El Odio Inoculado Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Y mira esto, Begoña… el clímax abominable del proceso. La impronta cálida de su padre, los recuerdos de la infancia y los juegos, pretenden sustituirlos mediante hipnosis y terror por la visión de este engendro.

Begoña se asomó al dibujo e introdujo un grito ahogado en el puño, retrocediendo hasta golpear las baldas de los estantes. Lo que sus ojos registraban desafiaba cualquier ley natural.

—Es una entidad con una piel que simula basalto agrietado —continuó Barri, describiendo la aberración con precisión de cirujano—, una costra mineral de la que supura un óleo espeso y oscuro, nacido de su propia podredumbre interna.

No posee facciones humanas, Begoña; en su lugar, el cráneo está partido por una hendidura vertical: una herida abierta erizada de hileras de dientes afilados como agujas de obsidiana, diseñadas exclusivamente para triturar la voluntad.

El dedo de Barri recorrió las extremidades desproporcionadas, rematadas en garras que semejaban raíces anquilosadas por el fuego de un cráter. De los omóplatos brotaban los muñones de unas alas membranosas, rotas y goteantes de aquella misma sustancia negra.

—Y fíjate en esto… —susurró él, rozando con el reverso de la falange el pecho del dibujo—.

No existe un ápice de alma detrás de esa mirada.

Sus ojos son seis orbes de color azufre distribuidos de forma errática, vigilando desde el torso.

Esta es la aberración que pretenden que Len llame «padre».

Quieren que su psique colapse ante esta visión espantosa para que el vacío lo reclame por completo.

El aire en el sótano parecía haberse vuelto denso e irrespirable tras la descripción de aquel ser. Justo cuando Barri se disponía a pronunciar el nombre original de la criatura, un golpe seco, pesado y brutal retumbó contra la hoja de la pesada puerta de roble del sótano.

El estruendo fue tan violento que el quinqué de queroseno osciló peligrosamente en su gancho, proyectando sombras que parecieron abalanzarse desde las paredes de sillería.

Barri y Begoña giraron el rostro al unísono, con las pupilas clavadas en el umbral de madera.

El silencio que sobrevino fue más aterrador que el propio impacto; un vacío fúnebre, espeso, cargado de un hedor rancio y vagamente metálico que no pertenecía al ecosistema de los libros viejos.

Se mantuvieron inmóviles durante lo que parecieron siglos.

La respiración de Begoña se redujo a un hilo invisible; la de el a un fuelle contenido bajo las costillas.

El ambiente se tornó gélido de golpe, destilando la atmósfera de una cripta recién sellada.

Ambos aguardaban ver el pomo de bronce girar, o escuchar el crujido de la madera cediendo ante una fuerza sobrehumana.

Pero nadie cruzó el umbral.

Tras unos segundos de una tensión casi agónica, el frío sobrenatural empezó a disiparse, dejando tras de sí el rastro de un pánico primario. Barri liberó el aire contenido en el pecho y comenzó a recoger las transcripciones y los pliegos con movimientos instintivos y veloces.

—Debo marcharme de aquí, Begoña. Si los guardianes de la Estirpe nos encuentran en este sótano con estos documentos, el torreón del portal sesenta y tres será el menor de nuestros problemas —susurró Barri, ocultando el secreto de Añareta bajo el forro grueso de su abrigo de paño.

Begoña asintió, todavía con el rostro demudado y la mano firmemente presionada contra el pecho, custodiando el recuerdo luminoso de su propio padre como si fuese un escudo místico.

—Ve con cuidado, Barri —respondió ella, forzando un susurro que pretendía sonar firme—.

Me quedaré aquí abajo el tiempo necesario para borrar cualquier rastro de nuestra lectura.

Esperaré tus indicaciones, si desentierro algo más entre estos legajos malditos, te haré llegar el aviso de inmediato.

Que Dios nos pille confesados si ese ser que acabas de describir ya camina erguido por las calles de Bilbao.

Barri le dedicó una última mirada cargada de advertencia y desapareció con sigilo por la escalera de caracol lateral, dejando a Begoña a solas con el eco sordo de un golpe que, aunque no logró derribar la puerta, había fracturado su paz para siempre.

Afuera, la ría de Bilbao seguía fluyendo, indiferente y turbia, ajena al horror antiguo que Barri acababa de desenterrar entre el moho de los pergaminos.

Pero en el caserío, el fuego de la chimenea iluminaba ahora un diseño estrictamente distinto.

Ya no se trataba solo del rescate de un cuerpo; era un exorcismo de la sangre.

El estruendo de la puerta batallando contra el viento de la noche sacó a Ur de su trance.

Estaba sentado junto al hogar, con las manos encallecidas y manchadas de resina y virutas de abeto, afilando el canto de un remo con la devoción meticulosa de un verdugo.

Levantó la vista, dispuesto a soltar una de sus habituales bravuconadas, pero el semblante de su hermano lo detuvo en seco.

Barri no traía la simple lluvia de la ría en el abrigo; traía el frío sepulcral de las tumbas de Añareta.

Sus ojos, inyectados en sangre tras las vigilias bajo el quinqué en el sótano de «El Sitio», no miraban a Ur, sino al punto invisible donde el mal se hacía carne.

Sin mediar palabra, caminó hasta la mesa de roble y dejó caer el legajo.

El golpe contra la madera maciza resonó con el peso de una sentencia dictada.

—¡Kauen la sota! —masculló Ur, dejando el formón a un lado y limpiándose los dedos en el pantalón de trabajo—. Pareces un espanto, Barri. ¿Qué has encontrado en esos papeles de sorgina?

—No es un secreto, Ur. Es una condena —respondió Barri con una voz que portaba la rigidez del hierro—. No retienen a Len en el torreón para exigir un rescate material. Lo tienen allí para vaciarlo. Lo que opera en ese portal sesenta y tres es un matadero de almas.

Ur se incorporó, con el rostro endurecido ante los bocetos heréticos de la isla de Añareta y los nombres de las cinco deidades que su hermano había transcrito en una caligrafía que simulaba sangrar.

—Escucha bien —instó Barri, señalando con fijeza el nombre de Herodis—.

No se trata de que se nieguen a entregarlo por un mero capricho legal.

Están inoculando un fluido en sus venas, pero el pergamino advierte que la sustancia es solo el vehículo.

El verdadero veneno es la aniquilación absoluta del «Nosotros».

Están intentando que Len olvide el olor de los cafetales, que borre de su mente tu nombre y el mío.

Quieren que solo se reconozca en el espejo siniestro de su madre.

Que su único dios sea el Ego de la Estirpe.

Ur apretó los puños con tal violencia que los nudillos le blanquearon como el hueso expuesto. La sola idea de que estuvieran violando la psique de Len le resultaba más intolerable que cualquier suplicio físico.

—¡Me cago en…! —bramó el Ur—. ¿Me estás diciendo que esa mujer… la madre… es solo una pieza más en este rompecabezas de Añareta?

—Peor que eso —replicó Barri con una lucidez implacable—.

Ella es la Iniciada. Cree firmemente que al torturarlo psicológicamente lo está «salvando» para la gloria de su propia sangre.

Según la doctrina de Narcisus, ella se autopercibe como la víctima eterna y nosotros somos los invasores bárbaros.

Por eso la muchacha de la frutería empuña esa ballesta con fanatismo: porque le han vendido el dogma de que somos monstruos que venimos a profanar a una divinidad.

El silencio que sobrevino fue denso, quebrado únicamente por el crepitar furioso de la leña.

Ur desvió la mirada hacia el fondo del taller, donde descansaba su nave, esa flecha de madera noble de trece metros.

Ya no la contemplaba como una simple embarcación de recreo o pesca; ahora era una herramienta quirúrgica de extracción.

—Ez dago dudarik —sentenció Ur en su euskera cerrado—. El Día de Nochebuena no iremos a un rescate diplomático, Barri. Vamos a reventar un nido de víboras.

—Esto no se va a resolver con procuradores, ni con demandas judiciales, ni con esas tarjetas azules con las que ellos se limpian las manos en los juzgados. Si ellos operan en una latitud de silencio, nosotros responderemos desde la sombra más profunda —determinó con autoridad.

Barri extrajo del bolsillo un pequeño frasco que contenía un residuo de polvo oscuro, el secreto químico obtenido gracias a su contacto en los muelles de la Ría.

—Nochebuena es el día en que la «Máscara de Oro» cae por fin. Celebran la deificación de sus herederos, el instante exacto en que el líquido negro termina de colonizar el alma de Len. Ese día, mientras la Estirpe se postre ante su propio ego, nosotros seremos la falla catastrófica en su sistema.

Ur asintió solemnemente, tomando el remo de abeto. Ya no era madera inerte; en su mente, se había transformado en un arma de justicia ancestral.

—Dime qué necesitas que prepare, Barri. Si tenemos que remar hasta el mismo cráter volcánico de Añareta para arrancar a Len de ese espejo negro, ni lo dudes. Mi madera está lista.

El estratega se inclinó sobre el mapa topográfico de la ría, apuntando al portal número sesenta y tres con una precisión letal.

—Olvidémonos del diálogo. Vamos a por Len. Y si esa estirpe de sorginak intenta interponerse entre un padre y su hijo…

Barri no terminó la frase. El reflejo del fuego en sus pupilas fue la firma definitiva de una declaración de guerra total.

—Eman egurre, hermano —gruñó Ur con un eco de hacha—. Que sientan el peso del hierro.

03 de abril de 1905

Apaneca, El Salvador