de zozobra, la imagen nítida de su propio padre inundó su mente: evocó la seguridad de sus brazos robustos durante la infancia, el calor templado de sus consejos y la protección incondicional que siempre le había brindado en los caseríos.
Se supo inmensamente afortunada; y ese amor filial, que hasta entonces había dado por sentado, se le antojó de pronto como el tesoro más frágil y codiciado del mundo.
Barri la observó en silencio, consciente de que ella acababa de comprender la verdadera magnitud del sacrilegio.
—Por eso —añadió él, con una voz que cobró la firmeza del acero templado—, lo que le ejecutan a Len en el torreón es una mutilación invisible.
Está siendo violentado en su fuero interno.
No persiguen su muerte, buscan algo infinitamente peor: que el vacío de los Tumal, ese fluido negro que devora la empatía y la memoria, sea lo único que corra por su torrente sanguíneo.
Quieren que el amor que tú evocas ahora mismo sea para él un idioma muerto y olvidado.
Quieren que, cuando mire a su padre, no reconozca un refugio, sino una falla que debe ser erradicada.
Giró el pliego de pergamino hacia la luz mortecina, revelando un grabado que parecía haber sido trazado con una mezcla de sangre seca y hollín de carbón. Sus dedos temblaron visiblemente al señalar la figura grotesca que dominaba el centro de la página.