El Odio Inoculado Capítulo 4
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Capítulo 4

La alquimia de izalco

Bilbao, País Vasco

Barri soltó la pluma con un movimiento seco.

Sus dedos, manchados de una tinta densa que parecía confundirse con las sombras del sótano, temblaban ligeramente.

Aquel manuscrito rescatado no era una simple crónica histórica; era la cartografía de una patología ancestral.

Explicaba, por fin y sin misticismos, la naturaleza exacta de la pesadilla que estaba asfixiando al pequeño Len en el torreón.

La perversidad sistémica de los Tumal no era fruto de la locura. Era ingeniería pura. Un mal perfeccionado durante siglos de aislamiento en un lugar proscrito y borrado a conciencia de los mapas: la isla de Añareta.

Releyó sus propias notas con la respiración contenida.

Añareta —una aguja de basalto y obsidiana— no figuraba en ninguna carta náutica oficial.

Se ocultaba en una latitud de absoluto silencio magnético, protegida por brumas perpetuas que inutilizaban las brújulas de los barcos.

En su cráter volcánico, el vacío sonoro era total.

Allí, el rito central de la secta ocurría en las aguas muertas del Lago Narciso: un espejo negro donde obligaban a los iniciados a meditar en el aislamiento más extremo hasta que el «nosotros» moría definitivamente.

Solo quedaba un «yo» hambriento y parásito; un ego depredador capaz de imitar cualquier emoción humana con el único fin de construir la «Máscara de Oro».

El manuscrito detallaba la liturgia de la Estirpe.

No adoraban a dioses, sino a cinco pilares de la psicopatía pura, codificados como leyes de vida: Divinidad: El que exige adoración absoluta a través del pánico, Narcisus: El artista de la culpa ajena y el simulacro perfecto de inocencia, Anamnesis: El que quema los puentes con la memoria y el pasado del otro, Ego: El que se nutre y vive del sacrificio ajeno, Herodis: El que dogma que los hijos son material sacrificable para el control de la estirpe.

Lo que terminó por helar la sangre de Barri fue comprender el proyecto de selección biológica iniciado hacía un siglo. Los Tumal no buscaban adeptos ni aliados; buscaban huéspedes indefensos.

«No creamos soldados, sino cánceres. Un soldado termina por desertar; un tumor solo muere con su portador». — Máxima doctrinaria de Añareta.

El silencio en el sótano de la sociedad «El Sitio» se volvió tan denso que el más mínimo roce de la ropa parecía un estruendo. Barri permanecía absorto en la transcripción de aquella aberración cuando, de golpe, una mano gélida y callosa se posó con una firmeza de hierro sobre su hombro.

—¡Redios! —exclamó, dando un respingo violento que por poco vuelca el quinqué de queroseno.

Su corazón comenzó a martillear contra las costillas con la furia de un preso intentando escapar de las celdas.

—¡Barri! ¡Por los clavos de Cristo, que me vas a matar de un síncope!

—chistó Begoña de inmediato, retirando la mano con rapidez para llevársela al pecho—.

Llevas demasiadas horas aquí abajo. Me preocupé seriamente al ver que no subías a la superficie.

¿Es que acaso no sientes el frío glacial que exudan estos muros?

Dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué has encontrado en ese viejo legajo?

Tardó unos segundos en recuperar el aliento. Sus dedos, manchados de esa extraña tinta que parecía poseer una vida propia, señalaron con fijeza las notas que acababa de transcribir.

—Esto es terrible, Begoña. Va mucho más allá de una disputa de tierras o de una simple herencia familiar —susurró él con la voz quebrada por el horror absoluto—. Lee esto. Lee la máxima de Añareta.

Begoña se inclinó sobre la mesa de roble.

Sus ojos recorrieron ávidamente las líneas manuscritas donde se comparaba a un hijo con un tumor que solo muere junto con su portador.

El silencio se instaló de golpe en la estancia; un silencio espeso, con sabor a sillería y a un olvido secular que parecía absorber el escaso calor de la llama.

La archivera se quedó lívida, con la mirada clavada en el papel amarillento.

—«Un tumor solo muere con su portador»… —repitió ella en un hilo de voz apenas audible—. Pero, ¿qué clase de engendros malditos son estos? Barri, explícame qué es eso de Añareta. Háblame de ese lugar que jamás ha aparecido en mis mapas.

El hombre tomó aire con dificultad, permitiendo que el olor rancio a pergamino viejo y a humedad subterránea le llenara los pulmones por un instante.

—Es una isla de basalto y obsidiana, Begoña.

Un no-lugar donde el tiempo se detiene y la empatía humana se calcina por completo en el fondo de un cráter volcánico.

Los Tumal no buscaban crear una familia protectora; buscaban engendrar una estirpe de huéspedes biológicos para un mal que se alimenta exclusivamente del brillo ajeno.

Lo que le están haciendo a Len en el torreón…

no es un castigo físico. Es ingeniería pura para que el niño deje de ser niño y se convierta en un vacío absoluto.

Barri apartó con firmeza un cúmulo de legajos polvorientos y dio un golpe suave sobre el asiento de la silla de madera noble que tenía a su lado.

—Begoña, siéntate aquí, a mi lado. Necesitas escuchar esto tanto como yo —su voz era ahora un susurro urgente, cargado con la gravedad de quien acaba de desenterrar una verdad prohibida.

Ordenó los papeles con un celo casi maníaco, alineando sus anotaciones bajo la luz amarillenta y parpadeante del quinqué. Tras estabilizar la respiración, fijó la vista en los folios y comenzó a leer su primer escrito basado en las oscuras crónicas de la isla.

—Escucha con atención, Begoña, pon todos tus sentidos en estas líneas —instó Barri, deslizando el dedo índice sobre los trazos descoloridos del papel—.

Aquí se habla de los primeros sapiens y de sus primeros pasos evolutivos, cuando apenas comenzaban a colonizar las planicies del Rift.

Dice el cronista que, en aquel entonces, mientras los hombres primitivos fundaban las primeras tribus y los lazos de sangre que poblarían el globo, surgió una ramificación maldita.

Una sombra que caminaba erguida entre los hombres, pero que no sentía como ellos.

Begoña lo contempló con el ceño severamente fruncido, mientras su mano derecha estrujaba el borde de la mesa de sillería.

—¡¿El Rift?! ¿Y qué demonios es eso del Rift, Barri? Suena a nombre de un confín pagano y olvidado por Dios —interrumpió ella, desconcertada por términos científicos que escapaban por completo a los sermones dominicales de la iglesia y a los diarios convencionales de la villa.

Barri levantó la vista del pergamino, con las pupilas encendidas por el reflejo del quinqué.

—Es la cuna de la existencia, Begoña. El sustrato geográfico donde la humanidad se puso en pie.

Pero, según este diario de navegación, allí nació también el vacío original.

Mientras los nuestros aprendían a cooperar en grupo para sobrevivir a las bestias, los ancestros de los Tumal aprendían a simular emociones para dominar a la tribu.

No estamos ante una familia corrompida, Begoña…

son una especie paralela que jamás llegó a ser humana del todo.

—¿Que nunca llegaron a ser humanos? —repitió la archivera en un susurro apenas inteligible.

El aire del sótano pareció volverse denso, casi sólido, deteniendo el flujo en sus pulmones.

Begoña encogió los hombros y presionó el tejido grueso de su jubón, intentando mitigar la súbita taquicardia que la atenazaba.

Barri, ajeno a su agitación y con la mirada clavada de nuevo en la caligrafía herética, continuó con una solemnidad fúnebre:

—Escucha lo que dictaminó el capitán del navío en sus crónicas: «Dos linajes antagónicos se fueron gestando en la alta noche de los tiempos: el linaje de los humanos, movido por el afecto, el fuego y la comunidad…

y el linaje de los Tumal, espoleado por el parasitismo y la ausencia absoluta de remordimiento».

—Los humanos y los Tumal… —articuló Begoña, mientras sus ojos se dilataban al procesar las implicaciones históricas de aquella lectura—. ¿Me estás diciendo que hemos coexistido con esos monstruos desde el principio de los días? ¿Cómo espectros que caminan a plena luz del día entre nosotros?

—Exactamente, Begoña. Coexistimos en una guerra de desgaste silenciosa que los seres humanos hemos olvidado por completo, pero que la Estirpe ha perfeccionado a lo largo de las eras —sentenció Barri.

La estancia subterránea quedó sumergida en un silencio sepulcral, un vacío absoluto donde solo se percibía el crepitar agónico de la mecha del quinqué.

El aroma a pergamino podrido y a humedad industrial se volvió asfixiante, y el frío de la piedra de sillería pareció cobrar una vida latente, impregnándose en los huesos de ambos como una advertencia directa venida desde la lejana isla de Añareta.

Las manos de Barri apretaban con una mezcla de furia y reverencia aquellos papeles amarillentos, cuyos bordes descoloridos amenazaban con desintegrarse bajo la presión de sus yemas, como si la materia misma estuviera a punto de colapsar por el peso de la verdad que custodiaba.

—Mira esto, Begoña —dijo él, con la voz vibrando en una frecuencia baja, densa y peligrosa—.

Los Tumal jamás han sido constructores. Ellos se limitaron a aprovechar el ingenio de los sapiens hace más de once mil años, justo en el nodo evolutivo en que nuestra especie empezó a dominar la tierra y a domesticar las fuerzas de la naturaleza.

Begoña lo miró sin comprender del todo, su rostro maduro iluminado apenas por la llama vacilante del quinqué, que proyectaba sombras alargadas sobre los fríos muros de sillería.

—Empezamos a cultivar la tierra… —continuó Barri, trazando una línea imaginaria sobre una transcripción que describía la vida primitiva en las planicies.